Experta

Experta

Ese no es nuestro estilo de familia, masculla mi abuela cuando mamá dice que ya recogeremos la mesa mañana.

Entonces mamá, bufando, friega los platos y después se sienta a ver la tele.

Que cómo vamos a mirar esas series de tiros, protesta la abuela. Que los tiros, tiros traen y ya sabemos lo que pasa. Entonces mamá abandona resignada el sofá, se lava los dientes y se va a dormir sin escucharla sentenciar que, si te acuestas sin quitarte el maquillaje, amaneces momia.

La abuela se adueña del sofá farfullando que en esta familia nunca le hacemos caso. Exactamente lo mismo que decía cuando estaba viva.

Desesperada

Desesperada

Lleva meses sin teñirse. Siempre hay algo más necesario que comprar un bote de tintura. Como todas las mañanas, se peina cuidadosamente frente al espejo, armando una coleta alta que disimule las raíces blancas y le de ese aspecto seguro que se obliga a mantener ante los niños.

De las cremas hidratantes hace tiempo que ha prescindido. Así que se lava el rostro, lo frota cuidadosamente y lo seca dando unos pequeños golpecitos ascendentes con la toalla, tal como ha escuchado alguna vez que es recomendable para mantener la elasticidad de la piel. Se mira al espejo sólo lo imprescindible, intentando no recordar los tiempos en que se levantaba media hora antes para poder maquillarse con meticulosidad antes de salir a trabajar.

Prepara las tazas del desayuno mientras entibia la leche en el fuego. Extraña el microondas, ese calienta todo que solía sacarla de apuros a toda hora. Sacar del congelador y en un momento, comida lista. Desde que se ha estropeado, lo usa como alacena, porque es imposible reponerlo.

Se consuela pensando que hace tiempo que no tiene el congelador repleto de raciones listas para ser recalentadas, por lo que tampoco sería tan útil ahora. Mientras espera, echa un vistazo por la ventana de la cocina. La vecina del quinto pasea a su perro con cara de cansada. Reconoce en sus movimientos rápidos, en la impaciencia con que espera que el perro termine de oler la acera, las prisas propias de una vida estresada con cientos de obligaciones y citas ineludibles convergiendo en el mismo día. Ella ha sido su vecina del quinto. Ella ha disputado maratónicas carreras contra el reloj para cumplir con el trabajo y llegar a tiempo a recoger a los niños y llevarlos a su clase de fútbol o patín, o lo que se llevara en ese curso, llegar a casa agobiada para enfrentarse con las tareas escolares, la cena, el baño, el cuento de antes de dormir y vuelta a empezar.

Es cierto que la vida se ha tornado más pausada. Sin las ocho horas diarias en la oficina, todo puede hacerse con más calma, Como si se hubiera apeado de un tren Ave desde donde era imposible apreciar el paisaje, para montarse en un autobús de línea, destartalado, que va parando en todos los pueblos, y desde el que se puede ver pasar la vida de otros, sin preocuparse por el reloj, porque las agujas han dejado de regirlo todo. Ahora, todo lo rige el calendario. Los días que faltan para cobrar un subsidio que se difumina en un par de semanas, y después a tirar de amigos, vecinos, el comedor social…

Otra vez se ha derramado la leche. Se reprocha el descuido. Últimamente sus pensamientos la alejan demasiado a menudo de la realidad, y no puede darse el lujo de no estar atenta cuando hay que estarlo, porque un poco de leche derramada puede significar que mañana no haya suficiente para todos.

Por suerte no ha sido mucho y puede servir las tres tazas. Agrega un poco de azúcar para compensar la falta de chocolate, y rellena la suya sólo hasta la mitad.

Antes de poder levantar la persiana del cuarto de los niños, tropieza con zapatillas sueltas, mochilas, algún peluche superviviente, un almohadón.

Como siempre, Paula se incorpora de inmediato en la cama, mientras sus dos hermanos remolonean.

—¡Venga, al baño y a desayunar! —ordena después de repartir unos besos de buenos días, unas cosquillas despertadoras, unos apretujones

Mientras los pies descalzos y las risas inundan el pasillo, se asoma a su cuarto. La figura oscura sigue quieta, ovillada en un lado de la cama. Si no fuera porque las mantas suben y bajan rítmicamente, se podría pensar que está muerto. Y en realidad, lo está, reflexiona con matutina sensatez.

