Sueños rebeldes

Sueños rebeldes

Yo, que he vivido tantas vidas, decía mi padre el día de su cumpleaños. Entonces, de los bolsillos del pijama extraía viejos amigos: dos jefes indios, un bombero de Nueva York, un esquimal abrigadísimo, un pelotón de soldados anónimos y un sherpa bajito con el que había escalado el Everest. Ellos se desperdigaban por casa, husmeaban todo, se disputaban el mando de la tele, o jugaban al dominó con nosotros. Cuando los indios encendían una fogata en el pasillo y el bombero abría todos los grifos, mamá se hartaba y los barría a todos hacia la terraza. Al día siguiente hacíamos como si nada hubiera pasado.

Adolescente

Adolescente

De un día para otro comenzaste a hablar un idioma que no entendemos. Cada tanto identificamos alguna preposición o un artículo aislado, pero eso no nos permite descifrar tus mensajes. Peores son tus silencios, claro. Aunque más entendibles. Significan que no quieres hablar. El ochenta por ciento del tiempo. Y el otro veinte, jugamos a cazar palabras al vuelo y buscarlas en internet. Pero sin llegar a nada. En el traductor de Google no existe la opción Pablo –     Castellano. Papá y yo estamos tomando un curso intensivo, pero mientras tanto, cariño, por favor, no te pierdas del todo. Te queremos.

Las croquetas de la tía

Las croquetas de la tía

Cuando a la tía Filomena se le dio por morirse, a los niños nos mandaron a seguir viendo la tele. ¡Irnos a ver la tele con lo interesante que estaba aquello!

A mi hermana Marita, no le dijimos que estaba muerta, le hicimos creer que estaba dormida. Era la más pequeña y lloraba por cualquier tontería. Y para poder permanecer en las inmediaciones de la cocina, era necesario pasar inadvertidos.

Es que la tía murió mientras estaba haciendo sus famosas croquetas. Cayó desparramada con la cuchara de madera en la mano, dejando un reguero de bechamel alrededor. Nuestro gato Chispas lamió cada gota, mientras los adultos intentaban reanimar a la tía. Inútil, estaba claro que había muerto. De ninguna otra manera hubiera ella dejado de revolver.

La verdad es que un poco de miedito daba, pero no tanto como para salir corriendo. Además, yo era el mayor y debía dar el ejemplo. Que en este caso no sabía cuál era. ¿Qué hay que hacer cuando se muere una tía? ¿Es correcto reírse de la cara de tu hermana que cuando se pone nerviosa le da por inventar muecas graciosas? ¿Puede uno estornudar o bostezar, o contar chistes? Pues qué se yo. Yo no tenía experiencia en tías muertas ni en muertos en general. Quiero decir, muertos de verdad y no los de las películas, que esos en lugar de cocinando bechamel, se mueren manchándose de kétchup la camisa blanca para que parezca sangre de verdad. Pero no es cierto que se mueran. Solo están actuando. Lo que yo no entiendo es que si están actuando por qué no se mueren de verdad y luego resucitan cuando las cámaras ya no los enfocan.

Mi padre comenzó a caminar de arriba abajo tropezándose en cada recorrido con la banqueta alta. Mi madre y el tío Julio se quedaron de rodillas junto al cuerpo redondo de la tía. Como esperando que se sentara de pronto y dijera que todo había sido una broma. Pero no. La tía estaba más pálida que la bechamel a medio hacer. Mi mamá le ponía dos dedos en el cuello, como si con eso quisiera devolver las palabras a esa boca que había quedado ligeramente ladeada hacia la derecha, como si estuviera a punto de contar una de sus típicas anécdotas que ya nadie escuchaba por repetidas. Dejaba los dedos un ratito ahí y luego repetía en un tono cada vez más bajo: “Nada, se nos ha ido”.

Mi tío, en cambio, se llevaba las manos a la cabeza y pronunciaba alternativamente dos frases: “¿Qué haremos ahora?” y “Estamos perdidos”.

