Dolor azul

Dolor azul

Sabía que alguna madrugada sonaría el timbre. Lo supe desde el día en que te encontré el paquete arrugado en el bolsillo interior del abrigo. Ese abrigo que te había comprado cuando empezaste el instituto. Tres tallas más grande para que te durara. Así lo hacía todo. Previendo, especulando, intentando adelantarme a los futuros problemas.

Y que la policía toque el timbre de tu casa en plena noche suele ser un problema. O por lo menos lo anuncia. Sin embargo, en contra de mis especulaciones, quien hizo sonar esa campanilla estridente que me levantó de la cama como un resorte, no fue la policía. Fue Diego, el de la Conchi.

—Aurora —dijo con voz temblorosa a través del telefonillo. Y de inmediato supe que algo te había pasado —Será mejor que bajes…

Yo aferré el aparato de plástico hasta que las uñas carcomidas se me pusieron blancas. Y después, sin poder arrastrar los pies descalzos, me hice pis en el pasillo.

No sé cómo bajé, pero sé que estaba descalza corriendo por el asfalto helado hasta el bulto que adivinaba difuso entre la neblina de la madrugada. Que tu nombre me llenaba toda la boca en un grito inédito. No era ese con que te llamaba por la ventana cuando eras pequeño, tampoco el que ponía en el cielo cuando otra vez llegabas tarde a casa. Ni siquiera el que había acompañado la bofetada con que respondí a tu primera provocación: “Ya entiendo por qué papá te dejó, eres insoportable”-.

Tu nombre me pesaba sobre la lengua, mientras corría sin que el suelo gris avanzara bajo mis pies. La madrugada se había desmembrado. Mi carrera parecía suspendida entre nuestro portal y la figura caída en medio de la carretera. Como una frase que no encuentra la palabra adecuada, como una cadena de puntos suspensivos que se iban hundiendo a medida que mis pies los pisaban.

Tu nombre pesaba tanto, que no podía escupirlo, pero tampoco mantenerlo dentro de la boca.

Cuando llegué junto a tu cuerpo ensangrentado, una sirena estridente doblaba la esquina y algunas manos se alzaban para indicar “¡Aquí, es aquí!”

Aquí no es. No me van a convencer de lo contrario. Lo del hospital, podría llegar a aceptarlo. Allí te cuidarían. Allí recompondrían tu cuerpo de marioneta rota. Pero esto, no. Aquí no puedes estar. Esta gente no sabe que solo tienes veinte años. Que aún no has aprendido a plancharte las camisetas, que necesitas tiempo para aclararte. Es normal, eres un chiquillo y solo estás confundido. Pero no tanto como para venir a parar a un sitio como este por tu propia decisión. Te han traído. Y ha sido un error. A los veinte años está prohibido entrar en algunos sitios. Hay países donde no puedes acceder a los casinos, donde no te puedes casar o votar. Pero si hay algo que debería estar prohibido en todo el mundo, es entrar en una morgue con solo veinte años.

Al final, la Conchi me ha prestado un par de zapatillas y un abrigo viejo y grueso que huele a tabaco y a chimenea de casa rural. Al menos cubre mi pijama. Yo no he querido subir a casa. Esperé junto al cordón policial que vinieran a llevarte o a llevarse a ese que no eres tú. Y me subí al coche del Tano, con la birria que yo le tengo, solo porque se ofreció a seguir a la ambulancia. Una ambulancia que no puso las luces ni la sirena, para qué. No hay urgencia cuando la muerte ya lo ha convertido todo en eternidad.

Y aquí me tienes. Esperando para entrar a reconocerte. Como si alguien pudiera creerse que mi duende de camiseta de rayas, ese que se escondía tras la puerta para asustarme al entrar a casa, sea ese guiñapo que colocaron sobre la camilla con una delicadeza innecesaria y angustiosa. Yo sé que ese no eres tú. Pero cómo voy a explicárselo a las batas blancas que caminan por los pasillos en silencio, con esos pasos de zapatos de goma acolchando el roce de sus sentimientos, de sus vidas, con un trabajo demasiado duro como para pensar en él con seriedad. Están acostumbrados a tratar con muertos, me digo. Están acostumbrados a preguntarles cómo han llegado hasta aquí. Quién les ha hecho semejante desarreglo, por qué, qué fue lo último que comieron antes de…

