por pcollazo | Abr 22, 2017 | En pocas palabras, Premiados
Tuve mucho miedo, pero no quise que mi madre y mis hermanas me creyesen cobarde, por eso el día en que papá se nos apareció por primera vez mantuve la calma y no chillé. Ellas, en cambio, lo hicieron, y a todo pulmón.
Les hice ver que no era para ponerse de ese modo, que son cosas que pasan, y que tal vez papá solo pretendía decirnos algo. Pero nada. Él estaba tan mudo como ellas parlanchinas. Lo acribillaron a preguntas. Él, sentado en su sillón de la sala nos miraba silencioso. Parecía conmovido. La mandíbula le temblaba un poco, como si estuviese a punto de llorar.
Desde entonces, todas las noches, después de la cena, nos reunimos alrededor de la tele como antes. La única diferencia es que no nos dejan elegir canal. Así que ni partidos, ni series de policías, ni pelis de acción. Tenemos que conformarnos con sus programas de chicas. Es lo que hay. Desde mi muerte, papá y yo hemos perdido toda autoridad.
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por pcollazo | Abr 15, 2017 | En pocas palabras
A falta de zapatito de cristal, Amanda le prueba su frasco de vidrio a cada uno de sus pretendientes. Eso lo hace siempre después de probarlos en la cama, claro. Que la magia y la fantasía están muy bien, pero no se vive de ellas.
Espera a que se queden dormidos, cosa que todos los hombres hacen más temprano que tarde, y así, procurando no despertarlos, les mete la mano en su frasco de vidrio. Si la mano del bello durmiente de turno, cabe completa dentro del frasco, la conclusión es clara: se trata de un mortal común y corriente como todos los demás. Y no queda otro remedio que colocar toda la ropa del susodicho sobre su abdomen, que sube y baja al compás de los ronquidos, y zarandearlo hasta obligarlo a caerse de la cama.
Si el mortal se da cuenta de su mano está dentro de un frasco lleno de un líquido viscoso, la mira horrorizado y huye. Y si no se da cuenta, ella se lo hace notar diciéndole que tiene una cucaracha sobre la frente para que el incauto intente quitársela dándose un golpe seco y acristalado que termina de despertarlo.
El frasco de Amanda es de aceitunas, pero ella se ha encargado de quitarle la etiqueta con mucho ahínco, para evitar que alguien se llame a engaño y concluya que todo esto de los frascos y las manos es una manía suya.
El día en que su príncipe traspase la puerta de su casa, siempre que pase con un mínimo aprobado la prueba de la cama, ella lo sabrá cuando su mano no quepa en el frasco por más vaselina que le eche para facilitar la operación. Entonces llamará a su corte de amigas y les anunciará que ha dado con el hombre indicado. Ya verá cómo se las apaña para convencer al susodicho de que debe quedarse con ella. Para eso ya tiene la alacena llena de frascos vacíos, que llegado el momento usará para asegurarse de que podrá conservar a su hombre, aunque sea a trocitos, para toda la vida.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía:

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por pcollazo | Abr 8, 2017 | En pocas palabras
Que siguiera andando, me dijiste. Que el camino me llevaría al pueblo. Y que allí podría pedir ayuda. Fue una decisión difícil. Dejarte sola, a merced de una jauría de lobos que se disputaban la primera fila junto al tronco de tu árbol, no me parecía buena idea. Pero insististe. Ve a casa de tu abuelo y explícale lo que ocurre. Tu voz pretendía firmeza, pero temblaba un poco por sobre los gruñidos de los animales. Me pregunté cuánto tiempo tus débiles piernas te mantendrían encaramada sobre aquella rama que parecía arquearse cada vez más.
Para no ponerte más nerviosa giré y eché a andar. De vez en cuando me volvía para verte hacer aspavientos con la mano derecha indicándome el camino, mientras con la izquierda te sujetabas para no caer.
Hasta después del tercer recodo, no me pregunté por qué los lobos te preferían como presa, y no venían a por mí, con lo sencillo que hubiese resultado alcanzarme. Desde hace tiempo que mis pensamientos son confusos y me lleva tiempo razonar cosas elementales. Pensé en regresar y cuestionar tus órdenes. Pero al final no lo hice. Tengo que buscar al abuelo. Él la salvará, pensé. Pero cuando llegué al pueblo, todo estaba muy cambiado. La casa del abuelo estaba cerrada a cal y canto. En el jardín, las malezas alcanzaban la altura de mi cintura. Y nadie se detenía a mi paso a pesar de mis esfuerzos por pedir ayuda. Como si yo fuera un fantasma, pensé.
Y entonces lo entendí todo. Llevo días intentando encontrar el camino que me devuelva al lugar donde te dejé. Pero no consigo acertar el correcto. Todos los senderos en la montaña se parecen. Las mismas rocas, el mismo musgo, las mismas hierbas creciendo desordenadas. Tal vez todavía esté a tiempo de espantar a esos lobos hambrientos con algún truco barato, aunque en el fondo sé que nada podría hacer. Y que por eso me has obligado a alejarme, para no hacerme pasar el mal trago de verte morir.
Me pusiste a salvo del horror. Como aquella tarde, cuando papá llegó borracho y furioso y cogió la azada del jardín. Huye, cariño, huye, me gritaste. Y yo lo hice. Sin atreverme a mirar atrás. Y me interné por algún sendero en la montaña. Uno de estos mismos que ahora recorro esperando coincidir contigo. Para salvarte, o para decirte que ya no me tienes que salvar. Pero no lo encuentro. Todos los caminos tienen tres recodos, y un ramillete amarillo a la izquierda, y un pinar agusanado, y los ojos brillantes de los animales que acechan. Todos son idénticos. Como la oscuridad.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Juancho Plaza:

