Kilómetro 119

Kilómetro 119

La mañana del día en que María desapareció, se obligó a hacer la cama como si por la noche planeara utilizarla. Cualquier pequeña modificación en su rutina podía llamar la atención de Carlos, y no se sentía con fuerzas de dar explicaciones.

Carlos se despidió con un beso automático sobre sus labios cerrados y le recordó llevar el traje al tinte. Ella fantaseó una mañana más con prepararle el desayuno a Daniel y acabó sentada en la que fuera su cama de adolescente, abrazada a una almohada que ya no olía a él. Los posters en las paredes habían empezado a despegarse. Los extremos parecían pesar demasiado para la capacidad adhesiva del celo que día a día mermaba. Tal como lo hacía su propósito de resignarse y sobrevivir.

A Harry Potter se le adivinaba solo medio rostro. El extremo suelto flotaba ocultando la mitad izquierda, aunque dejando a la vista gran parte de la cicatriz sobre su frente. La escoba sobre la que iba montado disparaba una nube tornasolada de gases y toda su ropa se mantenía flotando a causa de la velocidad. No estaba segura de si Harry sonreía o no. No llegaba a apreciarse ese detalle observando la mitad de su boca que quedaba a la vista. Pero estaba segura, de que el chico estaba feliz. Se le veía claramente en el brillo con que su único ojo descubierto la miraba. Los ojos de Daniel siempre habían sido vivaces, sonrientes, engatusadores. Con una mirada era capaz de ganarse un perdón o de negociar un castigo muy inferior al que se merecía por sus trastadas.

Alrededor de Harry Potter, en una ecléctica colección convivían personajes de videojuegos (de algunos de los cuales María no conseguía recordar los nombres), los jugadores de la selección levantando la copa en Sudáfrica, el logo de ACDC y dos entradas amarillentas pinchadas con una chincheta sobre el poster de Muse.

María observó largamente las paredes, volvió a acomodar el pijama debajo de la almohada y estiró la cama. Luego caminó decidida hacia la puerta del cuarto, y tras echar un último vistazo, salió, cerrándola tras de sí.

La mañana del día en que desapareció, María pensó que tampoco le costaba nada acercar el traje de Carlos al tinte antes de marchar. Lo pensó en forma mecánica. Acostumbrada como estaba a poner siempre por delante de las propias, las necesidades ajenas. Pero más tarde, cuando se vio en el espejo del ascensor, con su mochila cargada en la espalda y la funda con el traje de Carlos doblada sobre el antebrazo, se dio cuenta de lo absurda que podía seguir siendo aún. Entonces, salió a la calle y lo dejó caer dentro del primer contenedor que encontró. Allí también dejó caer sus esperanzas de que Carlos la comprendiera. Él había asumido lo de Dani poniendo su vida en piloto automático. Haciendo las cosas que había que hacer, día a día y sin levantar la cabeza para mirar más allá. Y hasta había conseguido embarcarla en aquella ola casi cómoda en que se movía. Del trabajo a casa, de casa al trabajo. Qué hay de cenar y que descanses como único vocabulario necesario para sobrevivir.

Y si sobrevivir fuera la opción, ella casi estaría dispuesta a seguirlo y aceptar ese modo tan primitivo de hacerle frente a la realidad. Pero ella llevaba muerta varios meses. Ya no había tiempo para intentar sobrevivir.  Su cadáver yacía en algún punto de la A6 sentido A Coruña, entre la salida 119 y la 121. Y ya era hora de ir a recogerlo y ofrecerle una sepultura digna.

En varias ocasiones, había intentado convencer a Carlos de que algo tenían que hacer. Que las cosas no podían quedar así. Que no había olvido posible en todo el mundo como para borrar los recuerdos de aquella noche fría de enero. Pero Carlos solo sabía decir que seguir hurgando en lo ocurrido no haría más que terminar de destruirlos. Que lo que tenía que hacer era consultar a un sicólogo que la ayudara a transitar el duelo, que Dani estaba muerto, y que eso nada podría ya remediarlo. “Mu-er-to” lo decía así, casi con fruición. Como si pronunciarlo letra a letra le ayudara a digerirlo. María, en cambio, cuando tenía que mencionar la ausencia de su hijo hablaba de que se había ido o, en la mayoría de las ocasiones, de que se lo habían arrebatado.

Dani se había marchado y la muerta era ella. Cada noche al acostarse, percibía el frío de la madrugada en el aire. El rocío helado estacionándose sobre su cuerpo rígido. El ulular de algún ave nocturna, y el cimbreo de los automóviles pasando por la autovía regularmente. En dirección A Coruña, los más próximos. En dirección Madrid, aquellos cuyos neumáticos sonaban en los carriles más apartados. Si abría los ojos, veía el firmamento cargado de estrellas, justo antes de que empezaran a caer los primeros copos. Percibía cómo se posaban sobre sus dedos rígidos, sobre su nariz, sobre el pelo enredado en la maleza del arcén.

Por eso, cuando Carlos se metía en la cama y se acercaba a ella con una intención que cada vez se repetía con más frecuencia, ella estaba helada, recostada a cielo abierto, a muchos kilómetros de aquel piso que compartían en Madrid.  

Carlos había intentado convencerla de que la vida continuaba y de que con o sin hijo, seguían siendo una pareja. Ella no se había molestado en hacerle entender que una muerta no necesita arrumacos ni refugios del tipo de los que él buscaba y ofrecía. Al final, él se había cansado de procurar franquear una frontera demasiado alta e inamovible. No digas que no te lo advertí, había amenazado en alguna ocasión. María ni siquiera se había interesado por averiguar qué se escondía detrás de esas palabras.  No mucho tiempo después supo que su marido tenía una amante.

La mañana del día en que María desapareció, Carlos había quedado a comer con Cecilia. Quedar a comer significaba restaurante, charla y hotel. No necesariamente en ese orden. Desconectaba el teléfono, no porque María fuera a llamarlo, nunca lo hacía, sino para que no lo molestaran desde el trabajo. Entonces, se introducía en la burbuja Cecilia, en su mundo de aceites aromáticos, caricias sin medida, confesiones hilvanadas con sus pechos suaves apretados contra la espalda. Cecilia era refugio y contención. No le exigía hablar si no le apetecía. Se podía quedar horas acariciando su espalda sin esperar que él se girara y le dijera que la quería. Porque sabía que él no la quería de ese modo en que se quiere cuando se pronuncian esas palabras en la penumbra. Ella sabía que él la quería de otra manera. Y no esperaba palabras cariñosas, ni romanticismo al uso. Solo esperaba que de vez en cuando le apretara la mano con que acariciaba su pecho, y le preguntara que qué tal iban sus cosas. Con eso se conformaba. Y Carlos jamás había estado con alguien que se conformara con tan poco. A veces, eso lo hacía sentir un poco culpable. Pero le tranquilizaba pensar que jamás había prometido a Cecilia algo que no podía ofrecerle. Que siempre había sido claro con ella.

La mañana del día en que María desapareció, Cecilia revisó su bolso varias veces antes de salir de casa. Siempre lo hacía cuando planeaba encontrarse con Carlos. Maquillaje para aplicarse a último momento. Su perfume bueno. El aceite con aroma a sándalo (el preferido de Carlos), los pendientes que no se colocaba antes de salir porque no quería que su madre sospechara que esa reunión de trabajo que la traería tarde de regreso, no era real. Cada encuentro con Carlos aparejaba un ritual previo de cuidados inusuales. Depilación, gel con sales del mar muerto, esponja exfoliante, crema hidratante con cacao, mascarilla para el pelo y ropa interior especial. Sabía que él no lo notaba. O al menos jamás lo mencionaba. Pero alguna vez había dicho que le gustaba que tuviera la piel tan suave, y eso le bastaba para seguir concienzudamente todo el protocolo de cuidados. Sabía, él se lo había dicho, que Carlos no podía ofrecerle más que esos encuentros, demasiado esporádicos para su gusto, pero ella, sin poder evitarlo, se ilusionaba cada vez que él, boca abajo en la cama, le pedía sus masajes especiales.

La mañana del día en que desapareció, María echó a andar hasta Atocha sin esperar el autobús que podía acercarla. No le apetecía aguardar. Cualquier cosa que la detuviera, dejaba abierta la puerta a reflexionar y ya no quería hacerlo. La decisión estaba tomada. No había ya, nada que pensar. Presentó su carnet de conducir y su tarjeta de crédito en la agencia de alquiler de coches y pronto estuvo al volante de uno de gama económica. Sin coberturas extras ni caja automática. No las necesitaba. Puso en el navegador la dirección que su abogado le había proporcionado a regañadientes.

