Le deseé que tuviera un buen turno y arrastré mis pies hacia la salida. Llevaba veintiséis horas sin dormir. Mientras colgaba la bata, cerré los ojos para borrar las gasas manchadas, el rojo, los rictus de dolor, el olor a quemado, los gritos yacentes y el silencio con el que nos movíamos de una cama a otra, con las palabras trabadas en el paladar. Le había deseado un buen turno. Como si un día cualquiera le esperara del otro lado de la mampara. Sentí que la había traicionado. Ella, con su título recién estrenado, no estaba preparada. Y yo, con todos mis años en urgencias, tampoco.
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