—¿Por qué papá ya no nos lleva al cole? —pregunta Marcos mientras sorbe su leche y mordisquea el pan.

—Mójalo, cariño —recomienda ella —así estará más blandito. Porque papá está muy cansado estos días. Pero os llevo yo, que hay que ver qué bien se me da.

—¿Y por qué está tan cansado si no trabaja? —la aplastante lógica infantil es un puñetazo en pleno estómago.

A veces es mejor no contestar si es que no sabes qué decir, se autojustifica.

—¡Todo el mundo a lavarse los dientes!

Cepillos, pasta, peines sobre cabellos mojados para quitarles la rebeldía, mochilas, abrigos y a la calle.

Mientras los ve perderse entre las cabezas húmedas, los gritos, el bullicio de antes de entrar a clase, piensa en qué estrategia utilizará hoy para intentar hacerlo reaccionar. ¿Abrirá todas las ventanas para que se ventile la casa, mientras le exige que se levante a gritos? ¿Se sentará a su lado e intentará razonar con él? ¿Podrá sonsacarle algo más que un monosílabo o un déjame en paz?

– Hola, Puri. ¿Cómo va todo? – el rostro amable de la madre de Joaquín está justo frente al suyo y cae en la cuenta de que no recuerda su nombre. Es la madre de Joaquín, sólo la madre de Joaquín.

—Bieenn —miente arrastrando las vocales, como si eso lo hiciera más auténtico.

—Me alegro, mujer. ¿Qué tal tu marido? ¿Ya ha conseguido algo?

—Aún no —contesta y visualiza sin querer, la imagen oscura en la cama. 

—Ya verás como pronto llega…

Ella quiere responder “Sí, seguro”, pero en cambio pronuncia un “No creo” mientras los ojos se le humedecen sin control.

La madre de Joaquín la coge del brazo y la aparta del paso donde todo el mundo pugna por entrar o por salir una vez que ha dejado a los niños.

—No digas eso… Todo tiene solución…

Asiente, pero sin convicción alguna.

—¿Qué pasa? ¿Hay algo más? ¿Te puedo ayudar?

Ella escucha esas palabras y se desmorona. Aunque la madre de Joaquín sólo esté siendo amable y no pretenda ni pueda en realidad ayudarla, es la primera persona en meses que le pregunta más allá del qué tal de compromiso. En general, la gente le huye, piensa. Como si el desempleo, la desesperación, la miseria, fueran contagiosos.

Terminan tomando un café, invitación “ineludible” que la madre de Joaquín no le permite rechazar.

Le cuenta lo de Antonio, que desde hace dos meses ha tirado la toalla y que no logra sacarlo de la cama. Que pasa días en pijama, comiendo apenas, sin hablar, de la cama al sofá donde se dedica a mirar programas de cotilleos sin prestar ninguna atención, con la mirada perdida en la pantalla y la mente, al parecer, en algún sitio lejano.

—No quiere ir al médico, y mira que le insisto… Dice que el médico no puede solucionarle sus problemas. Pero tampoco habla de ello. Desde la última vez que salió a buscar han pasado al menos siete semanas…

—Tienes que hacer que vaya al médico, Puri. Eso es una depresión….

—Eso supongo, pero no hay forma… Los niños ya empiezan a preguntar y yo no sé ni qué decir… Y si él ha tirado la toalla, ¿cómo voy a hacer yo cuando en un par de meses se nos acabe el subsidio?

La madre de Joaquín aspira profundamente.

—Tal vez yo pueda hacer algo para ayudarte a salir…

*    *    *

Puri ha regresado a casa como caminando sobre una nube. Soledad, la madre de Joaquín, al fin ha podido saber su nombre porque se lo ha apuntado junto con su número en una servilleta, ha dicho que la llame por la tarde, que ella hará algunas averiguaciones y le dirá si puede ofrecerle algo.

– Antonio… ¡Antonio! – grita feliz al entrar en casa. ¡La madre de Joaquín me ha dicho que tal vez puede conseguirme un trabajo o algo así!

Levanta las persianas, recorre el pasillo apresurada hasta el cuarto. Enciende las luces para no perder más tiempo y se apresura hasta la cama para sacudir por el hombro a su marido. De inmediato sabe que algo no está bien. Sólo necesita girarlo para comprender que no respira.

