Vuelo

Vuelo

Aunque ya se habían extinguido, su imagen permanecía palpitando en nuestras retinas y permanecíamos recostados en la hierba mirando el cielo. Entonces, mamá decía que no podíamos quedarnos dormidos a la intemperie, que el rocío nos haría mal a los pulmones. Así que papá nos aupaba uno a uno y nos metía en la tienda de campaña.

La imagen de las Perseidas nos servía de cuento de buenas noches y nos dormíamos sintiéndonos mayores por haber aguantado hasta tan tarde.

Papá salía de la tienda, abrazaba a mamá y se quedaban mirando un rato más el cielo.

—Al agosto de mis siete años: 1983 —especifico sin dudar al técnico de la máquina del tiempo.

Atardecer en el balcón

Atardecer en el balcón

—Está empezando a refrescar —dices con la mirada perdida en las fachadas de enfrente.

Y yo, que no lo había notado, siento un escalofrío en cuanto tu mano se posa sobre tu falda. Como una mariposa moteada que en pleno vuelo hubiera decidido morir.

No te desplomas, tus brazos no caen inertes. Ni siquiera apoyas el mentón sobre tu pecho. Con la hidalguía de siempre, mantienes la cabeza erguida. Sostenida por la pared de ladrillos del balcón, o por tu tozudez. No has cerrado los ojos, nunca admitirías perderte nada. Ni siquiera tu muerte.

Acerco mi oreja a tu boca para cerciorarme de que no respiras y entonces tengo que decidir entre perdonarte u odiarte un poco más. Entre llorar como toda hija debería hacer, o explorar esta alegría cargada de alivio que se va instalando entre mis costillas.

Me siento otra vez a tu lado, como cada uno de los seiscientos veinticuatro atardeceres que llevo cuidándote.

Tarareo una nana, de esas que me cantabas de pequeña. El único recuerdo bueno que guardo de ti. Luego me pongo en pie y de puntillas, no va a ser cosa que cambies de idea, entro en el salón y cojo el teléfono.

De goma

De goma

El único profesor que nos dejaba mascar chicle en clase era Gutierrez, el de Lengua. Bueno, él lo llamaba goma de mascar. Y no solo nos dejaba, el día que tocaba lectura, él mismo traía los chicles y los iba dejando en cada mesa. Eran esos chicles con sabor fresa que llamábamos chicles globo porque con ellos, aplicando cierta técnica, podías crear unos globos enormes. Guti, que así lo llamábamos, no solo nos animaba a hacerlos, sino que también les explicaba detalladamente el método para conseguirlos a quienes aun no lo hubieran logrado.

Mientras él leía, nosotros mascábamos, soplábamos, explotábamos con más o menos suerte y volvíamos a empezar.

Al principio solo conseguíamos formas inestables redondeadas, pero poco a poco fuimos aprendiendo a ajustarlas a la historia que escuchábamos mientras tanto.

El primero en conseguir algo extraordinario fue Juan, que mientras Guti leía el Quijote, consiguió que su globo tuviera los rasgos exactos de un Sancho Panza desaliñado, bonachón y parlanchín. Todos aplaudimos antes de que Sancho estallara. Pero aquello nos abrió las puertas a un universo maravilloso.

Pronto dejamos de lado la limitación de la redondez y aprendimos a conseguir formas alargadas, puntiagudas, cuadradas, triangulares, lo que quisiéramos.

Así, podíamos dibujar un lazarillo flaco y desgarbado y hasta un ciego malvado a su lado.

Mi primer logro fue plasmar una vieja Celestina con tanta exactitud que Guti levantó la vista del libro y se quedó contemplándola fascinado.

Molinos, balcones, campos de batalla, caballos, damas de la realeza, vagabundos, asesinos, pícaros, buscavidas, don juanes… Nos divertía tanto ilustrar las historias de Guti, que la hora de clase se nos pasaba en un pispás.

Cuando sonaba el timbre, Guti cerraba el libro, los personajes que habían estado flotando sobre nuestras cabezas se iban desinflando y nos recordaba que teníamos que tirar los chicles en la papelera que estaba junto a su mesa. Luego se ponía de pie, guardaba el libro en su portafolios y caminaba hasta la puerta tan serio como había entrado, mientras algunos rezagados, que aun estábamos flotando con nuestros globos cerca del techo, los hacíamos explotar para caer en nuestros pupitres, acomodarnos las cabezas despeinadas, y esperar a que llegara el siguiente profesor.

