Fragilidades – Relato ganador del Concurso literario Ciudad de Arnedo 2020

Fragilidades – Relato ganador del Concurso literario Ciudad de Arnedo 2020

Mi madre no suele tener razón. A menudo pienso que quien la ha hecho una persona tan aprensiva ha sido mi abuela. De ella ha heredado ese temor permanente, ese predecir en todo momento las peores desgracias para mí o para mi hermano Juan.

De pequeños, bastaba con que nos dijera un simple “sigue haciendo el tonto y te caerás”, para que termináramos en cuestión de segundos, de bruces en el suelo.

Hacer el tonto podía ser andar por el bordillo un pie tras otro o subir las escaleras de dos en dos. Cualquier cosa que se saliera de ir de su mano caminando como niños adultos por la calle, era para ella hacer el tonto.

Recuerdo aquella tarde en que mi padre me trajo de regalo ese deseado juego de porcelana con que soñaba darles el té a mis muñecas. Aún antes de abrir el paquete, ella dijo: “Despacio, que se te va a romper”. Yo rasgué el papel ansiosa, y allí estaba. La caja de cartón tenía una tapa de papel celofán que me permitió ver el juego en todo su esplendor. Seis tacitas perfectas con sus asas para dedos de muñecas, sus seis platitos a juego con un dibujo de flores y arabescos, la azucarera con su diminuta tapa y por supuesto, la tetera. La pieza fundamental del juego. Con ese pico contorneado por donde ya veía yo salir el humo del té caliente y esa asa con forma de corazón en la que sí cabían mis dedos que apenas tenían cinco años y que jamás habían tocado semejante lujo de vajilla. Abrí la caja con reverencia, después de darle un abrazo agradecido a papá y él me sonrió como siempre lo hacía cuando mamá no estaba cerca. Pasé mis dedos nerviosos sobre la suave porcelana, y de inmediato sentí el impulso de coger la tetera. Allí mamá intercaló su segunda advertencia: “Deja que la coja yo, que tú eres tan torpe que la tirarás”, pero yo no quise. El juego era mío, tenía que cogerla yo.  Fue tenerla entre los dedos y que empezaran a temblar. Primero la tapa cayó en cámara lenta haciendo una elegante pirueta en el aire para hacerse añicos a mis pies. Para que a continuación, en la misma confusión del momento terminara bajando la mano que sostenía la tetera hasta hacerla golpear con el borde de la mesa. Ya no tenía una tetera, sino dos, tres…. Quince trocitos de porcelana que recogí con reverencia y lágrimas en los ojos. Mi madre espetó su típico “Te lo dije” y mi padre intentó atajar el inconsolable mar que me inundaba los ojos prometiéndome que la pegaríamos con mucha paciencia y que quedaría como nueva.

La pegamos con mucha paciencia, sí. Pero como nueva no quedó. Por orden de mi madre fue a parar a su caja de la que no se me permitía sacarla, como tampoco a ninguna de las delicadas tacitas con que yo soñaba montar una merienda inolvidable para mis muñecas.

Allí quedó la caja, en el estante más alto de la biblioteca. Solo se me permitía verla, que no tocarla, de vez en vez.

Cuando insistía mucho a mi madre para que me la bajara. Entonces lo hacía, sin confiarla a mis manos en ningún momento y levantaba la tapa para que yo me “sacara el gusto”, así lo decía. “Sácate el gusto y la vuelvo a poner en su lugar”. Entonces yo observaba por unos segundos las tazas, los platitos alineados y brillantes, la azucarera elegante y la tetera atravesada por un sinfín de cicatrices que solo me recordaban mi torpeza.

No me atrevía ni a acariciar la porcelana por temor a que bastara un roce de mis dedos para que toda esa belleza acabara desparramada a mis pies. Mamá decía: “bueno, no tengo todo el día para tonterías”, cerraba la caja, y la colocaba otra vez en el estante más alto, dando por terminada mi visita.

Era como si yo tuviera un régimen de visitas estipulado con mi vajilla de muñecas y no pudiera acercarme a ella por períodos mayores a unos minutos y siempre bajo vigilancia.