Te había dejado preparados los macarrones con boloñesa para que los recalentaras al llegar. No sé por qué insistía en congraciarme contigo, si tú llevabas tiempo sin merecerlo ni apreciarlo. Pero soy una madre. Y eso lo explica todo. Las madres perdonamos como escudo. Ni siquiera dejamos que las ofensas nos rocen. No te entendía. Llevaba mucho tiempo sin entenderte, pero creía que el tiempo te traería de vuelta. Que el tiempo te haría encontrar el camino. No este que te ha llevado en una ambulancia apagada hasta un cuarto frío con encimeras de metal. No este que te ha puesto en manos de unos señores con zapatos de goma que te preguntarán cómo has llegado hasta aquí justo cuando tú ya no puedes responder.

Has llegado hasta aquí porque no he sabido contenerte a tiempo. Porque el día que encontré el paquete arrugado en el bolsillo interior de tu abrigo de la ESO, tú ya habías abandonado el instituto y ya no hacías caso a nada de lo que yo te dijera. Y vaya si te dije. Intenté imponer, amenacé con cortarte los suministros, grité, juré que nunca más te daría ni un céntimo. Y terminé pidiéndote perdón por no sé qué, llorando con la cabeza apoyada en la puerta de tu cuarto, rogando que me escucharas, que te dejaras ayudar, que volviéramos a hablar como cuando llegabas del cole y me contabas feliz que tu amiga Marta te había regalado una pegatina de un corazón.

No sé cuánto hace que dejaste de contarme tus cosas. Pero seguramente menos que el tiempo que yo llevo sin contarte las mías. Porque yo nunca te las he contado. Nunca te he dicho por qué no valía la pena intentar buscar al hombre misterioso que era tu padre. Así lo llamabas. El hombre misterioso. Porque yo nunca terminaba de contestar tus preguntas sobre él. Decía lo mínimo, lo justo, lo indispensable. Ni siquiera porque quisiera ocultarte cómo era él, sino porque no lo sabía. Lo que sí quería ocultarte era lo que había pasado. Creía que eso iba a ser una carga demasiado pesada para ti. Y me negaba a hacértela llevar. Es cierto que conocer esas circunstancias (por llamarlo de algún modo) te hubiera dicho mucho sobre el tipo de persona que podía ser el hombre misterioso. Pero quería ahorrártelo.

Las “circunstancias” aún me asaltan en pesadillas a veces, veintiún años después. La música de la orquesta arrancando las fiestas del pueblo, disimulando mi grito antes de que el más alto me aplaste la boca con su mano sudorosa. Date prisa, lo apremian. Trombones. Venga, que es mi turno. Platillos. Se ve que te gusta, putita. Clarinetes. Risotadas y palmeos de espaldas. Trompeta. Cierro los ojos para no saber qué pasa más allá de mi cuello. Gaitas. Me concentro en respirar por el hueco milimétrico que la mano grasienta deja a mi nariz. Todo termina cuando suena el redoble de tambores y la plaza, a apenas dos manzanas de mi calle oscura, estalla en vítores. Entonces despierto. Con el alivio de que esta vez ha sido una pesadilla. Como lo fue entonces, cuando no tenía el consuelo de que fuera solo un mal sueño, porque había sido demasiado real. Tan real como tu carita arrugada en brazos de la matrona unos meses después. Me miraste con esos ojos enormes que eran los míos, y mis firmes decisiones tambalearon como una montaña de platos transportada por un niño travieso.

Tú no tenías la culpa. Si alguien no tenía la culpa de todo aquello, ese eras tú. La culpa era de ellos, de la orquesta, de la fiesta y hasta mía. Por la falda corta o el pelo largo. Por salir sola. Por tonta, como me había dicho mi padre. Eso te pasa por tonta. Pero no era tuya. Tú acababas de llegar a un mundo que no comprendías, y que hasta hoy mismo seguías sin comprender.

