Han pasado veinte años desde la última lluvia. Nuestros hijos nunca han visto llover. Cuando les hablamos de ello, nos miran incrédulos.

Desde que la humanidad es capaz de manejar el clima, en las ciudades no llueve. Con eso evitamos atascos, charcos, accidentes e incómodos paraguas olvidados por doquier.

En el campo llueve martes y jueves de cuatro a diez de la mañana para asegurar las cosechas. Aunque llamarlo lluvia, es demasiado pretencioso. Solo es un sistema de riego automático y programado.

Los más nostálgicos echamos de menos la primavera bajo la lluvia. Mirar al cielo y dejar que el agua fresca se te escurra por la lengua, empaparnos dándonos un beso interminable.

Las nuevas generaciones se conforman con esos ridículos simuladores de interior que usan ahora.  No conocen el olor de la tierra mojada, porque las tormentas virtuales, sin justificación alguna, huelen a agua de colonia.

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