Hermano por un día

Hermano por un día

El día del apagón, del móvil que llevaba años sobre un mueble me brotó un hermano. Pelo enmarañado, mirada perdida. Supe quién era porque mamá corrió a abrazarlo y papá le reprochó desaparecer sin avisar.

Se sentó en el sofá. Mamá le hizo un sándwich. Él lo devoró en silencio. Dio un respingo cuando me acerqué y le aparté el pelo con curiosidad. Detrás de la maraña creí ver algo familiar. Tú has de ser la bebé, ¿no? Asentí, aunque ya tengo siete. Me senté en sus rodillas y estuvo cantándome arrorrós hasta que regresó la luz y tuvo que volver a marchar.

Su secreto

Su secreto

Aun sabiendo lo que ella hará, los peces de largas aletas coloridas no dejan de mirar hacia arriba cuando la niña se acerca a la pecera. Y la niña lo hace con frecuencia solo por verlos padecer. Esperar el alimento que mantendrá cogido entre sus dedos justo sobre la superficie del agua durante un tiempo esperanzador y angustioso a la vez para los animalillos hambrientos. Luego ella esbozará su sonrisa triunfal antes de llevárselo a la boca y saborearlo con fruición.

Que se deleita con la comida de los peces es su secreto. Como el motivo por el cual su padre se los regaló.

La magia de Pérez

La magia de Pérez

La escogió de piernas kilométricas, rubia. No todas son tontas, se dijo. Hay que romper estereotipos.

A él le dejó crecer la barba los tres días exactos requeridos para convertir un hombre corriente en un modelo de publicidad de perfume.

Naranjas. Las eligió perfectas, brillantes. Costó encontrar una bolsa de papel al estilo supermercado americano, pero lo consiguió. La puso, rebosante de naranjas, entre los brazos de ella. Apretadas contra un delicado vestido floral. En los pies de él depositó prisa.

Ella caminando de sur a norte. Él, de este a oeste. El sol escondiéndose lento tras el edificio de la esquina opuesta a la que, en tres, dos, uno, los futuros enamorados chocarían, las naranjas rodarían y ellos rozarían sus dedos al recoger la misma, brillante, perfecta.

Magia, se dijo justo antes de echarlos a andar.

Pero una niña, diente en mano y triunfal sonrisa agujereada se asomó a la puerta en ese momento. Papá, ¡se me ha caído! ¡mira! ¡ya soy mayor!

Cerró el portátil aplastando bolsa de papel, naranjas rodantes y futuros enamorados que ya nunca coincidirían.

A contraluz observó extasiado la perlita blanca que la niña le ofrecía. El sol se escondía lento tras los edificios. 

Steel Dragon

Steel Dragon

Uno treinta. Por fin lo ha conseguido. Alicia lleva años esperando que su coronilla alcance al fin la raya negra en el panel junto al acceso. Steel Dragon, la mejor montaña rusa del mundo, decían sus hermanos cada verano cuando bajaban trastabillantes para ponerse a la cola otra vez.

Mientras ella, que nunca había podido montarse a lomos del impresionante dragón, rumiaba su enfado por tener la estatura correspondiente a una niña dos años menor.

Pero el día ha llegado. Uno treinta raspados, pero uno treinta al fin. No le importa la hora y veinte de cola. Se siente mayor y feliz entre sus hermanos y los amigos que siempre los acompañan. Ellos ya han experimentado el vuelo del dragón y no paran de comentar cada detalle.

Aunque le dan miedo algunas cosas que escucha, se repite que está preparada. Que después de todo solo serán unos segundos y al fin volará.

Da un respingo cuando Darío, el mejor amigo de su hermano, le pregunta si está lista. Asiente entusiasmada. Entonces él baja lentamente la cabeza y la besa entre los vítores de todos.

No recuerda nada del viaje en dragón. Pero sabe que aquel día aprendió a volar. 

Sangre tibia

Sangre tibia

No entiendo por qué los que vienen a visitarnos al hospital, en lugar de felicitarme, me dan un abrazo consolador y permanecen en silencio observándote por el rabillo del ojo.

Eres perfecto, tu carita blanca, la cabecita simétrica, los cinco dedos de rigor en cada mano y en cada pie. Durante los pocos minutos en que nos dejan solos me dedico a observarte, maravillada de tenerte en brazos al fin.

Que tu padre vaya con esa cara pálida de aquí para allá no tiene nada que ver contigo. No te sientas culpable, él es así.

La gente es muy cruel a veces, ¿sabes? Es algo a lo que hay que acostumbrarse. Yo siempre fui la gordita de gafas en el cole y sobreviví. Pero mírate. Tú eres perfecto. Sin embargo, no dejo de escuchar que murmuran “¡Pobrecillo!” cuando creen que no escucho.

Lo único que me preocupa es que llores así cuando levanto la persiana y que mi leche te produzca arcadas. Pero ya lo superaremos. Con solo ver esos insólitos colmillos que adornan tu boquita, todo lo malo queda atrás. A pesar de lo punzantes que son. Todo lo olvido cuando te quedas dormido acunado contra mi cuello.

Cambio radical

Cambio radical

—Hemos dicho un padre perfecto. Y ya ves que no lo es… —repite mamá ante el escaparate.

Lleva rato intentando convencerme de que el de camiseta blanca de la esquina tiene cara de bueno, que se ve que sabe cocinar pizza y además es bastante guapo.

Pero yo me he encaprichado con otra madre. Una con ojos grandes y sonrisa cálida.

—Me prometiste que podría elegir…

—Sí, cariño. Pero buscamos un padre. Mamá ya tienes…

—¿No se puede tener dos mamás?

Mi madre, la primera, la que cuando papá nos abandonó me ha prometido comprarme uno nuevo, dulce y atento, que juegue conmigo y la enamore para siempre, duda.

La otra, la que será pronto mi segunda madre, le sonríe a través del cristal. Mi primera madre se sonroja. Se mira la punta de los zapatos, como hace siempre que la pillo haciendo algo inadecuado, me aprieta la mano y entramos a la tienda.