Tal vez si no hubiera cambiado de opinión y hubiera aceptado desprenderme de ti y perder de vista esos enormes ojos para siempre, hoy no estarías sobre una camilla de metal mientras un bata con zapatos de goma hurga en tu pecho, bisturí en mano. Una familia con más posibilidades se hubiera encargado de ti. Y hubieras estudiado para ser astronauta como querías cuando tenías diez años. Sí, astronauta. Eso querías ser. Seguro que ya ni te acuerdas de la caja del termotanque convertida en nave espacial. Bueno, claro. Considerando el hueco que tienes en la cabeza, no creo que puedas acordarte ni de eso ni de nada.

A veces vendría bien poder olvidarse de las cosas. Yo borraría la inauguración de las fiestas del pueblo, tu mirada hosca cuando aplasté delante de ti la caja encontrada en el bolsillo de tu abrigo. La estrujé entre los dedos y luego la arrojé sobre las baldosas de la cocina para pisotearla con todas mis fuerzas antes de tirarla a la basura. Basura, esto no es más que basura, te dije. Y tú me cogiste por los hombros y me sacudiste con violencia. Eso quisiera olvidar. La noche de las fiestas del pueblo y tus manos crispadas sobre mis hombros. Y por supuesto esto. Cada uno de los minutos transcurridos desde que el timbre atronó en la oscuridad de nuestra casa, esa a la que ya no regresarás para encontrar los macarrones en el microondas y un papelito sobre la mesa de la cocina diciendo que te los calientes. Cuatro minutos. A 720.

La Conchi, que me ha acompañado, pobrecilla siempre tan buena samaritana, me ofrece un vaso de papel con algo turbio y caliente. No me siento capaz de beber, pero se lo agradezco y lo cojo entre mis manos. Como si el calor que atraviesa el cartón fuera suficiente como para calentarme el alma helada.

Ya nada podrá hacerme entrar en calor. Ni siquiera el enfado de saberte en el camino incorrecto. Porque ya no hay camino. No hay atajos correctos o incorrectos. Todos son erróneos. Todos los que tú y yo hemos tomado desde la noche de las fiestas del pueblo hasta hoy. Porque de otro modo no puede alguien con veinte años terminar sobre la camilla fría de una morgue.

Unas batas blancas se aproximan al sitio en donde la Conchi y yo estamos sentadas. Es una fila de seis sillas de plástico color azul Francia. De ese tipo de sillas que hace que te pongas en pie a los pocos minutos de haberte sentado. Pero yo llevo aquí horas, supongo. Ni siquiera lo sé. Los zapatos de goma blancos, dos pares, quedan en el ángulo de visión de mis ojos hundidos en la cabeza gacha.

—Señora —dice una voz masculina. La Conchi me coge la mano y me la estruja como para hacerme reaccionar.

No quiero levantar la cabeza, no quiero escuchar lo que me vienen a decir. Porque no vienen a decirme que te has curado, que ha sido un milagro. En las morgues no existen los milagros. Si te hubieran llevado al hospital, como les rogué. Pero no. Ambulancia apagada y calma. Que no hay urgencia en la eternidad.

—Señora —repite el hombre de zapatos de goma con delicadeza. Hago un esfuerzo enorme para despegar el mentón del pecho y mirarlo —Siento mucho que esté pasando por esto. Es una formalidad, pero es necesaria. Es preciso que alguien entre a reconocerlo. Si usted no se siente capaz, tal vez otra persona…

—¡No! —me pongo en pie decidida. Nadie mejor que yo puede reconocerte. Nadie mejor que yo, sabe cómo se te riza el pelo detrás de la nuca, conoce el trío de lunares de tu pecho, ni la mancha con forma de calabaza en tu ingle izquierda. Eres mi niño y no te voy a dejar solo nunca. Ni siquiera ahora.

Los hombres me flanquean mientras avanzamos por el pasillo. Huele a desinfectante, a jarabe para la tos, a lejía y a hospital. Pero esto no es un hospital. Ojalá lo fuera.

—Será solo un momento —dice uno de ellos, el que hasta ahora ha permanecido callado.