Seguro que la tía no había dejado escrita la receta de sus croquetas, y siempre se empeñaba en poner su ingrediente secreto sin que nadie la viera, por lo que nos habíamos quedado sin las mejores croquetas del mundo mundial.

Pero después me di cuenta de que lo de las croquetas no era todo el problema. Yo tenía edad suficiente como para saber que a la tía se la podía querer. Un poco, sí. Como se quieren las cosas que siempre están allí, pero tampoco como para sentirnos tan acongojados ante su ausencia. Y lo de la receta perdida era una pena, claro. Pero tampoco era tan grave. Por eso sabía que algo más había en esos gestos dramáticos con que mis padres y el tío se lamentaban por su muerte.

Empecé a entenderlo, cuando con mucho esfuerzo la sentaron en su silla y comenzaron a discutir no sé qué de una pensión. Yo la única pensión que conocía, era la de Don Arturo, a la entrada del pueblo, donde se alojaban los temporeros en la época de recogida. Pero parece ser que esa pensión no era el problema. El problema estaba relacionado con el dinero. Ese que escaseaba en casa desde que papá se había quedado sin trabajo, mamá solo tenía dos casas martes y jueves, y el tío se había venido a vivir con nosotros porque no tenía para pagar el alquiler.

Hablaban de cosas difíciles, de esas que aburren mucho. Por eso los niños nos pusimos a jugar al escondite. Para pasar el rato. Eso sí, al escondite silencioso. Porque si armábamos mucha bulla, fijo que nos mandaban otra vez a ver la tele en el salón. Y yo quería quedarme cerca de la cocina por si terminaban de hablar las cosas difíciles y pasaba algo más divertido.

Decretamos prohibido esconderse en la cocina, tampoco queríamos acercarnos tanto, que nunca habíamos visto un muerto de cerca. Y por más tía Filomena que fuera,  no podíamos olvidarnos de que en el fondo era una muerta de verdad. De esas de cajones y coronas de flores. Y pañuelos blancos estrujados.

Eso lo habíamos visto una vez en la novela de las cinco, que la tía miraba siempre mientras nos preparaba la merienda. Bueno, más de una vez. Porque en esa novela, cada dos por tres se moría alguno. Para renovar el elenco, decía la tía. Pero fuera por lo que fuera, a mí me daba un poco de impresión, la verdad. El muerto no respiraba ni nada. Y todos los demás alrededor, vestidos de negro, llorando y llorando. La tía decía que no lloraban en serio, que estaban actuando. Pero yo creo que sí que lloraban en serio. De miedo, porque ahí nunca se sabía quién sería el próximo.

A los muertos se los lleva a un lugar donde hay muchos muertos, para que no se sientan solos. Pero no se los ve. Nosotros vamos de vez en cuando a visitar a la abuela. Aunque es muy aburrido, porque la abuela ni aparece ni nada. Le dejamos unas flores en un cartel que tiene su nombre, pero parece que mucho no le gustan, porque nunca viene a recibirnos, ni da las gracias. Y encima, cuando vamos la siguiente vez, están todas marchitas porque ni agua les habrá puesto. Supongo que estará muy ocupada haciendo sus cosas de muerta. Y más aún lo va a estar si a la tía Filomena la llevan para allí. Tan entretenidas estarán que menos todavía saldrán a recibirnos o a agradecernos las flores.

En fin. Bastante maleducados son los muertos.

Para comprobarlo bastaba con espiar y ver a la tía Filomena desparramada en su silla, porque ni siquiera estaba sentada como dios manda. A ver si a nosotros nos iban a dejar estar sentados así a la mesa cuando se estaban hablando cosas tan importantes.

Está bien que la pobre debía de estar cansada de escuchar a mis padres y a mi tío hablar de esos asuntos complicados, discutir, y hasta decir palabrotas. Que si no fuera porque los muertos parece que no saben hablar, bien que no se los hubiera permitido. “Esa boquita, que hay niños presentes”, les hubiera dicho. Y ellos se hubieran mirado avergonzados, pero deseando seguir insultándose mutuamente que es una de sus actividades preferidas.

