Mi padre se fue de casa una noche mientras yo dormía. Por la mañana ya no estaban él ni sus cosas. Faltaban sus zapatillas junto a la puerta, su albornoz, su tabaco sobre la mesa pequeña de la sala y el perfume de su agua de colonia.

Me llevó dos semanas preguntarle a mamá por él. Y a ella, veinte minutos de lágrimas contestarme.

– Eres aún pequeña para entenderlo. Él siempre ha vivido en las nubes, y nosotras no hacíamos más que atarlo. Necesitaba respirar.

Desde entonces, a veces sueño que mi padre es un globo de helio, de esos que suben y suben al cielo cuando los sueltas. Pero sé perfectamente que eso no es cierto. La verdad es que él sigue viviendo en las nubes, pienso. De vez en cuando lava su albornoz y lo estruja antes de ponerlo a secar. Entonces llueve. Y yo salgo a la calle mirando hacia arriba. La lluvia me da en la cara, en la lengua, en los ojos. Eso me hace sentir cerca de él. Porque la lluvia huele a la colonia de papá. Pero solo yo lo noto.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Hari Roser

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