Un régimen como al que mi madre le impusieron para poder vernos cuando yo cumplí los catorce y Juan los dieciséis.

Para entonces, Juan pasaba de ella por completo y se negaba a asistir a esas absurdas entrevistas en el punto de encuentro, bajo la supervisión de un asistente. Yo iba, porque a pesar de todo, me daba un poco de pena mi madre. Y porque papá insistía en que teníamos que verla, que seguía siendo nuestra madre y que se merecía respeto. Cierto es que el punto de encuentro solo era un nombre, porque todo lo que allí se vivía eran desencuentros. Reproches cruzados (si Juan iba nunca se quedaba callado) o reproches unilaterales si yo iba sola y mi madre no hacía más que echarme en cara que no hiciera nada por terminar con tanta injusticia. Ella, que había dado la vida por nosotros, tenía que pedir ahora permiso para vernos. Como si fuera a hacernos daño. Ahora sé que aunque yo no era consciente entonces, la posibilidad de que nos hiciera más daño era muy grande. Y que las estadísticas nunca fallan.

Que mis padres se separaran era toda una novedad en aquella época. Pero que le dieran la custodia a mi padre, salía de los cánones por completo. Las madres de mis compañeras me miraban con pena y me preguntaban si me encontraba bien. “Pobre Amelia” las escuchaba murmurar a mi paso. Amelia es el nombre de mi madre, y era evidente que la consideraban la víctima de toda la situación.

No me sorprendía que les hubiese llenado la cabeza detallando la injusticia a que estaba siendo sometida sin contar la otra parte. Y la otra parte, aunque confusa, era para mí la más dolorosa.

No era algo que hablara con papá, lo veía tan agobiado que no me animaba a mencionarlo. Sí acaso de vez en cuando con Juan, que no dudaba en reprocharme mi estupidez si se me ocurría de algún modo justificarla.

Y es que Amelia, (así la llamaba él, nunca “mamá”), había horadado mi seguridad hasta hacerme dudar de lo que veían mis propios ojos.   Y lo que veían o habían visto, era lo suficientemente cruel como para querer borrarlo.

Juan no era delicado, ni diplomático, ni tenía el más mínimo tacto. Pero era sincero. Y estaba enfadado. Con razón, no lo niego. Pero yo no conseguía enfadarme así y él no lo entendía.

Cierto era que desde que me habían alejado de mi madre, mi salud había repuntado considerablemente. Y que de ser la niña frágil y cenicienta que había sido, pasé a ser una adolescente normal y saludable en unos pocos meses. El pelo, que había raleado en mi cabeza comenzó a crecerme brillante, mi piel escamada se puso tersa, y los músculos de mis piernas que habían llegado a hacer pensar a los médicos que mi destino era una silla de ruedas, estaban haciéndose cada vez más fuertes.

Cuando mi madre me veía entrar al punto de encuentro, sin mis muletas y caminando erguida y sonriente me miraba como diciendo “Mira lo que te han hecho” pero se lo callaba.

Al tiempo, cansada de sus constantes quejas, como Juan, dejé de ir a aquellos encuentros. Papá intentó hacernos cambiar de opinión y nos dijo que le traeríamos problemas, pero le rogamos que no nos obligara y finalmente accedió.

Han pasado cinco años desde entonces. Ahora Juan y yo somos mayores de edad y nadie puede obligarnos a verla.

De todo aquello, a mi madre le tocó la peor parte. Supimos por mis abuelos que la habían ingresado en un psiquiátrico. Cuando digo esto, Juan se enfada conmigo. La parte peor, dice, no es la de ella.

Papá nunca levantó cabeza ni supo deshacerse de la culpa con que terminó obligándose a cargar. Y nosotros, hemos sobrevivido, que no es poco.

Hoy, de regreso de mi última sesión con el psicólogo, que al fin me ha dado el alta, no puedo evitar encaramarme en una silla para coger la caja que lleva años olvidada en el estante superior de la biblioteca.

