por pcollazo | Feb 12, 2016 | En pocas palabras
Nunca me regalaba flores. Ni para nuestro aniversario, ni para mi cumpleaños, ni para el día de los enamorados. Yo se lo agradecía. Las flores nunca me han gustado. Ese olor recargado que producen en los ambientes cerrados, ese caerse de pétalos inundando el mantel, ese carácter perenne que parece representar lo efímero del amor.
El día en que murió, puse su sombra en venta. Me perseguía por la casa entregándome las flores que nunca había podido darme. Al principio creí que se estaba sacando de encima tantas flores como le habían regalado en su velorio. Pero una vez que se le acabaron esas, se las ingeniaba para conseguir más y más ramos. Supongo que los robaba. Una sombra nunca levanta sospechas.
Para conseguir alguna posible compradora para su sombra, tuve que bajar su precio, ponerla en oferta. Y ni siquiera así. Al final, para sacármela un poco de encima me he conformado con alquilarla. Para ponerla en callejuelas perdidas en noches oscuras, da mucho el pego, y hay bastante demanda. Pero siempre vuelve. Con más flores, claro.
Últimamente se las acepto y las pongo en un jarrón, pero cuando se distrae, las tiro por la ventana. Las sombras no se ofenden, creo yo. Pero alguna vez, en el pasillo que va a nuestro cuarto, me ha parecido verla llorando a mares.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de este cuadro de Alice Wellinger:

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por pcollazo | Feb 5, 2016 | En pocas palabras
Mi madre dice que mis ideas son descabelladas. Que eso de ser actriz es para niñas bien y no para una jovencita de barrio como yo. Pero yo no le veo la lógica. Me parece un razonamiento absurdo. Descabellado es pretender escalar el Everest si no has subido ni al monte de tu pueblo. Descabellado es conducir una moto después de cinco copas, en plena tormenta y de noche, como hizo el de la Paqui, en paz descanse. Descabellado es llegar a casa una hora después de lo permitido y no esperar que tu padre te de una buena tunda.
A veces, cuando me dejan un rato en el baño, cosa bastante inusual en una casa en que vivimos ocho personas y un baño, me paro frente al espejo y tiro de mi pelo hacia arriba para comprobar si mi madre tiene razón. Si mis ideas fueran tan descabelladas, mi melena lisa y larga se soltaría y me quedaría con ella en la mano. Pero no es así.
Anoche le dije a mi madre que iría a un casting en la capital, y por supuesto, puso el grito en el cielo. Lo colgó de una nube y tuvo que ir a la azotea a por él. Porque mi madre sin su grito, no es nadie. Para demostrarle lo equivocada que está, aproveché ese momento en que se había quedado sin grito, y me colgué del pelo desde una rama del árbol que está junto al portal. Hay que ver lo bonito que es el atardecer contemplado desde allí.
Cuando mi madre recuperó su grito, vino a por mí, y me cantó cuatro verdades. Verdades para ella, que para mí eran todas mentiras. El asunto es que yo no me bajé de mi árbol ni por esas y comencé a balancearme para demostrarle que de descabellada no tengo nada.
Así nos tiramos horas Ella poniendo el grito en el cielo y yendo a buscarlo, y yo columpiándome en mi rama.
Hace ya un buen rato que se ha ido a buscar su grito, tal vez se haya quedado dormida en el camino. No digáis nada, voy a aprovechar para descolgarme, peinarme la melena y coger el primer autobús que vaya para la capital.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Mike Dempsey:

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por pcollazo | Ene 29, 2016 | En pocas palabras
Cuando nuestra casa fue blanco del primer bombardeo, mi padre estaba tocando el piano junto a la ventana, encerrado en su sala de ensayo. No pensó en mi madre, que murió en la cocina atravesada por las esquirlas, ni en mis hermanos y yo, que en el cuarto de las partituras, hacíamos los deberes. En cambio, se abrazó a su tesoro, el piano Steinway & Sons, intentando protegerlo del desastre. Y lo consiguió. Pero a cambio de salvarle la vida, se quedó sordo a causa de las explosiones.
Los niños, como cucarachas, sobrevivimos a todo. Y más allá del susto, resultamos ilesos. Ilesos si no se tiene en cuenta que perdimos a nuestra madre y fuimos testigos del ataque de locura que sufrió mi padre cuando se dio cuenta de que estaba sordo.