— María, sabes que no es buena idea que te pongas en contacto con esta persona…

— Tranquilo, Juan. No lo haré —mintió con una tranquilidad abrumadora. Ni ella misma se reconocía. Desde que estaba muerta, no medía las consecuencias de sus actos. No tenían ninguna importancia, porque no había vida que pudieran arruinar.

Centrada en las indicaciones de la monótona voz, pronto estuvo en la M40 a punto de coger la A6. Pensó en aquella madrugada en que habían hecho ese camino con el corazón en un puño, luego de la llamada que les había sacado para siempre del mundo relativamente ideal en el que vivían. María sabìa que aquel mundo no era ideal, tenía muchos agujeros tapados por alfombras lujosas, pero al lado de lo que quedó de él después de aquella noche, podía llevar con bastante dignidad el calificativo.

Dos horas y catorce minutos hasta llegar a la dirección del pueblo de Valladolid que había informado como destino. Dos horas y catorce minutos para empezar a voltear el mundo que estaba del revés desde que Dani… Desde que le habían arrebatado a Dani, se corrigió de inmediato.

Hasta el túnel de Guadarrama hizo un esfuerzo por centrarse en la conducción. En los límites de velocidad cambiantes. En mantenerse en el carril correcto y tener controlados los coches que iban delante, los que la seguían, con rápidos vistazos a los retrovisores, los que la sobrepasaban excediendo la velocidad recomendada en el tramo de concentración de accidentes.

Los accidentes se habían concentrado en su vida desde la noche en que recorrió los ciento y pico de kilómetros hasta aquel arcén oscuro en que decidió tumbarse mirando el cielo para siempre.

La mañana en que María desapareció, a las 10:45 estaba transitando por el túnel de Guadarrama. El tramo de penumbra entre el soleado día de Madrid y la neblinosa mañana de Segovia, fue su última oportunidad de abortar el plan. Dos o tres minutos durante los cuales el túnel no parecía tener salida, y luego, la luz, al final. Sabía que apenas unos kilómetros después había un cambio de sentido. Pero al pasar a su lado aceleró para alcanzar los 120 kilómetros por hora que le habilitaban el cartel.

Pagó el peaje sin enterarse de cuál era el importe.  La salida 119 estaba cerca. Sabía que transitar ese trecho iba a ser duro. Puso la radio a todo volumen e intentó no mirar hacia los lados. Tenía que llegar a Valladolid. Eso era lo más importante.

La mañana del día en que María desapareció, Luciano Guerra se despertó a las seis. Hacía meses que no lograba conciliar el sueño con fluidez. Despertar significaba volver a ser consciente de quién era y de lo que había hecho. Es cierto, no había sido su intención. Pero eso no alivianaba ni un gramo la culpa que lo aplastaba contra el suelo, obligándolo a arrastrar los pies y transitar por la casa como si estuviera cargando una gran roca sobre la espalda. Si hubiera una pastilla que le permitiera olvidar y borrar los últimos diez meses de su vida, sin duda la tomaría. Aunque tuviera los peores efectos secundarios. Aunque junto con eso olvidara quién había sido. Tampoco le servía de nada saberlo. Porque ya no era quien había sido. Y nunca volvería a serlo.

Podría no haber bebido, se recordó. Como si necesitara recordarlo. Como si no fuera un pensamiento que en todo momento revoloteaba a su alrededor. Se posaba sobre su nariz, sobre el dorso de la mano, sobre el hombro, otra vez sobre la nariz, y no había forma de espantarlo, ni de aplastarlo, ni de obligarlo a salir volando por la ventana.

Cuando el timbre de su puerta sonó, llevaba más de seis horas sentado en el sofá mirando la televisión apagada. No esperaba a nadie y el sonido lo sobresaltó. Recién entonces fue consciente de que tenía el mando en una mano y que no había dado al botón de encendido.

El día en que María desapareció, eran las 13:53 cuando Luciano Guerra se puso en pie y arrastrando sus zapatillas de paño transitó hasta la puerta. Su ojo derecho descubrió a una mujer bien vestida, cargando una mochila en la espalda y algo mucho más oscuro y denso en la mirada. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su abrigo largo y miraba decidida al frente. Antes de que Luciano decidiera qué haría con ella, ya estaba otra vez apretando el timbre con el índice. Articulando todo el peso de su cuerpo sobre él.

Luciano abrió la puerta. María lo miró a los ojos. No reparó en su aspecto descuidado, solo en su mirada.

—Soy María, la madre de Daniel ¿puedo entrar?

Luciano se hizo a un lado invitándola a pasar. Luego cerró la puerta y la precedió hasta el salón. Quitó los kleenex acumulados sobre la mesa y la invitó a sentarse en el sofá.

En el fondo siempre había sabido que este encuentro tarde o temprano se produciría. Si María no hubiera venido, él habría ido a buscarla. Por eso tampoco se sorprendió cuando María sacó de la mochila un arma y la colocó sobre la mesa baja, justo delante del sofá donde se habían sentado. Uno en cada punta, mirándose de frente.

El día en que María desapareció, eran más de las seis de la tarde cuando Carlos descubrió que tenía dieciocho llamadas perdidas de su amiga Isabel.  Acababa de dejar a Cecilia en su estación de metro y revisó automáticamente el teléfono antes de arrancar el coche para regresar a casa. La voz de Isabel al atenderlo fue suficiente como para saber que algo terrible, otra vez, sí, otra vez, se cernía sobre su vida. O tal vez, era el mismo algo terrible que llevaba diez meses persiguiéndolo.

Eran las seis y cuarto de la tarde del día en que María desapareció cuando Cecilia envió su acostumbrado Whatsapp post encuentros a Carlos. “Ya te echo de menos. Ha sido fantástico”. Un aspa, dos aspas. Sabía que Carlos no lo leería hasta días después y que no le contestaría, pero no podía evitar alargar el ritual unos minutos más mientras su metro atravesaba las entrañas de Madrid.  Luego, sacó del bolso una toallita desmaquilladora y se la pasó por el rostro, ignorando las miradas intrigadas de algunos compañeros de vagón. Tenía que quitar todo rastro que pudiera delatarla. Su madre no debía sospechar de sus escapadas. No estaba lista para dar explicaciones. Nunca lo estaría. Estaba tan controlada, tan sobreprotegida desde que ocurriera todo, que prefería mantener a su familia al margen de su vida real. Prefería que la siguieran viendo con compasión, la pobre niña que había perdido a su novio de toda la vida en un accidente de tráfico, la pobre niña que no conseguía recuperarse de su dolor, la pobre niña a la que había que tener bajo control para que no cometiera locuras. Carlos hubiera sido catalogado de locura sin duda. Carlos hubiera podido ponerla a las puertas de una clínica psiquiátrica en cuanto supieran quién era. Carlos y su perfume tibio y consolador. Carlos y esa forma tan profundamente  familiar que tenía de sonreír cuando algo le gustaba mucho. Carlos, que tenía en la espalda exactamente los mismos tres lunares que Dani. Hombro derecho, hombro izquierdo, nalga derecha. La constelación que una y otra vez unía con los dedos empapados de aceite con aroma a sándalo.

La tarde del día en que María desapareció, Luciano le ofreció un café, como si no hubiera un arma sobre la mesa baja, y ella le dijo que no necesitaba un café, que él sabía lo que necesitaba. Entonces Luciano se derrumbó. Habló y habló sin parar. De su infancia, de un padre estricto, del hermano que murió de meningitis, de sus sueños, de su boda soñada y de su divorcio de pesadilla. Se desnudó ante ella hasta llegar a la noche en que había cogido el coche después de beber dos whiskies y tres tequilas en un tugurio de Madrid. Solo. Después de deambular por Huertas tras una cita fallida con aquella mujer de una página de contactos.

Había bajado a Madrid para conocerla, pero ella lo había dejado plantado. O tal vez, lo había visto desde lejos y había decidido que no quería seguir adelante. Después de semanas volviéndolo loco por chat. Después de haberle hecho creer que enamorarse otra vez era posible.