Cosas mías

Cosas mías

La niebla siempre está ahí, húmeda, viscosa. Esperando que abra la ventana para colarse en la casa. Que deje entrar a mis nietos para aprovechar el resquicio e inundarme de vacíos. Por eso he escrito sus nombres con letra clara en la pizarra del frigo: Alicia, Tomás, Javier. Parece que vaya a comprarlos en la próxima visita al mercado, pero no. El más fácil es Tomás, heredado del abuelo. Y también es el más importante. Si desapareciera tras la bruma perdería dos en uno. ¿Por qué tienes los nombres de los niños en el frigo, mamá? Me encojo de hombros farfullando las dos palabras que aún suelen sacarme de apuros: cosas mías.

Alas blancas

Alas blancas

Me ausentaba apenas unas horas. Las justas para darme una ducha, reacomodarme la sonrisa y regresar al hospital. Mientras tanto, Leo se quedaba con su padre.

El niño hacía preguntas. Muchas. Que por qué le pinchaban tanto, que cuándo saldría de allí, que cuándo llegaría su nuevo corazón. Y últimamente, que por qué si le habían crecido alas, no lo dejábamos volar. ¿Qué dices? No te han crecido alas, cariño, le contestaba yo revolviéndole el pelo. Y con eso disimulaba el nudo que tenía instalado entre la garganta y el estómago.

Hasta que una tarde regresé con mi sonrisa puesta y lo encontré parado en el alféizar.  Las alas allí estaban. Extendidas, impecables, blancas.

Su padre me miró, yo asentí. Él le soltó la mano, y lo dejamos volar.

Con el Moldava en los ojos – Primer Premio Concurso Ciudad de Alfaro 2021 – Segundo Premio XXII Concurso de Relato Corto Ayuntamiento de Monturque

Con el Moldava en los ojos – Primer Premio Concurso Ciudad de Alfaro 2021 – Segundo Premio XXII Concurso de Relato Corto Ayuntamiento de Monturque

He vuelto a soñar que andabas. Cogidos de la mano recorríamos las calles de Praga y nos metíamos en una cafetería. Tú pedías tu eterno capuchino y yo un expreso solo. Se te antojaba una porción de ese espectacular pastel de chocolate que tenían en la vitrina y yo lo pedía, aunque protestaras porque se salía de nuestro presupuesto diario. Después, con los cuerpos más calientes salíamos a caminar junto el río y cruzar el puente de Carlos riéndonos como niños y deteniéndonos ante cada artista callejero.

Soñé que podías entrelazar tus dedos con los míos, y apartarme el pelo de la cara como te gustaba hacer después de cada beso robado en una esquina.

Soñé que cogíamos el tranvía para llegar al hotel y yo te pasaba el brazo sobre los hombros y tú apoyabas tu cabeza en el mío.

Soñé que pasábamos la noche enredados y exhaustos. Que tus ojos me hablaban en ese idioma que hace tanto que no practicamos. Que tú, con esas manos que ahora descansan inmóviles a cada lado de tu cuerpo, trazabas una historia de deseo en mi espalda. Escribías poemas en mi vientre, te derramabas luminosa sobre mí, hasta fundirte sobre mi cuerpo y dejarte caer por la ladera del placer.

Soñé que despertábamos cuando el sol de Praga se colaba entre las cortinas descorridas y que tú me proponías guardar ese momento en el lugar de los tesoros, de los días felices, de las fotografías no disparadas pero reveladas para siempre en el alma.

Yo no entendía entonces por qué decías esas cosas. Por qué querías guardar ese momento para poder acudir a él más tarde, cuando nos hiciera falta.

Seguramente tú tampoco supieras por qué lo hacías. O tal vez intuías lo que muchos años después nos pondría enfrente la vida. Pero tenías la percepción de que en algún momento necesitaríamos regresar a Praga y caminar junto al Moldava, como yo hice anoche en sueños. Y por eso te agradezco que me instaras, que nos instaras a conservar ese carrete de fotografías para poder repasarlas ahora. Creo, más bien estoy seguro de que tú también acudes a ellas de vez en cuando, porque a veces sorprendo el brillo dorado de aquel amanecer en tus ojos, y las aguas del Moldava serpenteando en tus pupilas.

