Buenos Aires, 1977

Buenos Aires, 1977

La obligaron a sentarse en el sofá, junto a sus zapatos. Se concentró en mirarlos para no ver los pies descalzos de su padre en dudoso equilibrio sobre la banqueta de la cocina. Temblaban. Las rodillas desnudas, el calzoncillo bóxer, la camiseta de dormir, y más arriba, su cara aterrada y el cuello rodeado por una soga gruesa que colgaba del techo.

—¡Déjenla ir! Es una pibita. No sabe nada —lo escuchó decir.

Una bota negra pateó apenas la banqueta. Entonces, ella sacó su pistola de plástico para dispararla contra los uniformes. Lo último que vio fue un hilo dorado goteando sobre la alfombra desde el charco de orina a los pies de su padre.

Apuestas

Apuestas

Se me acumulan los garbanzos después de cinco partidas de chinchón. Si pierdes, sacarás la basura todo el mes. Si pierdo, deberé aceptar que te rapes. Desafiante, frunces el ceño y apuestas tus últimos cuatro. Me recuerdas tanto a tu madre de pequeña…  Acerco mis cuatro.

—Hagámoslo a todo o nada —dices.

Empujo mi pequeña fortuna hacia el centro de la mesa. Sonríes satisfecha.  Con el mismo brillo que ella tenía en la mirada cuando era una adolescente y todo lo cuestionaba.

Dos horas después, me has desplumado. Tu madre llega del hospital. Se la ve cansada tras el tratamiento. Pero su sonrisa ilumina la cocina cuando te quitas tu eterna visera y te acaricias el cráneo brillante. Ahora os parecéis todavía más.

Segundo premio en el VII Concurso de microrrelatos Lenteja de Tierra de Campos

Segundo premio en el VII Concurso de microrrelatos Lenteja de Tierra de Campos

Esta semana he recibido la noticia de que mi relato Charlas de ascensor ha sido reconocido (entre 456 relatos) con el segundo premio en el Concurso de microrrelatos Lenteja de Tierra de Campos.

Además de un estupendo fin de semana en esas tierras me he ganado la posibilidad de escucharlo leído en la página de la institución organizadora. Aquí puede escucharse.

Muchas gracias a I.G.P. Lenteja de Tierra de Campos por este reconocimiento.

Charlas de ascensor

Charlas de ascensor

Se me acumulan las lentejas desde que confesé a la vecina, que echo de menos los guisos de mi madre. Se ha erigido en paladina legumbrera y cada día me toca el timbre con un táper lleno entre sus manos ajadas. Le digo que no debería molestarse y le devuelvo los recipientes vacíos. Ella permanece en el vestíbulo, como si no se atreviera a seguirme hasta la cocina. En realidad, se queda mirando la foto de mi padre colgada en la pared. Los ojos se le nublan. Cómo te le pareces, dice.

Y yo empiezo a entender por qué papá nunca quería comer lentejas en casa.

Elemental

Elemental

Lo cierto es que no sabíamos qué hacer con él. Se llamaba James y era un mayordomo inglés, muy circunspecto y con levita. Había aparecido una mañana de lunes junto a las mesas de la sala de lectura. Cojeaba un poco a causa del golpe. Podía haberse caído desde cientos de novelas.

Tuvimos que dejarlo suelto en el pasillo de literatura inglesa y confiar en que encontrara su hogar.

Pero no fue así. Los crímenes empezaron a sucederse cada noche. La belleza era su debilidad. Las víctimas, todas hermosas muchachas, aparecían atrozmente asesinadas entre dos estantes o colgando desde las páginas de un libro entreabierto. Con una letra capital clavada en el pecho, o un guion de diálogo cercenando sus esbeltos y nacarados cuellos.

Tenía una particular preferencia por las heroínas de grandes clásicos, cierta inclinación por las jóvenes rusas, y un modo sistemático y cruel de llevar a cabo sus ataques. Tuvimos que descatalogar varios títulos. Urgía restituirlo a su sitio.

Al final, hubo que contratar los servicios de un tal Holmes que resolvió el caso con gran profesionalidad. El mayordomo pertenecía a una típica novela de misterio, donde, por supuesto, era el asesino.

Relato seleccionado en la primera convocatoria del 2020 de Esta noche te cuento, sobre el tema «La belleza»

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