Verano en la oficina

Verano en la oficina

Usted decide un día escaparse media hora antes del trabajo y comerse un helado de Vainilla de Madagascar y Chocolate Suizo, de esos que hacen en la heladería artesanal que han abierto en la esquina.

Se lo promete a las ocho y cuarto, cuando quince minutos después de llegar, ya se quiere ir o por lo menos encerrarse en el baño hasta que sean las seis de la tarde (que el jefe ha decretado que este verano no hay jornada intensiva).

Entonces contesta el teléfono e intenta convencer al del seguro de que todavía no tiene el pago porque resulta que los clientes están atrasados y el banco ha rechazado un cheque, y además le han venido devueltos no sabe cuántos recibos. Y el del seguro le dice que sus problemas le importan un cuerno, y que le diga a su jefe que, si no paga hoy mismo, la fábrica queda sin cobertura; y usted piensa en Madagascar y le promete que hará todo lo posible, aunque el otro no lo escucha porque ya hace rato que colgó.

Usted, Chocolate Suizo, cuando llega el jefe le explica lo del seguro y se derrite por los gritos que lo acusan de inepto y débil. Y, Vainilla chorreando, trata de hacerle entender que el del seguro tiene razón y que estamos muy retrasados. Pero el jefe, con su mirada de Menta Granizada, le dice que lo comunique, que él mismo arreglará lo del seguro. Usted se siente algo aliviado, pero experimenta la seguridad de ser un imbécil.

A media mañana, mientras intenta cuadrar los extractos bancarios, se acerca hasta su mesa Fruta de la Pasión con su minifalda ajustada y sus tacones empinados. Y usted, inútil Vainilla de Madagascar, apenas si atina a contestar con una sonrisa-monosílabo los comentarios que ella le hace. Y cuando la ve salir observa sus piernas conos dorados y quisiera ser capaz de seguirla, aunque más no fuera hasta el despacho de al lado.

Inmediatamente aparece Carlos Granizado de limón que trae las últimas noticias de recursos humanos. Parece que el jefe está planteando echar a dos o tres tarrinas, de las más pequeñas y usted se siente en peligro. Granizado de limón no sabe mucho más, y por más que le pregunta solo repite que en cualquier momento se va todo a la mierda y usted, Chocolate Suizo al fin, termina tratando de consolarlo.

No hay tiempo para comer porque es necesario atender al enésimo proveedor que reclama su pago y usted pegotea el teléfono, pero ya no intenta explicarle nada.

Fresas con nata viene a traerle lo que hay que autorizar urgente y se queda mirándolo con las mejillas arreboladas y los ojos brillantes. Claro que usted no lo nota, porque nunca la ha observado con atención. Entonces ella suspira por sus labios de vainilla y se va hasta mañana.

Por suerte ya son casi las seis y usted se da cuenta de que al final no ha podido escaparse media hora antes. Ficha la salida y se va directo a casa porque ya se le fueron las ganas de tomar helado. Aunque piensa que mañana seguro que lo hará. Eso sí, será mejor que lo planee con tiempo, porque si no después se hace imposible salir temprano.

Out Run

Out Run

Era el verano de tus quince años y tú eras un chaval tímido que no encajaba del todo en los grupos y que tenía contados amigos. De todos, el mejor era Alberto. Os habíais conocido en segundo, después de la gran mudanza. Desde entonces erais inseparables. Alberto era un año mayor que tú, pero como había repetido curso en primero, coincidíais en clase.

Costó que su madre divorciada (algo muy mal visto por tus tradicionales padres) los convenciera de que te dejaran ir a pasar unos días con ellos a la playa. Pero entre su insistencia y tus promesas que habían ido desde el comportamiento ejemplar hasta las mejores notas para el curso siguiente, lo habían conseguido.

Aquellos días en la playa estaban siendo increíbles. La madre de Alberto era lo opuesto a la tuya. Siempre riendo, siempre contando anécdotas, siempre diciendo que sí a cualquier cosa que su hijo le pidiera con un poco de insistencia. Les dejaba ir al cine solos, pedir pizza por teléfono, quedarse despiertos hasta cualquier hora e ir a un local de recreativas (el lugar top de la ciudad) que tenía nada menos que tres plantas repletas de maquinitas y además con unos cuantos billetes en los bolsillos.

Fue en alguna de aquellas noches de verano, cuando después de un empacho de Tetris y Space Invaders en las recreativas, y en plena euforia porque habías conseguido batir el récord del Out Run, cuando subiendo en el ascensor del edificio donde se alojaban, Alberto te besó por primera vez.

Te tomaba por sorpresa. O tal vez no. Tal vez lo habías estado esperando sin permitirte reconocerlo. Lo empujaste suavemente apoyando tus manos en su chaqueta de jean. Él te miró expectante.  La campanilla del ascensor indicó que ya estaban en el noveno. Tú bajaste la cabeza y sin querer, sonreíste.

La madre de Alberto os miró con reproche al abrir la puerta.

—Habíamos dicho diez y media aquí —dijo.

—Sí, má… Se nos hizo un poco tarde. Este monstruo batió el récord del Out Run, ¿lo puedes creer?

La madre de Alberto te miró sorprendida. Tal vez encontraba un color distinto en tus mejillas o la confusión pintada en tus ojos. Tal vez era capaz de vislumbrar el caleidoscopio de emociones que giraban en tu interior. Out Run, salir corriendo. Debería salir corriendo, recuerdas haber pensado. Pero no lo hiciste.

