por pcollazo | Dic 1, 2018 | En pocas palabras, Premiados
No sabe qué tecla apretó por error, pero la ventana ha preguntado, se ha contestado y ha desaparecido, sin darle tiempo a escoger respuesta.
Con el corazón en un puño, abre el explorador. La carpeta no está.
No lo puede creer. En esa carpeta guardaban las fotos de las últimas cinco San Silvestres. Desde aquella en que se conocieron, hasta la última en la que corrieron empujando el cochecito de Alba.
Se pone en pie con dificultad, como si el cuerpo le pesara más y recorre el pasillo con las piernas agarrotadas.
– Cariño… ¡no sabes lo que ha pasado!
Pero al llegar al cuarto, la cuna de la niña ha desaparecido, la cama está vacía, y tiene solo una plaza. Los retratos se han esfumado. Y el anillo que hasta hace un momento adornaba su mano izquierda, descansa junto a otro, desconocido, sobre la mesilla de luz.
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por pcollazo | Nov 16, 2018 | En pocas palabras, Premiados
En aquella época, a los niños nos mandaba a comprar tabaco y el tendero nos lo vendía sin siquiera inmutarse. Lo mismo ocurría con los bares. Mi madre decía que el bar de Manolo no era sitio para mujeres, que si no… ¡Ella misma se ocuparía de sacar a mi padre de allí! En cambio, me mandaba a mí, que como era un niño, tenía la entrada franqueada, serpenteaba entre las mesas y el humo (por supuesto que se fumaba dentro, ¡y cómo se fumaba!), hasta dar con los pantalones de papá, y detrás de la niebla, con él mismo.
– Dice mamá que….
– La bruja ya te ha mandado al niño – vociferaba alguien
Mi padre, siempre me sonreía, apuraba el vino que le quedaba en el vaso y me decía: “Corre y dile que enseguida voy”
Yo lo hacía, pero sabía que era mentira. Que cuando aún estaba yo saliendo del bar, alguien decía “¿Ya te vas a ir, Toñito? Siéntate, que te invito una ronda” Y entonces él se quedaba. Y mi madre se enfadaba conmigo por mentiroso y por no saber hacer bien ni un recado.
Por eso, yo odiaba el vino y el bar de Manolo a partes iguales. Por eso, y porque eran el motivo de constantes grescas entre mis padres.
Sin embargo, cuando mi padre murió y mi madre salió a trabajar, por las tardes me quedaba solo en casa, y un poco por inercia, y otro poco por costumbre, me acercaba al bar de Manolo, me escabullía entre las mesas, siempre vociferantes, siempre cubiertas de humo, hasta la de mi padre. Y allí, entre las risotadas, y el ruido de platos, estaba la silla vacía de papá y su vaso lleno de vino. Y yo me sentía por un momento a su lado otra vez.
Entonces me parecía normal que su sitio permaneciera intacto, como esperando que regresara. Pero ahora comprendo que era todo un gesto por parte de sus amigos, tenerlo presente de ese modo tan especial. Si alguien me veía acercarme, no me lo decía. Era como si yo mismo fuera un fantasma y la presencia de mi padre en aquella mesa fuera lo real.
El tiempo me llevó a olvidar aquella promesa que me hice de niño en las tardes en que las trifulcas en casa amenazaban con descascarar las paredes: nunca bebería vino.
Ahora suelo beberlo, siempre entre amigos. Siempre recordando a mi padre y su remoloneo casi adolescente a la hora de regresar a casa.
Sin embargo, a veces, me acerco al bar de Manolo, aunque Manolo ya no esté, aunque no se permita fumar dentro, y me siento solo a una mesa. Pido dos vasos de vino, y mientras me bebo el mío, dejo el otro sobre la mesa, como un reclamo. Como un anzuelo. Tal vez, algún día, mi padre se decida a sentarse un rato conmigo y remolonear a la hora de regresar al cielo.