No había nada que hacer. No se ponían de acuerdo. Y mamá en medio de ambos tratando de que la cosa no pasara de castaño oscuro. Eso del castaño oscuro es algo que solía decir la tía, pero que nadie entendía.

Como nadie entendía que la pobre estuviera ahí aguantando el tipo por no darles el disgusto de caerse de la silla.

Hipólito, el de la esquina, me dijo que cuando su abuelo se murió, se puso duro como una tabla y que a los muertos se los entierra, porque así duros, no se los puede plegar y guardar en un sitio que evite que estén siempre en el medio.

Se los podría guardar en el altillo, o en el galpón de las herramientas. Pero así, duros y sin doblar, no hay altillo ni galpón en que puedan caber sin molestar cuando vas a buscar el maíz para las gallinas o las tijeras de podar.

Por eso, urgía hacer algo con la tía. Porque parece que otra desventaja de morirte es que al tiempo empiezas a oler fatal. Como si no te ducharas durante meses. Hay que ver que los muertos no se pueden duchar, que ni siquiera pueden abrir el grifo, y menos aún sostener la cortina del baño para que no se salga toda el agua para afuera.

Al final decidieron que había que ir a buscar al cura, que no había forma de entretener a la tía durante más tiempo sin que se pusiera dura del todo.

Yo no sé bien para qué fueron a buscarlo, porque hacer, no hizo nada. ¿Los curas no hacen milagros? Pues este, no. Ni la resucitó, ni nada de nada.

La tía no opinaba, pero sus ojos fijos en la cazuela humeante que nadie había quitado del fuego lo decían todo.

El cura dijo que había que cerrarle los ojos y llevarla a un sitio en que pudiera reposar. Entonces se armó un pequeño revuelo. Tenían que decidir si la ponían estirada en el sofá, o la llevaban a su cama.

Mi hermana, que a esas alturas ya se había enterado de que la tía no estaba dormida, y compartía habitación con ella, puso el grito en el cielo. Que ella no quería tener a la muerta al lado.

—Será solo un rato —dijo mamá. Y el tío y papá, que cargaban resoplando el cuerpo de la tía, enfilaron por el pasillo.

Pero mi hermana subió el listón y empezó a llorar con ese llanto finito e insoportable que usa a veces. El tío y papá, retrocediendo el pasillo para llevarla al salón.

—Pero ¿qué hacéis? —dijo mi madre —Ni caso a la niña, que no podemos tener a la tía ahí a la vista de todos. El cura tiene que darle el sacramento.

Berrido agudo de mi hermana. Dudas en el pasillo. La tía empezó a resbalarse. El culo le tocaba en el suelo, y la falda se le levantaba cada vez más.

Mientras, era el cura el que se llevaba las manos a la cabeza.

—Señores, por favor. Un respeto por la difunta.

En eso, empezó a salir un humo negro de la cocina. Nadie había apagado el fuego de la bechamel. El tío largó los pies de la tía Filomena y fue corriendo para intentar hacer algo, pero llegó tarde. Desde entonces, los azulejos de la cocina, que eran blancos, están negros y el techo parece un cielo de noche.

El cura dijo que se tenía que ir y que dejaran el cuerpo en un sitio de una vez.

El tío se había quemado los dedos al intentar sacar la cacerola de la hornalla, así que papá decidió arrastrarla solo hasta el sofá.

El cura pronunció unas palabras que nadie entendió y empezó a mojar a la tía con el agua de un frasquito. Menos mal que estaba muerta, porque si hay algo que a la tía no le gustaba, era que la salpicáramos cuando armábamos la piscina de lona en el fondo. Pero claro, eso el cura no lo sabría. Y la tía, que ya estaría muerta de estar muerta, se lo dejó pasar.

