La vergüenza que nos ganamos aquella noche, en cambio, nos acompañaría para siempre.
Elena cerró el libro y lo abrazó contra su pecho. Acunándolo. Ahogó un sollozo quedo, que inoportuno se instaló en su garganta, como si asomado a un acantilado, estuviera a punto de saltar. No era el primer libro, ni sería el último. Pero llevaba meses acompañándola y ….. Con el ritual de siempre, lo colocó en el estante de los imprescindibles coqueteando con la idea de cogerlo otra vez y volver a empezar. Los del estante vecino, pendientes, se alborotaron al percibir su duda. Volvió hacia ellos su rostro nublado, y pensativa, acarició sus lomos con el índice.

Este relato me gusta mucho, creo que a mi me ha pasado lo mismo más de una vez. Depende del libro, claro; pero también veo a los que están pendientes de leer, como si estuvieran tristes por no ser leídos… todavia.
Me alegra saber que es una experiencia común entre los amantes de la lectura. Lo bueno de ser amante de los libros es que se nos está permitida la infidelidad…
Gracias por tus comentarios, Pilar