Antesala – Primer premio en el XVIII Certamen Ciudad de Bailén

Antesala – Primer premio en el XVIII Certamen Ciudad de Bailén

—Después del triaje, no hay nada —murmura a su acompañante el hombre de abrigo sobre pijama de rombos.

—Tranquilo, papá. Ya nos llamarán —responde la mujer sin darle importancia a las palabras del hombre.

Después de cuatro horas de espera, su reflexión me parece casi el resumen de una postura ante la vida. Sin embargo, la hija sigue inmersa en la pantalla de su teléfono sin prestarle atención.

Yo creo que el hombre está más pálido que cuando llegó, si eso fuera posible.  En contraposición con su vecino,  cuyo rostro tiene un aspecto cada vez más colorado, como si se hubiera masticado una guindilla y no quisiera escupirla por educación.   A él también lo acompaña una mujer, que ya se ha levantado en tres ocasiones para reclamar, sin éxito, atención ante la ventanilla. Es una mujer ocupada. Todos en la sala nos hemos enterado. No puede perder el tiempo. Y exige una solución inmediata.

Si la solución estuviera en manos de la joven que está del otro lado de la ventanilla, nunca llegaría, he creído entrever en su expresión de hartazgo y en el silencio con el que ha respondido cada uno de los arranques de la acompañante del hombre rojo.

Cada vez que se oye una campanilla y aparece un número en la pantalla mustia que cuelga sobre nuestras cabezas, todos la miramos al unísono. Esperando ser los agraciados en un sorteo en el que nuestros números no parecen participar.

Tal vez haya una sala de espera paralela en una entrada de Urgencias paralela a la nuestra, y es allí donde pronuncian la clave de número y letras que tenemos escrita sobre nuestros papeles ajados. Y es allí donde nos vamos poniendo de pie, vamos empujando sillas de ruedas, empuñando bastones, o cojeando para hacer nuestra tan esperada entrada en la consulta que nos hayan asignado.

Porque lo cierto es que desde que yo estoy aquí, en nuestra sala de espera, de nuestra entrada de Urgencias, no se ha movido (a excepción de para intentar hacer sitio a los recién llegados) ni uno solo de los presentes.

Paso revista al elenco creciente de afectados y acompañantes que me rodea. Además de pijama de rombos y rostro colorado, nos acompaña una jungla considerablemente variada.

Está la mujer con el brazo derecho en cabestrillo, el hombre que no se anima a salir a fumar por si lo llaman justo en ese momento, la anciana que tararea un interminable pasodoble (estos tres sin acompañante identificable), y por otro lado, la chica pálida que llora en silencio mientras su madre le acaricia la cabeza, el jovencito de rostro virueloso que se niega a beber el agua ofrecida periódicamente por su acompañante, porque exige uno de los refrescos agotados en la máquina, y la mujer de esparadrapo cambiante sobre el párpado derecho acompañada por el joven lívido que parece estar viendo sangre por primera vez.

De vez en cuando, una camilla entra por la puerta lateral, y dos o tres asistentes uniformados salen de detrás de la ansiada puerta de cristal opaco para arremolinarse a su alrededor con tal presteza que dispara chasquidos de lengua mal disimulados por parte de mis compañeros.

—Aquí, si no llegas en ambulancia, no eres nadie —sentencia un hombre de barba que ha entrado hace no más de una hora. Por lo que su comentario no es bien recibido por los más antiguos. Como si se hubiera tomado una prerrogativa, la de protestar, que aún no se había ganado.

Todo es cuestión de antigüedad, me digo. Cuanto más tiempo llevas aquí, más respetable es tu opinión. Considerando que cuando yo llegué, solo estaban en la sala el hombre rojo y la mujer del brazo en cabestrillo, pienso que estoy casi en la cúpula de la organización y que por ello tengo derecho a indagar acerca de los males que aquejan a dos nuevos recién llegados.

Pregunto, de paso, si les han comunicado tiempo aproximado de espera, porque ese tipo de información fresca nos está vedada a quienes representamos una amenaza de rebelión si osamos acercarnos a la ventanilla.

No han querido decirles, aseguran. Pero desconfío. Es posible que les hayan pedido que no difundan ese tipo de información.

La acompañante del hombre rojo, la mujer de las prisas, se ha erigido en secretaria de actas y recoge en una lista, la hora en la que ha llegado cada uno, si ya han pasado por triaje o no, y evalúa con un criterio no muy ortodoxo, la gravedad de las dolencias.

—Esto es denunciable —asegura en un corrillo en que nos hemos apartado los líderes de la reciente organización: ella, la mujer del brazo en cabestrillo y yo mismo.

Acordamos sistematizar el método de recopilación de la información y generar unas mínimas estadísticas antes de llamar a los medios.

Con las primeras decisiones importantes tomadas, reunimos al resto para comunicarles cómo procederemos.

Cualquier cosa que acelere la atención es bien recibida por quienes solo buscan alivio (físico o moral) antes de regresar a casa (con suerte) o tener que resignarse al ingreso en el hospital (una alternativa que nunca deja de ser como un fantasma para quienes esperamos en una sala de Urgencias).

Por ello, la mayoría de reacciones son de apoyo mientras que la mayoría menos uno son de indiferencia. En el bando de los indiferentes, el chaval virueloso y la anciana del pasodoble, que no se inmutan ni cuando la mujer del brazo en cabestrillo lo levanta en alto, como si fuera un puño revolucionario.

 Desde entonces, los días han empezado a transcurrir insaciables, obligándonos a agregar una columna con la fecha de ingreso a la izquierda de la columna de hora de entrada de nuestra planilla de recepción.

Yo me encargo de encuestar a los recién llegados; la mujer de las prisas, los apunta en su planilla, y dos representantes de la organización (puestos rotativos) se ocupan de ponerlos al corriente de nuestros principios y objetivos.

Lo de hablar con la prensa ha quedado en suspenso, cuando durante la tercera mañana, se han apersonado en la puerta de entrada, respondiendo a nuestras llamadas, dos reporteros de la radio local, y el personal de seguridad no los ha dejado entrar aduciendo razones médicas.

— ¿Cómo que razones médicas? —ha explotado el hombre del pijama de rombos.

—Tranquilo, papá —ha pronunciado una vez más su compañera en una cadencia repetitiva que a algunos de los presentes, empieza a repugnarnos.

Y así las cosas, nos ha pasado casi desapercibido el hecho de que llevamos más de veinticuatro horas  sin escuchar la altisonante campanilla que indicaba los números de los agraciados que serían atendidos. A la última decena de llegados, no se los ha atendido ni siquiera en triaje, lo que apunta a un innegable deterioro de nuestras condiciones.