Ahora, que tu voz se ha convertido en una sucesión disonante de sílabas pronunciadas con gran esfuerzo, te digo buenos días mientras levanto la persiana y corro las cortinas para que veas que ha empezado a amanecer.

Me sigues con la mirada. Con esos ojos expresivos que son ahora casi tu única forma de comunicación, y callas.

A veces, cuando callas, temo que ya nunca puedas volver a hablar. Que el terrible esfuerzo que haces para articular sílabas inconexas no alcance para hacerlas salir de tu boca, y se acumulen allí, como las ganas de gritar, las palabras completas, las canciones que canturreabas mientras te duchabas en aquel cuarto de hotel en Praga en que te soñé anoche.

Pero no, mientras te doy la espalda para preparar la medicación sobre la mesita que he colocado en el cuarto, articulas las mismas sílabas con las que te has despedido anoche antes de entrar en uno de tus cortos e inquietos sueños.

—FER-NAN-DO-YA-ES-HO-RA

Yo hago como que no te escucho y me pregunto por qué ya no me llamas Amor, como antes, cuando dos sílabas te costarían menos esfuerzo que las tres de mi nombre. Me lo pregunto solo para poder enfadarme un poco contigo. Eso disuelve apenas las orillas del dolor y me permite girarme para mirarte a los ojos y asentir. Porque sé de qué hablas, aunque no quiera saberlo.

Hoy es el día. Sospecho que hoy es el día. Te prometí que cumpliría lo acordado. Que cuando llegara el momento me recordarías el trato diciéndome exactamente esas palabras. Fernando ya es hora. Que lo harías tres veces, para asegurarnos de que no pronunciarías la clave por error o descuido. Y para darte tiempo a pensarlo con calma.

Sé que el tiempo para pensar te sobra, ya que eso es lo único que puedes hacer sin ayuda. Lo que eres capaz de hacer a la velocidad de siempre, o tal vez con más agilidad, creo. Que el hecho de haber ido perdiendo movilidad, ha obligado a tus pensamientos a fluir con mayor intensidad, y que la claridad que siempre has tenido a la hora de expresarte se ha vuelto ahora hacia tu interior. Para hacerte pensar con dolorosa clarividencia en todo lo que has perdido junto a lo poco que tienes. Tienes una ventana a través de la cual ves pasar el día, un reproductor en el que suena tu música clásica preferida casi todo el tiempo, una docena de rosas rojas en el florero, un ambientador con olor a vainilla que no llega a tapar el de los desinfectantes y medicamentos, una silla de ruedas que ya casi no usas, un reloj que parece no avanzar, una pila de libros sobre la mesilla, un ordenador apagado y mi presencia permanente. Mis sonrisas condescendientes, mi gesto cansado, mi tozudez.

Me acerco con el vaso y te pongo la pajita entre los labios resecos. Tal vez, cuando la dosis de la mañana te surta efecto, y el dolor ceda un poco, cambies de opinión, me digo. Pero sé que no será así.

—¿Llamo a los chicos? ¿Quieres despedirte de ellos? —pregunto cuando ya no soporto tu mirada expectante clavada en mí.

—SÍ-PE-RO-NO-LES-DDI-GAS-NA-DA

Sé que me reprocharán por no hacerlo, pero te lo debo. Te debo que todo ocurra tal cual lo has planeado. Ya que la vida te ha pagado exactamente con lo contrario, al menos que este momento sea tal como tú quieres que sea.

Me pregunto cómo será todo a partir de mañana cuando ya no sepa cómo querrías tú que fuera. Pero prefiero no pensar en mañana. Centrarme en este hoy que te debo. En este hoy en que te haré el regalo más importante de todos estos años. Eso me dijiste cuando empezaste a planearlo todo. Que necesitabas de mí, un último regalo, el más importante. Y que no podías pedírselo a nadie más. Y yo, para convencerte de que el suicidio era una decisión demasiado precipitada, y de que aún teníamos mucho por compartir, acepté. Prometí hacerte ese regalo cuando llegara el momento. Lo acepté entonces sin convicción, por miedo, por egoísmo. No quería perderte. Pero a lo largo de los más de cinco años que transcurrieron desde entonces, supe que te merecías ese regalo que esperabas de mí. Que te merecías tener el poder de decir basta, hasta aquí llegué.

