Cuando llegué estaban poniendo la mesa para cenar. Era demasiado pronto. Me dejaron en el jardín recomendándome que no entrara hasta que las luces no estuvieran apagadas. Debemos descargar los paquetes más pesados primero, se excusaron. Vamos con el tiempo justo. Me acurruqué bajo el limonero mientras observaba el trajín en la casa: zapatos, galletas y copitas de brandy para los reyes. Ella logró que se acostaran. Antes de correr las cortinas miró a través del cristal. Estaba llorando. La sorpresa que se llevaría cuando me encontraran en los zapatos de Matías. Siempre el más ocurrente, había pedido a los reyes que le devolvieran a su papá.

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