Tuve mucho miedo, pero no quise que mi madre y mis hermanas me creyesen cobarde, por eso el día en que papá se nos apareció por primera vez mantuve la calma y no chillé. Ellas, en cambio, lo hicieron, y a todo pulmón.
Les hice ver que no era para ponerse de ese modo, que son cosas que pasan, y que tal vez papá solo pretendía decirnos algo. Pero nada. Él estaba tan mudo como ellas parlanchinas. Lo acribillaron a preguntas. Él, sentado en su sillón de la sala nos miraba silencioso. Parecía conmovido. La mandíbula le temblaba un poco, como si estuviese a punto de llorar.
Desde entonces, todas las noches, después de la cena, nos reunimos alrededor de la tele como antes. La única diferencia es que no nos dejan elegir canal. Así que ni partidos, ni series de policías, ni pelis de acción. Tenemos que conformarnos con sus programas de chicas. Es lo que hay. Desde mi muerte, papá y yo hemos perdido toda autoridad.
