Un señor con levita que se parece a Pushkin, se ha instalado en el cuarto de la plancha. Al principio me daba unos sustos de muerte cuando entraba cargada de camisas arrugadas y él estaba sentado en un rincón.

Pero me fui acostumbrando a su presencia. Mientras trabajo conversamos sin entendernos. Es que habla ruso. Cuando le plancho la arrugada levita, sonríe.

Lástima que los otros días la señora encontró su libro en uno de los eternos abrigos del perchero. Sin permitirnos despedirnos, se lo llevó.

Ya no me acompaña a planchar, pero hay que ver cómo se la escucha ahora a la señora suspirar por las noches.