Manual de lectura

Manual de lectura

  1. Abra el grifo procurando equilibrar el frío de las palabras esdrújulas con la calidez de las agudas
  2. Alcanzada la temperatura perfecta, llene la bañera unos quince centímetros. Puede echar entonces las sales. Recomendamos las elaboradas con comas por ser más armoniosas que las de signos de exclamación.
  3. Nunca se sumerja sin probar la historia hundiendo la muñeca en la contratapa, o si es usted osado, en cualquier página al azar
  4. Una vez tenga el cuerpo envuelto en una buena trama, relájese y abra sus poros.
  5. Por último, cierre los ojos, y permítase soñar.
Sueños rebeldes

Sueños rebeldes

Yo, que he vivido tantas vidas, decía mi padre el día de su cumpleaños. Entonces, de los bolsillos del pijama extraía viejos amigos: dos jefes indios, un bombero de Nueva York, un esquimal abrigadísimo, un pelotón de soldados anónimos y un sherpa bajito con el que había escalado el Everest. Ellos se desperdigaban por casa, husmeaban todo, se disputaban el mando de la tele, o jugaban al dominó con nosotros. Cuando los indios encendían una fogata en el pasillo y el bombero abría todos los grifos, mamá se hartaba y los barría a todos hacia la terraza. Al día siguiente hacíamos como si nada hubiera pasado.

Adolescente

Adolescente

De un día para otro comenzaste a hablar un idioma que no entendemos. Cada tanto identificamos alguna preposición o un artículo aislado, pero eso no nos permite descifrar tus mensajes. Peores son tus silencios, claro. Aunque más entendibles. Significan que no quieres hablar. El ochenta por ciento del tiempo. Y el otro veinte, jugamos a cazar palabras al vuelo y buscarlas en internet. Pero sin llegar a nada. En el traductor de Google no existe la opción Pablo –     Castellano. Papá y yo estamos tomando un curso intensivo, pero mientras tanto, cariño, por favor, no te pierdas del todo. Te queremos.

Profesiones

Profesiones

Cuando llegué a casa el pequeño corrió a abrazarme.

—Le he dicho a la profe que eres mago ¿vendrás a actuar para mi clase? ¡Porfa, porfa!

Las orejas se me pusieron rojas, y el bigote empezó a temblarme.

— ¿¿Qué iré a dónde??

Al final su madre me convenció. Tu hijo está orgulloso de ti, es normal que quiera alardear ante sus compañeros, argumentó.

Días después me presenté en su clase con mi varita y mi frac. Sus amigos disfrutaron en grande. Pero lo mejor fue el final, cuando saqué un hombre de la chistera y permití que todos los gazapos lo acariciaran.

Permutación

Permutación

Ya no podíamos hacer nada por él. Accedimos a los ruegos de la madre y dejamos entrar a su perro en el hospital. Era un Golden dorado que se sentó junto a la cama del niño y hurgó con el hocico bajo su mano ingrávida sobre las sábanas. Él abrió los ojos y sonrió. Los dejamos para que se despidieran en privado.

A la mañana siguiente, la cabeza calva del niño apareció poblada de insólitos rizos rubios, y una semana después, estábamos dándole el alta.

A veces, por las noches se escuchan alegres gruñidos en la planta infantil. Quienes dicen haber visto al perro, siempre por unos segundos, porque escurridizo, se pierde por los pasillos, coinciden en que suele salir de las habitaciones de la zona de oncología y en que lo único extraño que hay en él es que su cuerpo está lleno de calvas.

El hueco de la escalera

El hueco de la escalera

Mi hermana Charo lleva años pidiéndole a padre que la deje hacer el camino de Santiago. Padre siempre responde que no entiende qué se le ha perdido a su hija allí.  Si ni siquiera somos cristianos y los santos nos dan igual.  Cuando dice esto mi abuela se persigna, pero a escondidas, no vaya a ser cosa que alguien se acuerde de que ella fue la que insistió con aquello de que nos bautizaran, cuando tenia aún alguna influencia sobre madre.

Al final, Charo cumplió los dieciocho, se cansó de las malas formas y los “Se hace porque yo lo digo” de mi padre, y se consiguió un novio que la llevará a hacer el camino. Tal vez sea el mismísimo Santiago, y mata dos pájaros de un tiro. Camina tal como quería y de paso se queda con él, que más le vale no volver a casa después de escaparse sin dar señales de vida durante una semana. Que eso es lo que me dijo que hará. “Enano, tú no te hagas problema, yo estaré bien, pero no se te ocurra decirle nada a papá. Cuando vuelva del camino, ya hablaré con él”.

Sé que tiene una mochila preparada escondida en el sótano y que pone voz de tonta cuando el tal Santiago (o como quiera que se llame) le habla por teléfono. Que se esconde bajo el hueco de la escalera para hablar con él, y que el plan es descolgarse por el balcón esta noche, cuando papá se haya dormido.

Pero padre no llega de trabajar, y Charo camina inquieta por el pasillo y manda mensajes de WhatsApp que nadie lee y hace llamadas que nadie coge. El supuesto Santiago, santo no es. De eso estoy seguro. Ni tiene mano en el cielo. Porque si no, no hubiese caído tan fácilmente en la trampa. Charo no ha tenido en cuenta que lo de hablar bajo la escalera es algo que ha heredado de madre. Y que, en esta casa, todo se sabe. Como lo de aquel otro santo, al que le rezaba madre para que la sacara de una existencia anodina e insoportable. ¿Has vuelto a saber de él o de madre? Pues eso. Yo tampoco.

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