Luciano habló de aquella  madrugada oscura en que cogió la A6. Solo recordaba la neblina. O tal vez la neblina fuera un agregado de su mente sobre los recuerdos. Porque los recuerdos eran apenas unos flashes. Imágenes sueltas. Recordaba haber atravesado el túnel. Siempre le inquietaba atravesar el túnel de Guadarrama. No se veía el final durante varios minutos y eso le provocaba angustia. Una angustia que nunca se aliviaba por completo al salir al exterior. Como tampoco cedía en ningún momento el peso que le apretaba las vísceras y se las revolvía desde aquella madrugada en la A6.

María quiso saber qué había pasado después. Cómo había sido capaz de dejar a su hijo tirado en un arcén, los neumáticos de su moto volcada girando inútilmente. Por qué no había estado a su lado dándole una mano antes de morir. Por qué había tenido que hacerlo solo, lejos de casa y sin que alguien intentara hacerle más llevadero el tránsito.

A Luciano, que nunca se le había ocurrido que morir podía ser más dulce si se hacía en compañía, comenzó a llorar aunque ya no tenía kleenex y se puso de rodillas ante María ofreciéndole el arma.

—Hazlo —le suplicó —sé que tú no me dejarás morir solo. Que me acompañarás hasta que me desprenda de tu mano.

María no sintió compasión, sino más rabia aún. Hubiera preferido que el hombre la desafiara, que la echara de casa, que cogiera la pistola y la amenazara con ella. Que la obligara a salir de su vida y dejara de darle explicaciones, que no activara esos mecanismos que hacían que empatizara con él. Que le permitiera verlo como el asesino de su hijo y no como un hombre destrozado, en pijama y con barba de días llorando a sus pies.

A las cinco menos diez de la tarde del día en que desapareció, María salió de una casa de pueblo en Valladolid y decidió no coger el coche de alquiler que había dejado aparcado en la puerta. Había llegado a un punto en su plan en que ya no podía dejar huellas. Era hora de levitar, de esfumarse, de hacer que quienes procuraran encontrarla, no lo consiguieran.

Caminó hasta la estación de autobuses y cogió uno que la llevara a la ciudad. En Valladolid iba a ser más sencillo diluir sus huellas, cortar el rastro de migajas que había ido dejando tras de sí, y rematar el plan.

El plan no había salido tal como esperaba. Apretó el arma que llevaba en el bolsillo de su abrigo largo pensando que también era necesario a veces saber improvisar. Pero que algunas cosas no hubieran funcionado tal como las había previsto, no quería decir que tuviera que cambiar el rumbo. Retomaba la senda, e iba a llegar al final tal como lo había planeado.

Lo de hacer autostop siempre le había parecido algo peligroso. Cuando estaba viva, claro. Ahora, que ya no había nada peligroso, combinó dos camiones y una furgoneta que la dejaron muy cerca del kilómetro 119. Procuró hablar con acento extranjero, sólo lo imprescindible y no se sacó las gafas de sol en ninguno de los trayectos, a pesar de que ya había empezado a anochecer.

Encontrar el sitio exacto era muy fácil. Su propio cadáver llevaba allí diez meses. Ubicó la curva, el lugar preciso donde las ruedas de la moto habían derrapado. El quitamiedos aún abollado, el declive en la superficie, el matorral donde la sangre derramada era una mancha oscura e indescifrable.

Guardó la linterna en la mochila, sacó la pistola y se recostó mirando el cielo. Esperando a que se hiciera noche cerrada.

La noche del día en que María desapareció, Carlos esperaba a ser atendido en comisaría junto a una llorosa Isabel. Tanto habían insistido en que era necesario encontrar a María antes de que cometiera cualquier locura, que habían decidido volver a tomarles declaración para ampliar la denuncia que habían asentado a las siete y cuarto de la tarde.

María había dejado el móvil en casa, las persianas bajas, la comida de los peces flotando en la pecera y una nota en que pedía que no la buscaran.

Isabel se había dado cuenta de que algo raro le pasaba cuando la noche anterior se había despedido de ella como si nunca más fueran a verse. Había pasado toda la mañana insistiendo en el teléfono hasta que había decidido hacerle una visita. Isabel tenía llaves de la casa. Se las habían dejado hacía tiempo por si alguna vez se quedaban fuera. Carlos ni lo recordaba. Pero aquella nota, con la prolija letra de María sobre la mesa de la cocina había activado todas las alarmas.

Isabel estrujaba la manga de su sudadera mientras intentaba no llorar. Tenía que apoyar a Carlos. Mientras, Carlos pensaba en Cecilia. En que tal vez María se había enterado de todo y que por eso…

La noche en que María desapareció, Cecilia no podía conciliar el sueño, como siempre le pasaba después de estar con Carlos. Por eso, cuando el teléfono sonó y vio su nombre en la pantalla sintió una repentina alegría. Efímera, como todo lo bueno que podía llegar a pasarle. Carlos lloraba, como había llorado Dani aquella noche de invierno en que le dijo que tenían que darse un tiempo. Como aquella noche de invierno en que lo vio coger la moto y acelerar antes de llegar a la avenida. Como aquella noche de invierno en que Dani, sin saber por qué, decidió coger la A6, queriendo escapar de todo, sin pensar hasta dónde quería llegar.

Fragilidades – Relato ganador del Concurso literario Ciudad de Arnedo 2020

Fragilidades – Relato ganador del Concurso literario Ciudad de Arnedo 2020

Mi madre no suele tener razón. A menudo pienso que quien la ha hecho una persona tan aprensiva ha sido mi abuela. De ella ha heredado ese temor permanente, ese predecir en todo momento las peores desgracias para mí o para mi hermano Juan.

De pequeños, bastaba con que nos dijera un simple “sigue haciendo el tonto y te caerás”, para que termináramos en cuestión de segundos, de bruces en el suelo.

Hacer el tonto podía ser andar por el bordillo un pie tras otro o subir las escaleras de dos en dos. Cualquier cosa que se saliera de ir de su mano caminando como niños adultos por la calle, era para ella hacer el tonto.

Recuerdo aquella tarde en que mi padre me trajo de regalo ese deseado juego de porcelana con que soñaba darles el té a mis muñecas. Aún antes de abrir el paquete, ella dijo: “Despacio, que se te va a romper”. Yo rasgué el papel ansiosa, y allí estaba. La caja de cartón tenía una tapa de papel celofán que me permitió ver el juego en todo su esplendor. Seis tacitas perfectas con sus asas para dedos de muñecas, sus seis platitos a juego con un dibujo de flores y arabescos, la azucarera con su diminuta tapa y por supuesto, la tetera. La pieza fundamental del juego. Con ese pico contorneado por donde ya veía yo salir el humo del té caliente y esa asa con forma de corazón en la que sí cabían mis dedos que apenas tenían cinco años y que jamás habían tocado semejante lujo de vajilla. Abrí la caja con reverencia, después de darle un abrazo agradecido a papá y él me sonrió como siempre lo hacía cuando mamá no estaba cerca. Pasé mis dedos nerviosos sobre la suave porcelana, y de inmediato sentí el impulso de coger la tetera. Allí mamá intercaló su segunda advertencia: “Deja que la coja yo, que tú eres tan torpe que la tirarás”, pero yo no quise. El juego era mío, tenía que cogerla yo.  Fue tenerla entre los dedos y que empezaran a temblar. Primero la tapa cayó en cámara lenta haciendo una elegante pirueta en el aire para hacerse añicos a mis pies. Para que a continuación, en la misma confusión del momento terminara bajando la mano que sostenía la tetera hasta hacerla golpear con el borde de la mesa. Ya no tenía una tetera, sino dos, tres…. Quince trocitos de porcelana que recogí con reverencia y lágrimas en los ojos. Mi madre espetó su típico “Te lo dije” y mi padre intentó atajar el inconsolable mar que me inundaba los ojos prometiéndome que la pegaríamos con mucha paciencia y que quedaría como nueva.

La pegamos con mucha paciencia, sí. Pero como nueva no quedó. Por orden de mi madre fue a parar a su caja de la que no se me permitía sacarla, como tampoco a ninguna de las delicadas tacitas con que yo soñaba montar una merienda inolvidable para mis muñecas.

Allí quedó la caja, en el estante más alto de la biblioteca. Solo se me permitía verla, que no tocarla, de vez en vez.

Cuando insistía mucho a mi madre para que me la bajara. Entonces lo hacía, sin confiarla a mis manos en ningún momento y levantaba la tapa para que yo me “sacara el gusto”, así lo decía. “Sácate el gusto y la vuelvo a poner en su lugar”. Entonces yo observaba por unos segundos las tazas, los platitos alineados y brillantes, la azucarera elegante y la tetera atravesada por un sinfín de cicatrices que solo me recordaban mi torpeza.