A la reunión establecida para cada mañana a las ocho, en la que tratamos temas como logística de los sitios, ventilación, necesidad de garantizar el aprovisionamiento de las máquinas expendedoras; agregamos una reunión de cierre de jornada en la que debatimos las cuestiones más candentes: ¿estamos en nuestro derecho de impedir que entren nuevos pacientes en nuestra sala? ¿qué pasa con los cuadros de pronunciada desmejora que empiezan a presentar los pacientes más vulnerables y débiles, e incluso algunos de sus acompañantes? ¿sería una solución enviar un grupo expedicionario al exterior a riesgo de que quienes lo integraran perdieran su turno si fueran llamados?

En nuestra primera asamblea votamos a mano alzada y por mayoría hemos decidido presentar un escrito en la ventanilla con un claro ultimátum. Si en veinticuatro horas no empezamos a ser atendidos, forzaremos la puerta corrediza semitransparente que nos separa de los boxes y secuestraremos al primer médico que encontremos del otro lado.

Todos firmamos el documento que la mujer de las prisas ha escrito en los márgenes de un periódico gratuito de la semana pasada. Todos, menos la anciana del pasodoble que lleva casi dos días sumida en un sopor del que solo sale para tararear unos segundos su melodía antes de hundir el mentón en el pecho otra vez.

Hemos intentado la estrategia de congraciarnos con el trabajador que llega arrastrando sobre un carro las cajas repletas de vituallas con las que repone los faltantes de la máquina.

Las monedas han empezado a escasear, por lo que hemos solicitado al empleado cambiar varios billetes del fondo común que hemos montado por las monedas que acaba de extraer de la alcancía de la expendedora de café.

Cuando el empleado ha intentado obtener ventaja aduciendo que si necesitamos monedas, tendremos que pagar por ellas, nos hemos puesto en pie de guerra. Al final, después de muchas negociaciones, hemos tenido que aceptar que nos diera un noventa por ciento del valor de los billetes que le ofrecimos en monedas de distintos valores. De lo contrario, se hubiera llevado su recaudación, y aunque dejase las máquinas bien cargadas, nunca hubiéramos podido acceder a las imprescindibles provisiones.

Hemos negociado también que en la próxima reposición varíe el sabor de los sándwiches y agregue algún producto de picoteo liviano, sin grasas saturadas, porque es evidente que tenemos que cuidar nuestra salud.  

Las condiciones están empezando a mermar nuestras fuerzas y hemos tenido que habilitar una zona en el rincón más alejado de la entrada de ambulancias para que los más débiles puedan descansar. Sobre el suelo hemos desplegado abrigos y sobre ellos varios juegos de sábanas que la mujer del brazo en cabestrillo ha conseguido en un descuido de dos camilleros que traían un herido de bala.

Las cosas se van organizando a pesar del caos al que debemos enfrentarnos cada vez que llegan nuevos pacientes a la sala. El protocolo está claro: cuestionario, registro, formación intensiva y pautas de comportamiento. Lo que no está tan claro es dónde podremos seguir poniendo gente.

A pesar de que algunos tenemos asiento propio ya que nos han facilitado sillas de ruedas al ingresar, el problema más acuciante ahora mismo, además de mantener la higiene, es que todos tengamos dónde sentarnos.

Como durante el día, nunca estamos todos sentados, no se nota la cada vez más acuciante escasez de sillas o sillones, y es por las noches cuando el problema salta a la vista.

La noche pasada he podido comprobar que una vez que todos ocupamos nuestros puestos, solo quedaban libres tres sitios. Por lo que en la asamblea de la mañana, he planteado la necesidad de tomar una decisión con respecto a las nuevas incorporaciones.

— ¿Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que saturen nuestra sala? —he arengado a los compañeros.

Ya no soy capaz de recordar los nombres de todos los presentes  ya que la fluidez con que llegan día tras día, en comparación con el ritmo nulo con que nos abandonan, me impiden identificar sus problemas, sus necesidades, sus sueños, porque en muchos casos son para mí solo un número.

En segunda votación, y por mayoría simple, se ha acordado no dejar pasar a nuevos pacientes, y se ha dejado en suspenso la medida propuesta por la mujer de las prisas: impedir también el paso de camillas aunque se traten de traslados con situaciones de vida o muerte.

El día ha transcurrido de conflicto en conflicto, porque los nuevos pacientes son ciertamente reacios a abandonar el hospital sin ser atendidos. Y en varias oportunidades, el personal de seguridad  de la entrada se ha visto obligado a deshacer riñas que habían llegado a las manos.

Por la noche, compruebo que seguimos teniendo tres sitios libres y eso me alivia en parte.

Es de madrugada cuando la mujer del brazo en cabestrillo me despierta. Tiene un dedo sobre los labios y me indica que la siga.

—La del pasodoble —pronuncia con tono dramático mientras hace un gesto rápido hacia nuestra área de atención intensiva.

No hace falta que diga nada más. Lo que tenemos que pensar es qué haremos con el cuerpo. Nos sentimos responsables de procurar mantener animada a la población de la sala, y sabemos que la vista constante de un cadáver no contribuirá a que se mantengan ciertas pautas de convivencia sin caer en la desesperación, cosa que no nos podemos permitir.

Los presentes, integrantes de la cúpula de la organización, decidimos, sin demasiado acierto, que lo menos traumático será intentar deshacernos del cuerpo colocándolo sobre alguna camilla de entrada, aunque esta se halle ocupada, como es el caso de todas ellas.

Y así lo hacemos cuando se produce el primer ingreso de ambulancia del día.

El revuelo que provoca nuestra actuación alcanza dimensiones insospechadas. Tras el lógico susto que se ha llevado el auténtico ocupante de la camilla, se monta un griterío, idas y venidas desde el otro lado de la mampara,  manos a la cabeza, miradas de reproche hacia nuestro grupo y comentarios despreciativos respecto al ínfimo nivel de solidaridad que tenemos los ocupantes de la sala de espera.

La mujer de las prisas no ha dejado ni un solo insulto sin usar a la hora de dar respuesta a tan injustas acusaciones. Y la mujer del brazo en cabestrillo, no ha parado hasta conseguir que se llevaran a la anciana del pasodoble fuera de nuestra sala.

Después de una mañana entera de rifirrafes, la paz ha retornado. Las ambulancias siguen llegando con normalidad, y los pacientes seguimos esperando aunque no sepamos muy bien qué.

Esta actividad frenética no ha impedido que a primera hora presentáramos nuestro ultimátum en la ventanilla y exigiéramos que nos sellaran una copia para quedarnos con un comprobante de su entrega.

