Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre cuando está oscureciendo. Mamá mira desde la ventana de la cocina. Si la figura oscura se tambalea mientras camina hacia la puerta, nos da la señal. Ha llegado con ese humor, dice. Y los niños nos echamos a temblar. Yo intento disimular ante los pequeños, pero el sonido de los pasos irregulares sobre la grava del camino, me eriza la piel.
Mamá me indica con la mirada que debo hacer lo que ya sé. Lo que hemos planeado para cuando llega con ese humor. Llevarme a mis hermanos al sótano y procurar que no hagan ruido. No cruzarnos con él, que ya está intentando embocar la llave en la cerradura. Eso le llevará algunos minutos. Los que tenemos para recoger los pijamas, las mochilas del cole, los ositos de las mellizas y bajar a la carrera.
No quiero dejarla sola. Sé lo que va a pasar. Y me siento un cobarde por huir junto con los pequeños. Aunque ella me haga creer que no estoy huyendo, que mi misión es evitar que ellos se pongan en el trayecto de un golpe, que sean testigos de los insultos, que vean en primera persona lo que no debería pasar.
Nos perdemos en las escaleras que bajan. Me aseguro de que pasen todos: Lucas, Esteban y las mellizas. Y después, echo una última mirada a mi madre. Para rogarle que me deje permanecer con ella. Y defenderla, o al menos aguantar juntos el chaparrón. Pero ella solo dice “Vete”, y me cierra la puerta del sótano en la nariz para ir a abrirle la de entrada, porque sabe que cuanto más lo intente él sin conseguirlo, más furioso se pondrá.
En esas noches, cuando terminan los gritos, y los peques ya se han dormido agotados de tanto llorar, subo las escaleras sigiloso. Papá duerme tirado en el sofá o en la cama, y mamá… Mamá se abraza las piernas sentada siempre en el mismo rincón de la cocina, sobre el suelo de baldosas salpicadas de rojo, con el rostro hundido entre las rodillas. No me escucha llegar, y yo no me animo a hablarle. No quiero que levante la cabeza y tener que ver las lágrimas rodando imparables por sus mejillas.