No me atrevía ni a acariciar la porcelana por temor a que bastara un roce de mis dedos para que toda esa belleza acabara desparramada a mis pies. Mamá decía: “bueno, no tengo todo el día para tonterías”, cerraba la caja, y la colocaba otra vez en el estante más alto, dando por terminada mi visita.

Era como si yo tuviera un régimen de visitas estipulado con mi vajilla de muñecas y no pudiera acercarme a ella por períodos mayores a unos minutos y siempre bajo vigilancia.

Un régimen como al que mi madre le impusieron para poder vernos cuando yo cumplí los catorce y Juan los dieciséis.

Para entonces, Juan pasaba de ella por completo y se negaba a asistir a esas absurdas entrevistas en el punto de encuentro, bajo la supervisión de un asistente. Yo iba, porque a pesar de todo, me daba un poco de pena mi madre. Y porque papá insistía en que teníamos que verla, que seguía siendo nuestra madre y que se merecía respeto. Cierto es que el punto de encuentro solo era un nombre, porque todo lo que allí se vivía eran desencuentros. Reproches cruzados (si Juan iba nunca se quedaba callado) o reproches unilaterales si yo iba sola y mi madre no hacía más que echarme en cara que no hiciera nada por terminar con tanta injusticia. Ella, que había dado la vida por nosotros, tenía que pedir ahora permiso para vernos. Como si fuera a hacernos daño. Ahora sé que aunque yo no era consciente entonces, la posibilidad de que nos hiciera más daño era muy grande. Y que las estadísticas nunca fallan.

Que mis padres se separaran era toda una novedad en aquella época. Pero que le dieran la custodia a mi padre, salía de los cánones por completo. Las madres de mis compañeras me miraban con pena y me preguntaban si me encontraba bien. “Pobre Amelia” las escuchaba murmurar a mi paso. Amelia es el nombre de mi madre, y era evidente que la consideraban la víctima de toda la situación.

No me sorprendía que les hubiese llenado la cabeza detallando la injusticia a que estaba siendo sometida sin contar la otra parte. Y la otra parte, aunque confusa, era para mí la más dolorosa.

No era algo que hablara con papá, lo veía tan agobiado que no me animaba a mencionarlo. Sí acaso de vez en cuando con Juan, que no dudaba en reprocharme mi estupidez si se me ocurría de algún modo justificarla.

Y es que Amelia, (así la llamaba él, nunca “mamá”), había horadado mi seguridad hasta hacerme dudar de lo que veían mis propios ojos.   Y lo que veían o habían visto, era lo suficientemente cruel como para querer borrarlo.

Juan no era delicado, ni diplomático, ni tenía el más mínimo tacto. Pero era sincero. Y estaba enfadado. Con razón, no lo niego. Pero yo no conseguía enfadarme así y él no lo entendía.

Cierto era que desde que me habían alejado de mi madre, mi salud había repuntado considerablemente. Y que de ser la niña frágil y cenicienta que había sido, pasé a ser una adolescente normal y saludable en unos pocos meses. El pelo, que había raleado en mi cabeza comenzó a crecerme brillante, mi piel escamada se puso tersa, y los músculos de mis piernas que habían llegado a hacer pensar a los médicos que mi destino era una silla de ruedas, estaban haciéndose cada vez más fuertes.

Cuando mi madre me veía entrar al punto de encuentro, sin mis muletas y caminando erguida y sonriente me miraba como diciendo “Mira lo que te han hecho” pero se lo callaba.

Al tiempo, cansada de sus constantes quejas, como Juan, dejé de ir a aquellos encuentros. Papá intentó hacernos cambiar de opinión y nos dijo que le traeríamos problemas, pero le rogamos que no nos obligara y finalmente accedió.

Han pasado cinco años desde entonces. Ahora Juan y yo somos mayores de edad y nadie puede obligarnos a verla.

De todo aquello, a mi madre le tocó la peor parte. Supimos por mis abuelos que la habían ingresado en un psiquiátrico. Cuando digo esto, Juan se enfada conmigo. La parte peor, dice, no es la de ella.

Papá nunca levantó cabeza ni supo deshacerse de la culpa con que terminó obligándose a cargar. Y nosotros, hemos sobrevivido, que no es poco.

Hoy, de regreso de mi última sesión con el psicólogo, que al fin me ha dado el alta, no puedo evitar encaramarme en una silla para coger la caja que lleva años olvidada en el estante superior de la biblioteca.

Una capa de tierra cubre la superficie de celofán haciendo invisible el contenido. Soplo con fuerza y el aire se llena de motas que van inundando la sala, flotando en el aire iluminado por el atardecer que se cuela por la ventana.

– ¿Qué haces niña? – dice mi padre desde su sillón sin imaginarse lo que me traigo entre manos.

Bajo de la silla de un salto, sin plantearme una posible caída, y apoyo sobre la mesa la caja llena de ayer.

Una a una voy sacando las tazas, los platos, la azucarera y con reverencia cojo entre mis manos la preciada tetera.

Todo es mucho más pequeño de lo que recordaba. Pero su tacto es mágico.

Mi padre se acerca curioso y su cara se ilumina cuando vislumbra mi tesoro sobre el mantel.

– Pero… ¿de dónde salió esto? – pregunta con la mirada llena de nostalgia.

Juan llega de la universidad  y lo convenzo de que se siente junto con papá a probar mi té. Allí esperan hasta que lavo cada pieza con esmero, lleno la pequeña azucarera con azúcar, y la tetera con agua caliente.

Cierto es que el agua empieza a escaparse por las grietas antes de conseguir rellenar las tres tazas, pero no nos importa.

Reímos sin poder parar y hablamos de cosas prohibidas, y  brindamos con tacitas de porcelana del tamaño de nuestros pulgares, que no tienen té, ni leche, ni azúcar, pero están llenas, y no se rompen a pesar que las entrechocamos una  con otra innumerables veces, y nos volvemos a decir, que después de todo, la tetera ha quedado como nueva.

Soy lo prohibido

Soy lo prohibido

Rechazó el ofrecimiento mediante un gesto desdeñoso de sus dedos, pero se quedó con la cerveza. María se encogió de hombros dibujando un “como prefieras” entre las escápulas fruncidas.

Esa fue toda la conversación que conseguí sacarles. Me quedé confuso, con los guiones de diálogo preparados y sin encontrar hueco donde colocarlos.

Ella giró para regresar a la cocina. Eso me obligaba a pensar rápidamente algo para hacerle hacer allí. Una cebolla, decidí. Pelar cebollas siempre es un buen recurso. Ella llorará. El lector no sabrá si debido al efecto irritante de la cebolla o a la indiferencia con que él ha descartado su ofrecimiento. Eso me dará tiempo a pensar.

Se suponía que debían tener una discusión. Un vuelco en la historia. Un intercambio memorable donde María le reprochara su enésima infidelidad y Alejandro se viera obligado a tomar una decisión:  ella o las otras.

Por eso, a pesar de que podía ser un poco denigrante para María, la había obligado a acercarse al sofá llevándole una lata de su cerveza preferida, para ofrecerle hablar. Quien tendría que haber movido la primera ficha, era Alejandro. Pero qué podía pretender de un tío que toda la vida no había mirado más allá de su propio ombligo, o de las faldas de cualquier mujer que no fuera la suya.

Yo lo había creado así, ahora no podía quejarme. Le eché un vistazo mientras ella pelaba la cebolla. Seguía tirado en el sofá. Pensé que se me había ido un poco la mano con los rasgos negativos. No tuve en cuenta que éstos con el tiempo se acentúan. Diez capítulos más y tendría un irredimible hijo de puta.

En cambio, María… Ella era tan dulce y comprensiva. Una mujer que había superado miles de problemas, y que merecía algo mejor que un mamarracho con nombre de rey. En silencio, llevaba páginas enamorado de ella.

Me acerqué a la cocina. María cortaba la cebolla. Era tan delicada con todo lo que hacía. Imaginé esas manos, que parecían bailar sobre la tabla de madera, acariciándome el pelo.

Contra todo pronóstico, ella no lloraba. Canturreaba una melodía que me sonaba mucho, aunque no podía recordar qué canción era.

