por pcollazo | Abr 16, 2016 | En pocas palabras
– Esta cerradura es demasiado compleja para un baño – dice el cerrajero. Lleva casi media hora intentando forzarla sin conseguirlo. Mi madre se encoje de hombros.
El primero que se quedó encerrado en el baño fue el abuelo. Salió sin una pierna y sin una oreja. Como es sordo y cojo, tampoco importaba.
Luego fue la chica que limpia, que salió sin la mitad izquierda del cuerpo. Mi madre se disculpó despachándola a casa con paga doble.
Ahora es el turno de mi padre. Cuando el cerrajero consigue abrir, es tarde. No queda nada de papá allí.
Mamá le paga religiosamente enjugándose dos lágrimas. Pero cuando el hombre se va, tiene que hacer grandes esfuerzos para ocultarme su sonrisa de satisfacción.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Silvia Grav:

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por pcollazo | Abr 1, 2016 | En pocas palabras, Premiados
Mi padre se fue de casa una noche mientras yo dormía. Por la mañana ya no estaban él ni sus cosas. Faltaban sus zapatillas junto a la puerta, su albornoz, su tabaco sobre la mesa pequeña de la sala y el perfume de su agua de colonia.
Me llevó dos semanas preguntarle a mamá por él. Y a ella, veinte minutos de lágrimas contestarme.
– Eres aún pequeña para entenderlo. Él siempre ha vivido en las nubes, y nosotras no hacíamos más que atarlo. Necesitaba respirar.
Desde entonces, a veces sueño que mi padre es un globo de helio, de esos que suben y suben al cielo cuando los sueltas. Pero sé perfectamente que eso no es cierto. La verdad es que él sigue viviendo en las nubes, pienso. De vez en cuando lava su albornoz y lo estruja antes de ponerlo a secar. Entonces llueve. Y yo salgo a la calle mirando hacia arriba. La lluvia me da en la cara, en la lengua, en los ojos. Eso me hace sentir cerca de él. Porque la lluvia huele a la colonia de papá. Pero solo yo lo noto.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Hari Roser

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por pcollazo | Mar 25, 2016 | En pocas palabras
El tiempo todo lo cura, me decían los más allegados. Por eso fui a mi médico de cabecera y le pedí que me recetara horas en comprimidos. Los jarabes me resultan empalagosos, y las inyecciones… me aterran las agujas.
El facultativo insistió en que antes de recetarme nada, debía hacerme unos análisis. Sin previo aviso, me clavó un segundero en el brazo y extrajo una muestra.
– Lo suyo es complicado – diagnosticó cuando comprobó el alto nivel de glóbulos azul marino – Corre usted riesgo de que se le obstruyan los días, y de eso al infarto de amaneceres, hay un paso.
– ¿Pero me va a recetar usted unas horas, o no? – pregunté angustiado – Mi mujer se ha marchado, harta de que no le dedicara tiempo. Es evidente que me faltan vitaminas, antioxidantes, o algo…
El médico cogió su recetario y comenzó a escribir. Recetas y recetas, una tras otra. Con una caligrafía muy cuidada, sin levantar la vista y sin percibir mis signos de ansiedad.
Jugueteé con el calendario que tenía sobre su mesa. Avancé de abril a diciembre, y volví a retroceder. Revisé los festivos, conté cuántos días faltaban para mi cumpleaños, calculé cuántas horas necesitaría para olvidarla, intentando comprobar si lo conseguiría antes de navidad. Y entendí que no, que si el galeno no me recetaba una buena cantidad de tiempo extra, me sería imposible.
El doctor terminó de escribir la pila de recetas y me la acercó.
– Haga usted autorizar estas pruebas en su seguro, y hablamos
– ¿Pero no podrá usted recetarme mientras tanto aunque sea unos minutos?
El médico negó con la cabeza y miró impaciente su reloj pulsera.
Sin pensármelo dos veces, me abalancé sobre él y se lo arrebaté de la muñeca.
Pude huir sin que me detuvieran los guardias de seguridad. Desde entonces soy un fugitivo. Me inyecto tiempo en vena con el minutero de su Rolex de alta gama. No sé cuándo terminaré por agotarlo, aunque sé que será inevitable.
Incapaz de dosificarlo, de pensar más allá de las siguientes horas, termino sucumbiendo por una sobredosis. El tiempo no todo lo cura. Nunca prestes atención a los consejos de tus allegados.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Laurent Rosset:

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por pcollazo | Mar 18, 2016 | En pocas palabras
Ella habla por los codos. Otros lo consideran un defecto, pero para él resulta encantador. Sobre todo cuando la primavera trae consigo las mangas cortas y su voz se escucha más nítida y cantarina que nunca. Es escucharla, y perder la cabeza. Pero no le importa. Cuando ella se va, con los codos roncos de tanto hablar, busca su cabeza por toda la casa. A veces la ha dejado en un lugar visible: un estante, la mesa del televisor o el sofá. Pero otras, le lleva horas descubrir que la ha apoyado en la almohada y se ha quedado dormida. Cuando al fin consigue despertarla y recolocársela sobre los hombros, ya es de día. Apaga las luces y se va. No importa a dónde, pero es que apagar las luces le provoca una necesidad irresistible de irse.
Mientras tanto ella, la de los codos parlantes, intenta llegar a su pueblo pero cada vez que se acerca a él, se queda dormida y se pasa tres. Hacia el este, hacia el oeste… Lo peor es cuando se los pasa hacia el norte. De inmediato lo pierde. Y cuando pierde el norte se cae del mapa por el mar Ártico. Nada contra corriente intentando alcanzar la orilla, donde él, el de la cabeza recolocada sobre los hombros, arma castillos de arena mientras la espera y desespera, solo un poco. Porque sabe que llegará, y sonriendo le tirará los galgos. Los lánguidos canes algo asustados por haber sido arrojados por el aire, llegarán como caídos del cielo aplastando sus castillos de arena. Él no se dará cuenta, porque al verla, el corazón le dará un vuelco. Y con él todo el cuerpo, por lo que haciendo el pino, la colmará de besos.
Ella, con los besos saliéndole por las orejas, por la nariz y por las puntas de los dedos, decidirá que ya no se quiere marchar. Se quedará clavada en el suelo, y él, cruzando el puente de su pino, le empinará los codos para escucharla decir por fin que sí.
Escrito para los Viernes Creativos donde la propuesta era la siguiente:
«Os propongo que juguéis con la frase hecha de vuestra elección, con su literalidad y las imágenes que sugiere, y creéis algo distinto. Retorced las palabras y aprovechad el jugo que suelten.»

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por pcollazo | Feb 26, 2016 | En pocas palabras
En época de poda, recortábamos los rascacielos, emparejábamos las antenas más altas, recogíamos las torres, los esqueletos de metal que iban cayendo sobre las calles, sobre las azoteas de los edificios más bajos, y dejábamos las ciudades listas para volver a brotar.
Era un trabajo agotador, porque requería permanecer inclinados durante horas y horas y los riñones se resentían. Pero el jefe no nos permitía descansar. Decía que éramos pocos para la cantidad de tarea que se acumulaba, y que no había tiempo para distracciones.
En la primavera, cuando en las ventanas de los edificios, los brotes empezaban a abrirse, era necesario no descuidar el riego. Estar atentos para evitar que una helada a destiempo lo malograra todo.
Pero la peor, era la época de la cosecha. Recoger con sumo cuidado los frutos que colgaban de los huecos de las ventanas, o se movían inquietos por las calles, o se escabullían veloces en las bocas de metro. Era un no parar de acarrear cubas y cubas repletas de ruidosos seres. Hombres trajeados, mujeres con tacones, niñeras con sus carritos de bebé, niños que iban al colegio. Todos mezclados, aplastándose entre sí, pugnando por escapar.
Los llevábamos ante el jefe y el decidía cuáles eran adecuados para sembrarlos en los nuevos terrenos, y cuales había que desechar arrojándolos al mar donde se convertían en comida para las gaviotas.
Después había que aplastar a los aptos, ponerlos a secar y dejarlos caer sobre la tierra expectante. Transcurrían años hasta que empezaban a echar tallo e iban pasando de ser un caserío modesto a convertirse en una aldea, un pueblo, una pequeña ciudad, para terminar siendo una urbe.
Yo, a veces me quedaba con algunos frutos en los bolsillos, y sin que el jefe lo supiera los llevaba a casa, donde mis padres los criaban en el pequeño terreno del fondo. Como ganado daban mucho mejor resultado que como cultivo. Era cuestión de saber cuidarlos. Lo cierto es que en casa jamás faltaron los chuletones y el jamón.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Joshua Flint:

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