por pcollazo | Ene 2, 2017 | En pocas palabras
Te he olvidado. Por completo. Tu manía de acomodar los libros alfabéticamente, el color rojo de tu cepillo de dientes, el nombre de tu gato Armando y la forma asimétrica de tu risa con el colmillo izquierdo asomándose más. No recuerdo que nos conocimos en abril, ni que llevabas una camiseta amarilla. Ni idea de que tu escritor preferido se llama Paul, ni de que odias la navidad. No recuerdo siquiera el sabor dulce de tu nombre. Porque por suerte te he olvidado. Tanto, que cuando el labio te tiembla, como ahora, no recuerdo que estás a punto de mentir.
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por pcollazo | Dic 23, 2016 | En pocas palabras
Lleva semanas preparando esta reunión. Su carrera entera depende de la aprobación del proyecto en que tanto ha trabajado. Ha llegado temprano para no dejar nada librado al azar. El proyector, las botellas de agua, su portátil conectado, la corbata bien anudada y la sonrisa adherida con firmeza sobre la boca.
Cuando al fin todos se han sentado, los cafés han dejado de distraer las conversaciones, y un silencio de bostezos contenidos se ha apoderado de la sala, su jefe comienza a hablar. Lo presenta como el mayor experto europeo en el tema y detalla su trayectoria mientras halaga su profesionalidad. Se acerca el momento de hablar y él repite para sí las palabras con que planea empezar su intervención. Entonces, su teléfono empieza a vibrar silencioso. En la pantalla las palabras “Colegio Matías” titilan insistentes cuando comienza a hablar. Las primeras frases salen automáticas. Nerviosas, abruptas, pero coherentes. Sin embargo, cuando la pantalla negra de su teléfono vuelve a titilar con las mismas palabras, entiende que tiene que coger esa llamada. Si insisten es por algo, piensa mientras avanza la presentación sin explicar la última transparencia. Disculpen, dice. Y cogiendo el teléfono abandona la sala, mientras explica lo de los objetivos a largo plazo. No recuerda cómo ha llegado al hospital, ni es consciente de lo que sigue diciendo en aquella sala repleta de hombres trajeados y mujeres perfumadas. Los médicos dicen que la situación es crítica y que hay que esperar. Y él se sienta en una butaca de metal con la garganta anudada. Su niño no puede morir, por más que la portería se haya caído sobre él. Avanza a la siguiente transparencia mientras asegura que el margen de beneficio será del veinte por ciento solo en el primer año. Su ex mujer llora en silencio en la otra punta del pasillo. Alguien le hace la pregunta que ha previsto. Es una inversión segura y le diré por qué, asevera. Una bata blanca se acerca y pronuncia el nombre de Matías. Él y su ex se ponen en pie y se apresuran ante el hombre, ansiosos por escuchar las novedades. Observemos la evolución del mercado en los últimos cinco años, enuncia, mientras muestra la transparencia del gráfico de barras. Lo siento mucho, murmura la bata blanca. Su exmujer se deja caer de rodillas sobre las baldosas blancas. Él no sabe qué debe hacer y avanza hasta el final de la presentación. ¿Alguna pregunta?, se lee junto al logo de su empresa. ¿Alguna pregunta?, repite la bata blanca. Entiendo que es muy difícil, pero pensad que podéis salvar la vida de otro niño.
Desconecta el ordenador y la sala se queda a oscuras. Como toda su vida.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Florian Imgrund:

