Diosa

Diosa

Mi madre es como esas diosas hindúes de seis brazos.  Puede acarrear una montaña de toallas, el bolso con los pañales de Anita, el agua, la merienda, dos esterillas, una silla plegable, cubos, palitas, dos balones, las chanclas de todos, la sombrilla…  Con sus seis manos nos embadurna de protector mientras nos riega con recomendaciones. Luego, hace como que lee, aunque ronca despacito.

Entonces, como hermano mayor que soy,  tomo el mando. Evito que Anita coma arena y que Joaquín patee a Carlitos.  Termino agotado. Cuando mamá despierta, la miro evitando decirle cuanto la quiero. Se pondría a llorar y tiene la cara llena de arena.

Diosa

Población no activa

Teníamos que ser prácticos. Dejarlo en su mecedora, considerando que ocupa gran parte de la sala, y que tampoco lo haría sentir mejor, no tenía sentido. Una vez que el funcionario firmó el papel que certificaba que el abuelo estaba vivo y se fue, apartamos el plato de lentejas que tenía frente a él, lo desinflamos, lo doblamos en cuatro y lo volvimos a guardar en el armario alto del pasillo. Llevamos la mecedora al trastero.

Y de inmediato devolvimos el gato que sentábamos en su regazo para darle más credibilidad a la escena, a la vecina del cuarto. Nos lo alquilaba por horas. Y la pensión del abuelo tampoco daba para tanto.

Diosa

Veinte poemas

Tú no sabes leer poesía,

yo no sé escribirla:

el amor estaba servido.

Nos aferramos a la coincidencia

como a un beso ardiendo.

Yo fingí ignorar

tu biblioteca plagada de versos.

Tú simulaste no advertir

las sinalefas e hipérboles

asomando al bolsillo de mi paladar.

Tú no sabes leer poesía,

y nunca te escribí una hasta hoy.

Yo no sé escribirla,

y nunca me leíste esa que ahora lees.

Silente,

junto a la ventana

huérfana de golondrinas oscuras,

en esta noche de adioses

en que podría recitarte los versos más tristes.

Y sin embargo,

por primera vez te escribo

veinte poemas de amor.

Desesperado.

Diosa

Perseidas

Ordenó sin pestañear que no pestañeara.

—Eso es imposible, papá. Tarde o temprano, se nos cerrarán los ojos —dije mientras los abría mucho para seguirle el juego.

Estábamos mirando las estrellas recostados en el prado de la casa del pueblo. Era verano.

—Si los mantenemos abiertos, este momento durará para siempre —aseveró enigmático. Entonces no lo comprendí.

Hoy, mirando su nombre en la lápida recién estrenada, quisiera poder pestañear y borrarlo. Pestañear para regresar a aquella noche de verano en que con su brazo bajo la cabeza, me quedé dormido hilvanando constelaciones.

Diosa

Baltasar

Era lo único que podíamos hacer por él, dadas las circunstancias. Como todos los años, insistía en que quería conocer mundo. Pero no tenía papeles y no era factible que consiguiera sobrevivir vendiendo incienso.
Llegado el 7 de enero, lo envolvimos con sumo cuidado en su papel burbuja, y lo volvimos a meter en la caja del altillo.

Diosa

Otra noche en la frontera – Ganador en la 12º edición del concurso CientoCinCuenta

Como si de una plaga venenosa se tratara, les impiden el paso. Alba quiere pensar que su padre tenía razón, que tarde o temprano los dejarán entrar. Pero la noche cae, y nada ha cambiado. Se ovilla bajo la tienda que comparten con otras familias. Alba no puede conciliar el sueño. Las tripas le rugen, el llanto de su hermana pequeña le hiere la piel, y la humedad se cuela bajo su ropa. Pero lo peor está por llegar. Él esperará los ronquidos de los otros y se acercará, como cada noche.  Alba vomitaría si tuviera qué. Pero lo dejará hacer.  Él ha prometido que nunca las abandonará.