Y yo no quiero que sea solo un momento. Yo quiero quedarme contigo para siempre. Recostarme en la camilla vacía que está junta la tuya y dejarme morir allí. Para que los señores de zapatos de goma vengan a preguntarme de qué he muerto y yo les diga que de dolor azul. El dolor azul es algo que te va subiendo desde los pies, mientras corres descalza por el asfalto helado y termina instalándose entre tus costillas cuando identificas el abrigo azul marino que le has comprado a tu hijo al entrar en la ESO, manchado de sangre y abierto en forma casi obscena, sin tapar su cuerpo desmigajado sobre la carretera. El dolor azul sigue avanzando mientras te sientas sobre una silla también azul. Azul Francia. Y te balanceas entre una noche de fiesta sin fiestas y una vida que ya no es vida.

Uno de ellos corre la sábana que tapa tu cabeza. El hueco en la sien está casi disimulado. Tu pelo es un pegote indescifrable sobre tus ojos cerrados. Tan grandes que pareciera que los párpados no pueden cubrirlos del todo.

No es él, me digo. No es mi niño. Mi niño no tiene esa nariz tan afilada, ni esa etiqueta colgando de la muñeca izquierda. Pero doy un paso atrás y asiento.

El hombre vuelve a taparte la cabeza. Y yo me dejo llevar por la mano amable que me coge del codo. Aunque a la que se llevan no es a mí. Yo permanezco clavada sobre las baldosas blancas, aspirando el olor a formol. Y cuando se han marchado me recuesto a tu lado mientras nos cubre el azul.

Hermano por un día

Hermano por un día

El día del apagón, del móvil que llevaba años sobre un mueble me brotó un hermano. Pelo enmarañado, mirada perdida. Supe quién era porque mamá corrió a abrazarlo y papá le reprochó desaparecer sin avisar.

Se sentó en el sofá. Mamá le hizo un sándwich. Él lo devoró en silencio. Dio un respingo cuando me acerqué y le aparté el pelo con curiosidad. Detrás de la maraña creí ver algo familiar. Tú has de ser la bebé, ¿no? Asentí, aunque ya tengo siete. Me senté en sus rodillas y estuvo cantándome arrorrós hasta que regresó la luz y tuvo que volver a marchar.

Su secreto

Su secreto

Aun sabiendo lo que ella hará, los peces de largas aletas coloridas no dejan de mirar hacia arriba cuando la niña se acerca a la pecera. Y la niña lo hace con frecuencia solo por verlos padecer. Esperar el alimento que mantendrá cogido entre sus dedos justo sobre la superficie del agua durante un tiempo esperanzador y angustioso a la vez para los animalillos hambrientos. Luego ella esbozará su sonrisa triunfal antes de llevárselo a la boca y saborearlo con fruición.

Que se deleita con la comida de los peces es su secreto. Como el motivo por el cual su padre se los regaló.

Ecosistema en un jarrón

Ecosistema en un jarrón

Mamá ha heredado el jarrón de la abuela Carlota. Nosotros no llegamos a conocer a la abuela, pero mamá suele hablarnos de ella. Siempre que papá no está presente, porque a los papás no les gusta escuchar hablar de abuelas muertas. Eso nos ha dicho mamá. Que no les gusta. O tal vez no sepan hablar de abuelas en general. Porque tampoco habla nunca de la otra, que mamá dice que tenemos y que está vivita y coleando. No se llevan mucho, dice mamá cuando preguntamos por la madre de papá. Como si las madres fueran una prenda que uno se pone y si no le sienta bien se la quita. Yo a mamá nunca me la quitaría. Además, no creo que ella se dejara.

Pero a lo que vamos, a lo del jarrón. Para mamá, solo por el hecho de ser el único recuerdo que conserva de su madre es IN TO CA BLE. Así, con mayúscula y separado en sílabas. De esa forma lo pronuncia cuando nos lo advierte, índice en alto, mientras lo va bajando y apunta a cada uno de nosotros por orden de edad: Nico, Laurita y por último yo, que por ser el más pequeño soy el que mayor peligro represento para la subsistencia de los jarrones, por lo que me corresponden dos bajadas de índice, la del CA y la del BLE. Supongo que si tuviéramos un cuarto hermanito a él le tocaría el BLE. Pero por ahora es mío.

