Apuestas

Apuestas

Se me acumulan los garbanzos después de cinco partidas de chinchón. Si pierdes, sacarás la basura todo el mes. Si pierdo, deberé aceptar que te rapes. Desafiante, frunces el ceño y apuestas tus últimos cuatro. Me recuerdas tanto a tu madre de pequeña…  Acerco mis cuatro.

—Hagámoslo a todo o nada —dices.

Empujo mi pequeña fortuna hacia el centro de la mesa. Sonríes satisfecha.  Con el mismo brillo que ella tenía en la mirada cuando era una adolescente y todo lo cuestionaba.

Dos horas después, me has desplumado. Tu madre llega del hospital. Se la ve cansada tras el tratamiento. Pero su sonrisa ilumina la cocina cuando te quitas tu eterna visera y te acaricias el cráneo brillante. Ahora os parecéis todavía más.

Charlas de ascensor

Charlas de ascensor

Se me acumulan las lentejas desde que confesé a la vecina, que echo de menos los guisos de mi madre. Se ha erigido en paladina legumbrera y cada día me toca el timbre con un táper lleno entre sus manos ajadas. Le digo que no debería molestarse y le devuelvo los recipientes vacíos. Ella permanece en el vestíbulo, como si no se atreviera a seguirme hasta la cocina. En realidad, se queda mirando la foto de mi padre colgada en la pared. Los ojos se le nublan. Cómo te le pareces, dice.

Y yo empiezo a entender por qué papá nunca quería comer lentejas en casa.

Elemental

Elemental

Lo cierto es que no sabíamos qué hacer con él. Se llamaba James y era un mayordomo inglés, muy circunspecto y con levita. Había aparecido una mañana de lunes junto a las mesas de la sala de lectura. Cojeaba un poco a causa del golpe. Podía haberse caído desde cientos de novelas.

Tuvimos que dejarlo suelto en el pasillo de literatura inglesa y confiar en que encontrara su hogar.

Pero no fue así. Los crímenes empezaron a sucederse cada noche. La belleza era su debilidad. Las víctimas, todas hermosas muchachas, aparecían atrozmente asesinadas entre dos estantes o colgando desde las páginas de un libro entreabierto. Con una letra capital clavada en el pecho, o un guion de diálogo cercenando sus esbeltos y nacarados cuellos.

Tenía una particular preferencia por las heroínas de grandes clásicos, cierta inclinación por las jóvenes rusas, y un modo sistemático y cruel de llevar a cabo sus ataques. Tuvimos que descatalogar varios títulos. Urgía restituirlo a su sitio.

Al final, hubo que contratar los servicios de un tal Holmes que resolvió el caso con gran profesionalidad. El mayordomo pertenecía a una típica novela de misterio, donde, por supuesto, era el asesino.

Relato seleccionado en la primera convocatoria del 2020 de Esta noche te cuento, sobre el tema «La belleza»

Herencia

Herencia

Le obligaron a sentarse en el sofá, junto a sus zapatos.

—Yo no puedo hacerme cargo.

—Yo menos aún, Ricardito es alérgico.

Luna giraba sus atentas orejas mirando a uno y otro.

Llamaron a la puerta.  Ladró. Tal vez él hubiera regresado. Pero no. Él nunca llamaba, él ponía la llave en la cerradura de un modo inconfundible.

Un hombre con olor a madera y hojas entró diciendo algo sobre llevarse muebles.

—¿Usted no la querrá?

El hombre negó con la cabeza.

—Entonces no quedará otro remedio —dijo alguien mientras la cogía en brazos y la sacaba de su casa, sin darle tiempo a olisquear por última vez los zapatos vacíos.

Cuatro mentiras

Cuatro mentiras

Le obligaron a sentarse en el sofá, junto a sus zapatos de trabajar en el campo. El mayor los señaló con gesto despectivo.

—Tú ya no estás para estas cosas, papá

El pequeño pronunció sin reparos:

—Ni para estar solo en esta casa

Y la del medio agregó:

—Los niños estarán felices si vienes a vivir con nosotros.

Una, dos, tres mentiras: Había trabajado todo el día; no estaba solo, ella seguía en la casa; y para los chavales no era más que un viejo cascarrabias.

Pronunció la cuarta: cuando vuelva, no quiero veros aquí. Luego se puso en pie para ir al granero a dar de comer a las gallinas.

Epílogo azul

Epílogo azul

Los sorprendí a punto de sentarse a cenar. La fuente sobre la mesa estaba llena de perdices. Ella aún tenía ese brillo de estrellitas en la mirada y canturreaba las notas de un vals. Él había dejado la impecable chaqueta azul tirada con desidia sobre el sofá. Ella le sugirió que la colgara en su lugar. Él dijo desconocer cuál era tal sitio. Ella le explicó que su estatus de príncipe había caducado. Y que el azul de su sangre no lo eximía de sus obligaciones. Él, ofendido, hizo un comentario dando a entender que es evidente que un beso no hace princesa a nadie. A lo que ella replicó que el que nace rana, rana se queda. Él masculló un real insulto. Ella hizo añicos su zapato de cristal contra la mesa.

Cerré el libro. Nunca debí seguir leyendo más allá de la palabra Fin.

Relato seleccionado en la convocatoria Azul de Esta Noche te Cuento