La tripa revuelta por terremotos y tsunamis. Sudaba goterones de lodo desde las laderas, y no podía retener las riadas que bajaban incontrolables por los surcos de su piel. Vomitaba lava por los cráteres. Y de los glaciares habían empezado a desprenderse coágulos que flotaban a la deriva desbordando los océanos.

Las zonas resecas de epidermis se habían extendido implacables. Cada vez escocían más. Y rascarse, significaba iniciar incendios que arrasaban con todo.

La Tierra era una paciente tozuda. Los especialistas llevaban tiempo indicándole tratamientos, recomendándole llevar una vida más sana, con menos humos y menos comida basura.

Pero, obnubilada por ideas de crecimiento, de progreso, de abordar grandes desafíos que enriquecerían solo una parte de su organismo en desmedro del resto, no los había escuchado.

Cuando llegó a urgencias aquejada de altas fiebres y con los pulmones encharcados en sangre mezclada con cenizas, ya era demasiado tarde.

Los médicos intentaron reanimarla aplicándole respiración asistida. Pero ya no había nada que hacer. Esa misma noche, a través de sus volcanes, exhaló el último aliento.

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