Te dejo descansando luego de la rutina de higiene diaria. Sé que te agota que te levante los brazos, que te gire en la cama, incluso que te tironee del pelo intentando peinarte. Sé que después de eso entras en un sueño ligero, como de bebé afiebrado y tengo tiempo para organizar las cosas en la cocina, para poner una lavadora con las sábanas que acabo de cambiarte, con la absurda idea de que el roce de unas sábanas limpias tal vez te haga cambiar de opinión.

—Papá, ¡qué temprano! ¿Está bien mamá? —pregunta la niña al coger el teléfono.

—Esta como siempre, cariño. Ya sabes…

—Sí —contesta simplemente. Y me la imagino con los ojos cargados de lágrimas como cuando viene a visitarte. Luchando por no derramarlas, como si fueran valiosas perlas que tuviera que mantener escondidas.

—¿Vendrás a verla hoy? —pregunto.

—Sí, papá. Como todos los domingos

Cuelgo pensando qué hará el próximo domingo cuando ya no pueda venir a verte. ¿Sentirá alivio? Muchas veces la muerte es un alivio. Lo será para ti, que ya no tienes fuerzas para seguir batallando, lo será para nuestra hija, que ya no tendrá que contener sus lágrimas perlas, pero ¿lo será para mí? ¿no podrá más el remordimiento que el alivio?

Al niño le mando un Whatsapp. Le digo que lo esperamos esta tarde, que hace mucho que no viene, que su madre pregunta por él y quiere verlo.

Ahora que te has ido con la bandeja cargada de jeringuillas y pajitas de plástico, y las sábanas apretadas bajo el brazo derecho, me quedo mirando mi trocito de cielo. Mirarlo, cuando está así, recién encendido, parece aliviarme un poco el dolor. O tal vez sea la medicación que me acabas de administrar.

He visto en tus ojos la pena. Pero por suerte he visto también la resolución. No había en ellos ni un resquicio de la duda que temí hallar. El dolor no se irá con mi muerte, pero cambiará de color. Te permitirá ver la vida bajo otro prisma. Volver a pensar en ti. Volver a preguntarte qué te apetece comer. A encontrarte con los amigos que llevamos años sin ver, a salir a caminar por las mañanas por el parque. A reacomodar la biblioteca y rescatar todos esos libros que no leíste porque a mí no me interesaban, y tú solo leías para mí.

Leerme en voz alta ha sido una de las cosas más bellas que has hecho por mí. Nadie lo había hecho desde la infancia, cuando mi padre me acompañaba a la cama con un libro lleno de dibujos.

Tú, en cambio, me has leído sin mostrarme ni una sola imagen. Las has dibujado con tu voz, con ese modo tan tuyo de meterte en la historia y regalarme la ilusión momentánea de saberme allí contigo. Lejos de esta cama, lejos de la silla de ruedas, a una distancia prudente del dolor. Una distancia que nos permitiera mantenerlo a raya mientras transitábamos juntos cientos y cientos de páginas.

Has sido un compañero extraordinario. Tan abiertamente generoso que eres capaz de entregarme este regalo final sin miedo. Con firmeza. Con dolor, pero también con amor, con un amor que no sabe de egoísmos. Espero, y ese es mi último deseo al abandonar este mundo, que todo esto no te traiga consecuencias. Lo hemos hablado hasta la saciedad. Hemos dejado muy claro en sucesivos videos que se trata de mi decisión. Una decisión personal y libre. Que tú solo me estás dando las manos que no tengo. Pero que no eres responsable. Ni responsable ni cómplice. Eres, únicamente, un instrumento que necesito para poder llevar a cabo mi voluntad. En esta sociedad democrática en que nos creemos libres de elegirlo todo, desde nuestros gobernantes hasta nuestras preferencias sexuales, hay algo que aún no podemos elegir. Una elección que debería ser la más importante de la vida: cuándo y cómo morir.

