Cuando el partido emergente llegó al fin al poder, lejos de apoltronarse en los escaños, sus representantes intentaron cambiarlo todo, porque eso era lo que habían prometido a los electores. Esas promesas incluían abolir tantas reformas y leyes que no había día en que no se votara la derogación de una ley, sobre todo si había sido promulgada por los partidos tradicionales que hasta entonces se habían alternado en una sucesión de aburridas y previsibles legislaturas.
Tanto se esmeraron los nuevos gobernantes, que por derogar terminaron derogando la Ley de la Gravedad, sin ponerse a pensar en manzanas caídas ni atracciones estelares.
Las consecuencias, este flotar sin ton ni son chocándonos unos contra otros, se nos han ido de las manos. Hace días que no consigo mandar a los niños al colegio porque cuando los encuentro y los cojo de la mano, no soy capaz de que acertemos atravesar la puerta de entrada. Tampoco les puedo preparar la merienda, con la leche todo el tiempo cayéndose para arriba cuando saco la taza del microondas. Nuestro perro ha decidido acostarse en el techo y nos mira desde arriba de la lámpara, y he dejado de lavar la ropa porque no hay forma de que se quede enganchada en la soga.
A pesar de todos estos inconvenientes, debo reconocer que ahora comprendo hasta qué punto mi vida necesitaba un cambio radical. Hace varios meses que mi marido se fue a la oficina y desde entonces no he sabido más de él. Tal vez se haya quedado orbitando alrededor de esa compañera que tantos celos me provocaba entonces, cuando la gravedad existía. Ahora que no estamos atados a tontas leyes físicas, entiendo lo absurda que he sido.
Perdonad, tengo que dejaros… – ¡Niños, os he dicho cien veces que no caminéis por las nubes que después me dejáis la casa llena de niebla!
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Mario Sánchez Nevado:


Hasta la ley de la gravedad dominas. Un abrazo, Patricia, y un placer siempre coincidir contigo.
¡Gracias, Ángel! El placer ha sido mío.