Las lágrimas con que no lloró a mi madre, las vertió todas mientras se golpeaba los oídos contra la cola de su piano y la frente contra el teclado.
Sobrevivimos a que permaneciera encerrado en su sala de ensayo y no nos diera ni una palabra de consuelo. Porque así como dejó de escuchar, dejó de hablar.
Los bombardeos, como todos sabéis, se han convertido en cosa de día sí y día también. Mi tía, que es quien nos cuida, insiste en que permanezcamos en la sala de partituras cuando las sirenas empiezan a tocar, más por superstición que por seguridad. Como la primera vez nos salvamos, no es cuestión de intentar desafiar al destino.
El bombardeo de ayer destrozó el tejado por completo, hizo estallar puertas y ventanas y echó a volar las partituras de mi padre desde los desaparecidos estantes. Los niños quedamos cubiertos por ciento de páginas plagadas de notas musicales. Y parece que eso, una vez más nos salvó. Mi padre no salió de su sala de ensayo ni siquiera después de que su adorado piano quedara destruido por completo y la puerta cediera. Con su traje de gala, como si fuera a dar un concierto de un momento a otro, se pasea entre los restos de madera murmurando palabras que no llegamos a comprender. No quiere vernos, por eso procuramos escucharle a escondidas, por si estuviera diciéndonos algo importante. Pero creo que no. Creo que simplemente le está hablando a su piano, confiándose a él.
Y lo cierto es que esas astillas desperdigadas nos están dando un poco de celos. Pero no hay tiempo ni de ponernos celosos. Las sirenas vuelven a sonar.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta foto de Arthur Tress

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por pcollazo | Ene 22, 2016 | En pocas palabras
Siempre me he creído asimétrica. Al menos con respecto a los ejes conocidos. Por más que me acercara al eje de ordenadas, no conseguía aceptar ninguna orden. Quizá, porque la primera y más importante de ellas en mi familia, era encontrar un marido.
Desechado el eje de ordenadas, lo intenté con el eje equis. Otro fracaso. Nunca me gustaron las ambigüedades, el camuflarme detrás de una incógnita, los fingimientos, vamos, otro de los pilares del orgullo en mi círculo familiar.
Por eso me salí del círculo, y avancé sin rumbo, sin traza, sin dirección fija. Conocí planos inclinados, concavidades insospechadas, espacios de dimensiones no catalogadas.
Hasta que tangencialmente, me acerqué a ti. Tan bella y libre. Tan alejada de todos los ejes convencionales. Tan transparente y curva. Tan mujer.
Entendí entonces que mis variables no eran las que creía. No eran las que me habían forzado a asumir colmando mi infancia de muñecas y barnices de uñas. Entendí que no soy asimétrica, sino que lo estaba intentando con los ejes incorrectos.
Me enamoré. Para mi sorpresa, nos enamoramos. Nuestra perfecta simetría de senos desnudos contra senos desnudos, ocupó todo el espacio. Y contra toda razón trigonométrica, me supe par.
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por pcollazo | Dic 11, 2015 | Cuentos enredados
Mi madre es de esas madres que amenaza, amenaza y amenaza con hacer cosas que uno sabe que nunca hará en realidad.
Por ejemplo te dice: “La próxima vez que dejes el baño todo mojado, te lo voy a hacer secar con la lengua” o “Si se te ocurre volver a pronunciar esa palabrota te voy a hacer lavar la boca con lejía”. Claro que esto no se lo cree nadie. Aunque tengas ocho años como yo. Cualquiera se da cuenta de que si te lavas la boca con lejía te quedas blanco como un fantasma, y a ninguna madre le gusta tener un hijo pálido. Porque en la puerta del cole les dicen: “Tu hijo está muy paliducho ¿lo has hecho ver?” Esas cosas a mi madre la enfadan un montón. Aunque sonríe y contesta un escueto “tienes razón”, después hace todo el camino de regreso a casa murmurando “pero quien se habrá creído esa metida… no sabré yo si tengo que llevar a mi hijo al médico o no”.
Por eso, en general, las amenazas de mamá, por repetidas y poco creíbles, caen en saco roto. No surten el efecto buscado. Al final, para provocar el efecto, termina dándote un coscorrón en la nuca o mandándote a la cama sin cenar.