*    *    *

Soledad la ha apoyado sin dudarlo. No sabe qué hubiera hecho si no fuera porque en el peor momento sostenía entre sus manos el papel con su teléfono. Ha acudido de inmediato, la ha acompañado siguiendo a la ambulancia hasta el hospital. Se ha hecho cargo de recoger los niños a la salida del cole… No sabe cómo va a agradecérselo. Por suerte ha llegado justo a tiempo. Antonio ha intentado suicidarse, esa es la realidad. Pero no es algo que sea capaz de aceptar, y mucho menos de explicar a sus hijos. Está enfadada con él, porque ha elegido dejarla sola sin importarle nada más que su propio sufrimiento. Sin embargo, a ratos se siente culpable también, porque es evidente que no ha sabido contenerlo ni evitar que llegara tan lejos.

Antonio ha quedado ingresado en el ala de psiquiatría, y ella está secretamente agradecida. No sabría cómo tratarlo, ni qué decirle, ni podría dejarlo solo.

Los niños han asumido que está enfermo como si fuera una realidad ya sabida, e irremediable.

Ha pasado una semana desde aquel horroroso día, y las cosas poco a poco van acomodándose a la relativa tranquilidad de no saber cómo llegar hasta el próximo día de cobro.

Una mañana, deja a los niños en el colegio y coge el metro. Se ha arreglado con particular esmero. Es su primera entrevista en años, y trata de repasar mentalmente cómo debe comportarse. Qué decir y qué no. Cuándo preguntar, cuando escuchar.

Soledad, tal como prometiera, le ha conseguido el contacto con un tal señor Barraneda. Un gran amigo mío, le ha dicho. Que está buscando gente.

Nerviosa, espera ser atendida en una sala demasiado cerrada para su gusto. Por momentos se siente sofocada pero de ninguna manera puede dejar pasar la oportunidad. Después de una interminable hora de espera, se abre la puerta de caoba y una mujer con mirada perdida sale de prisa.

Entonces se escucha la voz invitándola a pasar.

– Adelante. Siéntese, por favor.

Ella avanza tímida aunque sabe que debería representar mayor seguridad. Sin embargo hay algo en el ambiente cargado que no le gusta. El hombre está sentado detrás de una mesa oscura y grande sobre la que sólo hay un ordenador portátil y un bolígrafo justo delante de la silla en la que toma asiento.

La conversación transcurre por un derrotero imprevisto. El hombre no le pide que hable sobre su experiencia anterior, sobre sus estudios ni sobre su situación actual. En cambio, lanza la primera pregunta con una estudiada tranquilidad:

—¿Está usted desesperada?

—¿Perdón? —cree no haber escuchado bien.

—Pregunto si está usted desesperada y hasta qué punto. Si se encuentra usted aquí, es porque lo está, sin duda. Así que no se tome la molestia de contestar a esa pregunta. Dígame más bien hasta dónde está dispuesta a llegar.

—Bueno, yo… —Puri piensa rápidamente. Tal vez se trata de una de esas estrategias que emplean ahora en las entrevistas para medir la capacidad de reacción —Hasta donde sea necesario —contesta entonces decidida.

—Muy bien —Eso es lo que quería escuchar. Verá, hay mucha gente desesperada, cada vez más, así que si usted prefiere marcharse ahora, está justo a tiempo.

Ella mira a su alrededor. La sala no tiene ventanas y está iluminada con una brillante luz blanca. No hay más mobiliario que la mesa y las dos sillas. Evalúa la posibilidad de ponerse en pie y salir a toda prisa Hay algo perverso y oscuro en todo aquello que no llega a entender. Pero piensa en los niños, en sus desayunos sin chocolate, en sus cenas de arroz blanco, en los inalcanzables libros del colegio. En el tiempo que hace que no comen una fruta en casa. En Antonio ingresado en el ala de psiquiatría. En que la semana que viene le cortarán la luz. En las zapatillas destrozadas con que Marcos sigue caminando. En los veinte largos días que faltan aún para cobrar una miseria que no alcanzará para tapar agujeros. Y en que si no hace algo pronto, el aire seguirá filtrándose por los huecos, y lo envolverá todo en un tornado del que ya no sabrá salir.

—Me quedaré —pronuncia como si estuviera aceptando una sentencia.

