Todo está en los libros

Todo está en los libros

Mamá decidió que este verano nos iremos de vacaciones al libro de geografía de mi hermano David. Él es mayor, y como ya terminó quinto, en su libro aparecen lugares con nombres raros y que quedan lejos, muy lejos.

David dice que él quiere irse a la sabana africana, que allí hay animales salvajes y se los puede ver de cerca. Pero a mi mamá le dan un poco de miedo los leones y esas cosas. ¿Qué os parece si nos vamos a Australia?, sugiere papá con el dedo marcando la página 53. Nos muestra una foto de dos koalas preciosos y casi logra convencernos, pero Laurita, la menor, es alérgica a los gatos y no sabemos si a los koalas también. ¿Los koalas son como gatos?, pregunto. No lo sé, pero tienen pelo y tu hermana no se lleva bien con tanto pelo, dice mi madre. La idea de Australia queda descartada.

¿Y si vamos al fondo del mar?, propongo entusiasmada cuando, avanzando páginas, aparece la fotografía de una costa. Son arrecifes de coral, dice David con su voz de sabelotodo. Pero tampoco este destino nos cuadra. En el fondo del mar no se puede respirar, y las mascarillas se nos mojarían.

Terminamos yendo a un pueblo de Cantabria que aparece en la página 87. Se llama Iguña y es precioso. Tiene callecitas angostas y al final, una plaza con fuente y todo.

Mamá opina que este año es mejor no irnos muy lejos. Que las cosas no están para grandes aventuras con la que está cayendo.

Eso lo dice porque el año pasado, que nos fuimos de vacaciones al libro de lengua de David, terminamos navegando en el barco de un tal Espronceda. Yo me mareé un montón y Laurita vomitó entre los diez cañones que tenía de un lado. Pero lo peor fue que papá tuvo que pelear con los piratas para que nos dejaran regresar a casa.

Y el anterior, en cambio, fueron unas vacaciones súper aburridas, la verdad. Como Laura era todavía bebé, nos fuimos a uno de sus libros de cuentos. Solo dibujos, nada escrito, todo rosa… Una lata. Un pato que hacía cuac, una rana que hacía croac, un cerdo que hacía oink. Esa era toda la diversión.

Esperemos que, en el pueblo de Cantabria las cosas sean un poco más tranquilas que en el barco pirata, pero más divertidas que en “La granja de Tobías”. Mala pinta no tiene. Según parece, hay un río que pasa cerca y además por las noches no hace tanto calor como en casa.

Mamá dice que se conforma con que no nos confinen. Pero yo me conformo con que podamos andar mucho en bici, con que vayamos a tomar un helado en la heladería que se ve al final de la plaza, y con que mamá, que nunca nos deja hacer cosas divertidas, nos permita llenar unos cuantos globos de todos los colores con el agua de la fuente.

En sus zapatos

En sus zapatos

Como muchas otras veces, llegaron de madrugada portando una caja de zapatos. Me tocaba trabajar. Recurrían a mis servicios cuando un caso se les atascaba y era demasiado peligroso dejar pasar más tiempo.

Dijeron que se trataba de un cruento asesino en serie con tendencias caníbales. Ponerme en sus zapatos no iba a resultar agradable. Pero era el único modo que tenían de dar con él. No me podía negar.

En cuanto los calcé percibí un ardor en la garganta. Necesitaba escupir. Los policías miraron horrorizados la oreja que vomité sobre la mesa del salón. Me ordenaron que me los quitara, pero no podía. Como tampoco podía sacarme de la cabeza esa idea de hacerle creer a la sargento que me sentía enfermo, para conseguir que se me acercara.  

La tienda de Amanda

La tienda de Amanda

Cuando abrió las puertas de su tienda en el centro del pueblo la novedad dio la vuelta por todas sus callejuelas y se extendió rápidamente hacia los pueblos vecinos. Ahora, ya ha alcanzado fama más allá de la comarca y suelen formarse largas colas en el exterior del local.

