Hoy parece que ella tiene la voz todavía más dulce que ayer. Mientras conduzco, saluda a los oyentes que recién se incorporan. No me gusta que haga eso. La acompaño desde las cinco, y ella saluda a los remolones. No lo merecen. Casi las diez. Nuevamente llegaré tarde por quedarme en el coche esperando escuchar su hasta mañana amigos. Pero no dice hasta mañana, dice hasta siempre, dice que es su último programa y un montón de cosas que no entiendo. Los oídos me zumban.  Subo el volumen, golpeo la radio, el volante, los cristales. La señal horaria suena estridente en el momento en que bajo del coche, y me dejo atropellar.