por pcollazo | Oct 1, 2016 | En pocas palabras
Siempre que abría el libro del abuelo, se me escapaba algún personaje. A veces era una señora con vestido antiguo y guantes hasta el codo. Otras, un hombre bajito y bigotudo, que fumaba como un carretero y llenaba el altillo de humo. Y muy de vez en cuando, la mujer misteriosa de las grandes gafas oscuras. Ella era mi preferida, pero jamás conseguí que dijera más que unas pocas palabras. Me miraba sobre su hombro. Daba dos o tres vueltas por el cuarto, desempolvaba los almohadones del viejo sofá y se sentaba en él, cruzando las piernas como una diva del cine. Fruncía la nariz, y se quedaba allí, como esperando que le pidiera un autógrafo.
Por más que lo intentaba no lograba sacarle más que dos o tres frases misteriosas. Se hacía la hora y tenía que poner el libro a sus pies para que volviera a meterse. Eso lo hacía con cierta docilidad, pero sin dejar de mostrarse muy digna.
La mujer regordeta de los guantes largos y el bigotudo, en cambio, hablaban hasta por los codos. Al principio era gracioso, pero cuando me di cuenta de que contaban lo mismo una y otra vez, comencé a prestarles cada vez menos atención. Las recetas de ella, las repetidas aventuras de él, me aburrían. Hablaban y hablaban sin parar durante toda la siesta. Así que al final, solía acercarles el libro antes de lo necesario para sacármelos de encima de una vez.
Ellos se marchaban refunfuñando y recelosos. Porque de algún modo habían adivinado que mi preferida era la mujer de las gafas oscuras. Y tenían razón. A medida que me iba haciendo mayor, en secreto, me enamoraba de ella.
Al final del verano, me despedía de todos hasta las próximas vacaciones en casa de los abuelos. Hasta las próximas siestas, once meses después.
El año en que cumplí los doce, cuando abrí el libro en la primera siesta del verano, no funcionó. No salió ni uno solo de todos los personajes conocidos. Lo mantuve abierto durante toda la siesta, pensando que tal vez se habían retrasado. Pero nada. Ni la señora del vestido, ni el fumador, ni, muy a mi pesar, la misteriosa mujer de las gafas.
Lloré en silencio su ausencia cada tarde. A esa edad, el primer desamor se vive con más intensidad que el primer amor.
Nunca más supe de ellos. Por eso, cuando hoy he venido a poner en venta la casa de los abuelos, y mis zapatos de adulto pisaron la impecable capa de tierra del altillo, me sorprendió ver el libro abierto sobre la mesa desvencijada. Estaba libre de polvo, como si alguien recientemente lo hubiera colocado allí. En el suelo, justo debajo, una colilla aún encendida y un guante largo manchado de sangre.
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por pcollazo | Sep 16, 2016 | En pocas palabras
Cuando empieza a contar otra vez sus batallitas de la época de la guerra, al abuelo lo metemos en su caja.
Mamá dice “Nacho, trae la caja del abuelo” y con eso yo ya sé lo que hay que hacer. La bajo del altillo, le sacudo la tierra, y la pongo abierta junto al sillón del abuelo.
Él, que está distraído relatando cómo se escondieron en el patio de la Aurora cuando los militares vinieron a por ellos, se pone de pie, se quita los zapatos, se dobla por la cintura y se mete en la caja sin quejarse. Sigue hablando, pero si cierro la tapa, casi ni se le oye.
Lo sacamos cuando vienen de visita las tías, o el cura de la parroquia llega preguntando por él porque le extraña no verlo en misa.
Al salir, sigue narrando alguna anécdota de las que ya escuchamos tantas veces, pero te da un poco de ternura cuando lo vuelves a ver después de tanto tiempo. Eso sí, al cabo de unos días, se te pasa. Y estás esperando con ansia que tu madre te mande a buscar la caja otra vez.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía:

