por pcollazo | Abr 23, 2017 | Cuentos enredados
Hubiera preferido desaparecer a tener que explicar su presencia allí. Pero era demasiado tarde. Si los pasos que escuchaba en el pasillo, iban directo a la puerta de entrada, tal como temía; apenas tenía tiempo de ovillarse debajo de un mueble, aunque el ruido lo delatara antes de lograr su cometido.
Era más seguro deslizarse entre la cortina y la pared y esperar en silencio, que arrastrarse hasta la mesa más próxima donde ni siquiera existía el cobijo de un mantel.
Sin embargo las piernas no respondían. Miraba alternativamente la puerta y lo que llevaba en la mano, sin decidir si primero debía soltarlo o levantar un pie.
Ella notaría que algo faltaba ni bien abriera la puerta. La imaginaba recorriendo la habitación con una sola mirada mientras levantaba las persianas. La cortina no era tan buena idea. Tal vez podría contar con que ella, cegada por la luz de afuera, le diera los segundos necesarios para escapar.
Las manos habían empezado a temblarle, con el peligro de terminar desarmando el objeto precioso contra el suelo lustrado.
La llave en la cerradura tapó el sonido de su respiración contenida justo en el momento en que los pies despegaron y lo depositaron de cara al suelo, detrás del sillón de dos cuerpos.
Ella fue directa a la ventana. En cuanto mirara la biblioteca iba a notar la ausencia. Era necesario actuar antes de que le arrebatara de sus propias manos el tesoro.
Gateó en la oscuridad hasta la pared rogando no tropezar. La puerta estaba cerca y ella de espaldas, luchando con el mecanismo de la persiana. Era el momento.
Salir fue más simple de lo que esperaba- Tarde entendió que no había calculado la posibilidad de un encuentro casual. No atinó a responder ninguna de las preguntas que le hacía el vecino, ni a acallar su asombro con alguna explicación estúpida.
La voz del otro no hizo más que alertarla, y ella abrió la puerta encontrándolo allí, con el libro a medio ocultar debajo del abrigo.
Odió la sonrisa tambaleante con que la miró, el sudor en las manos y la falta de reflejos que le impedía huir escaleras abajo. En cambio, cuando ella extendió la mano, le devolvió el libro, sabiendo que las cosas no podían ser de otro modo, que desde el momento en que había terminado de escribirlo, le era irremediablemente ajeno.
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por pcollazo | Abr 23, 2017 | En pocas palabras
Un señor con levita que se parece a Pushkin, se ha instalado en el cuarto de la plancha. Al principio me daba unos sustos de muerte cuando entraba cargada de camisas arrugadas y él estaba sentado en un rincón.
Pero me fui acostumbrando a su presencia. Mientras trabajo conversamos sin entendernos. Es que habla ruso. Cuando le plancho la arrugada levita, sonríe.
Lástima que los otros días la señora encontró su libro en uno de los eternos abrigos del perchero. Sin permitirnos despedirnos, se lo llevó.
Ya no me acompaña a planchar, pero hay que ver cómo se la escucha ahora a la señora suspirar por las noches.
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por pcollazo | Abr 23, 2017 | En pocas palabras
Huésped inesperado llega un viernes a la noche cuando ella había decidido cenar una manzana e irse a la cama temprano con ese libro que no puede parar de leer.
Entra aunque nadie le invite a pasar, y ella reemplaza su manzana por una tortilla de jamón; y sus planes de leer, por una película que no le interesa.
Él se estira sobre el sofá y habla en las publicidades acerca de un compañero de trabajo y de sus desventuras amorosas.
Ella imagina la manzana jugosa para evitar decirle que su amigo le importa poco y lo que es peor, no mucho menos que él.
Descansa mientras se ríe con un diálogo tonto y ella ensaya una almohada en el brazo del sofá.
Final. Él le dice que lo pasó genial y le promete irse bien temprano si lo deja quedarse a dormir.
Ella repasa el alfabeto intentando encontrar una negativa y termina acompañándolo hasta el cuarto.
Huésped inesperado se va sábado a las tres de la tarde y ella suspira mientras corre al frigorífico y se da cuenta de que olvidó comprar manzanas.
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por pcollazo | Abr 23, 2017 | En pocas palabras
Un señor con levita que se parece a Pushkin se acerca tambaleándose. Tose, parece a punto de ahogarse. Golpeo su espalda. No es el único que huye del fuego y el humo que crecen a mitad de calle. Caballeros de pajarita, damas de largas enaguas, rostros tiznados, desvalidos trozos de folios flotando, cenizas, letras muertas. Albergo unos ejemplares chamuscados en mi bolso, arriesgándome a ser vista por los guardias. Mientras, la hoguera sigue siendo alimentada desde los ventanales de la biblioteca. Un libro abierto yace inmóvil en plena calzada. Los cascos de los caballos lo hieren de lleno.
Arrastro al señor de levita junto a dos jovencitas que hablan inglés. Esconderles en casa no calma el dolor que atraviesa mi pecho, apenas lo hace menos ulcerante.
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por pcollazo | Abr 22, 2017 | Noticias
En la tarde de ayer tuve el privilegio de compartir un momento especial en la librería La Central de Callao.
Mi relato Otros canales, resultó finalista el VI Concurso Relatos del Bistró que organiza esta librería.
Fue un acto en que se leyeron todos los relatos finalistas y en que también hubo buen jazz.
Muchas gracias al jurado, el escritor Eloy Tizón, y a La Central por la organización de este concurso cuyo fallo ha dado el puntapié inicial a la noche de los libros.

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