Amanda no es una emprendedora más. No ha montado una panadería, una zapatería, ni una floristería. Amanda ha montado la primera tienda de compra venta de sueños para mujeres. Y no es que haya otra tienda de este rubro para hombres, es que la suya solo atiende a mujeres.

Compra sueños de princesas, amores de película, idealizadas figuras masculinas… Paga bien por ellos si se tiene en cuenta que no los revende jamás. Los guarda en atiborrados álbumes escrupulosamente ordenados para facilitar su futura búsqueda, en caso de que una soñadora arrepentida regrese a por ellos. Eso no ha pasado nunca durante el año que lleva abierta la tienda. Pero es la garantía con la que Amanda atrae a su clientela.

Después de tantos años de cultivar sueños rosados, de mariposas flotantes y corazones tornasolados por doquier, a las mujeres no les resulta tan fácil desprenderse de ellos. Pero basta una visita a la tienda, un repaso por sus anaqueles morados donde se exponen los sueños en venta, unas recomendaciones vertidas por Amanda ajustadas siempre al perfil de cada clienta, como para decidirse a comprar.

Los sueños no se pagan con dinero, ese es el lema de la tienda y está pintado en grandes letras violetas en el escaparate. ¿Con tarjeta?, pregunta alguna despistada mientras curiosea el género. A lo que Amanda niega con énfasis. Para comprar nuevos sueños debes vender aquellos que se te han quedado desfasados, pequeños, aquellos que ni siquiera son tuyos, sino que alguien te los ha impuesto, les explica.

Por eso compra sueños tapones, sueños velo, sueños atascadores, de esos que no hacen más que impedir a sus dueñas crecer y realizarse.

Y les vende sueños que algunas hubieran creído imposibles si no los hubieran visto tan nítidos y alcanzables en las estanterías de Amanda.

Los sueños en venta están organizados por temas en varios pasillos. Está el pasillo de los viajes, el de las carreras profesionales, el de las relaciones igualitarias, el de las grandes aficiones, el de las vidas sin modelos familiares preestablecidos y. como no, el de las fantasías eróticas.

Las clientas los recorren y pueden ojear tantos sueños como quieran antes de decidirse por alguno. Incluso pueden comprobar qué tal les sientan utilizando los probadores habilitados.

No es fácil decidirse por unos pocos, pero gracias a la paciencia y buen hacer de Amanda, todas las mujeres salen satisfechas y cargadas de coloridas bolsas repletas de sueños.

Un sueño impuesto por modelos y tabúes, por un sueño abierto y libre a estrenar. Esa es la tarifa.

Algunos hombres han acusado a Amanda de estar estafando a sus mujeres. Alegan que es evidente que hay trampa, porque si los nuevos sueños se pagan depositando sueños anticuados (sueños que quedan almacenados y no generan dinero a la dueña de la tienda), ¿cuál es el negocio? ¿Cuál es la ganancia de Amanda?

Hasta ha habido denuncias interpuestas ante Consumo para que clausuraran el local con mil excusas burdas. Pero las autoridades no han encontrado motivo alguno para hacerlo.

¿Qué gana Amanda? La respuesta es tan sencilla que resulta imposible de ver para muchos. Para todos esos que se creen dueños de los sueños de las mujeres con las que comparten vida, de todos los que no conciben que ellas sean capaces de soñar libremente.

No pueden entender que el sueño de Amanda fue y sigue siendo empoderar a otras mujeres, cuantas más mejor, hacer que cada una encuentre el suyo propio y lo persiga. Y que ella solo está trabajando día a día para alcanzarlo.

El día en que mi mamá pisó la luna

El día en que mi mamá pisó la luna

El 20 de julio de 1969 mi mamá pisó la luna. Tenía entonces ocho años recién cumplidos. Ocho años es la edad que yo tengo ahora, y mi abuela Aurora a veces me confunde con ella.