Una capa de tierra cubre la superficie de celofán haciendo invisible el contenido. Soplo con fuerza y el aire se llena de motas que van inundando la sala, flotando en el aire iluminado por el atardecer que se cuela por la ventana.

– ¿Qué haces niña? – dice mi padre desde su sillón sin imaginarse lo que me traigo entre manos.

Bajo de la silla de un salto, sin plantearme una posible caída, y apoyo sobre la mesa la caja llena de ayer.

Una a una voy sacando las tazas, los platos, la azucarera y con reverencia cojo entre mis manos la preciada tetera.

Todo es mucho más pequeño de lo que recordaba. Pero su tacto es mágico.

Mi padre se acerca curioso y su cara se ilumina cuando vislumbra mi tesoro sobre el mantel.

– Pero… ¿de dónde salió esto? – pregunta con la mirada llena de nostalgia.

Juan llega de la universidad  y lo convenzo de que se siente junto con papá a probar mi té. Allí esperan hasta que lavo cada pieza con esmero, lleno la pequeña azucarera con azúcar, y la tetera con agua caliente.

Cierto es que el agua empieza a escaparse por las grietas antes de conseguir rellenar las tres tazas, pero no nos importa.

Reímos sin poder parar y hablamos de cosas prohibidas, y  brindamos con tacitas de porcelana del tamaño de nuestros pulgares, que no tienen té, ni leche, ni azúcar, pero están llenas, y no se rompen a pesar que las entrechocamos una  con otra innumerables veces, y nos volvemos a decir, que después de todo, la tetera ha quedado como nueva.

Soy lo prohibido

Soy lo prohibido

Rechazó el ofrecimiento mediante un gesto desdeñoso de sus dedos, pero se quedó con la cerveza. María se encogió de hombros dibujando un “como prefieras” entre las escápulas fruncidas.

Esa fue toda la conversación que conseguí sacarles. Me quedé confuso, con los guiones de diálogo preparados y sin encontrar hueco donde colocarlos.

Ella giró para regresar a la cocina. Eso me obligaba a pensar rápidamente algo para hacerle hacer allí. Una cebolla, decidí. Pelar cebollas siempre es un buen recurso. Ella llorará. El lector no sabrá si debido al efecto irritante de la cebolla o a la indiferencia con que él ha descartado su ofrecimiento. Eso me dará tiempo a pensar.

Se suponía que debían tener una discusión. Un vuelco en la historia. Un intercambio memorable donde María le reprochara su enésima infidelidad y Alejandro se viera obligado a tomar una decisión:  ella o las otras.

Por eso, a pesar de que podía ser un poco denigrante para María, la había obligado a acercarse al sofá llevándole una lata de su cerveza preferida, para ofrecerle hablar. Quien tendría que haber movido la primera ficha, era Alejandro. Pero qué podía pretender de un tío que toda la vida no había mirado más allá de su propio ombligo, o de las faldas de cualquier mujer que no fuera la suya.

Yo lo había creado así, ahora no podía quejarme. Le eché un vistazo mientras ella pelaba la cebolla. Seguía tirado en el sofá. Pensé que se me había ido un poco la mano con los rasgos negativos. No tuve en cuenta que éstos con el tiempo se acentúan. Diez capítulos más y tendría un irredimible hijo de puta.

En cambio, María… Ella era tan dulce y comprensiva. Una mujer que había superado miles de problemas, y que merecía algo mejor que un mamarracho con nombre de rey. En silencio, llevaba páginas enamorado de ella.

Me acerqué a la cocina. María cortaba la cebolla. Era tan delicada con todo lo que hacía. Imaginé esas manos, que parecían bailar sobre la tabla de madera, acariciándome el pelo.

Contra todo pronóstico, ella no lloraba. Canturreaba una melodía que me sonaba mucho, aunque no podía recordar qué canción era.

Claro, cómo no te va a sonar si se la estás haciendo canturrear tú, me dije. Apoyé los guiones de diálogo sobre la mesa. Era evidente que no podría usarlos. Además, necesitaba mis brazos. Me acercaría a María y la invitaría a bailar. Era un bolero. Lo que estaba cantando era un bolero.