*    *    *

Al principio, son trabajos sencillos. Llevar y traer paquetes o sobres de un punto a otro de la ciudad. A veces, coger un tren y hacer varios kilómetros, ida y vuelta en el día. Los horarios son bastante flexibles y ella puede compaginarlos con los de los niños. La única condición es no abrir bajo ningún concepto aquello que transporta. A menudo sospecha que se trata de cajas vacías y que sólo la están poniendo a prueba para comprobar si es capaz de vencer la tentación de saber qué contienen. Puede ser droga, sí. Por supuesto que se le ha ocurrido, pero después del primer viaje con el corazón desbocado, esperando que la policía la detenga de un momento a otro, al recibir el pago por su servicio, cualquier duda se ha disipado por completo. Tiene zapatillas nuevas para los tres niños, la luz pagada y un pequeño respiro en la alacena.

Después de unos meses inmersa en esta rutina de periplos por todo el país, el tal Barraneda la cita en su agobiante oficina para decirle que se espera un paso más de ella.

Antonio sigue ingresado, el subsidio se ha acabado y no tiene muchas alternativas. Acepta, y aceptar significaba que dos o tres veces por semana tendrá que hacer compras en grandes centros comerciales utilizando una identidad falsa. Tarjetas de crédito, documentos de identidad robados, sospecha. Aunque no se le ocurre preguntar. Le llega a casa un sobre con las instrucciones, el centro comercial al que debe ir, la lista exacta de lo que debe comprar. Y ella sólo hace sin pararse a pensar. Porque si piensa se verá obligada a tomar una decisión que ya ha tomado. Ha estado desesperada, y no hace falta repreguntárselo, lo sigue estando.

El siguiente escalón que tiene que subir es un poco más difícil. Participar en pequeños robos a joyerías, en los que sólo debe entrar acompañando a un hombre de traje y fingir que están eligiendo una joya muy especial.

Luego que todo está hecho, salir intentando pasar desapercibida. Caminar, nunca correr y cambiarse de ropa y peluca en un baño público.

Una cosa va llevando a otra. Cada nuevo escalón significa más riesgo. Pero ve a sus hijos felices, sin pasar necesidades, y lo asume.

Antonio ha salido al fin del hospital, pero no ha regresado a casa. Sus padres, con los que ella no quiere saber nada, lo han llevado con ellos para que termine de recuperarse. Ella se siente agradecida. Los niños van a verlo los fines de semana y eso le da mayor libertad para hacer trabajos extra.

Se ha comprado ropa. Otra vez se maquilla con esmero, tiene los estantes del baño llenos de cremas, y el microondas descongela a diario raciones preparadas en los ratos libres.

Cuando todo se desmorona, está desprevenida. Confiada dentro de esa ficción que hace creer a sus hijos y a su familia: un buen trabajo, una empresa que reconoce sus esfuerzos.

De un día para otro el señor Barraneda deja de hacerle encargos. No se pone en contacto con ella, no le llegan sobres con instrucciones y cuando llama al misterioso número que le han dado para casos de estricta emergencia, nadie contesta.

Deja pasar unos días, unas semanas, y cuando sus reservas de dinero empiezan a mermar, decide llamar a la madre de Joaquín. No hablan desde que le ha puesto en contacto con esta gente. Ella ha querido agradecerle, pero su teléfono parece haber cambiado poco después. Ya no la ve en la puerta del colegio. Aparentemente ha sacado al niño de allí. Todos sus intentos por seguirle el rastro son infructuosos.

El día antes de que la policía toque a su puerta recibe una escueta nota. No está firmada, pero el señor Barraneda es sin duda su autor. Una especie de despedida, sin adornos ni agradecimientos. Tampoco amenazas. Es evidente que está muy seguro de que no podrán llegar hasta él.

Lleva a los niños a casa de los abuelos con la excusa de que debe emprender un viaje de trabajo esa misma noche. No se molesta en hablar con Antonio para explicarle nada. Él tampoco lo ha hecho cuando ha intentado suicidarse. Y aunque sabe que no puede confiar en él, que no sabrá cuidar de los niños, se lo ruega. Le recomienda que revise periódicamente el diente de Marcos que está creciendo fuera de lugar. Y que no olvide que a Paulita le gusta llevarse unas marías al cole.

No quiere asustar a los niños, por eso los abraza tanto como puede pero no tanto como quisiera. Les pide que sean buenos. Que nunca olviden que mamá está haciendo todo lo que hace por ellos.

