Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad. Sin abetos, ni luces, ni letanías de villancicos. Sin sorteo extraordinario, ni anuncios del corte inglés. Sin fraternidad fingida y ni falsos deseos de prosperidad. Sin mesas rebosantes de comida que le asquea probar. Sin cuentas regresivas ni uvas. Sin absurdo cotillón. Era 2 de diciembre.
Despertó después de las rebajas, cuando ya todo había pasado. La cuesta de enero costó menos que otros años en que no podía conciliar el sueño y el fantasma de Laura la perseguía durante todo diciembre rogándole que escribiera su carta a los reyes por ella. Desde que se había muerto, no tenía manos.