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por pcollazo | Nov 9, 2018 | En pocas palabras
Como un enjambre después de recibir la pedrada de un niño, mi cabeza es una colección de celdas vacías. La luz de una linterna se abre paso entre sus cavidades sin iluminar ni un gramo de sensatez.
– ¡Alto! – grita una voz.
Obedezco. Aunque quisiera, no me podría mover.
En la mano izquierda estrujo el papel en que el detective apuntó tu dirección: calle México 12, 1º A.
En la derecha, sostengo el metal pringoso donde aún noto palpitar tu corazón.
Y entre los labios, aprieto con fuerza, para que no se me olvide, el nombre de mi hija. Ese que he repetido sin parar desde el mismo momento en que, sin imaginar que la libertad iba a durarte tan poco, me has abierto la puerta.
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por pcollazo | Oct 20, 2018 | En pocas palabras
Incongruente enamorarse en otoño
¿no es la primavera para eso?
Incongruente el calor arrebolado
en una mañana lluviosa
de domingo por el Rastro
de música en las calles
y sonrisas café con leche.
Incongruente enamorarse en otoño.
Las mariposas van por dentro
y no hay flores en los balcones
pero brotan en tus ojos entornados
cuando el primer beso
nos sorprende en un semáforo en rojo.
Incongruente enamorarse en octubre.
Doblemente,
en octubre a los cincuenta.
Confabular dos otoños
para pintar primaveras ocres
en nuestros lienzos cuarteados,
de óleo sedientos,
y fuera de todo pronóstico,
vivos.
Es incongruente,
y no procede
y no estaba en el guión.
Por eso improvisamos,
por eso caminamos hasta Santa Ana otra vez,
esquivando el tren en Sol
para pedir el enésimo café
(o un té verde yo, que nunca bebo té)
y dejarnos llevar.
Para consentirnos caer, irremediables,
en la sensación.
Como hojas de otoño,
arrebujadas a nuestros pies.
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por pcollazo | Oct 20, 2018 | En pocas palabras
Cada otoño vuelves
caminando por la acera del sol,
apuntalando el traje de chaqueta
con tu bastón de caña.
Vuelves con tu boina negra
y la bufanda de lana,
y me miras desde la acera de enfrente
mientras consultas tu reloj de bolsillo.
Quisiera que no fuese tarde
para poder acudir a la cita,
para decirte cuanto no te dije
en aquel otoño de lluvia en las gafas
en que tuviste la mala idea de morir.
Vuelves cada otoño
cuando el puesto de castañas aparece en la avenida
y las setas que recogíamos juntos
crecen otra vez.
Vuelves cuando el calendario
atraviesa octubre
como las primeras brisas
y las primeras mañanas con abrigo de lana.
Y te veo en el ascensor,
en el autobús,
en los sueños.
Pero si me acerco
te giras
y te alejas buscando un banco
donde sentar tus huesos doloridos
porque el otoño hace estragos
en tus silencios
y en mis intentos de disimular
que cada día te extraño más.
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por pcollazo | Sep 16, 2018 | En pocas palabras
Cada vez se hace más difícil disimular las ausencias. Pero ella se ha prometido reponerlo todo cuando los números cuadren mejor.
Por ahora, con la Barbie doctora ha conseguido pagar la última factura de teléfono y con su automóvil rosa, evitar que les corten el gas.
El coche con mando a distancia ha durado apenas unas horas en Wallapop, como la bicicleta con ruedines de Hugo, que de todos modos, seguro ya le iba a quedar pequeña el próximo verano. Gracias a ellos podrá llevar a la niña al dentista rogando que ese diente torcido no requiera tratamiento.
– ¿Mamá, tú sabes dónde están mis patines?
Publicados en Segunda mano, piensa. Pero sonríe negando con la cabeza. Como cuando le preguntan si sabe cuándo regresará papá.
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