Pero lo que yo creo que nunca nos perdonó fue que dejáramos que se quemara la bechamel.

A veces, por las noches, se la escucha perfectamente trastear con las cacerolas en la cocina. Yo no creo en fantasmas, por eso no se lo digo a mi mamá. Porque, además, parece que ese asunto de la pensión era de verdad muy complicado. Todos en casa, tienen cara de preocupados. Que las cosas de oro de la tía solo dan para un mes más de alquiler, he escuchado que decían.

Y siguen discutiendo entre ellos, como cuando mi primo el Benja y yo nos ponemos farrucos y no hay quien consiga que hagamos las paces.

En el fondo no creo que nadie la eche tanto de menos como yo. Que extraño mucho a la tía Filomena. Y, sobre todo, a sus croquetas.

Unicornios rosas

Unicornios rosas

Tengo una hermana imaginaria que se llama Alicia. Tiene dos trenzas largas y le faltan las paletas de arriba. No le gusta jugar a la estación de servicio ni al barco pirata, llora por cualquier tontería y tiene una vocecita insoportable. Pero yo la quiero. Para que mamá no la castigue sin videojuegos, le cubro todas sus trastadas. Basta con que me diga “gracias, hermanito” y sonría con sus dientes faltantes y su camiseta de unicornios rosas.

Mamá me pilla a veces hablando con ella, pero yo le digo que es un amigo y se llama Pedro, porque siempre que le pido tener hermanitos se pone triste. Y no me gusta que mamá se ponga triste. Eso pasa cuando llega el calor y vamos al trastero a buscar la ropa de verano. Nunca me responde si le pregunto de quién es esa bici rosa con flecos dorados en el manillar. Y cuando baja la caja de las camisetas, y las revisa, refunfuñando porque muchas ya no me estarán, disimula diciendo que el polvo le da alergia. Pero yo sé que llora siempre que encuentra una camiseta de unicornios rosas al fondo de la caja y la acaricia en silencio.

Vuelo

Vuelo

Aunque ya se habían extinguido, su imagen permanecía palpitando en nuestras retinas y permanecíamos recostados en la hierba mirando el cielo. Entonces, mamá decía que no podíamos quedarnos dormidos a la intemperie, que el rocío nos haría mal a los pulmones. Así que papá nos aupaba uno a uno y nos metía en la tienda de campaña.

La imagen de las Perseidas nos servía de cuento de buenas noches y nos dormíamos sintiéndonos mayores por haber aguantado hasta tan tarde.

Papá salía de la tienda, abrazaba a mamá y se quedaban mirando un rato más el cielo.

—Al agosto de mis siete años: 1983 —especifico sin dudar al técnico de la máquina del tiempo.

Atardecer en el balcón

Atardecer en el balcón

—Está empezando a refrescar —dices con la mirada perdida en las fachadas de enfrente.

Y yo, que no lo había notado, siento un escalofrío en cuanto tu mano se posa sobre tu falda. Como una mariposa moteada que en pleno vuelo hubiera decidido morir.

No te desplomas, tus brazos no caen inertes. Ni siquiera apoyas el mentón sobre tu pecho. Con la hidalguía de siempre, mantienes la cabeza erguida. Sostenida por la pared de ladrillos del balcón, o por tu tozudez. No has cerrado los ojos, nunca admitirías perderte nada. Ni siquiera tu muerte.

Acerco mi oreja a tu boca para cerciorarme de que no respiras y entonces tengo que decidir entre perdonarte u odiarte un poco más. Entre llorar como toda hija debería hacer, o explorar esta alegría cargada de alivio que se va instalando entre mis costillas.

Me siento otra vez a tu lado, como cada uno de los seiscientos veinticuatro atardeceres que llevo cuidándote.

Tarareo una nana, de esas que me cantabas de pequeña. El único recuerdo bueno que guardo de ti. Luego me pongo en pie y de puntillas, no va a ser cosa que cambies de idea, entro en el salón y cojo el teléfono.

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