Despedida

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Papá, ¿tú no tienes frío? …  ¿Cómo lo vamos a dejar ahí solo, mamá?… Rosario tomó su mano y lo obligó a caminar hacia la salida del cementerio.

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Sangre azul

Nuestros mismos ojos, nuestras mismas manos, dos pies, un corazón, un cerebro…  Como nosotros, Carlitos.

¿Y entonces como tienen sangre azul?                             

No tienen sangre azul, hijo. Es un modo de decir… ¿Acaso tú los ves distintos a ti o a mí?

Claro,  dice con tono de sabelotodo. ¿No has escuchado lo que acaban de decir? La señora rubia. Que no se acuerda de nada. Como Dory, la amiga de Nemo que es azul. Si tienes sangre azul, no te llega bien al cerebro y todo lo olvidas.

Carlitos da por zanjado el tema cambiando de canal.  Yo permanezco en silencio. Pensando en Nemo.

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Destiempos – Relato finalista semanal del concurso Relatos con banda sonora

Había conseguido regresar. Contaba los días que lo separaban del aeropuerto, los abrazos, los gritos, las lágrimas de bienvenida. Pero cuando puso pie en tierra, comprendió que deshacer el camino no significa regresar. Los árboles no eran tan verdes, y el aire no olía a naranjos. Las sonrisas no eran tan radiantes y las ausencias borroneaban las caras avejentadas que le aguardaban. Sollozó abrazado a su pasado, mientras palmeaban su espalda y le preguntaban si se iba a quedar. La respuesta le estremeció el alma. El tiempo había desplazado los sitios y él ya no sabía dónde estaba el suyo.

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Invierno

Papá, ¿tú no tienes frío? Mira cómo tienes las manos heladas… Mamá nunca nos dejaba salir sin guantes. Decía que no era propio de señoritas de buena familia. Y nosotros siempre hemos sido  buena familia, ¿verdad, papá?

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De noche

Papá, ¿tú no tienes frío? decía cada noche Clara, toda ojos, atisbando en la oscuridad. Él la abrazaba hasta que se quedaba dormida y nunca le confesaba que sí tenía frío. A pesar de que la humedad del suelo se le colaba en los huesos a través de los cartones. Le daba calor con su cuerpo, le cantaba una canción queda al oído y le ayudaba al sueño a vencer sobre el vértigo en el estómago y el sonido rugiente del vacío. Invocaba angelitos de puntillas, soles, y despertares felices. Después, el sueño le llegaba a su vez, oscuro y cruel. Duraba apenas unas horas.

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Cómplices

Mucho me temo que vienen a rescatarme. Dirán que me estás consumiendo, que acabarás conmigo. Tú no escuches.

La jeringuilla en equilibrio en el borde del lavabo no responde, pero tiembla cuando los golpes en la puerta trabada arrecian.

Juan, ¡ábrenos!. Te ayudaremos…

Estira la goma, un extremo en la mano libre y otro entre los dientes. Percibe la presión tranquilizadora en el brazo. No temas, mi niña, musita mientras sus dedos expertos tantean en busca del lugar exacto. No temas. No nos separarán. Tú no eres solo un amor de verano para mí.

Ella rueda trémula y culpable hasta los pies de Juan, que ya ausente, se ovilla sobre las baldosas frías y comienza a temblar.