Lo de la abuela es una cosa rara. Mamá dice que debemos tener paciencia y comprender que la abuela está enferma, aunque yo no creo que lo esté.

Te da unos abrazos que te dejan sin aire, come chuches hasta que mamá se las quita, y dice palabrotas a toda hora.

La abuela cuenta unas historias fantásticas. Mamá dice que mezcla cosas, que no le hagamos caso, pero escuchándola fue como me enteré de que mamá fue la primera mujer en pisar la luna. La profe dice que las primeras mujeres en hacer algo se llaman pioneras. Así que mi mamá es una pionera.

A veces la abuela cree que los mellizos, ella y yo somos hermanos. Especialmente cuando mamá nos regaña a todos porque la hemos atiborrado con dulces, o porque hemos jugado a bombas de agua en el patio y la abuela está empapada de pies a cabeza y muerta de risa.

Pero otras veces, la abuela cree que yo soy su hija, es decir, mi madre, sobre todo cuando recuerda el asunto de la luna.

Entonces nos cuenta que la familia completa estaba frente a la tele esperando que el hombrecillo disfrazado de blanco pisara la luna.

La tele en aquel entonces era en blanco y negro. Lo sabemos porque dice que yo (o sea mi mamá) llevaba un camisón rosa, pero cuando me metí en la tele se tiñó de gris.

Que yo quería ser astronauta y que ella me decía que esas no eran cosas de mujeres. Y que yo, testaruda como siempre, me había metido en la tele aquella noche para ser, de la mano de Armstrong, la primera mujer en pisar la luna.

— ¿Y por qué quería ser astronauta? —pregunto yo, que no termino de entender qué tiene de espectacular lo de pisar la luna, ni para qué sirve. Más aun teniendo el poder de meterte en la tele. Yo me metería en cualquier capítulo de los Simpson o en una peli de princesas, pero ¿meterse en una borrosa escena en blanco y negro?

—Porque querías ser la primera mujer astronauta —dice ella, mirándome asombrada como si la que no tuviera memoria fuera yo.

—Mamá, ¿de pequeña tú querías ser astronauta? —le pregunto después a mamá.

Ella me dice que me deje de tontadas. Que no le haga caso a la abuela.

— ¿Por qué?

—Porque yo lo digo y se acabó —contesta mi mamá, como siempre que quiere dar por cerrado un tema sin dar más explicaciones.

Eso pasa siempre que los mellizos o yo preguntamos por papá.  Que hace años que no sabe nada de él, es todo lo que nos dice.

Pero yo una vez la escuché hablando por teléfono con la tía Inés, y le decía que, si mi padre lo estaba pasando mal, bien merecido se lo tenía. Que estaba claro que esa lagarta lo había enredado con sus piernas de vedete, pero que aquello mucho no le iba a durar.

A mí me dio un poco de cosa que a papá se lo hubiera llevado una lagarta, con lo fríos y tontos que son los reptiles. Pero cuando le pregunté a mamá si podíamos pedirle a la lagarta que nos lo devolviera, que para qué quería ella un humano flaco y alto como mi papá, me mandó a la cama sin darme oportunidad de repreguntar.

La lagarta, como la luna, son temas prohibidos para mamá.

Pero, a pesar de su empeño, la historia nos la sabemos súper bien.

Da un poco de pena cuando la abuela se pone a recordar aquella noche de julio del 69. Porque después del festejo, de los aplausos, de mi paseíllo (o el de mi madre), pasa algo. Algo que ensombrece su mirada y hace que interrumpa el relato.

Se queda así, con los ojos brillantes que parecen haber olvidado cómo llorar. Como sus palabras más repetidas en esos momentos, son “papá” y “marchó”, supongo que se trata de que alguien se ha ido.

Si consideramos que la abuela mezcla épocas como ensaladas, tal vez a quien llama papá, no sea su padre, ¡sino su marido!