 Después del habitual reparto de sándwiches  y cafés de las catorce horas, una especie de sopor se ha instalado entre los presentes.

Desde mi silla de ruedas, se me ha dado por intentar recordar sin éxito dónde he puesto el papel en que se indicaba mi código de turno. Pero lo que más me preocupa no es el contenido del papel. Después de todo, recuerdo perfectamente la combinación de letras y números que llevaba. Lo que más me preocupa es que ya no tendré forma de probar que soy el paciente SCG4509 si me llamaran. Eso, si algún día vuelven a llamarnos, me digo antes de quedarme dormido.

En la sala de espera, el sueño es como un balón que va pasando de mano en mano, sin que nadie se lo quede para siempre, ni mucha gente pueda tenerlo a la vez. Sin embargo, en esta tarde, que si funciona nuestro ultimátum, puede ser la última de espera, todos parecemos necesitar descansar.

A la hora de la cena, algunos, aún adormilados, recorremos los pasillos intentando no pisar pies ajenos y repartiendo las viandas correspondientes.

Todos me preguntan qué creo que pasará mañana. Y a todos les contesto con una sonrisa y una palabra de aliento. Mañana terminará nuestra pesadilla. Estoy seguro.

Nuestras reivindicaciones serán escuchadas y no será necesario usar la fuerza ni secuestrar a nadie. Pero esto no deja de ser una expresión de deseo, porque a la mañana siguiente nos encontramos con que los trabajadores de detrás de las ventanillas ya no están en sus puestos. El último turno ha abandonado el lugar sin ser reemplazado por uno nuevo.

La gente que siempre ha venido sobre las seis a limpiar los baños, tampoco se presenta. Ni el hombre de las máquinas expendedoras.

En nuestras filas, la inquietud se hace patente. Los que pueden hacerlo, caminan de aquí para allá, tropezándose entre ellos, y los que no podemos andar, no estamos menos nerviosos.

Asamblea extraordinaria de emergencia y a las diez de la mañana, vencido el plazo de nuestro ultimátum, se decide actuar.

Se designa un grupo de avanzadilla que provisto de muletas, palos con ruedas de los que se usan para colgar el suero, y dos sillas, se acercan a la mampara acristalada con intención de romperla. Pero regresan al punto, habiendo fracasado absolutamente en tal propósito. Es cristal blindado, dicen algunos. Es la prueba de que estamos abandonados a nuestra suerte, aseveran otros.

La ausencia de ambulancias (la última que recordamos ha llegado ayer a última hora de la tarde) no hace más que confirmarnos que estamos metidos en un callejón sin salida.

Los que llevan menos tiempo con nosotros, son, curiosamente, los primeros en decir que es hora de abandonar la espera. Que es evidente que nadie va a atendernos. Los más antiguos intentamos hacerles razonar. ¿Y si después de tanto tiempo de espera se van y es en ese momento cuando les llaman para entrar a una consulta?

—Vosotros estáis pirados. Ahí os quedáis —asevera el benjamín del grupo, un joven de cabello enmarañado que ha permanecido doblado sobre su estómago desde que ha llegado.

Empieza a caminar hacia la salida. Está a diez pasos de abandonarlo todo. Los más antiguos lo miramos entre preocupados y envidiosos. Ninguno de nosotros tiene tantos arrestos.

A punto de cruzar la puerta, cuando el sensor lo detecta y las hojas de cristal se desplazan para darle acceso al exterior, se gira. Juraría que las lágrimas nublan sus ojos. Levanta la mano en gesto de despedida. Dos, tres pasos. El sol se adivina en el exterior. Una corriente de aire renovado se cuela en la sala. Cabello enmarañado avanza decidido. Por un momento pienso que las puertas corredizas lo atraparán a su paso y no lo dejarán salir. Pero me equivoco. El chico sale y sin girarse desaparece de nuestro ángulo de visión. En ese mismo momento, la campanilla indicando el siguiente turno nos sobresalta rompiendo el silencio conmovido con que éramos testigos de la escena.

Todos buscamos instintivamente nuestros papeles para acreditar que el número llamado no es el nuestro.

La mujer en cabestrillo hace las comprobaciones pertinentes, aunque todo intuimos cuál será su conclusión una vez que revise su lista de pacientes. El turno que acaban de llamar indicando que debe pasar a la consulta 10, es el del chico del pelo enmarañado y el estómago dolorido.

Algunos se acercan a la puerta cuidándose de no traspasarla y gritan llamándolo. Pero es inútil. El joven se ha ido.

La sucesión de campanillas sonando hace imposible pensar. Y es que, como si hubieran estado atascadas y con la del desertor se hubieran liberado, no paran de sonar, obligándonos a estar todo el rato atentos a los números que se suceden en pantalla. Aunque ninguno ha correspondido por ahora a alguno de los presentes.

Dividimos tareas. Mientras unos chequean números contra la planilla para no dejar pasar alguno válido, otros nos reunimos para idear una estrategia común.

Las discusiones se suceden sin desencallar la situación. ¿Deberíamos salir para “engañar” a la máquina derivadora de pacientes y forzarla así a llamar a nuestro número? Luego sería cuestión de volver a entrar enseguida y dirigirse a la consulta que correspondiera. Los más expertos opinamos que no será tan sencillo engañar a la máquina y que si hiciéramos eso, el sistema nos obligaría a volver a pasar por la ventanilla para gestionar otro turno. Y como nosotros mismos hemos cerrado el acceso a nuevos pacientes, y tampoco hay ya personal en las ventanillas para recibirnos…

Las campanillas no dejan de sonar y resultan desquiciantes. Por sobre las cabezas de mis compañeros estrategas observo el sol reflejándose en el cristal de la puerta de entrada, cuyas hojas permanecen cerradas.

Una fuerza desconocida se apodera de mí, y ante las miradas asombradas de los presentes, me pongo en pie. Nunca me han visto andar y un murmullo contenido se dispersa como una ola por toda la sala.

Yo he llegado andando, me digo para darme fuerzas. Es más, ni siquiera recuerdo por qué me han ofrecido la silla de ruedas en la que permanezco desde aquel remoto día en que crucé la puerta de acceso e hice pacientemente la cola ante la ventanilla.

Doy unos primeros pasos titubeantes. El silencio que se ha instalado entre mis compañeros solo se ve interrumpido por el sonar intermitente de la campanilla. Han dejado de chequear los turnos que son llamados contra la planilla. Todas las miradas están clavadas en mí.

