por pcollazo | Ene 7, 2020 | En pocas palabras, Premiados
Había pedido
a los Reyes que le devolvieran a su papá, al ratón Pérez que se lo dejara
doblado bajo la almohada a cambio de dos colmillos, al ángel de la guarda que
lo buscara entre las nubes con formas de elefante que eran sus preferidas, al
diente de león soplado, que lo hiciera aparecer cualquier tarde a la salida del
cole, al trébol de cuatro hojas encontrado después de meses de rastreos, que lo
despertara de un susto, y a la pestaña apretada entre sus dedos, que lo hiciera
resucitar. A su mamá, en cambio, no se animaba a pedirle que dejara de mentir
con aquello del largo viaje.
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por pcollazo | Dic 24, 2019 | En pocas palabras, Premiados
Cuando
llegué estaban poniendo la mesa para cenar. Era demasiado pronto. Me dejaron en
el jardín recomendándome que no entrara hasta que las luces no estuvieran
apagadas. Debemos descargar los paquetes más pesados primero, se excusaron.
Vamos con el tiempo justo. Me acurruqué bajo el limonero mientras observaba el
trajín en la casa: zapatos, galletas y copitas de brandy para los reyes. Ella
logró que se acostaran. Antes de correr las cortinas miró a través del cristal.
Estaba llorando. La sorpresa que se llevaría cuando me encontraran en los
zapatos de Matías. Siempre el más ocurrente, había pedido a los reyes que le
devolvieran a su papá.
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por pcollazo | Dic 16, 2019 | En pocas palabras, Premiados
Llame
ya
Le
confesé a mi padre lo que había hecho: comprarlo en la teletienda. Me miró por
encima de la montura de sus gafas y esbozó una sonrisa socarrona. No me creyó. Como
en sus recuerdos siempre ha vivido en el seno de una familia bien avenida, no
entiende el concepto de soledad. Además, desde que está fuera de garantía, se
ha vuelto más desconfiado, y he empezado a notarle los primeros achaques:
cierta cojera al caminar, pérdida de la audición, manchas en la piel, y un
toque cascarrabias que nunca había tenido y que lo hace muchísimo más querible.
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por pcollazo | Dic 14, 2019 | En pocas palabras
Han pasado veinte años desde
la última lluvia. Nuestros hijos nunca han visto llover. Cuando les hablamos de
ello, nos miran incrédulos.
Desde que la humanidad es
capaz de manejar el clima, en las ciudades no llueve. Con eso evitamos atascos,
charcos, accidentes e incómodos paraguas olvidados por doquier.
En el campo llueve martes y
jueves de cuatro a diez de la mañana para asegurar las cosechas. Aunque llamarlo
lluvia, es demasiado pretencioso. Solo es un sistema de riego automático y
programado.
Los más nostálgicos echamos
de menos la primavera bajo la lluvia. Mirar al cielo y dejar que el agua fresca
se te escurra por la lengua, empaparnos dándonos un beso interminable.
Las nuevas generaciones se
conforman con esos ridículos simuladores de interior que usan ahora. No conocen el olor de la tierra mojada,
porque las tormentas virtuales, sin justificación alguna, huelen a agua de
colonia.
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por pcollazo | Dic 14, 2019 | En pocas palabras
La tripa
revuelta por terremotos y tsunamis. Sudaba goterones de lodo desde las laderas,
y no podía retener las riadas que bajaban incontrolables por los surcos de su
piel. Vomitaba lava por los cráteres. Y de los glaciares habían empezado a
desprenderse coágulos que flotaban a la deriva desbordando los océanos.
Las zonas
resecas de epidermis se habían extendido implacables. Cada vez escocían más. Y
rascarse, significaba iniciar incendios que arrasaban con todo.
La Tierra era
una paciente tozuda. Los especialistas llevaban tiempo indicándole
tratamientos, recomendándole llevar una vida más sana, con menos humos y menos
comida basura.
Pero, obnubilada
por ideas de crecimiento, de progreso, de abordar grandes desafíos que
enriquecerían solo una parte de su organismo en desmedro del resto, no los
había escuchado.
Cuando llegó
a urgencias aquejada de altas fiebres y con los pulmones encharcados en sangre
mezclada con cenizas, ya era demasiado tarde.
Los médicos
intentaron reanimarla aplicándole respiración asistida. Pero ya no había nada
que hacer. Esa misma noche, a través de sus volcanes, exhaló el último aliento.
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por pcollazo | Dic 13, 2019 | En pocas palabras, Premiados
Era
de noche y fuera del coche llovía a cántaros.
—Nada
de lloriqueos —había dicho mi padre mientras arrancaba. Cuando ponía esa voz y
esa cara, se le obedecía sin rechistar. Pero Alba y Tito lloraban a moco
tendido. Y yo, por contagio, otro tanto.
—
¿Es que no habéis visto lo que les pasa a los quejicas?
Yo
no entendía a qué se refería, hasta que, de rodillas en el asiento trasero, vi
a través de la luna, al abuelo blandir su bastón y cojear desesperado detrás de
nuestro coche, mientras nos alejábamos a toda prisa de la estación de servicio.
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