por pcollazo | Jun 10, 2017 | Cuentos enredados, Premiados
Había retirado “Cae la noche tropical”. Alguien le había hablado de Puig y sus diálogos. Recién emergido de “La caverna” de Saramago, pensó que necesitaba algo sencillo de leer, algo que le ofreciera el tiempo necesario para madurar todas esas ideas, que un alfarero había puesto a rodar por su cabeza. Tendría que haber pedido algo de filosofía, pensó, algo sobre Platón, de manera de terminar de una vez por todas con Cipriano Algor y el Centro. Pero no, se había dejado tentar por la portada a todo color de “Cae” y allí estaba, hamacándolo entre sus manos sin decidirse a abrirlo. Y cuando lo hizo no fue para leer el comienzo, ni siquiera el prólogo. Se detuvo en las primeras hojas apenas salpicadas de letras, en la fecha de la edición, en la escueta dedicatoria, en la dirección de la editorial. Y fue ese regodeo premeditado y necesario el que lo obligó a reparar en la ficha. Alguien había devuelto el libro el mismo día en que él lo retirara de la biblioteca. Quien lo hubiera hecho lo había leído en apenas cuatro días. Y si miraba hacia atrás, desde la última vez en que alguien había escogido aquel ejemplar de Puig, habían pasado cerca de dos años.
Extraño destino el de los libros, pensó. Meses y meses anestesiados en un anaquel, en estado de coma, hasta que alguien descorre las cortinas y los encandila sin previo aviso. Y tras estos, otros ojos nuevos no le dan tiempo de olvidar los anteriores, cuando ya están hurgando en sus vericuetos, rellenando los huecos dejados adrede en el camino.
Quien hubiese recorrido esos renglones tan recientemente, según revelaba la ficha, llevaba el número 2137. Eso indicaba que era un socio bastante más nuevo que él, aunque no del último año. Tal vez llevara cerca de dos.
Ese era un dato casi sin importancia, pero se convirtió en la punta del ovillo de la que en aquel momento, casi sin darse cuenta, comenzó a tirar.
Se le antojó que su predecesor en la lectura, era sin duda una predecesora. Era algo que palpaba en las páginas, que percibía en el peso con que determinadas hojas insistían en repetirse, cuando abría el libro al azar; en el esfuerzo adicional que requerían otras para ser separadas ante los ojos que ahora ávidos se internaban en la historia.
Los dobleces, las puntas ajadas, y hasta alguna probable mancha de humedad en los sitios precisos, delataban un recorrido indudablemente femenino a través de las páginas. Podía adivinar los ojos humedecidos de expectativa girando bruscamente determinada hoja, las uñas tenues demorándose en un diálogo releído una y otra vez.
2137 era una mujer, y aun sin atreverse a pensarlo, en aquel momento él supo que necesitaba conocerla.
Menos de tres días le llevó acabar con “Cae”. En realidad, ese fue el tiempo que se concedió a sí mismo, para trazarse un identikit de 2137, y salir a buscarla.
La pista más lógica lo llevaba, por supuesto, a la biblioteca. Y hacia allí se encaminó, para ver cómo su decisión chocaba sin remedio contra las reglas esgrimidas por una empleada de gesto adusto. Los datos de los socios eran estrictamente confidenciales, y no había razón, ruego, ni amenaza que la hiciera cambiar de opinión.
Tampoco accedió a comprobar si 2137 era mujer, pedido del que más tarde se arrepintió, por ser absolutamente innecesario. Él sabía que era una mujer, y no hacían falta pruebas de ninguna índole al respecto.
Resignado a esperar que el turno de la empleada acabara, para que fuera reemplazada por el muchacho desgarbado que atendía a partir de las cinco, decidió sacar un libro. Eligió al azar algo de Javier Marías. Recordaba haber leído tiempo atrás una novela bastante interesante, un traductor, un secreto. La historia no la tenía muy clara, sólo la sensación placentera que deja a la larga un buen libro, como el sabor de un manjar antiguo, evocado en los labios de pronto.