Avanzo adquiriendo seguridad a medida que me voy acercando a la zona de salida. Un paso más y el sensor me detecta. Las puertas se abren a un ritmo sospechosamente parsimonioso. O al menos a mí me lo parece. Como si estuviera viviendo la escena a cámara lenta. El aire del exterior me da en la cara. El murmullo del tráfico fuera del hospital es como una música que me llama.

Decidido, abro los brazos y atravieso la línea que me ha estado separando de la vida.

Como un atleta que ha llegado a su meta después de un gran esfuerzo, hinco las rodillas en el asfalto de la carretera de acceso a Urgencias y beso el suelo.

Un cerrado aplauso se dispara a mis espaldas. Llego a escucharlo antes de que las puertas vuelvan a cerrarse tras de mí y una voz grave justo encima de mi cabeza pronuncie: “lo tenemos, ha vuelto”.

¿Y tú me lo preguntas? – Finalista IV Premio Ciudad de Sevilla

¿Y tú me lo preguntas? – Finalista IV Premio Ciudad de Sevilla

Volverán las oscuras golondrinas, pienso mientras el AVE va entrando en Santa Justa.  La mujer que va sentada frente a mí, teclea imperturbable en su portátil. El hombre calvo a su lado, que durante todo el viaje ha roncado intermitentemente, abre los ojos y consulta el reloj. Son las nueve menos cinco de la mañana y creo que el ochenta por ciento de los ocupantes de mi vagón, vienen a Sevilla por trabajo.

En cambio yo, llego fantaseando con golondrinas. Como si el tiempo no fuera un eje que se desliza implacable por nuestras vidas, y no me separaran más de treinta años de aquellas clases en que nos recitabas a Bécquer.

Tus manos volaban mientras caminabas entre los pupitres. Algunos te miraban con mirada vacía, otros, apenas disimulaban una risita burlona. En cambio yo, cerraba los ojos y escuchaba tu voz grave envolverme, acunar mis  fantasías, plegarse y desplegarse dentro de mí. Y no me preguntaba qué era la poesía, porque la poesía eras tú.

Todo esto pienso mientras la gente empieza a ponerse en pie, y el pasillo se llena de piernas inquietas, maletas rescatadas desde el portaequipajes, mensajes apresurados de Whatsapp  y esa expectativa con que los humanos esperamos que los acontecimientos más triviales y seguros ocurran.

Cuando el tren se detenga, se abrirán las puertas, y todos nos apresuraremos a salir a la atmósfera cálida de Sevilla, que nos recibirá diáfana en una mañana de junio. Sabemos que así será. Pero no por eso dejamos de chasquear las lenguas si la espera de unos minutos se nos hace eterna.

Eternos son los días que he dejado pasar desde entonces. Desde aquel diciembre en que me entregaste ese papel enrollado que me habilitaba a seguir mi camino. Cuando mi camino debió ser,  ahora lo sé, permanecer en el tuyo.

Que la vida me cruzara de hemisferio y de continente, fue algo no planeado. Un conjuro de lunas oscuras y románticas leyendas, que me hicieron pensar que una vez tomada la distancia necesaria, podría por fin ser realmente yo.

Y debí saber, que no es la distancia la que te permite reconocerte en un espejo. Porque los espejos funcionan igual en España que en Argentina. Se empeñan en devolverte siempre la misma figura, y si la sigues mirando con los mismos ojos, no habrá diferencia perceptible.

Pero creí que no. Que alejarme de la gente que me conocía, incluso de ti, me ayudaría a sacarme el disfraz que me había acompañado durante toda la vida.

La marea de pasajeros me ha arrastrado de algún modo hacia la salida de la estación. Busco una parada de taxis, tal como hace años la busqué cuando decidí, como rezaban las pintadas de entonces en la ciudad, que la única salida de Argentina era Ezeiza. Sin darme cuenta de que lo que quería no era salir de Argentina, si no de mí. Tarea imposible, ya lo ves.

He vivido durante más de treinta años en España. Todos ellos, eludiendo el azar, el deseo, la necesidad de pisar Sevilla. Y hoy, gracias a ti o por ti, regreso. Como si este sitio, que nunca he conocido, fuera el mío en el mundo. Como si se pudiera regresar a un lugar en el que nunca se ha estado.

Sé que regreso porque durante aquellas clases, entre las paredes del aula de un instituto del gran Buenos Aires, he estado aquí. He estado en la Sevilla de Bécquer atravesando puentes detrás de rayos de luna. He escuchado el órgano de Maese Pérez y he volado, he volado con las alas de aquellas oscuras golondrinas que recitabas con tu traje azul marino, tu corbata impecable y el alma en los ojos, de pie junto a la pizarra.

Reconocerse es el trance más doloroso cuando te decides a ser tú. Y no vale aplazar el momento, ni buscar subterfugios que te alejen de la evidencia. Tarde o temprano tendrás que admitir quién eres y por qué estás intentando regresar a un sitio que tus pasos nunca han pisado aún.

– Hotel Bécquer – le indico al taxista. Y me regodeo en lo acertado y simbólico de la elección que hemos hecho al planificar este encuentro.

Alzo la vista contemplando los edificios que me reciben hidalgos, erguidos, elegantes, tal como tú cruzabas la clase de punta a punta sin reparar en la mirada arrebatada con que yo observaba cada uno de tus movimientos.

Es la expectativa la que me estruja el estómago. Yo no soy quien era entonces, ni espero que tú lo seas. Pero me da miedo decepcionarte, como ahora sé que te decepcioné hace tanto tiempo al no ser capaz de enfrentarme a la realidad.

– Entiendo que eran otras épocas y vos… – me has tratado de justificar en una de nuestros interminables chats. Y yo agradecí que mi profe, como cariñosamente te he llamado desde el reencuentro virtual, tuviera esa cualidad tan importante en un buen docente: la empatía. Sin embargo, sé que te ha dolido mi huída, te han dolido mis años de silencio, mi forma obcecada de cerrar los ojos e intentar olvidar.

Mi vida es un erial,

flor que toco se deshoja

Como si hiciera falta tener abiertos los ojos para verse por dentro. Como si la esencia de lo que eres no fuera contigo aunque te mudes a doce mil kilómetros y dejes de leer poesía, y de escribirla. Y te perfumes con fragancias masculinas, y te centres en hacerte un sitio en la jungla de los mercados financieros.

Mientras el aire en su regazo lleve

perfumes y armonías;

mientras haya en el mundo primavera,

¡habrá poesía!

El coche se ha detenido y observo la majestuosa fachada del hotel. No estoy preparado para verte aún, me digo. Treinta años, un divorcio, dos intentos de suicidio y una hija después, ¿no estoy preparado para verte aún?