Claro, cómo no te va a sonar si se la estás haciendo canturrear tú, me dije. Apoyé los guiones de diálogo sobre la mesa. Era evidente que no podría usarlos. Además, necesitaba mis brazos. Me acercaría a María y la invitaría a bailar. Era un bolero. Lo que estaba cantando era un bolero.

Puse mis manos sobre sus hombros. Ella siguió entonando “Soy ese beso que se da sin que se pueda comentar. Soy ese nombre que jamás fuera de aquí pronunciarás…”

Por más esfuerzos que hice, no conseguí que se girara hacia mí. Ella no percibía mi presencia. Me odié por haber elegido un narrador omnisciente y no uno protagonista o, aunque fuera, uno testigo.

Ella cogió la tabla y atravesándome la apoyó sobre mis guiones de diálogo. Luego, se fue desvistiendo despacio, dejando un reguero de ropa gris y desgastada hasta el baño. La escuché abrir la ducha mientras seguía cantando “Soy el pecado que te dio, nueva ilusión en el amor…”.

En el cuarto descubrí su maleta llena sobre la cama. No podía dejarla ir. Si lo hacía, escribiría su propia historia. Una historia ajena a mí. Corrí hasta la sala. Sacudí a Alejandro por los hombros. Él tampoco percibía mi presencia, y aunque la hubiera percibido, de nada hubiera servido. Estaba muerto, con la lata de cerveza entre las manos. Tarde lo comprendí todo.

Sentado en el sofá empecé a sollozar mi fracaso. Las ruedas de la maleta sobre la tarima me alertaron de que era hora de despedirme de María. La vi salir, radiante, con el pelo mojado y cerrar la puerta con firmeza.

Me asomé por la ventana hacia la calle que yo mismo había creado para verla fundirse en un abrazo con un desconocido. Un personaje que yo nunca había puesto allí.

Querido diario

Querido diario

Día 1 sin mamá

Mamá me ha dicho que escribiera este diario. Que eso me ayudará a pasar el tiempo mientras no podamos vernos, y de paso, luego podré contarle todo lo que me vaya pasando y que no llegaré a decirle en su llamada diaria.

Día 5 sin mamá

La abuela dice que no podemos hablar mucho rato con mamá. Que nos llama cuando llega a casa, muy cansada después de trabajar todo el día. Que tiene que dormir. Entonces tenemos que turnarnos ella, Eva, Lucas y yo. Solo me tocan dos o tres minutos. Todavía no me he animado a decirle cuanto la quiero.

Día 7 sin mamá

Hoy la gente ha empezado a aplaudir en los balcones a las ocho. La abuela nos ha dicho que aplauden a mamá y salimos los cuatro con los abrigos puestos y aplaudimos hasta que nos duelen los brazos. Lucas es el que se cansa primero y le pregunta a la abuela si está segura de que están aplaudiendo a mamá. “Sí, cariño”, dice la abuela. “A mamá y a todos los héroes que cuidan de los enfermos y luchan contra el virus”. “¿Mamá es como Superman?”, pregunta Eva. La abuela asiente. Yo sé que mamá no tiene capa ni nada. Le miente a Evita porque es pequeña y se lo traga todo.

Día 10 sin mamá

La abuela nos enseñó a hacer magdalenas, nos ha dicho que eran el dulce preferido de mamá cuando era pequeña. Hoy, cuando ha llamado, nos hemos peleado por ser el primero en contarle lo buenas que nos han salido. “Mmm qué rico” ha dicho mamá. Le prometimos que cuando podamos volver a casa con ella, haremos un millón de magdalenas.

Día 12 sin mamá

Hoy me ha animado a decirle que la quiero mucho. No sé, ya tengo ocho años, cada vez me gusta menos que me ande besuqueando todo el tiempo. Pero hoy me hubiera encantado que lo hiciera. Me prometió una guerra de cosquillas cuando regresemos a casa.

Seguimos saliendo al balcón a las ocho. Ya no llevamos abrigo, y es de día. Entonces es más fácil ver que al rato de empezar a aplaudir a la abuela se le caen las lágrimas. Es una pesada, pero a ella también la quiero.

Día 15 sin mamá

Nos pregunta siempre si estamos haciendo las tareas que nos pasan los profes. Evita es demasiado pequeña y no le dan tareas. Pero me preocupo de que Lucas y yo estemos al día.  Para poder decirle que sí, que lo estamos haciendo todo. Si le decimos eso, se nota que se tranquiliza. Dice que nos extraña, pero que ya falta menos. Que no hagamos regañar a la abuela. Y que se va a dormir, que mañana madruga mucho otra vez.

Día 18 sin mamá

Hoy la abuela ha estado hablando cinco minutos con mamá. Se ha encerrado en la cocina y no nos ha dejado escuchar. Solo nos dejó mandarle besos y abrazos todos juntos con el micrófono abierto. Dijo que mamá estaba muy cansada y que tendría que quedarse en casa unos días. “¿Podemos ir a verla, entonces?”, pregunté entusiasmada. “No, cariño, no podemos” dijo, y luego se enjugó con disimulo dos lágrimas como hace siempre después de los aplausos en el balcón.

Día 20 sin mamá

Ahora mamá nos llama desde casa. Le han dado unos días libres. Pero se ve que ha trabajado demasiado, porque está muy cansada. No deja de recomendarnos que hagamos las tareas, que nos portemos bien. Habla como si acabase de correr una carrera. Le pregunto si estaba haciendo gimnasia. Me dice que no. Que está un poco cansada, pero que se le pasará.

Día 21 sin mamá

Hoy mamá ha hablado un rato más largo con nosotros. Habla con todos a la vez, parece que eso la cansa menos que repetirnos lo mismo a uno por uno. Nos ha prometido que el año que viene, cuando yo cumpla los nueve, Lucas los once y Eva los cinco, nos iremos los cuatro a Euro Disney. Nos pusimos a saltar y gritar como locos. Y ella empezó a toser y toser. La abuela quitó el micrófono abierto y siguió hablando unos minutos con ella encerrada en la cocina.

Día 22 sin mamá

Antes de levantarnos, cuando la abuela todavía no había venido a llamarnos para desayunar, Lucas y yo estábamos despiertos. “Mamá se lo ha pillado”, me ha dicho. “¿Que mamá queeeé?”. “No seas tonta, nena, que tiene el coronavirus y se va a morir. ¿No ves que la abuela no quiere decirnos nada?”

Entonces entró la abuela y levantó la persiana. “A ver esos remolones… que tenemos pan recién tostado…”. “Abuela, ¿es cierto que mamá se ha contagiado” pregunté temerosa de que dijera que sí, o de que se enfadara por creer las tonterías que dice mi hermano. Ella se sentó en mi cama. Lucas se bajó de la litera y se sentó a su lado. “Sí, es cierto. Pero se pondrá bien”.

Día 25 sin mamá

Hoy mamá tampoco ha llamado. Lleva tres días sin hacerlo.

Día 28 sin mamá

Seguimos saliendo al balcón a las ocho para aplaudir a todos los que están cuidando de mamá en el hospital. Ahora aplaudimos todavía más fuerte que al principio. Luego nos cogemos las manos limpias y relimpias de tanto lavarlas y cantamos la canción esa que pone a todo volumen la del edificio de enfrente. Yo mucho no la entendía, pero cada vez la voy entendiendo mejor.

Día 30 sin mamá

Hoy mamá ha vuelto a llamar. La abuela tenía razón. Puede que no tenga capa, pero mamá es un superhéroe.

Hoy el balcón a las ocho ha aparecido lleno de primavera.

Tablas de salvación

Tablas de salvación

Es de los que no tienen buen pronóstico. Para saberlo basta con observar la dificultad con que respira a pesar de tener una máscara de oxígeno ayudándolo. Lo vi por primera vez ayer por la tarde, durante el segundo turno de limpieza. Entonces pensé que era de los que esperaban hueco en la UCI.

Pero hoy, al entrar en la habitación arrastrando mi carro repleto de armas letales y jabonosas, sigue allí.

Esta vez me mira, lo cual puede ser interpretado como un signo de mejoría o como un recurso desesperado. Muchos intentan asirse a un clavo ardiendo y nos ruegan a los simples limpiadores, que les demos algo. Algo que les quite la fiebre, o les calme los malestares, o les ayude a sentir que no se van a ahogar de un momento a otro. Entonces les muestras la fregona, las bayetas, y te encoges de hombros. Cuando además de mirarme, intenta dirigirme unas palabras inarticuladas, eso es lo que hago.