Y a su suegra, esa mujer que en unos días quedará aplastada por las responsabilidades, le agradece todo lo que nunca le ha agradecido y le dice que confía en ella plenamente, que nunca lo olvide.

La mujer la mira sorprendida. No ha sido nunca su nuera proclive a los halagos, pero ve en sus ojos que habla en serio.

—Quédate tranquila, Puri —le dice antes de cerrar la puerta. Y ella, a pesar de no poder hacerlo, se lo agradece en silencio.

Después vuelve a casa y evalúa por última vez la posibilidad de hacer a prisa un par de maletas, que sabe, no le permitirán escapar.

Ahora sí está frente a frente con la verdadera desesperación. Esa por la que estaba dispuesta a llegar a cualquier sitio. O a no llegar a ninguno.

Cuando la policía fuerza la puerta encuentra su cuerpo ovillado en el sofá. No necesitan tocarla para entender que ya no hay nada que hacer.

Caballos negros

Caballos negros

Los caballos suelen llegar de noche. Durante el día se agazapan tras los grititos felices con que Manuela me recibe cuando traigo la barra de pan que casi siempre consigo.

Cuando no, los caballos negros entran conmigo en la chabola y no se van hasta la mañana, cuando dejo a Manuela dormida, exhausta de llorar hambre.

Pero si llegan de noche, los caballos se ensañan conmigo. No soportan que acaricie el pelo sucio de Manuela y le cante la canción que recuerdo de cuando no había caballos, ni miradas esquivas en la calle, ni cabezas negando ante mi mano tendida.

Aprendizajes

Aprendizajes

Lo del paraguas colgado en el picaporte de la puerta de entrada es de las primeras cosas que aprendimos. Tampoco es tan difícil. Si cuando llegamos del cole, el paraguas rojo de mamá está colgado en la puerta, significa que tenemos que entrar en silencio y prepararnos la merienda. Bueno, yo se la preparo a Jaime, que para eso soy la mayor.

Lo siguiente que aprendimos fue a decirle a papá que mamá salió a hacer un recado si llama desde el barco en tarde de paraguas.

A jugar al ajedrez todavía no aprendimos. Y parece un juego muy divertido. Para eso tenemos que crecer un poco más, dice mamá cuando le pedimos que nos enseñe.

Mientras tanto, estoy aprendiendo a subir el volumen de la tele de la cocina en cuanto las partidas en el cuarto de mamá empiezan a ponerse más reñidas. Para eso soy la mayor, y no puedo permitir que Jaime la escuche gritar palabrotas y chillar amenazando con comerles la torre, cuando sus amigos están a punto de darle jaque mate. Por más tarde de paraguas rojo que sea.

Ensayo sobre la alegría

Ensayo sobre la alegría

Aquel ser diminuto que golpeaba la lente desde el otro lado, me obligó a bajar la cámara. Yo llevaba tanto tiempo mirándolo a través de ella, que sus ojos oscuros y limpios se colaron en mí en cuanto me salieron al encuentro. Sonrió, dientes desparejos, alegría uniforme.  Hurgué en los bolsillos buscando una moneda. El niño negó con la cabeza cuando quise dársela. No hablábamos el mismo idioma, pero eso no es necesario para entenderse.

Señaló mi cámara. Le fui mostrando una a una las fotografías, captadas durante todo mi periplo por África. Sonreía y me abrazaba cuando alguna imagen le llamaba la atención. Le mostré todas las que tenía hasta llegar a la que él protagonizaba con la cara llena de sol y los ojos abiertos y colmados de vida. Aplaudió sorprendido al verse y ensayó un bailoteo feliz sobre sus pies desnudos.

Le robé una última instantánea, posando con desparpajo esta vez.

En un metro cuadrado

En un metro cuadrado

No podía dejar de llorar. No porque me hubieran pisado el bocadillo, ni por mi estuche desaparecido otra vez. Tampoco por la falta de tolerancia de mis compañeros ante eso que me hace distinto a ellos.

El motivo por el que, encerrado en un baño de las chicas, no podía dejar de llorar, era que Vicente, por primera vez, en lugar de mirar hacia otro lado, había salido en mi defensa, aunque le contagiara el rótulo de mariquita. Lloraba, porque cogido de su mano, uno a cada lado del inodoro, confinados en un metro cuadrado, me sentía absurdamente feliz.

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