Mamá cuida su jarrón con mucho esmero. Lo mantiene brillante por fuera y lava una vez al mes el tapete blanco de punto sobre el que lo coloca en el mueble del recibidor.

Nunca debe quitarse uno el abrigo allí, ni correr a abrir la puerta, ni usarlo de escondite mientras uno de tus hermanos cuenta de cara a la pared. El recibidor, por el solo hecho de contener el jarrón de mamá, es sagrado.

Para todo el mundo menos para papá que cuando llega de mal humor no atina a colgar el abrigo y varias veces estuvo a punto de hacer rodar el jarrón después de un tambaleo del que mamá lo ha recogido en el aire.

Y es que mamá, cuando papá llega de malhumor, siempre coge el jarrón y disimuladamente lo quita de la vista. Esto quiere decir que lo pone en el estante más alto de la alacena o, si no llega a tiempo, lo mete en el congelador porque sabe que papá nunca lo abrirá.

Si no llega a tiempo es porque papá ha venido de MUY malhumor, no es un malhumor de entrecasa, uno que provoque alguna reprimenda a mis hermanos y a mí o un grito a mamá. No, cuando llega de MUY malhumor, mamá, que es experta en calibrar estas cosas, al tiempo que coge el jarrón y avanza por el pasillo acunándolo como un bebé, nos hace el gesto acordado y sabemos que debemos encerrarnos en nuestro cuarto y desaparecer de la vista, como si todos fuéramos jarrones en peligro de ser arrojados al suelo.

De lo que pasa después, es Nico quien se encarga, no siempre con éxito, de procurar que los demás no nos enteremos.

Pone la tele a todo volumen, nos deja jugar con su consola, o empieza a contarnos historias alocadas sobre cosas que nunca le pasaron, pero que asegura que sí, para tenernos entretenidos.

Como no siempre tiene éxito, todos sabemos que del otro lado de la puerta las cosas se complican, más para mamá que para el jarrón, que ya está a salvo en el congelador. Pero en los congeladores no caben mamás enteras. Ni en las alacenas altas, así que la pobre no sabe bien donde ponerse y siempre termina estando en el trayecto del puño de papá.

Eso no me lo ha dicho nadie. Pero no hace falta tener nueve años, con los ocho que yo tengo, ya se da uno cuenta. Porque al día siguiente no nos lleva al colegio y le pide a la vecina que nos alcance. Se queda con las gafas de sol puestas y no es porque esté llorando. Eso ya lo ha hecho durante toda la noche una vez que papá se ha marchado dando un portazo y vociferando que mejor se está en el bar que en esta casa de locos.

Cuando pasa eso, cuando papá al fin se marcha y podemos salir del cuarto, lo hacemos en silencio y fingimos que no vemos las lágrimas de mamá ni el desorden.

En esas noches Nico se hace cargo de todo y nos prepara la cena. Calienta en el microondas algo que mamá saca del congelador y ella se va a su cuarto abrazada a su jarrón.

Todos sabemos que mientras cenamos y Nico nos ayuda a preparar las mochilas y se asegura de que nos lavemos los dientes antes de irnos a la cama, mamá llora hasta quedarse dormida. Y sus lágrimas van cayendo una a una en el jarrón. Acumulándose hasta alcanzar un nivel considerable. Puede ser medio jarrón o tres cuartos a veces.

Es Nico quien antes de marcharse a dormir recoge el jarrón del abrazo de mamá y lo traslada lleno de lágrimas hasta su sitio en el recibidor.

Es que a la mañana siguiente papá vendrá con un ramo de flores enormes y le pedirá perdón a mamá miles de veces, mientras ella nos prepara el desayuno y nos peina con colonia.

Las flores irán a parar al jarrón, claro. Y después de mucho farfullar y exigirle a papá que le prometa que cambiará, lo perdona.

En una semana las flores se han chupado casi todas las lágrimas, están ya marchitas y mamá las echa a la basura.

Esa es la señal de que todo puede volver a empezar. El jarrón vacío sin flores significa que en cualquier momento puede ir a parar al congelador y volvemos a iniciar el ciclo.