—No soy sanitario, amigo. Quédese tranquilo, ya pasarán a atenderlo.

El hombre niega con la cabeza, como si ese no fuera su problema e intenta hablar otra vez, mientras señala la puerta del armario donde se colocan los efectos personales de los enfermos.

Comprendo que me está pidiendo algo que tiene allí, y dudo. No debo acercarme a él, no sé si tengo permitido tocar sus cosas. Sigo repasando todas las superficies, esperando que ceje en el intento. Y parece haberlo hecho, cuando estando a punto de retirarme, se quita un momento la máscara y pronuncia dos esforzadas y claras palabras: “Gracias igual”.

Me siento culpable. El hombre no merece que lo trate así.

—Lo siento. Es todo muy raro. Me llamo Felipe.

—Yo, Germán —articula con dificultad en medio de una sonrisa semioculta tras la máscara.

—Hasta luego, Germán. Pasaré más tarde. Hoy doblo turno. Para entonces, tendrá usted más fuerzas, ya verá. Y me contará si hay algo en que pueda ayudarlo

La mirada del hombre se ilumina como si le hubiera prometido un milagro. Asiente y levanta el pulgar.

Cuando regreso a su habitación me espera semisentado en la cama. Cierto color empieza a difuminarse en sus mejillas pálidas y levanta la mano en un gesto de alegre saludo.

—Hola, Germán. ¿Ha visto que no le mentía? Aquí estoy —digo mientras empiezo a sacar mis artilugios del carrito.

—Gracias —pronuncia esta vez con voz más clara.

Le sonrío. Me sonríe. Así, a dos metros de distancia uno del otro, y con las bocas tapadas, nos sonreímos. Su sonrisa se le trepa a los ojos. Llevaba años sin sentirme tan cerca de otro ser humano a pesar de las cinco baldosas que separan los pies de su cama de los míos, repentinamente inmóviles junto a mi carrito.

—Mi perro —dice con esfuerzo.

—¿Su perro está solo? ¿Vive usted solo?

Asiente. Entonces comprendo cuál es su preocupación. Lleva dos días ingresado.

Me mira expectante.

—No sé si podré ayudarlo… —empiezo a decirle. Estoy haciendo doble turno, apenas tengo tiempo de ir a casa a dormir una pocas e inquietas horas para volver a trabajar.

Pero lo que veo en su mirada, me hace cambiar de opinión. En su mirada veo que ese hombre está luchando por salir adelante porque un perro lo espera en casa.

Yo no sé de medicina, ni de cosas complicadas, pero sí sé de desesperación, y de tablas de salvación. Porque he flotado en aguas turbulentas cogido a un madero astillado. Un madero frágil y pequeño, pero capaz de salvarme la vida. Su madero es ese perro.

—Dígame, ¿cómo se llama su perro?

—Brandy. Era de mi mujer…

—¿Qué le pasó a su mujer? —pregunto sin estar seguro de querer saberlo.

Los ojos se le llenan de lágrimas.

—¿Qué tan grande es Brandy? —pregunto de inmediato, solo para cambiar de tema.

Extiende con esfuerzo los brazos.

—Es dócil… —explica.

—Mire, German. Yo lo ayudaré. Le prometo que lo ayudaré. Antes de terminar mi turno volveré por aquí. Ahora descanse.

Así fue como empezó todo. Brandy resultó ser un chucho listo y obediente. La primera vez que me colé en su casa, ladró hasta desgañitarse. Pero cuando vio que le reponía el agua del bebedero y le traía pienso, comenzó a mover la cola sin parar. Y así siguió recibiéndome día tras día. Limpié el piso con esmero y cada día antes de ir al hospital y de regreso, paso a alimentarlo y sacarlo a la calle.

En nuestros paseos le hablo de Germán, de lo mucho que está progresando, y de que pronto regresará. Y también le hablo de la soledad. De cómo la soledad puede hacerse soportable cuando se tiene un Brandy a quien querer. El perro pensará que le estoy hablando de su dueño. Pero no, le estoy hablando de mí mismo. De la soledad de estar en un país que no es el mío, lejos de la familia, los lugares, los olores que han habitado mi vida hasta hace apenas un año.

Hoy, después de dos semanas, llega el esperado momento. Germán es dado de alta. Sanitarios, celadores y limpiadores, lo aplaudimos mientras transita el pasillo con paso más seguro de lo esperable.

Se detiene junto a mí y me sonríe con los ojos, y con la boca oculta tras su mascarilla.

—No sé cómo te podré agradecer —dice emocionado.

—Ni yo. Usted me ha dado un motivo por el que sentirme orgulloso de mí mismo.

No podemos abrazarnos. Ya lo haremos más adelante. Porque cada día al ir y venir al hospital, seguiré pasando por su casa. Para sacar a Brandy, para sonreírnos a través de las mascarillas. Y para recordarme que los maderos a los cuales podemos aferrarnos tienen a veces las formas más insólitas.

Antesala – Primer premio en el XVIII Certamen Ciudad de Bailén

Antesala – Primer premio en el XVIII Certamen Ciudad de Bailén

—Después del triaje, no hay nada —murmura a su acompañante el hombre de abrigo sobre pijama de rombos.

—Tranquilo, papá. Ya nos llamarán —responde la mujer sin darle importancia a las palabras del hombre.

Después de cuatro horas de espera, su reflexión me parece casi el resumen de una postura ante la vida. Sin embargo, la hija sigue inmersa en la pantalla de su teléfono sin prestarle atención.

Yo creo que el hombre está más pálido que cuando llegó, si eso fuera posible.  En contraposición con su vecino,  cuyo rostro tiene un aspecto cada vez más colorado, como si se hubiera masticado una guindilla y no quisiera escupirla por educación.   A él también lo acompaña una mujer, que ya se ha levantado en tres ocasiones para reclamar, sin éxito, atención ante la ventanilla. Es una mujer ocupada. Todos en la sala nos hemos enterado. No puede perder el tiempo. Y exige una solución inmediata.

Si la solución estuviera en manos de la joven que está del otro lado de la ventanilla, nunca llegaría, he creído entrever en su expresión de hartazgo y en el silencio con el que ha respondido cada uno de los arranques de la acompañante del hombre rojo.

Cada vez que se oye una campanilla y aparece un número en la pantalla mustia que cuelga sobre nuestras cabezas, todos la miramos al unísono. Esperando ser los agraciados en un sorteo en el que nuestros números no parecen participar.

Tal vez haya una sala de espera paralela en una entrada de Urgencias paralela a la nuestra, y es allí donde pronuncian la clave de número y letras que tenemos escrita sobre nuestros papeles ajados. Y es allí donde nos vamos poniendo de pie, vamos empujando sillas de ruedas, empuñando bastones, o cojeando para hacer nuestra tan esperada entrada en la consulta que nos hayan asignado.

Porque lo cierto es que desde que yo estoy aquí, en nuestra sala de espera, de nuestra entrada de Urgencias, no se ha movido (a excepción de para intentar hacer sitio a los recién llegados) ni uno solo de los presentes.

Paso revista al elenco creciente de afectados y acompañantes que me rodea. Además de pijama de rombos y rostro colorado, nos acompaña una jungla considerablemente variada.

Está la mujer con el brazo derecho en cabestrillo, el hombre que no se anima a salir a fumar por si lo llaman justo en ese momento, la anciana que tararea un interminable pasodoble (estos tres sin acompañante identificable), y por otro lado, la chica pálida que llora en silencio mientras su madre le acaricia la cabeza, el jovencito de rostro virueloso que se niega a beber el agua ofrecida periódicamente por su acompañante, porque exige uno de los refrescos agotados en la máquina, y la mujer de esparadrapo cambiante sobre el párpado derecho acompañada por el joven lívido que parece estar viendo sangre por primera vez.

De vez en cuando, una camilla entra por la puerta lateral, y dos o tres asistentes uniformados salen de detrás de la ansiada puerta de cristal opaco para arremolinarse a su alrededor con tal presteza que dispara chasquidos de lengua mal disimulados por parte de mis compañeros.

—Aquí, si no llegas en ambulancia, no eres nadie —sentencia un hombre de barba que ha entrado hace no más de una hora. Por lo que su comentario no es bien recibido por los más antiguos. Como si se hubiera tomado una prerrogativa, la de protestar, que aún no se había ganado.