Ojalá llegue pronto eso que tanto esperamos. Yo y muchos otros. Pero yo ya no puedo esperar más. Y tú lo sabes. Sabes que cada día me es más complicado expresarme, pero que eso no acortará mi vida. Mi cuerpo es aún joven. Mi corazón y mis pulmones seguirán dando guerra mucho más tiempo del que quisiera. Del que puedo soportar.

Los niños entenderán. Sé que eso te preocupa. Que lleguen a pensar que tú… Puede que al principio les cueste. Ellos no han vivido tan de cerca todo esto. Pero lo entenderán. Tal vez sería más valiente por mi parte decírselos, hacerlos partícipes de mi decisión. Pero sé que por impulso se opondrían. Y ya no tengo las fuerzas para convencerlos. Tú dices que es mejor mantenerlos al margen para protegerlos de las posibles consecuencias legales de todo esto, y sé que ese es el motivo por el que respetas mi decisión de dejarlos fuera. Pero mi motivo es otro. Reconocer ante mis hijos, a quienes siempre inculqué el esfuerzo, la voluntad, el pelear por alcanzar las metas, que me doy por vencida, que ya no me siento capaz de seguir, me resulta demasiado duro.

La vida está hecha de fracasos, y esta forma clandestina de morir tal vez no sea más que mi peor fracaso. Yo, que siempre he sido optimista, que ante las adversidades siempre he dicho que nunca está todo perdido, ahora me desdigo de esta forma tan aparatosa y cruel. Cruel para ellos, pero no para mí. Lo que es cruel para mí es tener que hacerlo en silencio y dependiendo de ti. No porque no me sienta segura en tus manos. Siempre lo estuve. He confiado en ti ciegamente y vuelvo a hacerlo hasta el final. Ya es hora. Fernando, ya es hora, repetiré cuando los niños hayan regresado a sus casas después de la incómoda visita de domingo en que me despediré en silencio de sus rostros preocupados. De sus gestos contenidos, de esa forma que tienen desde hace años de hablarme como si yo no pudiera entenderles, como si yo necesitara que me repitan que debo ser paciente una y otra vez.

La paciencia es un bien que se me ha agotado. La he exprimido, la he puesto a secar al sol, la he vuelto a remojar con las lágrimas que siguen saliendo de mis ojos cuando hace tanto tiempo que soy incapaz de enjugarlas. Nadie debería llorar si no puede secar sus propias lágrimas. La naturaleza debería ser lo suficientemente sabia como para obstruir los lagrimales de quienes no tenemos manos, pero sí tantos motivos para llorar.

Pero hoy no me quiero centrar en eso. Quiero pensar en los cientos de momentos felices que hemos compartido. Recuerdo la escapada a Praga después de aquella reconciliación que fue la única que necesitamos. No hubo más reconciliaciones, porque no hubo más batallas. Después de aquellos días y aquellas noches en Praga, supimos que lo nuestro era tan fuerte como para poder terminar como terminará ahora. Y las batallas que libramos a lo largo de tantos años, nos hallaron a ambos siempre en el mismo bando. Un frente común inquebrantable, que aún hoy nos une ante la adversidad.

Te escucho trastear en la cocina, abrir la lavadora, hablar por teléfono, seguramente con la niña. Estoy cansada, podría dormirme, pero prefiero mecerme en los sonidos que me llegan acolchados mientras observo con admiración la belleza de un par de nubes que se han instalado en mi pedacito de cielo.

—Silvia, cariño. Ha venido la niña a verte

Abres los ojos. Sé que no dormías, que estabas escuchando la Quinta de Beethoven, una de tus favoritas. Lo sé porque algo parecido a una sonrisa se dibujaba en la comisura de tus labios, hasta que has abierto los ojos y has intentado hablar. El dolor te ha anegado la mirada, pero lo has controlado.

—HO-LA-MI-NI-ÑA —has dicho con evidente esfuerzo. Y María, visiblemente emocionada, se ha sentado en la silla junto a la cama y te ha cogido la mano derecha.

Os he dejado solas. Supongo que es lo que deseas. Despedirte de nuestra hija, aunque ella no sea consciente de que esto es una despedida.

—CUI-DA-DE-TU-PA-DRE-CUAN-DDO-YO-NO-ES-TÉ —pronuncio con esfuerzo. Nuestra hija se lleva una mano a la boca como intentando atajar un sollozo.

—Mamá, tú siempre estarás —dice.

