por pcollazo | Dic 3, 2019 | En pocas palabras, Premiados
Sufriendo
lo indecible por amor, mamá había recortado todas las fotografías en las que
aparecía papá. Por eso, su rostro fue desvaneciéndose en mi mente. Había
intentado retenerlo sin conseguirlo.
Llegada
la adolescencia ya no lo recordaba con nitidez. Un bigote, una barba, ¿o era
una perilla? Odié a mamá. Porque la adolescencia era el momento de hacerlo, y
por robarme la posibilidad de cotejar mis recuerdos.
Mucho
después, cuando ella murió, descubrí su otro álbum de fotografías. Ese en el
que guardaba los fragmentos robados a las oficiales. Sentí pena por ella. Pero
más, por el desconocido que me miraba solitario desde aquellas páginas.
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por pcollazo | Nov 9, 2019 | En pocas palabras, Premiados
Salió, sigilosa, a estirar las piernas. Nacho
dormía abrazado a su pingüino de peluche.
— ¿Podemos irnos de aquí, mamá? – había dicho,
en uno de los momentos en los que la medicación le había dado una tregua – ¡Mi
pingüino necesita hielo!
Encendió un cigarrillo. Apoyada contra la pared
exterior del hospital, observó los canastos llenos de ropa limpia. Recordó que
allí mismo estaban el día en que había llegado a Urgencias con la alegría del
inminente nacimiento. Seis años después, Nacho otra vez allí, pero para morir.
Al menos eso afirmaban los médicos de rostros adustos.
Sin pensarlo, sobre una silla de ruedas, apiló
gran cantidad de sábanas y toallas blancas y comenzó a empujar hacia el
ascensor.
Cuando Nacho despertó, en su habitación se
había instalado el Polo Sur. Él y su pingüino palmearon de alegría.
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por pcollazo | Oct 19, 2019 | En pocas palabras
Los fuimos rodeando. Los machos vigilantes
desde las inmediaciones, las hembras saliendo al encuentro de las víctimas. Nos
comimos algunos, para no defraudar a los televidentes. Aunque costó mucho
porque sabían a plástico y barniz. Fueron una gacela, una cebra bebé, y dos
crías de ñu.
Terminada la faena, los espectadores ya estaban
todos concentrados en sus siestas de sofá.
Sin hacer ruido, para que no nos sorprendieran
y se perdiera la magia, descolgamos el telón de fondo que tenía los baobabs
pintados, plegamos los arbustos, quitamos la alfombra de hierba artificial y
montamos el decorado de la carrera de bicis.
Luego, nos marchamos a nuestras jaulas, a
esperar la ración diaria de carne. No era muy abundante, pero al menos era de
verdad.
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por pcollazo | Sep 21, 2019 | En pocas palabras
No siento
dolor, estoy anestesiado. Pero la boca abierta, el líquido acumulándose, y la
cara de la asistente pegada a la mía, me incomodan.
La asistente
ríe las bromas del dentista y a mí me dan ganas de reír también, pero no puedo,
claro. Hacen buen equipo. Se nota la complicidad entre ellos.
Me voy
relajando. Tanto, que no noto cuándo el odontólogo introduce el brazo entero en
mi boca. Luego la cabeza, otro brazo, el abdomen y las piernas.
De vez en
cuando saca una mano para pedir algún instrumento. Su voz resuena como en una
caverna. “Entra, se ha complicado” grita. La asistente mete la bandeja del
instrumental, para después introducirse ella.
Me han
dejado solo. Miro el foco. Los escucho bromear en mi interior. Quisiera que me
invitasen a ir con ellos. Sería un viaje muy interesante. La asistente me grita desde dentro: “solo un
poco más. Aguante por favor”.
Ahora todo
son murmullos. Abro más la boca para intentar escuchar. “Aquí, no, cariño”,
dice la voz cavernosa de él. Luego, la risita de ella, los instrumentos rodando
descontrolados por toda la cavidad y una explosión de sabores en la lengua.
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por pcollazo | Sep 21, 2019 | En pocas palabras
No tenía
previsto que hiciera tanto calor en la montaña. Se supone que en esta época del
año, las tardes empiezan a acortarse y es mejor recogerse y desandar lo andado
antes de que oscurezca. Pero el día es tan espectacular, que decido extender el
paseo un poco más. Nunca se hace senderismo solo, explico a quienes cuestionan mi
costumbre de perderme por empinadas rutas en soledad. Siempre te encuentras con
alguien, y el camino crea complicidad. Pero
cuando me doy cuenta de la hora que es, ya llevo al menos dos sin cruzarme con
nadie.
Tengo puesto
el abrigo por no cargarlo y estoy sudando. Entonces noto que la mochila no está
en mi espalda. Me detengo en seco. ¿La habré dejado sobre aquella roca cuando paré
por última vez a beber agua en la fuente? ¿O es que llevo sin ella desde el
almuerzo? Oscurece demasiado de prisa y
la linterna ha quedado en algún lugar dentro de mi mochila. Me siento un momento
a pensar. Estoy confundido.
Entonces empieza
el dolor. Bueno, en realidad no se lo podría llamar dolor. Es escozor. Dan
ganas de coger un cepillo de metal y restregármelo por la zona. Porque a ver
quién llega con cierto margen al hueco entre sus omóplatos. Pues ahí mismo brotan.
Primero, dos puntos lacerantes. Picaduras de algún bicho de la zona, supongo. Colapsan,
y dos tubitos articulados transparentes, como ramas de abeto, florecen desde
ellos. No me preguntes cómo puedo verlos. Pero la sensación de que allí están es
tan real que me quito el abrigo y la camiseta. Y efectivamente basta con mirar
sobre mi hombro para encontrarlos. Pienso en que tengo que pedir ayuda, que por
suerte el móvil está en el bolsillo de la cazadora que me acabo de quitar, y
que ahora no encuentro en la oscuridad. Una
sirena lejana empieza a sonar. Entonces aparecen las plumas. Blancas, enormes.
Cubren los tubitos y pronto las alas me tapan la espalda. Antes de que los que
gritan mi nombre se acerquen, echo a volar.
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por pcollazo | Sep 13, 2019 | En pocas palabras, Premiados
Si dijera que sentí dolor, mentiría. Solo una presión fuerte en el abdomen. El médico empujaba con toda su fuerza sobre mí. Ya sale, dijo. Y el vacío interior. Algo no va bien, pensé, debería llorar. Lloraste. Te acercaron envuelta en una sábana. Roja, con los ojos cerrados, el ceño fruncido. Te apoyaron sobre mi pecho. Olías a mar y tenías el pelo largo, como tejido con algas. Lloré emocionada sobre tu cabecita. Entonces empezaste a cantar. Bueno, al menos algo ha sacado de mí, me dije después de tantear bajo la sábana y comprobar que como tu padre, tenias dos potentes piernas. Una, de madera.
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