Deseos de escritor

Deseos de escritor

Si dijera que sentí dolor, mentiría. La erupción empezó por los brazos, pero pronto se extendió. Las palabras cubrían toda mi piel.  Las esdrújulas me pinchaban con sus acentos al emerger, y los monosílabos eran como pequeñas ronchas.  Que no pique, rogué. Pero ya había empleado mis tres deseos.

Lo de que me brotaran palabras era una metáfora, intenté explicarle al genio antes de empezar a rascarme sin control. Pero ya se había esfumado.

Genes

Genes

Si dijera que sentí dolor, mentiría. Solo una presión fuerte en el abdomen. El médico empujaba con toda su fuerza sobre mí. Ya sale, dijo. Y el vacío interior. Algo no va bien, pensé, debería llorar. Lloraste. Te acercaron envuelta en una sábana. Roja, con los ojos cerrados, el ceño fruncido. Te apoyaron sobre mi pecho. Olías a mar y tenías el pelo largo, como tejido con algas. Lloré emocionada sobre tu cabecita. Entonces empezaste a cantar. Bueno, al menos algo ha sacado de mí, me dije después de tantear bajo la sábana y comprobar que como tu padre, tenias dos potentes piernas. Una, de madera.

Pacto de silencio

Pacto de silencio

Había escrito cientos de veces “te quiero”. Quince en el espejo empañado, veintitrés en la contratapa del diccionario que ella nunca consultaba. Catorce a lo largo del zócalo, treinta en las páginas arrancadas del calendario durante el último mes. Escondió ocho entre las hojas del helecho, cinco debajo del felpudo y otros dieciséis en un bloque de hielo en el congelador.

Así, no traicionaba el pacto que tenían diciéndoselo y no se traicionaba a sí mismo ocultándolo.

Ella,  esperaba que algún día él leyera el “Yo tampoco” que se había tatuado en un sitio secreto de su anatomía.

Paraíso

Paraíso

Las mañanas, si no llueve sobre la isla, son angustiantes. Vigilo con temor el cielo. Si una avioneta nos sobrevolara, podría localizarnos. Ella, en cambio, lo mira esperanzada.  A diario le ayudo a reescribir la palabra SOS con hojas de palmera sobre la arena, pero en cuanto se distrae, me aseguro de que quede convertida en un amasijo de ramas que parezca natural.

No me animo a sincerarme, a decirle que ya no soy quien ella cree. La observo acercarse cargada de papayas y con los labios húmedos de leche de coco. Hago un esfuerzo para no besarla.

Simulando estar absorta, miro el horizonte.

Danza húngara número cinco

Danza húngara número cinco

Durante los bombardeos Don Pedro tocaba el acordeón. Tiempo después supe que la melodía alegre y cautivadora que ejecutaba era la Danza húngara número cinco de Brahms.

Don Pedro era vecino del barrio aunque nadie sabía muy bien dónde vivía. Aparecía cuando las sirenas alertaban del peligro y corríamos a los refugios.

Allí esperábamos en la penumbra a que todo acabase. Y él, con su acordeón, entre apretujones, amenizaba la espera. Los niños dejábamos de llorar escuchándolo.

Luego, la señal indicaba que el peligro había cesado y un frágil alivio circulaba entre la gente. Don Pedro y su acordeón se mezclaban entre quienes pugnaban por salir a las calles de Madrid.

Años después, cuando preguntaba a mis padres si habían vuelto a saber de Don Pedro, ambos aseguraban que no había ningún Don Pedro. Que durante nuestras reclusiones forzadas, nadie tocaba el acordeón. Que lo habría soñado o imaginado.

Hace tiempo que ellos no están. Ya nadie puede negar su existencia.

Hoy lo he visto deambulando cerca del Retiro cargando su acordeón. Estaba como entonces. Desde mis ochenta y seis años, levanté la mano en gesto de saludo. Podría jurar que esbozó una sonrisa antes de desaparecer.

 

Federico

Federico

Por qué demonios sus dueños los han abandonado en ese inhóspito lugar, se preguntarían si fueran capaces de hablar. Pero no lo son. Los han dejado amordazados. Atados de pies y manos y con vendas sobre los ojos.  Y no hay mordaza más irrefutable que la muerte.

En una fosa perdida, cerca del camino que va de Viznar a Alfacar  se entremezclan  los cuerpos vacíos, irreconocibles. Todos serían iguales en la llanura del olvido, si no fuera porque uno de ellos sigue pergeñando en silencio sonetos oscuros, casadas infieles, zapateras, inquebrantables solteras, sangrientas bodas.

A veces, cuando hay luna, en mitad de la noche se escucha un cante jondo que brota desde la tierra.

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