Había pedido a los Reyes que le devolvieran a su papá, al ratón Pérez que se lo dejara doblado bajo la almohada a cambio de dos colmillos, al ángel de la guarda que lo buscara entre las nubes con formas de elefante que eran sus preferidas, al diente de león soplado, que lo hiciera aparecer cualquier tarde a la salida del cole, al trébol de cuatro hojas encontrado después de meses de rastreos, que lo despertara de un susto, y a la pestaña apretada entre sus dedos, que lo hiciera resucitar. A su mamá, en cambio, no se animaba a pedirle que dejara de mentir con aquello del largo viaje.

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