Otra de sus típicas amenazas es: recoge tu cuarto, porque cuando entre, todo lo que vea en el suelo, lo arrojo por la ventana. Es cierto que en este caso, algún antecedente fuera de la regla general de amenazas vanas, teníamos. Una vez me tiró por la ventana todos mis cromos repe de la liga. Y en otra ocasión, mi hermana tuvo que bajar a toda prisa a por su plancha del pelo, que milagrosamente sobrevivió a la caída y funciona bien aunque ahora hace mucho más ruido.
Hoy mi madre nos ha dejado solos porque tenía que ir a ver a los abuelos (he de decir que los abuelos están muertos, pero ella insiste en que va a verlos cuando los visita en el cementerio). Dejarnos solos, es en realidad dejarme al cuidado de mi hermana mayor. Cosa que ella, se encarga de recalcar en cuanto mi madre cruza el umbral de la puerta para salir.
Hoy, ni bien mi madre se ha ido, mandó un whatsapp y a los cinco minutos Richi, el tonto de su novio, se presentó en casa.
– Enano, tú te pones a jugar a la Play y nos dejas en paz. No te mueves de la sala si no quieres que cuando llegue mamá me invente que has estado diciendo palabrotas y mirando vídeos de los que te tiene prohibidos.
No me pareció mal acuerdo. Me dejaban tranquilo en la sala, con el sofá y la play para mí solo en la tele grande.
Pero, como dice mi madre, la curiosidad mata al gato. Así que dejé pasar algo de tiempo, y fui a espiar lo que estaban haciendo encerrados en el cuarto de mi hermana, por una rendija de la persiana que da al balcón. Mucho no se veía, en verdad. Se los escuchaba reír, y mi ángulo de visión sólo me permitía atisbar las bragas de mi hermana tiradas en el suelo.
En ese momento, la llave de mi madre girando en la puerta hizo que me volviera corriendo a la sala y cogiera el mando de la play.
– ¿Tu hermana? – preguntó oliendo el ambiente como un sabueso. Sospechaba algo.
– Estudiando – respondí – me ha dicho que no la molestemos que mañana tiene examen de mates y debe concentrarse.
Me vi en la obligación de cubrirla. Si mi madre entraba en el cuarto y veía las bragas tiradas en el suelo, las arrojaría por la ventana, y resultaría muy vergonzoso para mi hermana tener que ir a recogerlas a los jardines.
Por supuesto, que mi madre hizo caso omiso a mi advertencia, y fue directo al cuarto.
– ¿Por qué has trabado la puerta, Ana? ¡Ábreme de inmediato!
Se escucharon algunos movimientos rápidos al otro lado y mi hermana abrió con su mejor cara de inocencia
– ¡Qué pronto has regresado, mamá! – dijo sin terminar de abrir la puerta y encajando dos sonoros besos en las mejillas de mi madre.
Mi madre empujó la puerta y entró al cuarto. Yo, detrás de ella. Todo parecía en orden. Las bragas de mi hermana ya no estaban en el suelo y del tonturrón de su novio, no había ni rastro.
Mi madre le dijo que era la última vez que se encerraba y volvió muy digna a la cocina.
Mi hermana y yo nos miramos y ella se llevó un dedo a los labios mirándome entre agradecida y amenazante.
Yo sabía que el tal Richi no podía haberse esfumado, por lo que tenía que estar debajo de la cama, no había otro sitio posible.
– Una vez, mamá me tiró todos los Lego porque, por no guardarlos, los metí debajo de la cama. Ten cuidado – le advertí mirando hacia adentro.
– Gracias, enano – dijo simplemente.
Estoy seguro de que aquella noche, cuando me fui a dormir, a juzgar por lo nerviosa que estaba mi hermana, su novio seguía bajo la cama.
No sé cómo terminó aquello, porque me quedé dormido. A veces creo que mi hermana encontró la forma de distraer a mamá y hacerlo salir. Pero otras, casi estoy convencido de que mi mamá lo descubrió y lo arrojó sin dudar por la ventana.
Porque lo cierto es que el chaval, desde aquel día, no ha vuelto a pisar nuestra casa.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de un dibujo de la página Petites Luxures.
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