Claro que lo estoy, solo que dilato el momento, como aquel personaje de Los árboles mueren de pie, que daba vueltas y vueltas a los sobres de las cartas esperadas antes de abrirlos. Para  disfrutar de la expectativa, para estirar el momento de la primera lectura que siempre sería fugaz y atropellado. Sabiendo que iría desde la primera línea hasta la firma y despedida final a trompicones, saltando renglones, leyendo en diagonal, buscando indicios que le confirmaran que el amor seguía vivo.

Recuerdo cuando leímos esa obra y tus manos otra vez explicándolo todo, tu sonrisa eclipsando la luz que entraba por los ventanales del aula, y mis ojos ávidos leyéndote, como si tú fueras la carta tan esperada.

Pago el taxi y camino hacia la recepción. Sé que todavía no habrás llegado, que tu avión aterrizará en tres horas. Y eso me da cierta liviandad en el andar, es como si un par de paréntesis me protegieran del abismo. Porque sé que volver a verte será como un salto al vacío. Que a último momento, puede que el vértigo me eche hacia atrás. Pero no, no hemos llegado hasta aquí para salir huyendo, me repito casi en voz alta.

El recepcionista me pregunta si prefiero una habitación en el ala más tranquila del hotel, y contesto que sí con una secreta sonrisa. Claro que necesito tranquilidad. Para nervios, ya tengo yo un equipaje completo que me he traído desde casa.

Mientras voy hacia el ascensor, observo las golondrinas suspendidas desde el cielorraso de la cafetería del hotel. Aquellas que aprendieron nuestros nombres

¿Sos vos, Fernando? ¿mi alumno del Padre Gallegos?

– Sí, soy yo, profesor. Pensé que no se acordaría de mí.

– Claro, que me acuerdo. Cómo no me iba a acordar. Pasaron treinta años, Fernando. ¿No te parece que podrías llamarme por mi nombre y tutearme?  

Primera sonrisa de una cadena interminable de ellas. De confesiones trasnochadas salvando la diferencia de cinco horas. De madrugadas compartidas escribiendo frenéticamente en un teclado.

He sido yo el que te ha buscado, pero tú me has estado encontrando todo este tiempo sin decírmelo. Esperándome. Deseando que algún día me decidiera a ser yo.

Empezamos a planificar este encuentro la noche en que me confesaste que te habías emborrachado por única vez en tu vida, luego de mi acto de graduación. Cuando te acercaste para decirme que no me fuera, que querías hablar conmigo, y yo, incómodo, te rechacé con una sonrisa torpe y unas excusas más ridículas aún.

¡y entonces comprendí por qué se llora,

y entonces comprendí por qué se mata!

Tú sabías lo que querías decirme, y yo lo sabía. Porque era un joven aterrado ante la perspectiva de dar un paso que me empujaría al rechazo de todo mi entorno, pero no era tonto. Podía percibir perfectamente la corriente que fluía entre nosotros. Pero creía, gracias seguramente a tantos años en colegios de curas, que eso que me hacías sentir estaba mal, que era sucio, que era abominable.

¡Llora! No te avergüences

de confesar que me quisiste un poco.

¡Llora! Nadie nos mira.

Ya ves; yo soy un hombre… ¡y también lloro!

– ¿Y a qué edad saliste del armario al fin? – preguntaste una noche después de intercambiar confesiones y deseos que habíamos guardado demasiado tiempo. ¿Y tú me lo preguntas?, pensé. Porque yo supe quién era gracias a ti.  Pero no supe cómo decirte que nunca había terminado de salir. Que mi familia en Argentina, no sabe quién soy. Solo un buen hijo que regresa para navidades  a atiborrarse de Vitel Toné y turrón de Alicante con treinta y cinco grados a la sombra. Que estando a miles de kilómetros llama regularmente para decir que está bien, que con mucho trabajo, que la niña…

– ¿Tenés una hija, Fernando??? ¿De verdad me estás diciendo que tenés una hija?

– Sí, Lucía tiene 22 años. Y vive con su madre desde que nos separamos, cuando tenía 3.

– …

Tres puntos, tres eternos puntos que iban y venían indicándome que estabas escribiendo, borrando, volviendo a escribir. Y yo, con el alma en vilo, temiendo leer palabras de rechazo, de reproche, de incomprensión. Pendiente de esos tres puntos titilantes, como si en ello se me fuera la vida. La vida que había empezado a soñar desde el momento que habíamos iniciado ese juego de encuentros virtuales, de intercambio de historias vitales a través de la fibra óptica.

La habitación es amplia y clara. Me gusta ese aire minimalista y a la vez acogedor. Miro la cama matrimonial con respeto. Sin animarme a sentarme en ella. Abro la maleta y empiezo a sacar camisas para intentar que se arruguen lo menos posible. Las cuelgo en la mitad izquierda del armario y abro el minibar. Creo que necesitaré una copa.

Estoy aterrado. Como si fuera mi primera vez. Y tal vez, de algún modo lo sea. Porque es la vez que debió ser la primera si no hubiera sido por mi cobardía. ¿Y si me dejas plantado? ¿Y si todo esto no es más que una parte de un plan de venganza perfectamente trazado?

Intento centrarme en tus palabras siempre cargadas de cariño, en tu voz cálida que después de muchos devaneos nocturnos, me permitiste escuchar al teléfono. Tal como yo la recordaba. Mucho más cascada, insistías tú. No, profe, no. Recítame Bécquer, por favor. Estás hecho un gallego, Fernando. Un verdadero gallego. Me encanta tu acento. Y yo ruborizado. Venga, profe, algo de Bécquer… Como yo te he querido, desengáñate

Y esos tres puntos suspensivos que se habían convertido en una marea de comprensión.

No todos somos capaces de dejar atrás los mandatos, las imposiciones de la sociedad, Fernando. Y una hija es un regalo que te dio la vida. Ojalá yo hubiera podido…

– Gracias, profe. Gracias, Román. Siempre me estás enseñando. Qué es lo importante, qué es la generosidad

– No digas boludeces, gallego. Así que tengo una especie de ¿”sobrina”? Me encantaría conocerla

– Y a mí, profe. Es una niña muy especial…

– Si sale al padre…

El discreto golpe en la puerta me provoca un respingo. Consulto aterrado el reloj. No, todavía no puedes ser tú. Tanto fantasear me ha hecho perder la noción del tiempo.

El botones me entrega un paquete y me sonríe.

– Ha llegado esto para usted

Rasgo apresurado el papel. Una edición preciosa de las Rimas de Bécquer y tu letra, esa que trazabas en la pizarra mientras la tiza flotaba en el aire, llenando la primera página.

