El tiempo todo lo cura, me decían los más allegados. Por eso fui a mi médico de cabecera y le pedí que me recetara horas en comprimidos. Los jarabes me resultan empalagosos, y las inyecciones… me aterran las agujas.

El facultativo insistió en que antes de recetarme nada, debía hacerme unos análisis. Sin previo aviso, me clavó un segundero en el brazo y extrajo una muestra.

– Lo suyo es complicado – diagnosticó cuando comprobó el alto nivel de glóbulos azul marino    – Corre usted riesgo de que se le obstruyan los días, y de eso al infarto de amaneceres, hay un paso.

– ¿Pero me va a recetar usted unas horas, o no? – pregunté angustiado – Mi mujer se ha marchado, harta de que no le dedicara tiempo. Es evidente que me faltan vitaminas, antioxidantes, o algo…

El médico cogió su recetario y comenzó a escribir. Recetas y recetas, una tras otra. Con una caligrafía  muy cuidada, sin levantar la vista y sin percibir mis signos de ansiedad.

Jugueteé con el calendario que tenía sobre su mesa. Avancé de abril a diciembre, y volví a retroceder. Revisé los festivos, conté cuántos días faltaban para mi cumpleaños, calculé cuántas horas necesitaría para olvidarla, intentando comprobar si lo conseguiría antes de navidad. Y entendí que no, que si el galeno no me recetaba una buena cantidad de tiempo extra, me sería imposible.

El doctor  terminó de escribir la pila de recetas  y me la acercó.

– Haga usted autorizar estas pruebas en su seguro, y hablamos

– ¿Pero no podrá usted recetarme mientras tanto aunque sea unos minutos?

El médico negó con la cabeza y miró impaciente su reloj pulsera.

Sin pensármelo dos veces, me abalancé sobre él y se lo arrebaté de la muñeca.

Pude huir sin que me detuvieran los guardias de seguridad. Desde entonces soy un fugitivo. Me inyecto tiempo en vena con el minutero de su Rolex de alta gama. No sé cuándo terminaré por agotarlo, aunque sé que será inevitable.

Incapaz de dosificarlo, de pensar más allá de las siguientes horas, termino sucumbiendo por una sobredosis.  El tiempo no todo lo cura. Nunca prestes atención a los consejos de tus allegados.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Laurent Rosset:

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