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por pcollazo | Mar 26, 2017 | En pocas palabras
Nunca me atreví a pedirte que nos fotografiáramos juntas. Temía que te negaras. Que vieras en mi deseo de conservar un recuerdo compartido, algún oscuro complot, mi intención de tener un arma cargada con la que poder amenazarte si las cosas se torcían después.
Y yo respetaba tus miedos. Respetaba a rajatabla el cuidado con que cubrías lo nuestro con una pátina de disimulo. Con capas de normalidad tejidas con nombres de campeonatos, de estadios, de pruebas. Éramos compañeras de equipo. Esa era la coartada y el motivo por el que la única fotografía en que salimos ambas, tiene los colores rojinegros de los trajes con que ganamos la prueba de equipos en París. Tiene esos colores y la presencia tranquilizadora de otras cuatro sonrientes atletas. Tú en una punta, yo en la otra. Ni siquiera nos permitimos la cercanía que podría delatarnos.
No me importaban tus desplantes públicos de entonces. El modo en que te empeñabas en que no comiéramos demasiado cerca y en que no compartiéramos asiento durante los largos viajes. Si la entrenadora se entera olvidémonos de nuestras carreras, decías. Y aunque a mí, la carrera no me importaba demasiado, entendía que a ti sí.
Pensaba que era cuestión de tiempo, que la carrera de una atleta es corta y que algún día podríamos ser nosotras sin reglas e instituciones que respetar.
Mi carrera fue más corta, sí. A ti las lesiones te respetaron más. O hiciste que te respetaran. Pero te esperé. Esperé que llegara el día en que te retiraras y volvieras a casa.
Ayer, cuando te creía entrenando en algún país del este de Europa, tu nombre se sumó a la lista de desaparecidos en el tsunami. Al principio me negué a creerlo, pero me lo han confirmado. Estabas en una playa de Indonesia. De luna de miel. Te habías casado con el periodista aquel del que tantas veces nos habíamos reído juntas.
Busqué y rebusqué nuestra foto, la de los trajes rojinegros, para verte sonreír una vez más. No la encontré. En el fondo de la caja en que la guardaba, una nota tuya. En ella me explicabas que te la llevabas porque era lo único que podías conservar de mí. Y de ti siendo quien siempre habías querido ser a mi lado.
Imagino nuestra fotografía arrastrada por una ola gigantesca junto a tu cuerpo. Los trajes rojinegros desvaídos, como nosotras mismas. Tu melena flotando enmarañada de hojas. Y quisiera volver a peinarte una vez más, como lo hacía entonces, cuando salías de la ducha y me sonreías tímida y me mirabas en el espejo mientras yo te cepillaba el pelo. En ese entonces en que yo aún creía que algún día me pedirías que nos hiciéramos juntas una fotografía. Solas. En algún un atardecer.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía perteneciente al proyecto Lost & Found del artista Munemasa Takahashi:

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por pcollazo | Mar 9, 2017 | En pocas palabras, Premiados
– Mamá, ¿es cierto que Juan y yo somos iguales?
Cerré el grifo del fregadero y me sequé las manos para mirarla y prestarle atención.
– Pues… a ver… ¿por qué me lo preguntas?
– La profe dice que los niños y las niñas somos iguales, pero yo no quiero ser igual a Juan. ¿Has visto que siempre le cuelgan los mocos de la nariz y se los limpia con la mano?
– Cariño, lo que quiere decir la profesora, con eso de la igualdad entre niños y las niñas …
Detrás de los ojos preocupados de Cecilia, atisbé la pila de ropa para planchar a punto de desmoronarse desde la silla y la figura de su padre desparramado en el sofá con los pies sobre la mesa de centro, y la atención absorta en la pantalla del televisor.
Volví a mirar el rostro expectante de mi hija y no fui capaz de preocuparla más.
– Es que… lo que intenta decir la profe… – dudé – es que no importa si eres niño o niña en lo que se refiere a tus derechos, tus oportunidades…. Antes las mujeres teníamos menos derechos que los hombres, no podíamos decidir, no podíamos trabajar, no podíamos manejar nuestro dinero…
– ¿Pero eso ya no es así, no, má? – preguntó con la boca fruncida por la inquietud.
– No, claro que no – la tranquilicé, y salió corriendo detrás del gato hacia el balcón.
Miré la hilera de ropa, la presencia ausente en la sala, los platos a medio aclarar en el fregadero, la sartén chisporroteando con lo que sería la cena, mis manos pálidas y arrugadas. Y antes de volver a abrir el grifo, me pregunté cuál sería la edad adecuada para explicarle a Cecilia que los reyes magos no existen.
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