Fuera de cobertura

Fuera de cobertura

Al final desaparecían del horizonte y volvíamos a respirar. Cuando alguna embarcación fuera de su ruta habitual se acercaba demasiado a nuestra isla, yo procuraba distraer a los niños con una partida de Coco Parchís o desafiándolos a correr hasta la Gran Duna. Tú, mientras, apagabas el fuego y disimulabas la choza tapándola con las ramas que teníamos preparadas. Era nuestro pacto de oro, y funcionaba.

Pero últimamente, espiando tus escapadas al atardecer, te he observado desenterrar el móvil y acariciarlo con el índice, avanzando pantallas imaginarias. Y yo no te lo he dicho, pero he vuelto a soñar con Pink Floyd.

Última oportunidad

Última oportunidad

No sé por qué me he dejado arrastrar hasta aquí. No he querido decepcionar a mi chica. Insiste en que para sanar hay que perdonar.

Tus ojos se abren apenas cuando entro en la habitación. Todo es blanco: las paredes, las sábanas, tu cara, calavera vestida con una piel varias tallas grande.

Un amago de sonrisa se trepa a tu boca, que por falta de costumbre la traduce en mueca. Si esperas un reflejo de ella en la mía, permanece tumbado, te cansarás de esperar.

Ambos sabemos que nunca te levantarás de esa cama. Como mamá nunca pudo levantarse del hueco entre lavabo y bañera al que tu furia la empujó.

Ambos sabemos también que es mi última oportunidad de eximirte de culpa y la tuya de pedírmelo. Mientras articulas un “Hijo, perdóname”, extiendes tu mano esperando albergar la calidez de mis dedos. Pero ellos, traicioneros, se escapan de mí para agarrotarse alrededor de tu cuello. Abres mucho los ojos. De asombro, de ahogo. Aprieto. Bufas. Nunca es tarde para vengarse, pienso, y aprieto con más fuerza. Para perdonar, y aflojo la presión. Morirás culpable, retuerzo. Necesito sanar, flaqueo.

Testigo absorto de mi lucha, irreconociblemente débil, te echas a llorar.

Libertad

Libertad

Cuando llegó junio mi hermana decidió que no saldría de la barriga de mamá. Que hasta que no le pusieran un nombre de niña en lugar del ridículo Mateo con que la llamábamos desde que empezó a dar patadas, y hasta que no desecharan esa absurda ropa que mamá colgaba en el armario y le compraran un vestido con muchos volantes, no contaran con ella.

Nueve meses habíamos esperado y ella que no y que no. Que para eso no nacía.

Mamá se enfadó mucho. ¿Pero qué se cree este niño? ¡Caprichoso desde antes de nacer!, le decía a papá al volver del médico con igual diagnóstico: aún no habría parto. Si desde tan pequeño le consentimos sus caprichos ¿qué ejemplo estamos dando a su hermana mayor?, argumentaba señalándome con el mentón.

Yo, que prefería que Mateo fuera una niña, estaba ansiosa por conocerla. Pero ella se hizo rogar nueve meses más. Entrado marzo, mamá era toda barriga y apenas podía caminar. Recién entonces claudicó y preguntó como al aire… ¿qué nombre os gustaría que le pusiéramos a la niña? Yo aposté por Aitana, papá por María y al final, al día siguiente nació mi hermana. Se llamó Libertad.

Más grande que una casa

Más grande que una casa

A mi mamá le brotó una mentira en el ojo derecho. Fue el día en que nos vino a buscar al cole y dijo que papá se había tenido que ir de viaje. Al principio no se le notaba casi. Como si se le hubiera corrido el rímel por haber llorado. Pero mamá solo se maquilla para las bodas. Y llorar, casi nunca.

La mentira fue creciendo y ahora le ocupa toda la mejilla. No se le ven patas, ni cortas, ni largas. Pero cada vez que mamá dice que papá nos manda un beso y cuelga sin pasarnos con él, le brilla un poco más.

Ella la acaricia a veces, mientras estamos mirando la tele. Pero si le preguntamos qué tiene ahí, se hace la tonta y dice que nada. Eso hace que le llegue al hombro.

A la que no puede engañar es a la abuela Berta, que de mentiras sabe mucho. Y cuando cree que no la escuchamos, le dice que cómo no se le cae la cara, y es que las mentiras pesan un montón.

Hoy al despertarnos hemos encontrado un hombre en calzoncillos en el baño. Mamá nos ha dicho que es su primo del pueblo. Ahora la mentira ya le cuelga como una larga cabellera, se enreda en los muebles y se asoma por las ventanas.

Naturaleza sabia

Naturaleza sabia

El sentimiento no se equivoca nunca, y te juro que quise quererte. Desde que vi tu cabecita teñida de rojo y estallaste en llanto, quise quererte. Desde que pusieron tu cuerpo resbaladizo sobre mi pecho, quise quererte. Cuando prendiste tu boquita de pez en mi pecho, lo intenté con ahínco.

Pero no. Veía sus uñas clavadas en mi garganta en las tuyas de papel. Y tu cuerpo olía a su sudor agrio por mucha colonia que te echara.

Por eso estarás mejor a su lado, en el jardín de atrás. La Naturaleza tampoco se equivoca.

Manual de lectura

Manual de lectura

  1. Abra el grifo procurando equilibrar el frío de las palabras esdrújulas con la calidez de las agudas
  2. Alcanzada la temperatura perfecta, llene la bañera unos quince centímetros. Puede echar entonces las sales. Recomendamos las elaboradas con comas por ser más armoniosas que las de signos de exclamación.
  3. Nunca se sumerja sin probar la historia hundiendo la muñeca en la contratapa, o si es usted osado, en cualquier página al azar
  4. Una vez tenga el cuerpo envuelto en una buena trama, relájese y abra sus poros.
  5. Por último, cierre los ojos, y permítase soñar.
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