Durante el trayecto hasta su casa, recorrido a pie, con la única intención de rellenar la espera, una intuición, casi una sospecha, comenzó a materializarse entre sus pensamientos. No pudo aguardar hasta llegar para decidirse a corroborarla. Detenido a la espera de que un semáforo le diera paso, atisbó apenas la ficha guardada en la contratapa. Tal cual lo supiera antes de hacerlo, el número 2137 se dibujaba pleno en el anteúltimo renglón. Ella lo había devuelto ese mismo día. Tal vez apenas unos minutos antes de que él estuviera buscándola. La gente a su alrededor avanzó movida por el verde pleno que sus ojos no alcanzaron a registrar. Llegó hasta la otra acera impulsado por el movimiento colectivo, trasladado sobre la senda peatonal con el libro entreabierto en una mano y la sorpresa del descubrimiento en otra. Ella lo estaba siguiendo.
Si bien literalmente esta no era una idea lógica, ya que era él quien parecía seguirla, de hecho su número en ambos casos estaba a continuación del de ella, sabía que se trataba solo de un simple ardid que ella utilizaba para disimular sus intenciones.
Sabía que fuera cual fuera el título que decidiera sacar de la biblioteca, el número 2137 estaría allí antecediéndolo. Y para corroborarlo, reencausó la dirección de sus pasos de regreso hacia el mostrador frío y la mirada adusta todavía en su turno.
Recorrió los pasillos escogiendo guiado sólo por sus sentimientos hacia la obra o hacia el autor, y obligándose a no mirar la ficha, tres títulos que acercó a la empleada sin dignarse a contestar la pregunta que los ojos de ella le hacían mientras completaba la ficha: ¿piensa leerlos todos juntos?. Sí, se dijo, cuando alejado apenas unos metros, comprobó que el 2137 estaba allí donde esperaba encontrarlo. Si a juzgar por las fechas, ella los ha retirado todos juntos y los ha leído a la vez antes de retornarlos hoy mismo, yo también lo haré.
Y entonces sí se encaminó definitivamente a su casa, donde asaltó en desorden y sin sentido los cuatro ejemplares que contando otras historias, le hablaban de ella.
La observó estremecerse durante la emboscada sangrienta al comienzo del libro de tapas grises. La escuchó reír con las ocurrencias irónicas del hombrecito de traje que vivía en el capítulo 10 de otro de los libros. Respetó su silencio inquebrantable mientras era testigo de la muerte de una mujer en los brazos equivocados. Y se llenó de sal la boca, cuando una lágrima vertida por ella, salió a su encuentro desde el final irremediable y triste del ejemplar que tenía un hombre de espaldas en la portada.
Le llevó cinco días completar su recorrido. Cinco días en que aprendió a sorprenderla entre renglones, a seguir sus pasos sin esfuerzo, saltando de historia en historia, alternando personajes, lugares, conflictos y resoluciones en la misma exacta proporción en que ella lo había hecho, en que ella lo invitaba tácitamente a hacerlo. Se acostumbró a apurar el paso para seguirla cuando giraba bruscamente una página. A detenerse en una frase en la que ella había hecho un alto. A alejarse y mirar las letras a la distancia, con la perspectiva única de la segunda lectura.
Estaba claro que cinco eran los días que a ella le había llevado leer aquellos libros a juzgar por la fecha en que los había devuelto. Y estaba claro también, que si él se presentaba en la biblioteca, ella lo haría unos momentos antes para devolver el libro que él, aun sin saber de cual se tratara, iba a retirar después.
Por eso, al cabo de esos días se decidió a forzar el encuentro. Desde el momento en que abrió sus puertas la biblioteca, buscó un sitio cómodo desde donde tener una buena perspectiva del mostrador, y sentado en un sillón de la sala de lectura, se dispuso a esperar. Ella vendría a devolver los ejemplares que tuviera en su poder, y seguramente a retirar otros. Él estaría allí para interceptarla. No estaba dispuesto a que la testarudez de una empleada se interpusiera en sus planes.