—Bueno, todo el mundo a dormir —dijo la madre de Alberto acompañándoos por el pasillo.

Entrasteis en el cuarto que compartíais. Él se puso el pijama como si nada, y sacó tu cama que se guardaba debajo de la suya. Tú te quitaste la chaqueta, y así vestido, te dejaste caer sobre el edredón. No sabías que decir. Y extrañamente, parecía que Alberto tampoco.

Apagó la luz. Tú tanteaste en la oscuridad hasta encontrar su mano colgando. Siempre dormía con la mano colgando fuera de la cama. La apretaste fuerte. Y como si al fin, después de mucho buscarlo, hubieras encontrado el sitio del que no querías huir, el sitio en donde más cómodo te sentías, el sitio del que nunca harías Out Run, te quedaste dormido.

Mi paso por la final anual REC 2020/2021

Mi paso por la final anual REC 2020/2021

Este no es nuestro estilo de familia y sin embargo ahí estábamos, aunados por los sueños, por las expectativas, por las ganas, pero, sobre todo, por las letras. Hay tiempo para todo, pensábamos. Por eso nos regodeamos en los abrazos, las anécdotas, las risas, las fotos compartidas en uno y otro grupo. Pero el tiempo se iba muy rápido, y de la comida bajo la sombra oscilante de una sombrilla enorme, salimos corriendo sin pagar.

La terraza de la Ser, ese ansiado podio al que llegar, estaba inundada de fotografías de años pasados, de rostros que nos salían al encuentro desde julios lejanos y cercanos. Recuerdos que, a quienes posábamos ante el señor que había salido a fumar, nos ahogaban sin remedio en esa casa navegable. Y el pobre fumador sin poder encender su cigarrillo, nos sugería sitios, culos de estatuas, sol, sombra, ¿cómo iba a imaginarse que no sabíamos nadar?

Calados hasta los huesos, vivimos el encuentro con Francino, siempre tan cercano, siempre tan acogedor, ¡y las fotos que nos sacaron con un móvil que no era nuestro! ¿Me estás escuchando, tía? ¡Que nos quedamos sin foto con Carles! ¿Cómo no le dimos un móvil de los nuestros? ¿Dónde la van a publicar?

Prueba de cascos. Decid algo. Nosotros no sabemos decir sin boli, sin un teclado, sin una frase inicial que dispare el torrente de palabras. Y empieza el programa. Y queremos que termine y queremos que no acabe nunca. Le pedimos al técnico que haga todo lo posible por mantenerlo con vida un poco más. Pero el final llega, y el veredicto y la alegría en vivo de dos campeones que arañaron el premio gordo.

Fotos de familia, charla con el jurado, más codos y abrazos. Y promesas, y desafíos. El año que viene estaremos aquí otra vez, nos decimos los repetidores con nuestra incontrolable afición por los viajecitos interplanetarios.

Al salir, en la puerta de la Ser nos esperaba una comitiva. Ganadores de Rec, amigos de siempre, representantes del gremio microrrelatista dispuestos a brindar por las letras, vendedores de magma y cenizas y alguien que pasaba por ahí.

Después de las cervezas de rigor, nos despedimos buscando las luces de la Gran Vía porque la noche ya había caído sobre Madrid. Entonando promesas de reencuentros terraceros que ojalá podamos cumplir todos. Y sabiendo que pase lo que pase nos volveremos a abrazar. Si no, no seríamos nosotros mismos. Esa era fácil. Subordinada condicional.

Hoy, mi cuarquinta final de REC

Hoy, mi cuarquinta final de REC

Hoy es un día de fiesta. Como siempre lo es el día de la final anual de Relatos en Cadena.

Sí, siempre hace la misma ilusión. Siempre produce ese cosquilleo, ese nerviosismo, esa anticipación entre los omóplatos, hayas pasado las veces que hayas pasado por allí.

Puede sonar conformista, pero aquí lo importante no es ganar. Es llegar a la ansiada terraza, es hacer nuevos amigos y estrechar lazos con aquellos con los que ya se ha compartido la experiencia.

Y el premio está en disfrutar de este día especial.

A aquellos que queráis acompañarme, hoy estaré asomándome a La Ventana desde la Gran Vía entre las 18 y las 19:20, momento para el cual ya conoceremos al ganador/a REC 2021.

Mucha suerte a todos mis compis. ¡A pasarlo bien, que eso es lo importante! (consejo de una veterana en estas lides).

Final Relatos en Cadena 2017
La terraza de la Ser en 2018
Mi dream team de 2019

Mañana, añadiremos una nueva foto a la colección. ¡Gracias a tod@s por el apoyo de siempre!!

Deseos de escritor

Deseos de escritor

La erupción empezó por los brazos, pero pronto se extendió. Las palabras emergían desde debajo de toda su piel. Las patas de las pes se clavaban en su epidermis, las alturas de las eles le hacían cosquillas, las sílabas tónicas le pinchaban con los aguijones de sus acentos. Pero lo peor eran los guiones de diálogo causantes de cientos de úlceras rojizas a punto de explotar.

Que no pique, rogó, que no pique. Pero ya había empleado sus tres deseos.

Lo de que me brotaran las palabras era una metáfora, intentó explicarle al genio antes de empezar a rascarse sin control maldiciendo sus sueños de gloria.

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