Ordenó sin pestañear que no pestañeara.

—Eso es imposible, papá. Tarde o temprano, se nos cerrarán los ojos —dije mientras los abría mucho para seguirle el juego.

Estábamos mirando las estrellas recostados en el prado de la casa del pueblo. Era verano.

—Si los mantenemos abiertos, este momento durará para siempre —aseveró enigmático. Entonces no lo comprendí.

Hoy, mirando su nombre en la lápida recién estrenada, quisiera poder pestañear y borrarlo. Pestañear para regresar a aquella noche de verano en que con su brazo bajo la cabeza, me quedé dormido hilvanando constelaciones.

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