Cada vez que una mujer se acercaba al mostrador, él se ponía de pie y escuchaba el número de socio con que se presentaba a la empleada. De este modo sabría cuando ella finalmente llegara.
Al cabo de toda la mañana, y cuando ya la empleada lo miraba con expresión de creerlo un ladrón o algo aún peor, no había tenido suerte en absoluto.
En un momento había llegado a desesperarse, cuando una de las mujeres, en lugar de pronunciar su número de socio, le había mostrado la credencial a la empleada en un gesto rápido que le había impedido a él, situado prudencialmente a un costado, llegar a verla. Había sido necesario forzar un tropiezo posterior en uno de los pasillos con la mujer en cuestión, lo suficientemente fuerte como para que el contenido de su bolso se esparciera en el suelo, y él tuviera oportunidad de corroborar, credencial en mano, lo que ya sospechaba. No se trataba de ella.
Para las cinco de la tarde, cuando el muchacho desgarbado acababa de ocupar su puesto, estaba agotado. No había comido nada en todo el día, no se había movido de aquel lugar ni un minuto. Necesitaba ir al baño, mojarse la cabeza, pensar una táctica que le impidiera desesperar.
Con el muchacho desgarbado no hubo mejor suerte que con la empleada. Él también se amparaba en estrictas normas de confidencialidad a la hora de ofrecer los datos de otro socio. Sin embargo, accedió a retener a la 2137 con alguna excusa, si de casualidad se presentaba durante el momento en que él iba hasta el baño.
Regresó con las manos húmedas después de escasos cuatro minutos, y se encontró con los gestos desesperados del bibliotecario señalándole la puerta giratoria en la que apenas atisbó a ver un bolso marrón saliendo del edificio. Era ella, no pude retenerla, alcanzó a escuchar antes de sumergirse en el carrusel transparente que lo depositó sobre la acera. El sol, aún alto lo encandiló, y ahuecó su mano a modo de visera, mirando desesperado en una y otra dirección. La calle estaba sembrada de gente, de mujeres, de bolsos marrones que se alejaban en todas direcciones, sin darle tiempo a descifrar los rostros, a estudiar las miradas. Pronunció el 2137 como un lamento, como un pedido de auxilio, parado en medio de la acera, mientras los transeúntes le rozaban las manos cargadas de libros, al pasar a su lado sin reparar en él.
Ella sospechó que alguien la estaba esperando, fue la única explicación que le pudo arrancar más tarde al empleado desgarbado. ¿Pero por qué, usted se lo dijo? ¿Acaso no me prometió…?, Yo no le dije nada, le aseguro…, ¿Y entonces cómo lo supo?, Mire, caballero, yo no sé qué es lo que usted pretende de ella, ni me interesa en realidad, pero le pido que me permita continuar con mi …
Volvió a su casa, sin devolver los libros. Quería disfrutar de ella un poco más, y tenía plazo hasta la siguiente semana para retornarlos. Sabía que cuando lo hiciera la perdería para siempre. Que a partir de ese momento, ella había dejado de perseguirlo. Que ya no encontraría más los mágicos 2137 escritos con tinta fresca en los ejemplares que retirara. Que no podría adivinarla en cada frase, ni compartir con ella una ruta única y sin mapas.
Durante esa semana, disfrutó de su compañía tanto como se lo permitió la crueldad anticipada de la despedida. Llegado el plazo, retornó los ejemplares, un miércoles de mañana, en que se encaminó despacio hacia la biblioteca llevándolos entre sus manos, como si se tratara de delicadas mariposas que era necesario no ahuyentar.
Este relato ha obtenido el Segundo Premio en el IV CERTAMEN DE RELATO BREVE PASIÓN POR LEER.
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por pcollazo | Jun 2, 2017 | En pocas palabras, Noticias
Hoy, he invitado a mi blog a alguien muy especial. Mi hijo Mariano, que ha resultado ganador del XXVIII CERTAMEN LITERARIO del IES Severo Ochoa de Alcobendas en la categoría Primero y Segundo de ESO con su relato S.O.S. (01010011 01001111 01010011).