“Por un beso, yo no sé, lo que diera por un beso.

Para Fernando, tantas veces esperado. Tantas veces aborrecido. Siempre, amado. De tu profe, que en un rato podrá abrazarte al fin.”

Abrazo el libro y te abrazo y me recuesto sobre la cama enorme y lloro, y río, y agradezco a la vida que me haya dado la fuerza de darle al enter cuando te envié aquella solicitud de amistad tres o cuatro meses atrás.

Nunca bebo. Menos aún algo tan fuerte como el whisky que me serví mientras releía una a una las rimas que sé de memoria. Comprobando si alguna palabra difería de mi versión,  esa que internamente me recita tu voz. No, está todo en orden. Las rimas no han cambiado, yo he cambiado, pero las rimas, no.

De tanto mirar el reloj y calcular el tiempo que te llevará recoger el equipaje, coger un taxi en el aeropuerto y llegar hasta la puerta del hotel, me he quedado dormido.

No he escuchado el sonido insistente de tus mensajes de Whatsapp, y me despierto sobresaltado con el timbre estridente del teléfono de la habitación. Suena como sonaban entonces los teléfonos de campanilla, taladrando mis sienes doloridas. Me incorporo de golpe con el corazón desbocado.

Me lleva unos segundos entender que estoy tumbado sobre la cama del hotel Bécquer, con la ropa arrugada, el pelo de punta y la lengua pastosa con la que contesto.

– Dígame…

– Señor Ramírez, en recepción una persona pregunta por usted.

Me pongo de pie y tiro el teléfono al suelo en el impulso. Tengo que ducharme, no puedo dejar que me veas así…

– Dígale que en un momento bajo

– Creo que tiene prisa, señor. Acaba de decir que mejor sube él y ha ido hacia el ascensor. ¿Quiere que avise a seguridad?

– No. No hace falta. No hace falta…

¿Quién unió la tarde a la mañana?

Lo ignoro; sólo sé

que en una breve noche de verano

se unieron los crepúsculos, y… «fue».

Domínico por la tardidad

Domínico por la tardidad

Todo repurgió sin precursorias. Nada hacía superiscar que la tragipedia pudisiera estarse tan acercada.

Domínico por la tardidad, las caricondias de semprere de regresereo a la citadina. Los tapergüeres con las comendidas de las mamamas descansonan en los partoepiquejos, los jovenicios dorminan la simia en sus asenticos, aunque se han prometicado repasoniar los apuntenicos de la facultativa.

El caballeronte de bigotencio lee el periódico asalmonoso con rostrico concéntrico. Mañanda deberá discuticar un asuntico de gran colado con los dibrectivos de su emprusa. Hurga entre las paginicas asalmonosas para encontricar un argumentoso al que no podierán opositarse. Necesita que aprobacionen su apropostura. Y lo consecutirá. Cuestose lo que cuestose.

La rubipamelosa de la sexta fila, lo observica a travesiendo del pasillo. Lo visiona todos los domínicos, coincidicen semprere en el mismo autobúsico. Él, no parece notificar sus insisténticas mirádicas. Pero ella, cada domínico se arregla con esmeroso por las dúdicas. Alguna vez consecutirá llamaronear su atención.

A su vez, la rubipamelosa es observasicada por el comercial de segúricos que regresera al trabajondio dejando en casa a su mujerica y a sus cincosos retoñados. Es de los pocos que se alegrondia de volverizar a las ocupandias. Por una semánica tendrá liberacidad, sin controles horáricos y circuncionando sus explicaturas a unos cuánticos y oportunosos guasapos.

La rubipamelosa viaja todas las semánicas en su autobúsico, y la tiene muy observasicada. Maquilladona y repeinada de peluquesia, alterna escotopios avertigados  con prietas camisetadas que no dejan muchico a la imaginoncia. Y el comercial, la tiene afrondada y calenturosa.

Hoy, se ha decidido: consecutirá su telefónico. Se pone en pédico y avanzonica por el pasillo con intenciosa de entablonar con ella una charla casualípica. Está por llegar a su lado, cuando el movílico suenoquea en su bolsillo. Es el tónico de su mujerica. Sabe que si no la atendina, no dejará de insisticar y luego deberá dar miles de explicaturas. Por eso se deteniona en seco y vuelve a su asentico. Su vecínico lo mira reprochante. El comercial tiene ventanillada y debe ponerse de pédico otra vez para dejarlo pasoniar.

Mientras el comercial asosiega los reclamos de su mujerica, su vecínico repara en la rubipamelosa. Gracias a que el comercial lo ha despertoniado puede observasicar a la dámica. Y le gusta lo que ve, tanto como lo que imaginondia. Decidido, deja al comercial enredesoniado en su conversapendia y se acercandasa a la rubipamelosa.

El comercial, que no deja de observicarlo, no sabendiona lo que su vecínico le dice a la rubipamelosa, pero sí que ella asentina y sonrisona. Entonces inventa un tunelopio próximo para justificar ante su mujerica que la comunicanda está a punto de cortosionarse y se va tras su vecínico decidido a poner las cósicas en su lugariente.

La rubipamelosa habla animada con su vecínico. A él, se le desvía la miradandia hacia esa parte de la anatominia de ella que tantas fantasiosas ha procaciado en nuestro comercial, que sin poder evitanciarlo se abalanciona hacia su vecínico de asentico y sin medicionar explicacionosas, le asesta una trompádica en plena sien derecha. El vecínico se bamboleona y para no caer rodándico en pleno pasillo, se coge de una bólsica cuya asa colgandia desde el portaequipejo. El contendido de la bólsica cae de lleno sobre las cabezondias de algunos pasajéricos y sobre el vestido ajustindiano de la rubipamelosa. Se defimunisa en pequeñas partículas para repartigarse entre más pasajéricos de lo que pareciera posibilesco. Tres tapergüeres repletosos de comendidas caseriosas quedan vacíos labioabajo en el pasillo. Y las lentéjicas, las albondigosas, la fabadónica y la tortillosa, como un mapa de la gastronomía española, se reparte sobre ropas y cabezondias.

El comercial acusa a su vecínico de haberlo hecho adredonde. Las mujéricas gritonan, los pasajéricos se arremilonan junto al comercial y el vecínico arremete a trompádica limpia contra él.

La rubiopamelosa tiene un batido de lentéjicas y tortillosa a modo de mascarilla sobre el pelo. Y es en esa situación en que por primiresca vez, el caballeronte de bigitencio la mira. Después de tanto tiempo esperando ese momentico en que él pausara su mirádica sobre ella, para sonreisirle desuctora, solo atina a garlearse a lloripondear trepitosamente. 

