Le deseé que tuviera un buen turno. Ella agitó el cubilete y el sonido óseo de los dados atravesó la penumbra junto con su sonrisa desafiante. Fingí taparme los ojos justo cuando ella descubría el póker de ases que le daba la victoria. Me regodeé en su mirada de triunfo. En su melena cubriéndole el pecho. En la piel nacarada que mis afortunadas tiradas habían ido revelando. Ahora me tocaba a mí. Ella, autoritaria, reclamó la última prenda. Simulé una inoportuna timidez. Frunció el ceño y exigente, alargó un brazo. Sumiso, obedecí. Entonces, el disparo, su sonrisa satisfecha y mi cuerpo desnudo desplomado en la alfombra.