Teníamos que ser prácticos. Dejarlo en su mecedora, considerando que ocupa gran parte de la sala, y que tampoco lo haría sentir mejor, no tenía sentido. Una vez que el funcionario firmó el papel que certificaba que el abuelo estaba vivo y se fue, apartamos el plato de lentejas que tenía frente a él, lo desinflamos, lo doblamos en cuatro y lo volvimos a guardar en el armario alto del pasillo. Llevamos la mecedora al trastero.

Y de inmediato devolvimos el gato que sentábamos en su regazo para darle más credibilidad a la escena, a la vecina del cuarto. Nos lo alquilaba por horas. Y la pensión del abuelo tampoco daba para tanto.

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