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por pcollazo | Sep 9, 2016 | En pocas palabras
– Dos padrenuestros y cinco avemarías
– ¿Será suficiente? – él asiente incómodo. Es evidente que espera que me ponga de pie de una vez.
Remoloneo, como repasando la galería de mis pecados para no dejarme ninguno sin confesar.
– Ya te he perdonado, puedes marchar
– No hay nadie esperando fuera – digo – Podría quedarme un poco más y ayudarte a limpiar las imágenes de arriba
– Te he dicho que no puede ser
Lo miro mientras me paso la lengua por los labios.
– Sabes que lo hago muy bien…
El rostro pálido está ahora rojo. Comienza a sudar. Sé que es cuestión de tiempo. Que apagará las luces de la capilla como para que ninguno de sus santos nos vea, que girará la imagen de la virgen de cara hacia la pared y cerrará la puerta principal aunque todavía no sean las ocho.
Hago amago de alejarme por el pasillo central.
– Espera – pronuncia con voz cargada de deseo.
Me vuelvo despacio.
– Te espero en la sacristía
Él trastea con la cerradura, las luces, y se persigna ante la virgen antes de ponerla de espaldas. Luego se acerca con prisa mal disimulada.
Como siempre, lo estoy esperando con mis folios entre las manos. Cuando se sienta a mi lado, comienzo a leer. Él me escucha, con los ojos cerrados durante casi dos horas. Sólo los abre cuando callo para coger aire, y al final, cuando mis últimas palabras quedan flotando en el aire entre nosotros.
– Sabes que no deberíamos hacer esto – dice mientras me acompaña hasta la puerta.
Verifica que la calle está desierta y me hace salir.
Yo asiento, como cada vez. Y le prometo que no habrá otra. Que no seguiré escribiendo. Que no volveré a tentarlo de este modo.
Ambos sabemos que no será así. Pero nos separamos con la tranquilidad que dan los buenos propósitos.
Mañana tendré que volver. A confesarme.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de una propuesta de Ana Vidal: Pecados inconfesables y esta fotografía de Umberto Verdoliva

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por pcollazo | Jun 24, 2016 | En pocas palabras
Tú estás muy pensativo, ¿qué te pasa?, pregunta la insoportable de mi hermana. Desde que cumplió los dieciséis se cree con derecho a controlarme como si fuera mi madre. “Asesinarte” pienso, pero no se lo digo. Si algo he aprendido desde que mamá murió, es que calladito se está mejor. Mi hermana se pasea entre el sofá y la tele con aire de Sherlock Holmes. Será mejor que me lo cuentes, dice. Para que se salga del medio, miento un “echo de menos a mamá”. Ella se para en seco y me mira con pena. Es patético su amago de lágrimas asomándole entre los párpados. Pero mi truco funciona. Se marcha a la cocina y me deja en paz.
Me acurruco en el sofá sobre el regazo de mamá, que solo aparece cuando estoy solo. Me acaricia la cabeza mientras murmura: buen chico. Le sonrío feliz.
– Ahora ya sabes lo que tienes que hacer – dice poniendo en mis manos las tijeras, y echando una significativa mirada a la figura de mi hermana que trajina en la cocina.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta imagen de «El pensador»

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por pcollazo | Jun 3, 2016 | En pocas palabras
Mi hermano Alberto nació sin rostro. Al principio daba mucha impresión mirarlo, pero después te vas acostumbrando.
Mi padre dice que eso le pasa por nacer antes de tiempo, que no estaba terminado de hacer. Pero mamá lo quiere como si fuera un bebé con rostro. De los que se ríen, sacan la lengua y lloran lágrimas.
Yo lo miro mientras duerme, porque sospecho que aunque no tiene ojos, puede ver todo lo que hago. Y nunca sé si me está mirando o no.
Papá dice que de mayor le va a comprar unas cuantas máscaras para que pueda ir cambiando de aspecto cada vez que se le antoje. A mí eso me parece injusto. Yo tendré que conformarme con mi cara de toda la vida y el podrá tener muchas. Por eso, cuando papá y mamá no me ven, pellizco a Alberto con todas mis fuerzas. Como no sabe berrear, se pone rojo rojo y se sacude como un perro que sale del agua.
Papá y mamá, lo encuentran encantador y le hacen muecas y le hablan con ese tono de tontos que solo emplean con él.
He decidido que cuando seamos mayores, le robaré las máscaras y las usaré yo. Total, nadie se dará cuenta, porque todo el mundo lo mira solo a él.
Escrito para los Viernes creativos de Fernando Vicente a partir de esta fotografía de Anna Coleman Ladd

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