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por pcollazo | Dic 16, 2016 | En pocas palabras
Cuando el partido emergente llegó al fin al poder, lejos de apoltronarse en los escaños, sus representantes intentaron cambiarlo todo, porque eso era lo que habían prometido a los electores. Esas promesas incluían abolir tantas reformas y leyes que no había día en que no se votara la derogación de una ley, sobre todo si había sido promulgada por los partidos tradicionales que hasta entonces se habían alternado en una sucesión de aburridas y previsibles legislaturas.
Tanto se esmeraron los nuevos gobernantes, que por derogar terminaron derogando la Ley de la Gravedad, sin ponerse a pensar en manzanas caídas ni atracciones estelares.
Las consecuencias, este flotar sin ton ni son chocándonos unos contra otros, se nos han ido de las manos. Hace días que no consigo mandar a los niños al colegio porque cuando los encuentro y los cojo de la mano, no soy capaz de que acertemos atravesar la puerta de entrada. Tampoco les puedo preparar la merienda, con la leche todo el tiempo cayéndose para arriba cuando saco la taza del microondas. Nuestro perro ha decidido acostarse en el techo y nos mira desde arriba de la lámpara, y he dejado de lavar la ropa porque no hay forma de que se quede enganchada en la soga.
A pesar de todos estos inconvenientes, debo reconocer que ahora comprendo hasta qué punto mi vida necesitaba un cambio radical. Hace varios meses que mi marido se fue a la oficina y desde entonces no he sabido más de él. Tal vez se haya quedado orbitando alrededor de esa compañera que tantos celos me provocaba entonces, cuando la gravedad existía. Ahora que no estamos atados a tontas leyes físicas, entiendo lo absurda que he sido.
Perdonad, tengo que dejaros… – ¡Niños, os he dicho cien veces que no caminéis por las nubes que después me dejáis la casa llena de niebla!
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Mario Sánchez Nevado:

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por pcollazo | Nov 26, 2016 | Noticias
Ayer, 25 de noviembre, Día Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres, tuve la satisfacción de recibir el Primer premio e el IV Concurso de Relatos Breves «El folio en malva» organizado por la Concejalía de Igualdad del Ayuntamiento de Castropol (Asturias).

Fue un entrañable acto, realizado en la Casa de la Cultura de Castropol, en que se puso de manifiesto la necesidad de seguir avanzando en la erradicación de la violencia hacia las mujeres.
Mi cuento «Hermano mayor» se ha hecho merecedor del primer premio por lo que he recibido una tablet y un interesantísimo libro que reúne edición completa en facsímil del periódico regional «El Aldeano» entre 1929 y 1933, una auténtica joya. El mayor de los premios, ha sido sin duda, la cálida bienvenida que me han dado desde la Concejalía de Igualdad y desde los clubes de lectura de las Bibliotecas de Castropol y Figueres. Un grato momento que agradezco especialmente a quienes organizaron esta velada. Un recuerdo que guardaré con mucho cariño.


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por pcollazo | Nov 26, 2016 | En pocas palabras, Premiados
Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre cuando está oscureciendo. Mamá mira desde la ventana de la cocina. Si la figura oscura se tambalea mientras camina hacia la puerta, nos da la señal. Ha llegado con ese humor, dice. Y los niños nos echamos a temblar. Yo intento disimular ante los pequeños, pero el sonido de los pasos irregulares sobre la grava del camino, me eriza la piel.
Mamá me indica con la mirada que debo hacer lo que ya sé. Lo que hemos planeado para cuando llega con ese humor. Llevarme a mis hermanos al sótano y procurar que no hagan ruido. No cruzarnos con él, que ya está intentando embocar la llave en la cerradura. Eso le llevará algunos minutos. Los que tenemos para recoger los pijamas, las mochilas del cole, los ositos de las mellizas y bajar a la carrera.
No quiero dejarla sola. Sé lo que va a pasar. Y me siento un cobarde por huir junto con los pequeños. Aunque ella me haga creer que no estoy huyendo, que mi misión es evitar que ellos se pongan en el trayecto de un golpe, que sean testigos de los insultos, que vean en primera persona lo que no debería pasar.
Nos perdemos en las escaleras que bajan. Me aseguro de que pasen todos: Lucas, Esteban y las mellizas. Y después, echo una última mirada a mi madre. Para rogarle que me deje permanecer con ella. Y defenderla, o al menos aguantar juntos el chaparrón. Pero ella solo dice “Vete”, y me cierra la puerta del sótano en la nariz para ir a abrirle la de entrada, porque sabe que cuanto más lo intente él sin conseguirlo, más furioso se pondrá.
En esas noches, cuando terminan los gritos, y los peques ya se han dormido agotados de tanto llorar, subo las escaleras sigiloso. Papá duerme tirado en el sofá o en la cama, y mamá… Mamá se abraza las piernas sentada siempre en el mismo rincón de la cocina, sobre el suelo de baldosas salpicadas de rojo, con el rostro hundido entre las rodillas. No me escucha llegar, y yo no me animo a hablarle. No quiero que levante la cabeza y tener que ver las lágrimas rodando imparables por sus mejillas.
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