Avería

Avería

Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad. Tal vez en la próxima, Papá Noel no se quedaría atrapado en los cables de la luz provocando el apagón generalizado en la ciudad. Tal vez en la próxima, dejarían de sonar las sirenas cada tan poco y no habría que correr a refugiarse en los sótanos. Aquí es más difícil que nos encuentre, le había explicado su madre al oído, en la oscuridad. Tal vez el próximo año, cariño. Tal vez.

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Polo Norte

Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad. Estaba tan cansado que olvidó atar a los renos y entregar su paga a los elfos. Despertó como siempre, el siguiente 20 de diciembre. Le asombró el silencio que reinaba en la casa. No escuchar a los renos entrenando en el prado ni a los elfos fabricando sin parar. Cuando abrió la puerta, una avalancha de sobres cerrados inundó la sala y llegó hasta la chimenea. Convocó de inmediato una rueda de prensa donde acusó a los renos de díscolos y a los elfos de irresponsables. A pesar de la lluvia de críticas, se negó a dimitir.

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Otro diciembre

Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad. Sin abetos, ni luces, ni letanías de villancicos. Sin sorteo extraordinario, ni anuncios del corte inglés. Sin fraternidad fingida y ni falsos deseos de prosperidad. Sin mesas rebosantes de comida que le asquea probar. Sin cuentas regresivas ni uvas. Sin absurdo cotillón. Era 2 de diciembre.
Despertó después de las rebajas, cuando ya todo había pasado. La cuesta de enero costó menos que otros años en que no podía conciliar el sueño y el fantasma de Laura la perseguía durante todo diciembre rogándole que escribiera su carta a los reyes por ella. Desde que se había muerto, no tenía manos.

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Espejo

Ella no tiene habilidad ninguna para recogerse el pelo. Lo cepillo despacio tal como hacía conmigo antes de irme al cole. Refunfuña, como yo: le hago daño. Lo recojo en un moño y sonrío a su mirada perdida en el espejo.
– Ven, mamá. A desayunar – la guío hasta la cocina. Moja las galletas en la leche con dedos temblorosos que se ensucian tanto como mis dedos infantiles ante sus tazones rebosantes de colacao. Quisiera que fuera ella quien me obligara a pasar por el lavabo antes de salir de casa. En cambio, la cojo del brazo ignorando sus protestas, y la conduzco por el pasillo hasta el baño.

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Ciencia inexacta – Relato ganador de la final semanal Relatos en Cadena

Pero ya nada sería igual. Las igualdades fundamentales se habían quebrado, las fórmulas yacían desparramadas a sus pies. El seno de ella, contra toda propiedad, había aparecido elevado al cuadrado y sumado a un coseno ajeno. Él revisó por enésima vez su demostración. Sólo había utilizado identidades irrefutables, axiomas, hipótesis firmes y probadas. No veía donde estaba el error. Tal vez en una interpolación, en una derivada, en un redondeo demasiado inexacto… Ella prefirió la tangente para evitar dar explicaciones. Él recogió uno a uno sus términos, sus signos, sus incógnitas para alinearlos prolijos en otra página.
Empezó a pensar en un nuevo teorema.

 

Gracias a todos, amigos. Por los mensajes, la compañía, el apoyo, el saberos ahí. ¡Ahora a la final mensual!

Podéis escuchar la final o leer los textos en la web de Escuela de escritores (ganador semana 8).

 

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De mañana

Hoy parece que ella tiene la voz todavía más dulce que ayer. Mientras conduzco, saluda a los oyentes que recién se incorporan. No me gusta que haga eso. La acompaño desde las cinco, y ella saluda a los remolones. No lo merecen. Casi las diez. Nuevamente llegaré tarde por quedarme en el coche esperando escuchar su hasta mañana amigos. Pero no dice hasta mañana, dice hasta siempre, dice que es su último programa y un montón de cosas que no entiendo. Los oídos me zumban.  Subo el volumen, golpeo la radio, el volante, los cristales. La señal horaria suena estridente en el momento en que bajo del coche, y me dejo atropellar.