Inevitable visita

Inevitable visita

Sus zapatos. Era lo único que vería de él. No le estaba permitido levantar la mirada. Cuando terminó de hablar con su padre, se marchó. Tenía la voz ronca, y los pies más grandes que había visto nunca. Los suyos, dentro de las bailarinas heredadas de su hermana Aissa, eran la mitad de pequeños. Aún la echaba de menos y habían pasado tres años desde que otros zapatos se la llevaran.

Cuando se quedaron solas, su madre dijo que el momento había llegado. Una semana después de que, muy a su pesar, manchara de rojo las sábanas por primera vez.

De aquí no te mueve nadie

De aquí no te mueve nadie

Para Juan, ese hermano que no fue mi hermano

Hace un año la tristeza me atravesaba y no dejaba hueco para nada más que no fuera pensar que había perdido al hermano que nunca tuve hasta que entraste en mi vida.

Hoy, la tristeza de saber que no te volveré a abrazar, de que no volverás a saludarme diciendo “¿qué hacés, nena?”, sigue ahí. Pero al menos puedo entenderla. Puedo ponerle nombre y apellidos y puedo saber que no te he perdido. Que te he ganado. Que cada uno de esos recuerdos de que alimento tu imagen cuando te pienso, y lo hago muy a menudo, tienen signo positivo. Y que valió la pena tener que pasar por el dolor de perderte a cambio de haberte tenido en mi vida.

Ahí estás, enseñándome a andar en bicicleta sin rueditas y corriendo a mi lado por El Tala. Siempre te dije que sabía que lo habías hecho para hacer méritos, no sé si con tu futura esposa, con tus futuros suegros o con esta cuñada demasiado chica que te tocó. Pero en realidad creo que lo hiciste porque me querías regalar ese primer recuerdo tuyo. El del momento en que empezarías a ser mi hermano mayor.

Estás también en mi primera salida “de noche”, en mi primer concierto, en mi primera manifestación justo antes de que volviera la democracia. Estás en la sobremesa de los domingos discutiendo de cualquier cosa con mi papá y diciéndole a mi mamá “Suegra, su hija no sabe cocinar”.

Estás montado en un cuatriciclo entre los médanos con un casco de oso en la cabeza y en una guardia de hospital con la rodilla averiada. Estamos jugando al tenis parejas mixtas: vos con Andrea, yo con mi papá. Estás recibiéndome en Barajas cuando llegaba muerta de miedo.

Estás cortando la comida en tu plato con milimétrica precisión, mezclando ensalada rusa y salsa de tomate, y dándole algo a cualquiera de los perros de la familia, que invariablemente se sentaban a tu lado a la hora de la comida.

Estamos en Sierra de la Ventana dentro de una carpa dentro de la cual llovía casi más que afuera. Estás cocinando algo rico en el disco o haciendo un asado en Toledo. Estás abrazando a mis hijos, aconsejándoles siempre cosas que les hicieran abrir la cabeza. Estás fumando en mi balcón acompañado por alguno de ellos que adoraban hablar de lo que fuera con su tío Juan.

Estás provocando a los barcelonistas de la familia, luciendo orgulloso tu camiseta de Boca, o gritando envuelto en celeste y blanco cuando jugaba Argentina. Estás escribiendo algo en un papel con esa letra increíblemente pareja y perfecta. Estás diciéndome “Nena, lo que vos tenés que hacer…” aunque yo ya tuviera más de cincuenta.

Imposible perderte. Estás, estamos, estás, siempre estás, y eso es lo importante. De aquí no te mueve nadie, mi querido hermano mayor.

Cansancios

Cansancios

Al final vinieron con el abogado. Como si traer a un extraño, pudiera hacerme cambiar de opinión. Con el argumento de que me querían proteger, decidieron que ya era hora de ejecutar mi degradación: de respetable padre a calientasillas en un asilo.

—Tú ya no estás para esto papá —volvió a argumentar el mayor.

—El abogado ha venido para asesorarte para que dejes todo bien atado. Nos lo agradecerás —dijo su hermano.

—Yo iré a verte cada semana —aportó la menor a la diversidad de razones con que querían convencerme de que estar encerrado en un ecosistema preparado para albergar ancianos decrépitos, era mi mejor opción.

