– Esta cerradura es demasiado compleja para un baño – dice el cerrajero. Lleva casi media hora intentando forzarla sin conseguirlo. Mi madre se encoje de hombros.

El primero que se quedó encerrado en el baño fue el abuelo. Salió sin una pierna y sin una oreja. Como es sordo y cojo, tampoco importaba.

Luego fue la chica que limpia, que salió sin la mitad izquierda del cuerpo. Mi madre se disculpó despachándola a casa con paga doble.

Ahora es el turno de mi padre. Cuando el cerrajero consigue abrir, es tarde. No queda nada de papá allí.

Mamá le paga religiosamente enjugándose dos lágrimas. Pero cuando el hombre se va, tiene que hacer grandes esfuerzos para ocultarme su sonrisa de satisfacción.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Silvia Grav:

hombre esfumado