Un señor con levita que se parece a Pushkin se acerca tambaleándose. Tose, parece a punto de ahogarse. Golpeo su espalda. No es el único que huye del fuego y el humo que crecen a mitad de calle. Caballeros de pajarita, damas de largas enaguas, rostros tiznados, desvalidos trozos de folios flotando, cenizas, letras muertas. Albergo unos ejemplares chamuscados en mi bolso, arriesgándome a ser vista por los guardias. Mientras, la hoguera sigue siendo alimentada desde los ventanales de la biblioteca. Un libro abierto yace inmóvil en plena calzada. Los cascos de los caballos lo hieren de lleno.
Arrastro al señor de levita junto a dos jovencitas que hablan inglés. Esconderles en casa no calma el dolor que atraviesa mi pecho, apenas lo hace menos ulcerante.