“Estás muy lejos, no podemos estar pendiente de ti”, “Contrataremos a alguien que cuide de los animales”, “Papá, tú ya lo has hecho todo, es hora de que descanses”, fueron los argumentos que repitieron hasta el cansancio.

Hasta mí cansancio, porque ellos no parecían cansarse. Solo fruncían la nariz cuando una gallina cacareaba y cagaba junto a sus impecables zapatos de piel. Como si nunca hubieran vivido aquí, como si nunca se hubieran ensuciado las manos hurgando entre la paja para recoger los huevos.

Nadie sabrá cuidar de mis animales como yo. Pero para qué decírselos. Creen que el dinero todo lo consigue. Además, no estoy cansado en absoluto. Si descansar es estar en un sitio plagado de viejos locos esperando que llegue la hora de ver el programa de cotilleos de la tarde, pues no lo necesito.

Además, los que están lejos son ellos y no yo. Ellos son los que marcharon lejos, a esa seductora ciudad que tanto los atraía y tan poco les ha dado: unos pantalones que se ensucian en cuanto pisan la finca, unos zapatos inservibles para andar por los senderos y trepar a los árboles, unos pelos engominados y unas miradas adustas e infelices.

—Sus hijos me han pedido que le ayude —pronunció el abogado, del que ya no me acordaba. Un hombre trajeado, fuera de lugar en el corral lleno de gallinas donde me habían encontrado.

—Perfecto. Usted vaya recogiendo los huevos de los ponederos mientras yo voy a por estiércol, luego me ayuda a abonar la finca.

El hombre me miró horrorizado. Cuando regresé con el estiércol, ya no estaba.

Experta

Experta

Ese no es nuestro estilo de familia, masculla mi abuela cuando mamá dice que ya recogeremos la mesa mañana.

Entonces mamá, bufando, friega los platos y después se sienta a ver la tele.

Que cómo vamos a mirar esas series de tiros, protesta la abuela. Que los tiros, tiros traen y ya sabemos lo que pasa. Entonces mamá abandona resignada el sofá, se lava los dientes y se va a dormir sin escucharla sentenciar que, si te acuestas sin quitarte el maquillaje, amaneces momia.

La abuela se adueña del sofá farfullando que en esta familia nunca le hacemos caso. Exactamente lo mismo que decía cuando estaba viva.

Con sacarina

Con sacarina

El técnico del lavavajillas se ha robado la espumadera, digo para ponerlo a prueba. Él asiente. Comprobado: no me está atendiendo.

La cuarentena ha hecho estragos en la poca comunicación que teníamos. Ya no puedo sostener más esta situación. No consigo respirar y un viaje con fecha de inicio y sin fecha de fin, es justo lo que necesito en este extraño verano de nueva normalidad.

Me cuesta decírselo, pero sé que mientras deslice palabras domésticas, pondrá el piloto automático de escuchar. Me lanzo.

—Llevamos, detergente, cinco años juntos. El microondas ha sonado, debo marchar. Me he cansado de tus cucharadas de indiferencia, de que mi carrera encebollada sea menos importante que la tuya. He descolgado la ropa de la cuenta común. He aumentado su escote, llevándome hasta el descubierto. Espero que no te importe barrer las migas que han quedado allí. Todavía temo herirte con un abrelatas si te digo esto sin mascarilla. Me voy bayeta en mano. Aquí te quedas, con sacarina. Apaga el horno al salir.

Asiente otra vez sin mirarme. Arrastro la maleta hasta la puerta, mientras él protesta un penalti no cobrado gritándole al televisor.

Caballos negros

Caballos negros

Los caballos suelen llegar de noche. Durante el día se agazapan tras los grititos felices con que Manuela me recibe cuando traigo la barra de pan que casi siempre consigo.

Cuando no, los caballos negros entran conmigo en la chabola y no se van hasta la mañana, cuando dejo a Manuela dormida, exhausta de llorar hambre.

Pero si llegan de noche, los caballos se ensañan conmigo. No soportan que acaricie el pelo sucio de Manuela y le cante la canción que recuerdo de cuando no había caballos, ni miradas esquivas en la calle, ni cabezas negando ante mi mano tendida.

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