Cerca del Polo

Cerca del Polo

Salió, sigilosa, a estirar las piernas. Nacho dormía abrazado a su pingüino de peluche.

— ¿Podemos irnos de aquí, mamá? – había dicho, en uno de los momentos en los que la medicación le había dado una tregua – ¡Mi pingüino necesita hielo!

Encendió un cigarrillo. Apoyada contra la pared exterior del hospital, observó los canastos llenos de ropa limpia. Recordó que allí mismo estaban el día en que había llegado a Urgencias con la alegría del inminente nacimiento. Seis años después, Nacho otra vez allí, pero para morir. Al menos eso afirmaban los médicos de rostros adustos.

Sin pensarlo, sobre una silla de ruedas, apiló gran cantidad de sábanas y toallas blancas y comenzó a empujar hacia el ascensor.

Cuando Nacho despertó, en su habitación se había instalado el Polo Sur. Él y su pingüino palmearon de alegría.

Genes

Genes

Si dijera que sentí dolor, mentiría. Solo una presión fuerte en el abdomen. El médico empujaba con toda su fuerza sobre mí. Ya sale, dijo. Y el vacío interior. Algo no va bien, pensé, debería llorar. Lloraste. Te acercaron envuelta en una sábana. Roja, con los ojos cerrados, el ceño fruncido. Te apoyaron sobre mi pecho. Olías a mar y tenías el pelo largo, como tejido con algas. Lloré emocionada sobre tu cabecita. Entonces empezaste a cantar. Bueno, al menos algo ha sacado de mí, me dije después de tantear bajo la sábana y comprobar que como tu padre, tenias dos potentes piernas. Una, de madera.

Pacto de silencio

Pacto de silencio

Había escrito cientos de veces “te quiero”. Quince en el espejo empañado, veintitrés en la contratapa del diccionario que ella nunca consultaba. Catorce a lo largo del zócalo, treinta en las páginas arrancadas del calendario durante el último mes. Escondió ocho entre las hojas del helecho, cinco debajo del felpudo y otros dieciséis en un bloque de hielo en el congelador.

Así, no traicionaba el pacto que tenían diciéndoselo y no se traicionaba a sí mismo ocultándolo.

Ella,  esperaba que algún día él leyera el “Yo tampoco” que se había tatuado en un sitio secreto de su anatomía.

Rigor mortis en «A voz en cuento»

Rigor mortis en «A voz en cuento»

En estos días he tenido el honor de que José Jesús Rueda acogiera en su casa de «A voz en cuento – Literatura con los ojos cerrados» mi relato Rigor mortis.

Un relato que me ha dado muchas alegrías, a las que ahora se suma una más. La de escucharlo estupendamente narrado por la voz de José Jesús.

En este link podéis escucharlo: Rigor mortis en A voz en cuento

¡Muchas gracias por este regalo, José Jesús!

Población no activa

Población no activa

Teníamos que ser prácticos. Dejarlo en su mecedora, considerando que ocupa gran parte de la sala, y que tampoco lo haría sentir mejor, no tenía sentido. Una vez que el funcionario firmó el papel que certificaba que el abuelo estaba vivo y se fue, apartamos el plato de lentejas que tenía frente a él, lo desinflamos, lo doblamos en cuatro y lo volvimos a guardar en el armario alto del pasillo. Llevamos la mecedora al trastero.

Y de inmediato devolvimos el gato que sentábamos en su regazo para darle más credibilidad a la escena, a la vecina del cuarto. Nos lo alquilaba por horas. Y la pensión del abuelo tampoco daba para tanto.

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