El desafío consistía en escribir un relato corto que incluyera la frase «Podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones» perteneciente a la novela perteneciente a Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez de cuya publicación se cumplen cincuenta años.
Con el orgullo de madre y escritora, hago este sitio especial en mi casa de letras a Mariano.
S.O.S. (01010011 01001111 01010011)
Hubo un momento en que empezaron a morirse las cosas. Ya nadie utilizaba monedas ni billetes, se pagaba todo con los móviles. Los libros con olor a libro murieron en una última reedición de El Quijote y fueron reemplazados por los eBooks. Las sonrisas eran emoticonos amarillos con bocas curvadas. Los amigos eran un simple número que cuanto más grande mejor. Y los aplausos, proviniendo de un armonioso ritmo, se convirtieron en un ícono de dos palmas juntas. Nadie navegaba por el mar, por lo que las aguas azules se transformaron en la gran red de redes: Internet.
Cada objeto desaparecido era enterrado con grandes ceremonias en el Cementerio de las cosas perdidas. Y cada uno era acompañado de una lápida con una inscripción donde se detallaba su nombre y la utilidad que habían tenido cuando aún estaban vivos.
Al principio todos creíamos que enterrar las cosas viejas era algo natural, consecuencia del progreso. Pero cuando el Cementerio de las cosas perdidas empezó a crecer y crecer, mientras las cosas verdaderas del mundo eran cada vez menos, empezamos a preocuparnos.
Podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones y ya nadie recordara cómo habían sido de verdad. Porque las habíamos sustituido por objetos virtuales, que en realidad, dándole un par de vueltas, no existían.
Un corazón saliendo al vuelo desde una boca fruncida, nunca será un beso de verdad. En una videollamada, nunca sentirás a la otra persona. La vida no tiene Control Z, no puedes deshacer lo ya hecho. Y definitivamente, mirar el mundo detrás de unas gafas de realidad virtual, no será conocer mundo de verdad.
La, ya vieja, generación de personas que recordaba los tiempos en que lo virtual todavía convivía con lo real, advertían que esto era peligroso porque podríamos llegar a extinguirnos.
Y razón no les faltaba. De hecho, yo estoy escribiendo esto en ordenador porque no tengo papel, de hecho hace tres días que no bebo agua pero no tengo sed. De hecho llevo una semana sin ver a mi familia, aunque están en la habitación de al lado. De hecho esta rigidez metálica en mis brazos y piernas no me desagrada. De hecho no puedo llorar y tal vez debería hacerlo. Hecho de tengo no frío. Hecho de s4l4 v24 n5m2r4s. ¡S4c4rr4! ¡83 79 83! ¡01010011 01001111 01010011!
Mariano Crespo Collazo
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por pcollazo | May 24, 2017 | Para locos bajitos, Premiados
Ayer, cuando abrí el grifo para lavarme la cara, en lugar de agua, salió zumo de naranja. Y no era zumo natural, era ese embotellado que a veces compra mamá y que sabe demasiado dulce. Con las manos pegajosas y los ojos entrecerrados grité “Mamaaaá”.
Mi mamá se asomó a la puerta del baño y me miró sin sorprenderse. Le señalé el hilo de zumo saliendo del grifo.
– Ah, sí, cariño. Ya te he dicho que había que cuidar el agua. Se acabó y ahora habrá que conformarse con zumo…
– Pero mamá… – protesté intentando coger el cepillo de dientes con mis manos pegajosas.
Me miró con su expresión de “¿aún no estás listo para salir?”.
– Venga, échate un poco de zumo en el pelo que lo tienes de punta y date prisa que llegas tarde.
Yo obedecí, pero salí del cuarto de baño como si fuese una momia. La piel y el pelo duros, las manos pegajosas, y los dientes más sucios que cuando entré.
– Pero ¿cuándo se arreglará esto del agua? – pregunté mientras mamá me ponía la mochila.
