Tú no sabes leer poesía,
yo no sé escribirla:
el amor estaba servido.
Nos aferramos a la coincidencia
como a un beso ardiendo.
Yo fingí ignorar
tu biblioteca plagada de versos.
Tú simulaste no advertir
las sinalefas e hipérboles
asomando al bolsillo de mi paladar.
Tú no sabes leer poesía,
y nunca te escribí una hasta hoy.
Yo no sé escribirla,
y nunca me leíste esa que ahora lees.
Silente,
junto a la ventana
huérfana de golondrinas oscuras,
en esta noche de adioses
en que podría recitarte los versos más tristes.
Y sin embargo,
por primera vez te escribo
veinte poemas de amor.
Desesperado.
