Te he olvidado. Por completo. Tu manía de acomodar los libros alfabéticamente, el color rojo de tu cepillo de dientes, el nombre de tu gato Armando y la forma asimétrica de tu risa con el colmillo izquierdo asomándose más. No recuerdo que nos conocimos en abril, ni que llevabas una camiseta amarilla. Ni idea de que tu escritor preferido se llama Paul, ni de que odias la navidad.  No recuerdo siquiera el sabor dulce de tu nombre. Porque por suerte te he olvidado. Tanto, que cuando el labio te tiembla, como ahora, no recuerdo que estás a punto de mentir.