Deseos

Deseos

Había pedido a los Reyes que le devolvieran a su papá, al ratón Pérez que se lo dejara doblado bajo la almohada a cambio de dos colmillos, al ángel de la guarda que lo buscara entre las nubes con formas de elefante que eran sus preferidas, al diente de león soplado, que lo hiciera aparecer cualquier tarde a la salida del cole, al trébol de cuatro hojas encontrado después de meses de rastreos, que lo despertara de un susto, y a la pestaña apretada entre sus dedos, que lo hiciera resucitar. A su mamá, en cambio, no se animaba a pedirle que dejara de mentir con aquello del largo viaje.

Carta secreta

Carta secreta

Cuando llegué estaban poniendo la mesa para cenar. Era demasiado pronto. Me dejaron en el jardín recomendándome que no entrara hasta que las luces no estuvieran apagadas. Debemos descargar los paquetes más pesados primero, se excusaron. Vamos con el tiempo justo. Me acurruqué bajo el limonero mientras observaba el trajín en la casa: zapatos, galletas y copitas de brandy para los reyes. Ella logró que se acostaran. Antes de correr las cortinas miró a través del cristal. Estaba llorando. La sorpresa que se llevaría cuando me encontraran en los zapatos de Matías. Siempre el más ocurrente, había pedido a los reyes que le devolvieran a su papá.

Llame ya

Llame ya

Llame ya

Le confesé a mi padre lo que había hecho: comprarlo en la teletienda. Me miró por encima de la montura de sus gafas y esbozó una sonrisa socarrona. No me creyó. Como en sus recuerdos siempre ha vivido en el seno de una familia bien avenida, no entiende el concepto de soledad. Además, desde que está fuera de garantía, se ha vuelto más desconfiado, y he empezado a notarle los primeros achaques: cierta cojera al caminar, pérdida de la audición, manchas en la piel, y un toque cascarrabias que nunca había tenido y que lo hace muchísimo más querible.

Petricor

Petricor

Han pasado veinte años desde la última lluvia. Nuestros hijos nunca han visto llover. Cuando les hablamos de ello, nos miran incrédulos.

Desde que la humanidad es capaz de manejar el clima, en las ciudades no llueve. Con eso evitamos atascos, charcos, accidentes e incómodos paraguas olvidados por doquier.

En el campo llueve martes y jueves de cuatro a diez de la mañana para asegurar las cosechas. Aunque llamarlo lluvia, es demasiado pretencioso. Solo es un sistema de riego automático y programado.

Los más nostálgicos echamos de menos la primavera bajo la lluvia. Mirar al cielo y dejar que el agua fresca se te escurra por la lengua, empaparnos dándonos un beso interminable.

Las nuevas generaciones se conforman con esos ridículos simuladores de interior que usan ahora.  No conocen el olor de la tierra mojada, porque las tormentas virtuales, sin justificación alguna, huelen a agua de colonia.

Fase terminal

Fase terminal

La tripa revuelta por terremotos y tsunamis. Sudaba goterones de lodo desde las laderas, y no podía retener las riadas que bajaban incontrolables por los surcos de su piel. Vomitaba lava por los cráteres. Y de los glaciares habían empezado a desprenderse coágulos que flotaban a la deriva desbordando los océanos.

Las zonas resecas de epidermis se habían extendido implacables. Cada vez escocían más. Y rascarse, significaba iniciar incendios que arrasaban con todo.

La Tierra era una paciente tozuda. Los especialistas llevaban tiempo indicándole tratamientos, recomendándole llevar una vida más sana, con menos humos y menos comida basura.

Pero, obnubilada por ideas de crecimiento, de progreso, de abordar grandes desafíos que enriquecerían solo una parte de su organismo en desmedro del resto, no los había escuchado.

Cuando llegó a urgencias aquejada de altas fiebres y con los pulmones encharcados en sangre mezclada con cenizas, ya era demasiado tarde.

Los médicos intentaron reanimarla aplicándole respiración asistida. Pero ya no había nada que hacer. Esa misma noche, a través de sus volcanes, exhaló el último aliento.

Oscuridad

Oscuridad

Era de noche y fuera del coche llovía a cántaros.

—Nada de lloriqueos —había dicho mi padre mientras arrancaba. Cuando ponía esa voz y esa cara, se le obedecía sin rechistar. Pero Alba y Tito lloraban a moco tendido. Y yo, por contagio, otro tanto.

— ¿Es que no habéis visto lo que les pasa a los quejicas?

Yo no entendía a qué se refería, hasta que, de rodillas en el asiento trasero, vi a través de la luna, al abuelo blandir su bastón y cojear desesperado detrás de nuestro coche, mientras nos alejábamos a toda prisa de la estación de servicio.