Coges el autobús y como autómata te apeas en la parada de siempre. Transitas baldosas conocidas mirando hacia abajo. La cabeza pesa y los hombros más. Pasas inadvertido, otro fantasma apresurándose por las aceras. El torno habilitándote la entrada te produce alivio. Al menos estás vivo. Transcurres tus ocho horas hasta que la rutina te expulsa otra vez hacia afuera para desandar el camino. Pero no lo desandas. En cambio, trepas al árbol más alto del parque y te acuclillas como un ave en una rama. Entonces reparan en ti. Para no decepcionarlos, despliegas las alas y echas a volar.

Muchas felicidades. Este relato es emocionante.
¡Gracias Pilar! Me alegra mucho que te haya emocionado
Un abrazo