—Mamá ¿hace mucho que murió el abuelo?

Ella se encoje de hombros.

—No lo sé, cariño.

—¿Cómo que no lo sabes?

—El abuelo… bueno, que no sabemos nada de él desde hace años…

— ¿Desde el 69, tal vez?

¡Bingo! Mi mamá se gira, apoya la cuchilla grande en la encimera y pone su cara de “este es un tema del que no voy a hablar”.

Pero antes de que pueda decir nada, le digo que la abuela nos lo ha contado. Que, si prefiere que nos quedemos con la versión de la abuela y sus huecos, vale.

—No, cariño. Supongo que ya eres lo suficientemente mayor para saberlo. La noche aquella en que el hombre llegó a la luna, estábamos todos frente al televisor. Yo volaba de fiebre y deliraba con pisar la luna. Tu abuelo salió a comprarme algo a la farmacia y nunca más regresó.

—Ah… ahora entiendo…

Mamá me abraza y me dice que ya es suficiente de hurgar en el pasado.

— ¿Y papá cuándo se marchó…? —empiezo a preguntar.

—Esa es otra historia, cariño.

—Lo sé, pero quiero saberla

—No hay llegada del hombre a la luna, ni paseíllo, ni frase célebre. Por lo demás, se parece demasiado a aquella otra.

—De mayor, seré astronauta, como tú —aseguro orgullosa.

— ¿Astronauta? ¡Yo no soy astronauta!, cariño

—Pues… como si lo fueras. No te agobia meterte en una escafandra con tal de acercarnos la luna, eres tan valiente como para dar esos pasos que nadie se atreve a dar, y sobre todo…

— ¿Sobre todo?

—No le tienes miedo a las lagartas —concluyo mientras mi mamá me abraza riendo.

Médico – Nanorrelato finalista en el certamen «Con pocas palabras basta»

Médico – Nanorrelato finalista en el certamen «Con pocas palabras basta»

Llegaba a casa con el corazón estrujado. Pero cada mañana lo planchaba con esmero para entregarlo en la siguiente guardia.

Hoy me han comunicado desde la Biblioteca Municipal de Villamalea, que mi nanorrelato «Médico» ha resultado finalista en su certamen «Con pocas palabras basta». Se trataba de escribir un relato de entre 10 y 20 palabras que tuviera como temática la pandemia de Coronavirus.

Muy agradecida al jurado y a la organización, que me ha tratado con mucho cariño.

El maestro rojo

El maestro rojo

Como a todos, lo llevamos al frontón para fusilarlo. Pidió beber un poco de agua. Un último deseo algo extraño, pero el sargento accedió. Otros pedían un cigarro, un beso de alguna mujer que sollozaba entre el público, y hasta apelaban a la piedad del sargento, que no tenía ninguna.

Le acercaron un cazo de metal, dejó caer un buen chorro dentro de su boca, hizo una especie de gárgara y luego escupió.

Era el maestro del pueblo. Algunos chavales lloriqueaban en primera fila. Nosotros solo esperábamos que nos ordenaran disparar.

—Tus últimas palabras —exigió el sargento.

El reo empezó a hablar, hablar, hablar…

Explicó la regla de tres simple, la compuesta. Recitó los nombres de todos los ríos de España de norte a sur. Conjugó el verbo vivir en todos los modos, tiempos y personas. Repasó las reglas de acentuación de las palabras llanas, agudas y esdrújulas.

Cada vez que el sargento levantaba la mano en ademán de interrumpirlo lo conminaba con gesto severo a volver a su pupitre.

Siguió con todas las tablas de multiplicar, los nombres de los polígonos regulares, las partes de la célula y la clasificación de los seres vivos.

El cura se durmió, el pelotón se dispersó, los soldados rasos ascendimos y el sargento se jubiló. Pero él allí sigue dando clases desde el 36. 

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