Como el ciclo del agua en el ecosistema terrestre, el que nos explicó la profe en el cole, las lágrimas de mamá tienen su ciclo en el ecosistema del jarrón. Son gaseosas mientras el jarrón está vacío, sólidas cuando lo mete al congelador y líquidas cuando vuelve a derramarlas dentro.

Nico dice que no le cuente estas ocurrencias a mamá porque la voy a poner más triste aún. Sobre todo, la parte de que el ciclo del agua es continuo porque se evapora de los océanos, se condensa en las nubes, cae en forma de lluvia o nieve y vuelve a empezar.

Sobre todo eso, dice Nico, que no se me ocurra contarle lo de que el ciclo nunca termina. Que eso la pondría tan triste que tal vez empezaría a llorar en el jarrón sin necesidad de que papá llegue de MUY malhumor. Y si papá la ve llorar sin motivo, le va a dar uno muy bueno, como nos dice cuando alguno de nosotros lloramos.

Nico nos ha dicho, en secreto, porque mamá no sabe que él la ha escuchado hablar con la tía Juani, que casi estaba decidida a romper ella misma el jarrón de su madre y marcharse con nosotros a un sitio muy lejano. Pero que por ahora no será posible. Porque ya lleva en la panza al dueño del BLE de IN TO CA BLE, y ahora toca aguantar. Pero que no nos hagamos problema, que él, cuando sea un poco mayor, romperá con sus propias manos el jarrón y nos iremos, incluido el dueño del BLE, a un sitio sin recibidores, ni lágrimas, ni jarrones heredados. Nos lo ha prometido. Y aunque yo sé que el ciclo del agua nunca se acaba, quiero creerle.

La magia de Pérez

La magia de Pérez

La escogió de piernas kilométricas, rubia. No todas son tontas, se dijo. Hay que romper estereotipos.

A él le dejó crecer la barba los tres días exactos requeridos para convertir un hombre corriente en un modelo de publicidad de perfume.

Naranjas. Las eligió perfectas, brillantes. Costó encontrar una bolsa de papel al estilo supermercado americano, pero lo consiguió. La puso, rebosante de naranjas, entre los brazos de ella. Apretadas contra un delicado vestido floral. En los pies de él depositó prisa.

Ella caminando de sur a norte. Él, de este a oeste. El sol escondiéndose lento tras el edificio de la esquina opuesta a la que, en tres, dos, uno, los futuros enamorados chocarían, las naranjas rodarían y ellos rozarían sus dedos al recoger la misma, brillante, perfecta.

Magia, se dijo justo antes de echarlos a andar.

Pero una niña, diente en mano y triunfal sonrisa agujereada se asomó a la puerta en ese momento. Papá, ¡se me ha caído! ¡mira! ¡ya soy mayor!

Cerró el portátil aplastando bolsa de papel, naranjas rodantes y futuros enamorados que ya nunca coincidirían.

A contraluz observó extasiado la perlita blanca que la niña le ofrecía. El sol se escondía lento tras los edificios. 

Steel Dragon

Steel Dragon

Uno treinta. Por fin lo ha conseguido. Alicia lleva años esperando que su coronilla alcance al fin la raya negra en el panel junto al acceso. Steel Dragon, la mejor montaña rusa del mundo, decían sus hermanos cada verano cuando bajaban trastabillantes para ponerse a la cola otra vez.

Mientras ella, que nunca había podido montarse a lomos del impresionante dragón, rumiaba su enfado por tener la estatura correspondiente a una niña dos años menor.

Pero el día ha llegado. Uno treinta raspados, pero uno treinta al fin. No le importa la hora y veinte de cola. Se siente mayor y feliz entre sus hermanos y los amigos que siempre los acompañan. Ellos ya han experimentado el vuelo del dragón y no paran de comentar cada detalle.

Aunque le dan miedo algunas cosas que escucha, se repite que está preparada. Que después de todo solo serán unos segundos y al fin volará.

Da un respingo cuando Darío, el mejor amigo de su hermano, le pregunta si está lista. Asiente entusiasmada. Entonces él baja lentamente la cabeza y la besa entre los vítores de todos.

No recuerda nada del viaje en dragón. Pero sabe que aquel día aprendió a volar.