Herencia

Herencia

Le obligaron a sentarse en el sofá, junto a sus zapatos.

—Yo no puedo hacerme cargo.

—Yo menos aún, Ricardito es alérgico.

Luna giraba sus atentas orejas mirando a uno y otro.

Llamaron a la puerta.  Ladró. Tal vez él hubiera regresado. Pero no. Él nunca llamaba, él ponía la llave en la cerradura de un modo inconfundible.

Un hombre con olor a madera y hojas entró diciendo algo sobre llevarse muebles.

—¿Usted no la querrá?

El hombre negó con la cabeza.

—Entonces no quedará otro remedio —dijo alguien mientras la cogía en brazos y la sacaba de su casa, sin darle tiempo a olisquear por última vez los zapatos vacíos.

Cuatro mentiras

Cuatro mentiras

Le obligaron a sentarse en el sofá, junto a sus zapatos de trabajar en el campo. El mayor los señaló con gesto despectivo.

—Tú ya no estás para estas cosas, papá

El pequeño pronunció sin reparos:

—Ni para estar solo en esta casa

Y la del medio agregó:

—Los niños estarán felices si vienes a vivir con nosotros.

Una, dos, tres mentiras: Había trabajado todo el día; no estaba solo, ella seguía en la casa; y para los chavales no era más que un viejo cascarrabias.

Pronunció la cuarta: cuando vuelva, no quiero veros aquí. Luego se puso en pie para ir al granero a dar de comer a las gallinas.

Epílogo azul

Epílogo azul

Los sorprendí a punto de sentarse a cenar. La fuente sobre la mesa estaba llena de perdices. Ella aún tenía ese brillo de estrellitas en la mirada y canturreaba las notas de un vals. Él había dejado la impecable chaqueta azul tirada con desidia sobre el sofá. Ella le sugirió que la colgara en su lugar. Él dijo desconocer cuál era tal sitio. Ella le explicó que su estatus de príncipe había caducado. Y que el azul de su sangre no lo eximía de sus obligaciones. Él, ofendido, hizo un comentario dando a entender que es evidente que un beso no hace princesa a nadie. A lo que ella replicó que el que nace rana, rana se queda. Él masculló un real insulto. Ella hizo añicos su zapato de cristal contra la mesa.

Cerré el libro. Nunca debí seguir leyendo más allá de la palabra Fin.

Relato seleccionado en la convocatoria Azul de Esta Noche te Cuento

Deseos

Deseos

Había pedido a los Reyes que le devolvieran a su papá, al ratón Pérez que se lo dejara doblado bajo la almohada a cambio de dos colmillos, al ángel de la guarda que lo buscara entre las nubes con formas de elefante que eran sus preferidas, al diente de león soplado, que lo hiciera aparecer cualquier tarde a la salida del cole, al trébol de cuatro hojas encontrado después de meses de rastreos, que lo despertara de un susto, y a la pestaña apretada entre sus dedos, que lo hiciera resucitar. A su mamá, en cambio, no se animaba a pedirle que dejara de mentir con aquello del largo viaje.

Carta secreta

Carta secreta

Cuando llegué estaban poniendo la mesa para cenar. Era demasiado pronto. Me dejaron en el jardín recomendándome que no entrara hasta que las luces no estuvieran apagadas. Debemos descargar los paquetes más pesados primero, se excusaron. Vamos con el tiempo justo. Me acurruqué bajo el limonero mientras observaba el trajín en la casa: zapatos, galletas y copitas de brandy para los reyes. Ella logró que se acostaran. Antes de correr las cortinas miró a través del cristal. Estaba llorando. La sorpresa que se llevaría cuando me encontraran en los zapatos de Matías. Siempre el más ocurrente, había pedido a los reyes que le devolvieran a su papá.

Llame ya

Llame ya

Llame ya

Le confesé a mi padre lo que había hecho: comprarlo en la teletienda. Me miró por encima de la montura de sus gafas y esbozó una sonrisa socarrona. No me creyó. Como en sus recuerdos siempre ha vivido en el seno de una familia bien avenida, no entiende el concepto de soledad. Además, desde que está fuera de garantía, se ha vuelto más desconfiado, y he empezado a notarle los primeros achaques: cierta cojera al caminar, pérdida de la audición, manchas en la piel, y un toque cascarrabias que nunca había tenido y que lo hace muchísimo más querible.

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