Todo es cuestión de antigüedad, me digo. Cuanto más tiempo llevas aquí, más respetable es tu opinión. Considerando que cuando yo llegué, solo estaban en la sala el hombre rojo y la mujer del brazo en cabestrillo, pienso que estoy casi en la cúpula de la organización y que por ello tengo derecho a indagar acerca de los males que aquejan a dos nuevos recién llegados.

Pregunto, de paso, si les han comunicado tiempo aproximado de espera, porque ese tipo de información fresca nos está vedada a quienes representamos una amenaza de rebelión si osamos acercarnos a la ventanilla.

No han querido decirles, aseguran. Pero desconfío. Es posible que les hayan pedido que no difundan ese tipo de información.

La acompañante del hombre rojo, la mujer de las prisas, se ha erigido en secretaria de actas y recoge en una lista, la hora en la que ha llegado cada uno, si ya han pasado por triaje o no, y evalúa con un criterio no muy ortodoxo, la gravedad de las dolencias.

—Esto es denunciable —asegura en un corrillo en que nos hemos apartado los líderes de la reciente organización: ella, la mujer del brazo en cabestrillo y yo mismo.

Acordamos sistematizar el método de recopilación de la información y generar unas mínimas estadísticas antes de llamar a los medios.

Con las primeras decisiones importantes tomadas, reunimos al resto para comunicarles cómo procederemos.

Cualquier cosa que acelere la atención es bien recibida por quienes solo buscan alivio (físico o moral) antes de regresar a casa (con suerte) o tener que resignarse al ingreso en el hospital (una alternativa que nunca deja de ser como un fantasma para quienes esperamos en una sala de Urgencias).

Por ello, la mayoría de reacciones son de apoyo mientras que la mayoría menos uno son de indiferencia. En el bando de los indiferentes, el chaval virueloso y la anciana del pasodoble, que no se inmutan ni cuando la mujer del brazo en cabestrillo lo levanta en alto, como si fuera un puño revolucionario.

 Desde entonces, los días han empezado a transcurrir insaciables, obligándonos a agregar una columna con la fecha de ingreso a la izquierda de la columna de hora de entrada de nuestra planilla de recepción.

Yo me encargo de encuestar a los recién llegados; la mujer de las prisas, los apunta en su planilla, y dos representantes de la organización (puestos rotativos) se ocupan de ponerlos al corriente de nuestros principios y objetivos.

Lo de hablar con la prensa ha quedado en suspenso, cuando durante la tercera mañana, se han apersonado en la puerta de entrada, respondiendo a nuestras llamadas, dos reporteros de la radio local, y el personal de seguridad no los ha dejado entrar aduciendo razones médicas.

— ¿Cómo que razones médicas? —ha explotado el hombre del pijama de rombos.

—Tranquilo, papá —ha pronunciado una vez más su compañera en una cadencia repetitiva que a algunos de los presentes, empieza a repugnarnos.

Y así las cosas, nos ha pasado casi desapercibido el hecho de que llevamos más de veinticuatro horas  sin escuchar la altisonante campanilla que indicaba los números de los agraciados que serían atendidos. A la última decena de llegados, no se los ha atendido ni siquiera en triaje, lo que apunta a un innegable deterioro de nuestras condiciones.

A la reunión establecida para cada mañana a las ocho, en la que tratamos temas como logística de los sitios, ventilación, necesidad de garantizar el aprovisionamiento de las máquinas expendedoras; agregamos una reunión de cierre de jornada en la que debatimos las cuestiones más candentes: ¿estamos en nuestro derecho de impedir que entren nuevos pacientes en nuestra sala? ¿qué pasa con los cuadros de pronunciada desmejora que empiezan a presentar los pacientes más vulnerables y débiles, e incluso algunos de sus acompañantes? ¿sería una solución enviar un grupo expedicionario al exterior a riesgo de que quienes lo integraran perdieran su turno si fueran llamados?

En nuestra primera asamblea votamos a mano alzada y por mayoría hemos decidido presentar un escrito en la ventanilla con un claro ultimátum. Si en veinticuatro horas no empezamos a ser atendidos, forzaremos la puerta corrediza semitransparente que nos separa de los boxes y secuestraremos al primer médico que encontremos del otro lado.

Todos firmamos el documento que la mujer de las prisas ha escrito en los márgenes de un periódico gratuito de la semana pasada. Todos, menos la anciana del pasodoble que lleva casi dos días sumida en un sopor del que solo sale para tararear unos segundos su melodía antes de hundir el mentón en el pecho otra vez.

Hemos intentado la estrategia de congraciarnos con el trabajador que llega arrastrando sobre un carro las cajas repletas de vituallas con las que repone los faltantes de la máquina.

Las monedas han empezado a escasear, por lo que hemos solicitado al empleado cambiar varios billetes del fondo común que hemos montado por las monedas que acaba de extraer de la alcancía de la expendedora de café.

Cuando el empleado ha intentado obtener ventaja aduciendo que si necesitamos monedas, tendremos que pagar por ellas, nos hemos puesto en pie de guerra. Al final, después de muchas negociaciones, hemos tenido que aceptar que nos diera un noventa por ciento del valor de los billetes que le ofrecimos en monedas de distintos valores. De lo contrario, se hubiera llevado su recaudación, y aunque dejase las máquinas bien cargadas, nunca hubiéramos podido acceder a las imprescindibles provisiones.

Hemos negociado también que en la próxima reposición varíe el sabor de los sándwiches y agregue algún producto de picoteo liviano, sin grasas saturadas, porque es evidente que tenemos que cuidar nuestra salud.  

Las condiciones están empezando a mermar nuestras fuerzas y hemos tenido que habilitar una zona en el rincón más alejado de la entrada de ambulancias para que los más débiles puedan descansar. Sobre el suelo hemos desplegado abrigos y sobre ellos varios juegos de sábanas que la mujer del brazo en cabestrillo ha conseguido en un descuido de dos camilleros que traían un herido de bala.

Las cosas se van organizando a pesar del caos al que debemos enfrentarnos cada vez que llegan nuevos pacientes a la sala. El protocolo está claro: cuestionario, registro, formación intensiva y pautas de comportamiento. Lo que no está tan claro es dónde podremos seguir poniendo gente.

A pesar de que algunos tenemos asiento propio ya que nos han facilitado sillas de ruedas al ingresar, el problema más acuciante ahora mismo, además de mantener la higiene, es que todos tengamos dónde sentarnos.

Como durante el día, nunca estamos todos sentados, no se nota la cada vez más acuciante escasez de sillas o sillones, y es por las noches cuando el problema salta a la vista.

La noche pasada he podido comprobar que una vez que todos ocupamos nuestros puestos, solo quedaban libres tres sitios. Por lo que en la asamblea de la mañana, he planteado la necesidad de tomar una decisión con respecto a las nuevas incorporaciones.

— ¿Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que saturen nuestra sala? —he arengado a los compañeros.

Ya no soy capaz de recordar los nombres de todos los presentes  ya que la fluidez con que llegan día tras día, en comparación con el ritmo nulo con que nos abandonan, me impiden identificar sus problemas, sus necesidades, sus sueños, porque en muchos casos son para mí solo un número.

En segunda votación, y por mayoría simple, se ha acordado no dejar pasar a nuevos pacientes, y se ha dejado en suspenso la medida propuesta por la mujer de las prisas: impedir también el paso de camillas aunque se traten de traslados con situaciones de vida o muerte.

El día ha transcurrido de conflicto en conflicto, porque los nuevos pacientes son ciertamente reacios a abandonar el hospital sin ser atendidos. Y en varias oportunidades, el personal de seguridad  de la entrada se ha visto obligado a deshacer riñas que habían llegado a las manos.

Por la noche, compruebo que seguimos teniendo tres sitios libres y eso me alivia en parte.

Es de madrugada cuando la mujer del brazo en cabestrillo me despierta. Tiene un dedo sobre los labios y me indica que la siga.

—La del pasodoble —pronuncia con tono dramático mientras hace un gesto rápido hacia nuestra área de atención intensiva.

No hace falta que diga nada más. Lo que tenemos que pensar es qué haremos con el cuerpo. Nos sentimos responsables de procurar mantener animada a la población de la sala, y sabemos que la vista constante de un cadáver no contribuirá a que se mantengan ciertas pautas de convivencia sin caer en la desesperación, cosa que no nos podemos permitir.

Los presentes, integrantes de la cúpula de la organización, decidimos, sin demasiado acierto, que lo menos traumático será intentar deshacernos del cuerpo colocándolo sobre alguna camilla de entrada, aunque esta se halle ocupada, como es el caso de todas ellas.