El conductoncio no tiene más medicamentoso que detener el autobúsico en el primigénico sitio que encontrona. Pero eso no detiene la batállica campal que se ha desatoniado en su interiorez.

El resultádico desfinal es de tres contusionados, varias mujéricas con ataquensios de ansidiedad, y algunos jovenicios ébricos, aunque se superisca que estos últimos ya han abordinado en ese estádicp el autobúsico.

Después de que los ambuláncicos atienden a algunos pasajérico, la policialoncia toma declaradiciones a todos y detenciona a un par de ellos, el viaraje puede contininuar.

Cuando llegamos a la citadina es de madrugadonia. Las lucientes se dibrujan como cintas abrillantosas a travesiendo de las ventanilladas. Somnopíferos y arropadisos por el olor de las viandangas desparromimadas, da mucha pénica tener que apenorearse.

Limbo

Limbo

Hace rato que las ambulancias han llegado y sus luces giratorias iluminan la noche como pequeños faros buscando atraer a los navegantes perdidos.

No es mi caso. Yo estoy junto al guardarraíl, cerca del sitio en que todos se mueven apresurados, no soy un navegante perdido.

Del otro lado de la cuneta, el autobús en el que viajábamos, volcado. Sus ruedas han permanecido girando un rato después de que se detuviera, quieto, como un velociráptor herido tras el vuelo espectacular que nos sacó de la carretera.

No podría precisar cuánto tiempo ha pasado desde entonces. Fue antes de que se oyeran las sirenas. Bastante antes, diría yo.

El tiempo es un poco relativo cuando solo puedes ver las cosas desde el ángulo que te ofrece el hecho de tener una mejilla enterrada en un matojo de hierba seca.

He visto pasar junto a mí, los pies descalzos del bebé que viajaba con su madre en el asiento que estaba delante del mío.

Me ha llamado la atención, porque recuerdo haberlo visto envuelto en una mantilla azul. Y haber pensado en que no debía tener más de cinco o seis meses, como tú, cariño.

Sin embargo, el chiquillo ha pasado corriendo a escasos palmos de mi nariz, y su madre, completamente desnuda, detrás. 

Los he visto cruzar la cuneta de un salto y perderse más allá de las luces titilantes, como si los pequeños faros no les atrajeran en absoluto. Los bebés, tenéis otras prioridades, ¿verdad, cariño?

Como dormiros en el regazo materno, satisfechos de leche y mimos. Soñando angelitos cantados desde el otro lado de vuestros párpados oscilantes. Y flotar. Tal como el bebé de la fila 18 ha hecho antes de perderse más allá de la nube de tierra que enturbia el aire.

Ahora que lo pienso, tal vez más que tierra, sea humo lo que flota, porque han pasado a la altura de mi ojo varios pares de botas presurosas seguidas de una larga y temible serpiente, que por suerte, pude comprobar, riendo de mis absurdos miedos, no era otra cosa que una manguera.

No puedo girar la muñeca para mirar la hora, pero está empezando a preocuparme que tu padre no se dé cuenta de que me voy a demorar más de lo previsto y de que es posible que no llegue a bañarte.

Es que ¿sabes qué ocurre? Que luego se te pasa la hora, y ya no comes bien la papilla ni te tomas el último biberón antes de quedarte dormido. Y eso significa que tendremos noche movida.

Entiendo que a ti, te da un poco igual, cariño. Pero es que yo luego, al día siguiente, no soy persona en el trabajo. Perdona que te de la lata. Pero es que como me empiezo a aburrir, o hablo contigo, o esto se va a poner más pesado que una de esas pelis raras que le gustan a tu padre.

Tu padre…. Él lo sabe, mira que se lo digo, que el niño tiene unos horarios, y hay que respetarlos para establecer unas rutinas que lo ayudarán y le darán seguridad, pero los hombres tienen otra percepción del tiempo. 

Cuando se dé cuenta de la hora que es, tú ya estarás berreando muerto de hambre y él no tendrá la papilla lista.

Mira, que te de un potito de esos que tenemos en la alacena de arriba para casos de emergencia, que este, tal vez lo sea… Más aún teniendo en cuenta las sirenas que no paran de chillar.

Ahora son unos cuantos los pasajeros que caminan carretera abajo sin importarles que la gente de uniforme intente retenerlos, encontrarlos, extraerlos de entre los hierros retorcidos y humeantes.

Caminan sin prisa, pero decididos. Solo miran atrás para hacer señas a los rezagados para que no se entretengan.

He reconocido a la chica de los brackets que siempre lee novelas negras y que se monta un pueblo después que yo. Como todos, va descalza.

Se ha girado y me ha llamado por mi nombre. Siempre me ha caído muy bien. Y es que conmigo la gente que lee, ya tiene un punto asegurado… 

Pero no sé cómo sabe mi nombre, nunca hemos trabado conversación. Acaba de decirme que ya no hay nada que hacer. Que deje ya de dilatar la situación y la siga.

Creo que tiene razón. No puedo hacer aquí mucho por ayudar. Y sin mi móvil para llamar a tu padre y decirle que te meta ya mismo en la bañera, que si no después sabemos lo que pasa.

La de los brackets sigue esperándome. Es decidirme a seguirla e inmediatamente estoy de pie. Me sacudo la cara, los codos, las rodillas llenas de tierra detrás de las medias destrozadas. Con lo que me costaron estas medias. Se supone que te hacen una silueta espectacular, ¿sabes? Que disimulan el vientre caído después del parto y mantienen todo en su sitio.

Una verdadera estafa si consideramos que en este momento hay en mi cuerpo más cosas fuera de su sitio que en él.

No hay que creer en las publicidades engañosas. Juegan con la necesidad de las mujeres.

Pero tú te sientes insegura y quieres mostrarte recuperada y espléndida al regresar al trabajo. Entonces vas y te las compras. Ya ves.

Brackets parece impacientarse. Debo seguirla.

Lo bueno de estas medias es que puedes ir descalza por el pavimento rugoso de la carretera y no sentir el más mínimo dolor. Después de todo no han sido tan mala compra.

Me giro y observo la nube y las luces de los pequeños faros. Nadie los toma en serio. Todo el mundo prefiere alejarse disfrutando de esta sensación de liviandad que nos embarga a todos.

Algunos se palmean las espaldas, otros nos sonreímos tímidamente.

Pienso que si en el próximo pueblo encuentro una cabina de esas que ya solo se encuentran en los pueblos, llamaré a tu padre y le diré que te bañe y te acueste, que no sé cuánto me demoraré.

Mañana será otro día.

