Era de noche y fuera del coche llovía a cántaros.
—Nada de lloriqueos —había dicho mi padre mientras arrancaba. Cuando ponía esa voz y esa cara, se le obedecía sin rechistar. Pero Alba y Tito lloraban a moco tendido. Y yo, por contagio, otro tanto.
— ¿Es que no habéis visto lo que les pasa a los quejicas?
Yo no entendía a qué se refería, hasta que, de rodillas en el asiento trasero, vi a través de la luna, al abuelo blandir su bastón y cojear desesperado detrás de nuestro coche, mientras nos alejábamos a toda prisa de la estación de servicio.

Muy buen micro relato, intenso y directo. Me ha gustado mucho y enhorabuena por ese tercer premio ☺️.
¡Muchas gracias, Fernando!