– ¿Arreglarse? ¿Para qué quieres que se arregle? ¿No decías que preferías beber ese zumo envasado a beber agua?
– Sí, pero…
– Pues eso. Verás qué deliciosos espaguetis a la naranja te tengo preparados cuando vuelvas del cole. Como no hay agua tendré que hervirlos en zumo…
– ¿No vas a avisar al seguro, o al casero, o a alguien?
– ¿Avisar de qué?
– De lo del grifo…
– No, todos los grifos están igual. No es una avería. Solo se ha acabado el agua.
Al salir del portal, mientras caminaba para ir al cole, vi que los jardines estaban siendo regados con coca cola, y un cartel en la puerta del chino de la esquina ponía “No tenemos agua”. Empecé a sentir sed. Una sed extraña, que me nacía como desde el ombligo y me llenaba la tripa, el pecho, y sobre todo la garganta.
Me encontré con algunos compañeros que llegaban al cole tan pegajosos y extraños como yo.
– Profe, tenemos mucha sed – dijimos varios al empezar la primera clase.
Nos habrá visto la cara de desesperación, porque la de mates nunca te deja ir al baño en mitad de clase si no es un caso de verdadera urgencia.
– Vale, podéis ir a la fuente del patio. Creo que sale leche con colacaao. Está buenísima…
El estómago se me revolvió. Me encanta la leche con colacao, pero lo único que necesitaba en ese momento era beber agua, lavarme la cara y las manos con agua, echarme agua en la frente y en el pelo. A juzgar por las expresiones asqueadas de mis compañeros, no era el único.
– Profe, ¿pero cuándo se va a solucionar lo del agua?
– ¿Solucionarse? Eso ya no tiene solución… Si hubiéramos cuidado de ella… Pero ya sabéis: No me importa dejar el grifo abierto mientras me cepillo los dientes… Lleno la bañera, la dejo enfriar demasiado y vuelvo a llenarla… No aprovecho el agua que podría reutilizar…
Nos miramos desconsolados. Nunca hubiera creído que echaría tanto de menos el agua. Con lo que me cuesta ir a ducharme o lavarme los dientes cuando mamá me lo pide.
– Profe, tenemos que hacer algo. No podemos resignarnos a vivir sin agua. Sin ella no podemos vivir… – dije en un último alegato.
– A eso queríamos llegar… – dijo misteriosamente la profe. Y continuó la clase como si nada.
Fue un día horrible. Viscoso, repugnante. Fui incapaz de comer los espaguetis, aunque son mi plato preferido. Hice los deberes manchando todos los cuadernos de zumo, y al intentar ducharme, me quedé pegado al piso de la bañera y mamá tuvo que venir a ayudarme a salir. El champú no hacía espuma y el gel de baño se quedó como una anaranjada capa sobre mi piel.
Me fui a acostar agotado y triste. Si hubiéramos cuidado el agua, me reproché hasta quedarme dormido.
Hoy, cuando mamá dijo que era hora de despertarse, aún me sentía pegado a las sábanas.
Llegué tanteando al baño, con un ojo pegado por el sueño y el otro pegado por el zumo que seguramente había resbalado desde mi pelo. Pero cuando logré abrirlos y mirarme al espejo comprobé que no había ni rastro de naranja en mi piel. Abrí el grifo y eufórico comprobé que salía agua. Agua de verdad: transparente, fresca, refrescante, suave, maravillosa agua.
– ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Sale agua del grifo!
Mi mamá se asomó a la puerta del cuarto de baño.
– Claro, ¿qué esperabas? ¿Qué saliera zumo de naranja? – contestó burlona.
La miré asombrado. Era como si nada hubiera pasado. Tal vez lo hubiera soñado. O tal vez no. Mi cepillo de dientes seguía estando teñido de un sospechoso tono anaranjado.
Cerré el grifo de inmediato. Tenía que cuidar el agua.
Este cuento ha sido seleccionado para formar parte del libro del XVII Concurso de Cuentos sin Fronteras de Otxarkoaga.
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