Y así lo hacemos cuando se produce el primer ingreso de ambulancia del día.

El revuelo que provoca nuestra actuación alcanza dimensiones insospechadas. Tras el lógico susto que se ha llevado el auténtico ocupante de la camilla, se monta un griterío, idas y venidas desde el otro lado de la mampara,  manos a la cabeza, miradas de reproche hacia nuestro grupo y comentarios despreciativos respecto al ínfimo nivel de solidaridad que tenemos los ocupantes de la sala de espera.

La mujer de las prisas no ha dejado ni un solo insulto sin usar a la hora de dar respuesta a tan injustas acusaciones. Y la mujer del brazo en cabestrillo, no ha parado hasta conseguir que se llevaran a la anciana del pasodoble fuera de nuestra sala.

Después de una mañana entera de rifirrafes, la paz ha retornado. Las ambulancias siguen llegando con normalidad, y los pacientes seguimos esperando aunque no sepamos muy bien qué.

Esta actividad frenética no ha impedido que a primera hora presentáramos nuestro ultimátum en la ventanilla y exigiéramos que nos sellaran una copia para quedarnos con un comprobante de su entrega.

 Después del habitual reparto de sándwiches  y cafés de las catorce horas, una especie de sopor se ha instalado entre los presentes.

Desde mi silla de ruedas, se me ha dado por intentar recordar sin éxito dónde he puesto el papel en que se indicaba mi código de turno. Pero lo que más me preocupa no es el contenido del papel. Después de todo, recuerdo perfectamente la combinación de letras y números que llevaba. Lo que más me preocupa es que ya no tendré forma de probar que soy el paciente SCG4509 si me llamaran. Eso, si algún día vuelven a llamarnos, me digo antes de quedarme dormido.

En la sala de espera, el sueño es como un balón que va pasando de mano en mano, sin que nadie se lo quede para siempre, ni mucha gente pueda tenerlo a la vez. Sin embargo, en esta tarde, que si funciona nuestro ultimátum, puede ser la última de espera, todos parecemos necesitar descansar.

A la hora de la cena, algunos, aún adormilados, recorremos los pasillos intentando no pisar pies ajenos y repartiendo las viandas correspondientes.

Todos me preguntan qué creo que pasará mañana. Y a todos les contesto con una sonrisa y una palabra de aliento. Mañana terminará nuestra pesadilla. Estoy seguro.

Nuestras reivindicaciones serán escuchadas y no será necesario usar la fuerza ni secuestrar a nadie. Pero esto no deja de ser una expresión de deseo, porque a la mañana siguiente nos encontramos con que los trabajadores de detrás de las ventanillas ya no están en sus puestos. El último turno ha abandonado el lugar sin ser reemplazado por uno nuevo.

La gente que siempre ha venido sobre las seis a limpiar los baños, tampoco se presenta. Ni el hombre de las máquinas expendedoras.

En nuestras filas, la inquietud se hace patente. Los que pueden hacerlo, caminan de aquí para allá, tropezándose entre ellos, y los que no podemos andar, no estamos menos nerviosos.

Asamblea extraordinaria de emergencia y a las diez de la mañana, vencido el plazo de nuestro ultimátum, se decide actuar.

Se designa un grupo de avanzadilla que provisto de muletas, palos con ruedas de los que se usan para colgar el suero, y dos sillas, se acercan a la mampara acristalada con intención de romperla. Pero regresan al punto, habiendo fracasado absolutamente en tal propósito. Es cristal blindado, dicen algunos. Es la prueba de que estamos abandonados a nuestra suerte, aseveran otros.

La ausencia de ambulancias (la última que recordamos ha llegado ayer a última hora de la tarde) no hace más que confirmarnos que estamos metidos en un callejón sin salida.

Los que llevan menos tiempo con nosotros, son, curiosamente, los primeros en decir que es hora de abandonar la espera. Que es evidente que nadie va a atendernos. Los más antiguos intentamos hacerles razonar. ¿Y si después de tanto tiempo de espera se van y es en ese momento cuando les llaman para entrar a una consulta?

—Vosotros estáis pirados. Ahí os quedáis —asevera el benjamín del grupo, un joven de cabello enmarañado que ha permanecido doblado sobre su estómago desde que ha llegado.

Empieza a caminar hacia la salida. Está a diez pasos de abandonarlo todo. Los más antiguos lo miramos entre preocupados y envidiosos. Ninguno de nosotros tiene tantos arrestos.

A punto de cruzar la puerta, cuando el sensor lo detecta y las hojas de cristal se desplazan para darle acceso al exterior, se gira. Juraría que las lágrimas nublan sus ojos. Levanta la mano en gesto de despedida. Dos, tres pasos. El sol se adivina en el exterior. Una corriente de aire renovado se cuela en la sala. Cabello enmarañado avanza decidido. Por un momento pienso que las puertas corredizas lo atraparán a su paso y no lo dejarán salir. Pero me equivoco. El chico sale y sin girarse desaparece de nuestro ángulo de visión. En ese mismo momento, la campanilla indicando el siguiente turno nos sobresalta rompiendo el silencio conmovido con que éramos testigos de la escena.

Todos buscamos instintivamente nuestros papeles para acreditar que el número llamado no es el nuestro.

La mujer en cabestrillo hace las comprobaciones pertinentes, aunque todo intuimos cuál será su conclusión una vez que revise su lista de pacientes. El turno que acaban de llamar indicando que debe pasar a la consulta 10, es el del chico del pelo enmarañado y el estómago dolorido.

Algunos se acercan a la puerta cuidándose de no traspasarla y gritan llamándolo. Pero es inútil. El joven se ha ido.

La sucesión de campanillas sonando hace imposible pensar. Y es que, como si hubieran estado atascadas y con la del desertor se hubieran liberado, no paran de sonar, obligándonos a estar todo el rato atentos a los números que se suceden en pantalla. Aunque ninguno ha correspondido por ahora a alguno de los presentes.

Dividimos tareas. Mientras unos chequean números contra la planilla para no dejar pasar alguno válido, otros nos reunimos para idear una estrategia común.

Las discusiones se suceden sin desencallar la situación. ¿Deberíamos salir para “engañar” a la máquina derivadora de pacientes y forzarla así a llamar a nuestro número? Luego sería cuestión de volver a entrar enseguida y dirigirse a la consulta que correspondiera. Los más expertos opinamos que no será tan sencillo engañar a la máquina y que si hiciéramos eso, el sistema nos obligaría a volver a pasar por la ventanilla para gestionar otro turno. Y como nosotros mismos hemos cerrado el acceso a nuevos pacientes, y tampoco hay ya personal en las ventanillas para recibirnos…

Las campanillas no dejan de sonar y resultan desquiciantes. Por sobre las cabezas de mis compañeros estrategas observo el sol reflejándose en el cristal de la puerta de entrada, cuyas hojas permanecen cerradas.

Una fuerza desconocida se apodera de mí, y ante las miradas asombradas de los presentes, me pongo en pie. Nunca me han visto andar y un murmullo contenido se dispersa como una ola por toda la sala.

Yo he llegado andando, me digo para darme fuerzas. Es más, ni siquiera recuerdo por qué me han ofrecido la silla de ruedas en la que permanezco desde aquel remoto día en que crucé la puerta de acceso e hice pacientemente la cola ante la ventanilla.

Doy unos primeros pasos titubeantes. El silencio que se ha instalado entre mis compañeros solo se ve interrumpido por el sonar intermitente de la campanilla. Han dejado de chequear los turnos que son llamados contra la planilla. Todas las miradas están clavadas en mí.

Avanzo adquiriendo seguridad a medida que me voy acercando a la zona de salida. Un paso más y el sensor me detecta. Las puertas se abren a un ritmo sospechosamente parsimonioso. O al menos a mí me lo parece. Como si estuviera viviendo la escena a cámara lenta. El aire del exterior me da en la cara. El murmullo del tráfico fuera del hospital es como una música que me llama.

Decidido, abro los brazos y atravieso la línea que me ha estado separando de la vida.

Como un atleta que ha llegado a su meta después de un gran esfuerzo, hinco las rodillas en el asfalto de la carretera de acceso a Urgencias y beso el suelo.

Un cerrado aplauso se dispara a mis espaldas. Llego a escucharlo antes de que las puertas vuelvan a cerrarse tras de mí y una voz grave justo encima de mi cabeza pronuncie: “lo tenemos, ha vuelto”.

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