Ella no tiene habilidad ninguna para recogerse el pelo. Lo cepillo despacio tal como hacía conmigo antes de irme al cole. Refunfuña, como yo: le hago daño. Lo recojo en un moño y sonrío a su mirada perdida en el espejo.
– Ven, mamá. A desayunar – la guío hasta la cocina. Moja las galletas en la leche con dedos temblorosos que se ensucian tanto como mis dedos infantiles ante sus tazones rebosantes de colacao. Quisiera que fuera ella quien me obligara a pasar por el lavabo antes de salir de casa. En cambio, la cojo del brazo ignorando sus protestas, y la conduzco por el pasillo hasta el baño.

Me recuerda a los últimos días de mi madre.
Es duro, pero es un halago que mi texto te remueva cosas. Gracias por contarlo.