Rigor mortis en «A voz en cuento»

Rigor mortis en «A voz en cuento»

En estos días he tenido el honor de que José Jesús Rueda acogiera en su casa de «A voz en cuento – Literatura con los ojos cerrados» mi relato Rigor mortis.

Un relato que me ha dado muchas alegrías, a las que ahora se suma una más. La de escucharlo estupendamente narrado por la voz de José Jesús.

En este link podéis escucharlo: Rigor mortis en A voz en cuento

¡Muchas gracias por este regalo, José Jesús!

Bruma, reina de los mares

Bruma, reina de los mares

No creo que pueda pedirse algo mejor, murmuró el pirata atisbando el horizonte. Un majestuoso galeón se había puesto inocentemente a tiro de cañón. Su experiencia le indicaba, que dada la ruta que seguía, y la época del año, había una alta probabilidad de que estuviera cargado de exquisitas especias y sedas.

Bajó el catalejo y escrudiñó la cubierta. Nada. Parecía abandonado. Una trampa elemental. La tripulación del barco acechado permanecería oculta para intentar sorprenderles durante el abordaje. Ordenó a los suyos mantenerse alerta y esperar. El atardecer sería el momento propicio para actuar.

Arriaron las velas, echaron el ancla y despejaron las bodegas para hacerle sitio a la nueva carga.

Mientras esperaban, procuró mantener bajo control la impulsividad de sus hombres que pugnaban por acercarse y proceder de inmediato. Sabía que tantos días en altamar, les alteraba hasta el punto de convertirles en una especie de bestias rabiosas que sólo pensaban en matar, robar, y festejar luego, bebiendo hasta el amanecer.

El primer grupo de guardia tomo posiciones a estribor, que era el punto que mayor visibilidad tenía. Cierto era que una estrecha franja del galeón quedaba fuera del alcance de sus catalejos. Pero más no podían hacer.

Si algo sabía el capitán, era esperar el momento propicio. No fue necesario hacerlo durante mucho tiempo. A las pocas horas, uno de sus hombres, dio la señal de alerta. Algo se movía lentamente en ell galeón.

Era cierto que la quietud parecía casi intacta. A excepción de una tela oscura y una soga que se movían como reptando sobre la cubierta.

Estaban planeando algo. Tal vez no fuera tan buena idea dejarles tanto tiempo para pensar. Había que actuar.

En cuestión de minutos toda su tripulación estaba preparada en cubierta. Llevaban tiempo trabajando juntos y no necesitaba detallar la maniobra para que la ejecutaran a la perfección.

Mientras sus hombres actuaban, el pirata observaba por el catalejo. Demoraron más tiempo del esperado en tomar el galeón. Cuando estaba empezando a preocuparse, se hicieron visibles levantando los puños en señal de triunfo. Sólo arrastraban a un prisionero con ellos.

Al poco tiempo, lo tenía enfrente. Y no era un prisionero, era una prisionera.

—Estaba sola —explicaron aún confundidos —Dice llamarse Bruma. Y tuvimos que emplearnos a fondo para poder con ella.

— ¿Y el botín?

—El mayor de todos los que hemos conseguido hasta ahora.

El pirata sonrió satisfecho mientras observaba a la mujer, que a pesar de tener las manos atadas a la espalda, lo miraba desafiante.

— ¿Así que Bruma?

La mujer no respondió. Sólo permitió que una sonrisa burlona se le asomara a los labios.

Hizo que la condujeran a la plancha. Ella se negó a caminar, retándolo a matarla si era tan valiente como para hacerlo.

Bastó con mirarla a los sugerentes ojos para entender el origen de su nombre.

—Venga, Bruma. En el agua tal vez tengas alguna posibilidad de salvarte. Si es que los tiburones se apiadan de ti…

—Mátame, bravucón —contestó con voz firme. Como si no estuviera entre la espada y la pared. Como si en verdad supiera que tenía una escapatoria clara.

—Eres valiente. Pero eso no alcanza. Camina por la plancha si no quieres conocer el frío de mi espada

—Pues si tú eres más valiente que yo, peleemos en igualdad de condiciones. Suéltame y dame una espada. Veremos quién gana.

Él sonrió fascinado. La mujer tenía agallas. Le gustaba.

—Tendrás que poder conmigo y con todos mis hombres

—Lo intentaré

Los hombres empezaron a vociferar a sus espaldas.

—Libérela, capitán…. Queremos un poco de diversión… La chica está como para comérsela…

Él la miró hechizado. Ella no temblaba ni bajaba la mirada.

No quería que se convirtiera en carnada de esa banda de energúmenos. Prefería matarla él mismo y sin pensarlo más.

—Avanza, Bruma. Estarás mejor en el agua que aquí. Estos tipos son unas bestias, y si les doy vía libre serían capaces….

Ella no respondió. Sólo se movió un poco hacia atrás, como tomando impulso y le escupió directamente a los ojos.

Cogió al pirata tan desprevenido, que tambaleó momentáneamente cegado, y a continuación intentó limpiarse sin éxito restregándose los ojos con la mano del flamante garfio. Torpeza que le dejó ciego justo antes de que ella le diera un suave empujón para hacerlo caer desde la plancha a las encrespadas olas.

Los hombres se alarmaron. Algunos se tiraron al agua intentando socorrer a su capitán. Otros se mantuvieron en cubierta mirando incrédulos a la mujer que con las manos atadas, había podido con un viejo y curtido lobo de mar.

La mujer aprovechó el momento de confusión para ponerse a salvo en cubierta.

Los cuatro hombres que no estaban en el agua intentando escapar de los tiburones, miraban sobre la borda, sin saber qué hacer para ayudarlos. Un par de ellos les tiraron una cuerda mientras los otros dos, seguían contemplando a la mujer maniatada como si se tratara de una aparición.

Ella avanzó firme hasta ponerse frente a ambos y extendió sus manos:

—Necesitáis ayuda. Cortadme estas correas.

Los gritos desesperados de sus compañeros llegaban desde el agua.

Uno de ellos, hipnotizado, liberó a Bruma.

Bruma se puso al mando de inmediato. Lograron salvar a toda la tripulación a excepción del capitán que arrastrado por el oleaje había quedado a la merced de unos cuantos tiburones.

Los hombres, exhaustos, se derrumbaron en cubierta.

Ninguno de ellos se opuso cuando Bruma dispuso pasar la noche en altamar para al amanecer, remolcar su galeón hasta el puerto más cercano.

Allí vendieron ambas naves junto con su carga y zarparon en una nueva y poderosa embarcación con provisiones suficientes como para pasar una larga temporada en altamar.

Fue así como nació el famoso mito de Bruma, reina de los mares.

 

 

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