Fragmentos

Fragmentos

Sufriendo lo indecible por amor, mamá había recortado todas las fotografías en las que aparecía papá. Por eso, su rostro fue desvaneciéndose en mi mente. Había intentado retenerlo sin conseguirlo.

Llegada la adolescencia ya no lo recordaba con nitidez. Un bigote, una barba, ¿o era una perilla? Odié a mamá. Porque la adolescencia era el momento de hacerlo, y por robarme la posibilidad de cotejar mis recuerdos.

Mucho después, cuando ella murió, descubrí su otro álbum de fotografías. Ese en el que guardaba los fragmentos robados a las oficiales. Sentí pena por ella. Pero más, por el desconocido que me miraba solitario desde aquellas páginas.

Cerca del Polo

Cerca del Polo

Salió, sigilosa, a estirar las piernas. Nacho dormía abrazado a su pingüino de peluche.

— ¿Podemos irnos de aquí, mamá? – había dicho, en uno de los momentos en los que la medicación le había dado una tregua – ¡Mi pingüino necesita hielo!

Encendió un cigarrillo. Apoyada contra la pared exterior del hospital, observó los canastos llenos de ropa limpia. Recordó que allí mismo estaban el día en que había llegado a Urgencias con la alegría del inminente nacimiento. Seis años después, Nacho otra vez allí, pero para morir. Al menos eso afirmaban los médicos de rostros adustos.

Sin pensarlo, sobre una silla de ruedas, apiló gran cantidad de sábanas y toallas blancas y comenzó a empujar hacia el ascensor.

Cuando Nacho despertó, en su habitación se había instalado el Polo Sur. Él y su pingüino palmearon de alegría.

Naturaleza salvaje

Naturaleza salvaje

Los fuimos rodeando. Los machos vigilantes desde las inmediaciones, las hembras saliendo al encuentro de las víctimas. Nos comimos algunos, para no defraudar a los televidentes. Aunque costó mucho porque sabían a plástico y barniz. Fueron una gacela, una cebra bebé, y dos crías de ñu.

Terminada la faena, los espectadores ya estaban todos concentrados en sus siestas de sofá.

Sin hacer ruido, para que no nos sorprendieran y se perdiera la magia, descolgamos el telón de fondo que tenía los baobabs pintados, plegamos los arbustos, quitamos la alfombra de hierba artificial y montamos el decorado de la carrera de bicis.

Luego, nos marchamos a nuestras jaulas, a esperar la ración diaria de carne. No era muy abundante, pero al menos era de verdad.

Tratamiento de conducto

Tratamiento de conducto

No siento dolor, estoy anestesiado. Pero la boca abierta, el líquido acumulándose, y la cara de la asistente pegada a la mía, me incomodan.

La asistente ríe las bromas del dentista y a mí me dan ganas de reír también, pero no puedo, claro. Hacen buen equipo. Se nota la complicidad entre ellos.

Me voy relajando. Tanto, que no noto cuándo el odontólogo introduce el brazo entero en mi boca. Luego la cabeza, otro brazo, el abdomen y las piernas.

De vez en cuando saca una mano para pedir algún instrumento. Su voz resuena como en una caverna. “Entra, se ha complicado” grita. La asistente mete la bandeja del instrumental, para después introducirse ella.

Me han dejado solo. Miro el foco. Los escucho bromear en mi interior. Quisiera que me invitasen a ir con ellos. Sería un viaje muy interesante.  La asistente me grita desde dentro: “solo un poco más. Aguante por favor”.

Ahora todo son murmullos. Abro más la boca para intentar escuchar. “Aquí, no, cariño”, dice la voz cavernosa de él. Luego, la risita de ella, los instrumentos rodando descontrolados por toda la cavidad y una explosión de sabores en la lengua.

Montañero

Montañero

No tenía previsto que hiciera tanto calor en la montaña. Se supone que en esta época del año, las tardes empiezan a acortarse y es mejor recogerse y desandar lo andado antes de que oscurezca. Pero el día es tan espectacular, que decido extender el paseo un poco más. Nunca se hace senderismo solo, explico a quienes cuestionan mi costumbre de perderme por empinadas rutas en soledad. Siempre te encuentras con alguien, y el camino crea complicidad.  Pero cuando me doy cuenta de la hora que es, ya llevo al menos dos sin cruzarme con nadie.

Tengo puesto el abrigo por no cargarlo y estoy sudando. Entonces noto que la mochila no está en mi espalda. Me detengo en seco. ¿La habré dejado sobre aquella roca cuando paré por última vez a beber agua en la fuente? ¿O es que llevo sin ella desde el almuerzo?  Oscurece demasiado de prisa y la linterna ha quedado en algún lugar dentro de mi mochila. Me siento un momento a pensar. Estoy confundido.

Entonces empieza el dolor. Bueno, en realidad no se lo podría llamar dolor. Es escozor. Dan ganas de coger un cepillo de metal y restregármelo por la zona. Porque a ver quién llega con cierto margen al hueco entre sus omóplatos. Pues ahí mismo brotan. Primero, dos puntos lacerantes. Picaduras de algún bicho de la zona, supongo. Colapsan, y dos tubitos articulados transparentes, como ramas de abeto, florecen desde ellos. No me preguntes cómo puedo verlos. Pero la sensación de que allí están es tan real que me quito el abrigo y la camiseta. Y efectivamente basta con mirar sobre mi hombro para encontrarlos. Pienso en que tengo que pedir ayuda, que por suerte el móvil está en el bolsillo de la cazadora que me acabo de quitar, y que ahora no encuentro en la oscuridad.  Una sirena lejana empieza a sonar. Entonces aparecen las plumas. Blancas, enormes. Cubren los tubitos y pronto las alas me tapan la espalda. Antes de que los que gritan mi nombre se acerquen, echo a volar. 

Genes

Genes

Si dijera que sentí dolor, mentiría. Solo una presión fuerte en el abdomen. El médico empujaba con toda su fuerza sobre mí. Ya sale, dijo. Y el vacío interior. Algo no va bien, pensé, debería llorar. Lloraste. Te acercaron envuelta en una sábana. Roja, con los ojos cerrados, el ceño fruncido. Te apoyaron sobre mi pecho. Olías a mar y tenías el pelo largo, como tejido con algas. Lloré emocionada sobre tu cabecita. Entonces empezaste a cantar. Bueno, al menos algo ha sacado de mí, me dije después de tantear bajo la sábana y comprobar que como tu padre, tenias dos potentes piernas. Una, de madera.