Esas palabras me reconfortan. Me hacen sentir menos culpable, menos egoísta por decidir marchar. Siempre estaré. Es algo bonito de escuchar en un momento como este.

La niña guarda silencio. Como si intuyera que este domingo no es como los de siempre, no actúa como suele hacerlo, parloteando sin parar, contándome cualquier tontería en un intento de distraerme de mi dolor. Hoy está distinta, más mayor, me parece. Más mujer. Sé que sobrevivirá. Todos sobrevivimos a la muerte de nuestros padres. Es el ciclo natural de la vida. Por suerte, uno de mis mayores terrores, el ver morir a uno de mis hijos, no se ha hecho realidad. Y me toca a mí primero. Por decisión propia. Por convicción.

—¿Quieres beber un poco de agua?

No contesto. Cierro los ojos. Quiero quedarme con esta imagen de la niña. Su pelo largo enmarcado por la luz vacilante de la ventana. Sus ojos turbios, el calor de sus manos acunando la mía, como tantas veces yo la acuné a ella en la oscuridad de las noches de pesadillas.

—Gracias por venir, hijo

—¿Qué pasa? ¿Está peor? —pregunta preocupado.

Prefiero no contestar a esa pregunta. Prefiero que te vea y juzgue por sí mismo.

—Recién se acaba de ir tu hermana —le digo mientras camino por el pasillo.

Abro la puerta. El atardecer va llenando de sombras el cuarto. Enciendo la lámpara de la mesa de los medicamentos.

—NO-POR-FA-VOR —dices. Y la apago de inmediato.

Sé que no te gustan las luces artificiales, pero la semi penumbra en que se ha sumido la habitación me ha provocado una tristeza profunda. La noche se acerca y con ella el momento en que pronunciarás la frase por tercera vez.

Y yo, que sé que la mejor luz es la de los atardeceres en tus ojos, que a nadie le sienta mejor que a ti la luz del Moldava en la mirada, observo la luz tenue entrar por la ventana y detenerse en tu perfil para delinearlo con delicadeza en un único y mágico momento.

Nuestro hijo se sienta en la cama, intentando no moverla y te pasa sus dedos largos y finos por el antebrazo. Abres los ojos en los que la oscuridad se va adentrando, y lo miras intentando sonreír.

Él no sabe que se está despidiendo de ti, me digo. O a lo mejor lo sabe mejor que nosotros. Siempre fue un niño perspicaz al que se hacía imposible engañar con mentiras piadosas. Un auténtico buceador de la verdad. Y ahora, la verdad está ante sus ojos. Tan cruda como tus articulaciones inútiles, como el modo doloroso en que el aire parece abrirse paso hasta tus pulmones.

Hago ademán de salir, pero me detiene su voz, casi un murmullo.

—Quédate, papá.                                                        

Me acerco a su lado y le acaricio la cabeza. Como cuando era un niño y llegaba con las rodillas raspadas, y yo intentaba tranquilizarlo mientras tú le limpiabas las heridas diciéndole que tenía que ser valiente. Y lo era, sí. Habíamos hecho un buen trabajo.

—Lo que decidáis estará bien para mí —dice. —Lo que decida mamá. Sé que tú la apoyarás

Doy un respingo. Una vez más hace gala de su capacidad de intuir cualquier situación. Nunca lo hemos hablado con claridad, pero aquí está él, diciéndonos que nos apoya.

Lo abrazo, mientras te abraza. Luego, lo acompaño hasta la puerta.

—Gracias, hijo. No sabes lo importante que es esto para mí. Pero sobre todo para ella.

Cuando vuelvo al cuarto ya ha oscurecido. Por la ventana entra el reflejo tenue de una farola lejana.

Pongo en el reproductor tu CD preferido. La música va inundando el silencio que nos une. No hay nada que decir. Hubiera querido hablarte de Praga y de mi sueño, pero en tu mirada tranquila, sé que no hace falta. Que tienes el Moldava en los ojos, y que como en tantas ocasiones a lo largo de la vida compartida, no necesitamos hablar para comprendernos a la perfección.

—FER-NAN-DO-YA-ES-HO-RA —pronuncias al cabo de un rato.

Suelto tu mano y asiento. Entonces, con una tranquilidad que no esperaba sentir, abro decidido el último cajón.

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