Batacazo

Batacazo

Le deseé que tuviera un buen turno. Ella agitó el cubilete y el sonido óseo de los dados atravesó la penumbra junto con su sonrisa desafiante. Fingí taparme los ojos justo cuando ella descubría el póker de ases que le daba la victoria. Me regodeé en su mirada de triunfo. En su melena cubriéndole el pecho. En la piel nacarada que mis afortunadas tiradas habían ido revelando. Ahora me tocaba a mí. Ella, autoritaria, reclamó la última prenda. Simulé una inoportuna timidez. Frunció el ceño y exigente, alargó un brazo. Sumiso, obedecí. Entonces, el disparo, su sonrisa satisfecha y mi cuerpo desnudo desplomado en la alfombra.

Batacazo

Un día once

Le deseé que tuviera un buen turno y arrastré mis pies hacia la salida. Llevaba veintiséis horas sin dormir. Mientras colgaba la bata, cerré los ojos para borrar las gasas manchadas, el rojo, los rictus de dolor, el olor a quemado, los gritos yacentes y el silencio con el que nos movíamos de una cama a otra, con las palabras trabadas en el paladar. Le había deseado un buen turno. Como si un día cualquiera le esperara del otro lado de la mampara. Sentí que la había traicionado. Ella, con su título recién estrenado, no estaba preparada. Y yo, con todos mis años en urgencias, tampoco.

Batacazo

Capicúa

Luego cruzó el pasillo, bajó al sótano y mató al prisionero.  Cuando regresó, su expresión no había cambiado. Sólo yo pude ver un ligero temblor en la comisura de su boca. Peinó hacia atrás sus cuatro pelos mal plantados, se miró al espejo y salió sin hablar. Todos sabíamos que el siguiente paso del plan era ir a cobrar el rescate. Por eso cruzamos miradas expectantes y sonrisas de triunfo disimulado. Al tercer día, cuando aún no había regresado, ya no jugábamos a las cartas. Sólo discutíamos y caminábamos como fieras enjauladas por la sala. Entonces, el prisionero subió, cruzó el pasillo y cogió el arma que descansaba junto al peine.

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Un día en la vida – Relato ganador de la final semanal Relatos con banda sonora

Coges el autobús y como autómata te apeas en la parada de siempre. Transitas baldosas conocidas mirando hacia abajo. La cabeza pesa y los hombros más. Pasas inadvertido, otro fantasma apresurándose por las aceras. El torno habilitándote la entrada te produce alivio. Al menos estás vivo. Transcurres tus ocho horas hasta que la rutina te expulsa otra vez hacia afuera para desandar el camino. Pero no lo desandas. En cambio, trepas al árbol más alto del parque y te acuclillas como un ave en una rama. Entonces reparan en ti. Para no decepcionarlos, despliegas las alas y echas a volar.

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Solo

La vergüenza que nos ganamos aquella noche, en cambio, nos acompañaría para siempre.
No creas, no a todos…. A mí sí, y a ti, estoy seguro…. Te equivocas, hace rato que he perdido la vergüenza… ¿Me dirás que nunca te acuerdas de ese momento, cuando mi padre abrió la puerta y todos nosotros…? No, no lo recuerdo. Bueno, ahora que lo mencionas, pero apenas…
No sigo replicando, Me siento el único depositario de la vergüenza, de la memoria de los cinco. Calla, como hicieron antes los otros y me mira casi con indulgencia. Yo vuelvo a cerrar los ojos para no evocar el rostro desencajado de mi padre. Ni la sangre envolviéndolo todo.

 

Batacazo

Final

La vergüenza que nos ganamos aquella noche, en cambio, nos acompañaría para siempre.
Elena cerró el libro y lo abrazó contra su pecho. Acunándolo. Ahogó un sollozo quedo, que inoportuno se instaló en su garganta, como si asomado a un acantilado, estuviera a punto de saltar. No era el primer libro, ni sería el último. Pero llevaba meses acompañándola y ….. Con el ritual de siempre, lo colocó en el estante de los imprescindibles coqueteando con la idea de cogerlo otra vez y volver a empezar. Los del estante vecino, pendientes, se alborotaron al percibir su duda. Volvió hacia ellos su rostro nublado, y pensativa, acarició sus lomos con el índice.