Lo que no explican las guías de viaje

Lo que no explican las guías de viaje

Preparadas las maletas, emprendo viaje desde la cocina hacia el cuarto con previsible escala en la habitación de los niños. Allí pernocto un par de minutos observando las estrellas luminosas del cielorraso. Luego me sumerjo en el mar de la bañera y emerjo cual diosa a medianoche para ungirme de ungüentos y expectativas. Conduzco con el pelo al viento por la carretera del pasillo para derrapar en la última curva y ejecutar mi entrada triunfal en el paisaje de la cama, donde (¡cómo no lo he previsto!) me espera en la oscuridad un estival concierto de irreductibles ronquidos.

Justicia poética

Justicia poética

El bosque estaba ahí, esperando que nos decidiéramos a hacerlo. Por eso no se sorprendió cuando nos vio llegar arrastrando el cuerpo rígido mientras las poderosas botas iban abriendo dos surcos a lo largo del camino. Mamá y yo bufábamos a la par, cada uno tirando de un brazo. Lo enterramos en el claro que se abría justo al final y regresamos a casa embarrados y exhaustos. Mis hermanos supieron que no debían preguntar. Nunca más se habló de aquella noche, hasta hoy, cuando las máquinas excavadoras hallaron los huesos. Decidimos seguir callando. Tiene algo de justicia poética que justamente allí vayan a construir una nave para criar cerdos.

El bosque de los suicidas

El bosque de los suicidas

El bosque estaba ahí, esperando. Con sus sogas anudadas colgando de los árboles. Las había de todos los colores, enganchadas a mayor o menor altura, con diámetro talla adulto o niño. Para todo tipo de motivos: en forma de corazón para los despechados, redondas como ceros para los arruinados, cuadriculadas para los calculadores, emulando lágrimas para los depresivos crónicos.

El bosque estaba ahí, como última salida. Por eso aguantábamos despidos injustos, sueldos de mierda, amores perdidos, hijos descarriados, enfermedades, vacíos, ausencias y adicciones. Porque el bosque estaba ahí. Y en cualquier momento podíamos ponernos a la cola y pagar la entrada para acceder a él.

Limbo

Limbo

Aquel día de verano de 1945, Cho y Naoko iban a compartir un paseo por la ribera del río Ota al salir de la fábrica. Ella se había esmerado en peinar su lacio cabello. Él había practicado el discurso con que le declararía su amor.

Ambos faltaron a la cita y no porque quisieran hacerlo. Unas pocas horas antes alguien, a kilómetros de distancia, había decidido que nunca llegarían a formar una familia.

Ellos hubieran sido tus abuelos, cariño. Yo hubiera sido tu madre, y ambas tendríamos el pelo liso de la abuela Cho.  Aquel hombre tan simpático que siempre nos ronda, sería tu padre.  Una pena que nos dejaran así, olvidados. Ahora, con tantos como somos aquí, difícil será tener otra oportunidad.

La soledad de los lápices

La soledad de los lápices

Esperan impacientes que aquellos dedos vuelvan a empuñarlos. Pero no regresan. Recostados contra los bordes del lapicero, se cuentan a sí mismos, historias que justifican la tardanza que va tornándose en ausencia. Saben que algo malo ha ocurrido. Hasta un lápiz puede entender que los gritos, el ruido, los fogonazos, la urgencia, el llanto, son los causantes de la oscuridad en que ha quedado sumido. Lo que no pueden entender es que la oscuridad no termine. Lo que no pueden soportar, es su propio peso apoyado durante tanto tiempo sobre la punta afilada.

Esperan. Hasta que las palabras se cuelan en la oscuridad, repetidas por miles de labios desde miles de sitios cercanos y distantes: “Je suis Charlie”

La mesa se ilumina y otros dedos, tristes pero decididos, vuelven a sostener con autoridad y valentía sus gráciles cuerpos. Se dejan transportar sobre el papel.  Se dejan usar como armas para luchar contra la barbarie. Saben que esa, aunque duela, es la forma de resucitar.

Verano en la oficina

Verano en la oficina

Usted decide un día escaparse media hora antes del trabajo y comerse un helado de Vainilla de Madagascar y Chocolate Suizo, de esos que hacen en la heladería artesanal que han abierto en la esquina.

Se lo promete a las ocho y cuarto, cuando quince minutos después de llegar, ya se quiere ir o por lo menos encerrarse en el baño hasta que sean las seis de la tarde (que el jefe ha decretado que este verano no hay jornada intensiva).

Entonces contesta el teléfono e intenta convencer al del seguro de que todavía no tiene el pago porque resulta que los clientes están atrasados y el banco ha rechazado un cheque, y además le han venido devueltos no sabe cuántos recibos. Y el del seguro le dice que sus problemas le importan un cuerno, y que le diga a su jefe que, si no paga hoy mismo, la fábrica queda sin cobertura; y usted piensa en Madagascar y le promete que hará todo lo posible, aunque el otro no lo escucha porque ya hace rato que colgó.

Usted, Chocolate Suizo, cuando llega el jefe le explica lo del seguro y se derrite por los gritos que lo acusan de inepto y débil. Y, Vainilla chorreando, trata de hacerle entender que el del seguro tiene razón y que estamos muy retrasados. Pero el jefe, con su mirada de Menta Granizada, le dice que lo comunique, que él mismo arreglará lo del seguro. Usted se siente algo aliviado, pero experimenta la seguridad de ser un imbécil.

A media mañana, mientras intenta cuadrar los extractos bancarios, se acerca hasta su mesa Fruta de la Pasión con su minifalda ajustada y sus tacones empinados. Y usted, inútil Vainilla de Madagascar, apenas si atina a contestar con una sonrisa-monosílabo los comentarios que ella le hace. Y cuando la ve salir observa sus piernas conos dorados y quisiera ser capaz de seguirla, aunque más no fuera hasta el despacho de al lado.

Inmediatamente aparece Carlos Granizado de limón que trae las últimas noticias de recursos humanos. Parece que el jefe está planteando echar a dos o tres tarrinas, de las más pequeñas y usted se siente en peligro. Granizado de limón no sabe mucho más, y por más que le pregunta solo repite que en cualquier momento se va todo a la mierda y usted, Chocolate Suizo al fin, termina tratando de consolarlo.

No hay tiempo para comer porque es necesario atender al enésimo proveedor que reclama su pago y usted pegotea el teléfono, pero ya no intenta explicarle nada.

Fresas con nata viene a traerle lo que hay que autorizar urgente y se queda mirándolo con las mejillas arreboladas y los ojos brillantes. Claro que usted no lo nota, porque nunca la ha observado con atención. Entonces ella suspira por sus labios de vainilla y se va hasta mañana.

Por suerte ya son casi las seis y usted se da cuenta de que al final no ha podido escaparse media hora antes. Ficha la salida y se va directo a casa porque ya se le fueron las ganas de tomar helado. Aunque piensa que mañana seguro que lo hará. Eso sí, será mejor que lo planee con tiempo, porque si no después se hace imposible salir temprano.

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