Luego cruzó el pasillo, bajó al sótano y mató al prisionero. Cuando regresó, su expresión no había cambiado. Sólo yo pude ver un ligero temblor en la comisura de su boca. Peinó hacia atrás sus cuatro pelos mal plantados, se miró al espejo y salió sin hablar. Todos sabíamos que el siguiente paso del plan era ir a cobrar el rescate. Por eso cruzamos miradas expectantes y sonrisas de triunfo disimulado. Al tercer día, cuando aún no había regresado, ya no jugábamos a las cartas. Sólo discutíamos y caminábamos como fieras enjauladas por la sala. Entonces, el prisionero subió, cruzó el pasillo y cogió el arma que descansaba junto al peine.
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