Puse mis manos sobre sus hombros. Ella siguió entonando “Soy ese beso que se da sin que se pueda comentar. Soy ese nombre que jamás fuera de aquí pronunciarás…”

Por más esfuerzos que hice, no conseguí que se girara hacia mí. Ella no percibía mi presencia. Me odié por haber elegido un narrador omnisciente y no uno protagonista o, aunque fuera, uno testigo.

Ella cogió la tabla y atravesándome la apoyó sobre mis guiones de diálogo. Luego, se fue desvistiendo despacio, dejando un reguero de ropa gris y desgastada hasta el baño. La escuché abrir la ducha mientras seguía cantando “Soy el pecado que te dio, nueva ilusión en el amor…”.

En el cuarto descubrí su maleta llena sobre la cama. No podía dejarla ir. Si lo hacía, escribiría su propia historia. Una historia ajena a mí. Corrí hasta la sala. Sacudí a Alejandro por los hombros. Él tampoco percibía mi presencia, y aunque la hubiera percibido, de nada hubiera servido. Estaba muerto, con la lata de cerveza entre las manos. Tarde lo comprendí todo.

Sentado en el sofá empecé a sollozar mi fracaso. Las ruedas de la maleta sobre la tarima me alertaron de que era hora de despedirme de María. La vi salir, radiante, con el pelo mojado y cerrar la puerta con firmeza.

Me asomé por la ventana hacia la calle que yo mismo había creado para verla fundirse en un abrazo con un desconocido. Un personaje que yo nunca había puesto allí.

Querido diario

Querido diario

Día 1 sin mamá

Mamá me ha dicho que escribiera este diario. Que eso me ayudará a pasar el tiempo mientras no podamos vernos, y de paso, luego podré contarle todo lo que me vaya pasando y que no llegaré a decirle en su llamada diaria.

Día 5 sin mamá

La abuela dice que no podemos hablar mucho rato con mamá. Que nos llama cuando llega a casa, muy cansada después de trabajar todo el día. Que tiene que dormir. Entonces tenemos que turnarnos ella, Eva, Lucas y yo. Solo me tocan dos o tres minutos. Todavía no me he animado a decirle cuanto la quiero.

Día 7 sin mamá

Hoy la gente ha empezado a aplaudir en los balcones a las ocho. La abuela nos ha dicho que aplauden a mamá y salimos los cuatro con los abrigos puestos y aplaudimos hasta que nos duelen los brazos. Lucas es el que se cansa primero y le pregunta a la abuela si está segura de que están aplaudiendo a mamá. “Sí, cariño”, dice la abuela. “A mamá y a todos los héroes que cuidan de los enfermos y luchan contra el virus”. “¿Mamá es como Superman?”, pregunta Eva. La abuela asiente. Yo sé que mamá no tiene capa ni nada. Le miente a Evita porque es pequeña y se lo traga todo.

Día 10 sin mamá

La abuela nos enseñó a hacer magdalenas, nos ha dicho que eran el dulce preferido de mamá cuando era pequeña. Hoy, cuando ha llamado, nos hemos peleado por ser el primero en contarle lo buenas que nos han salido. “Mmm qué rico” ha dicho mamá. Le prometimos que cuando podamos volver a casa con ella, haremos un millón de magdalenas.

Día 12 sin mamá

Hoy me ha animado a decirle que la quiero mucho. No sé, ya tengo ocho años, cada vez me gusta menos que me ande besuqueando todo el tiempo. Pero hoy me hubiera encantado que lo hiciera. Me prometió una guerra de cosquillas cuando regresemos a casa.

Seguimos saliendo al balcón a las ocho. Ya no llevamos abrigo, y es de día. Entonces es más fácil ver que al rato de empezar a aplaudir a la abuela se le caen las lágrimas. Es una pesada, pero a ella también la quiero.

Día 15 sin mamá

Nos pregunta siempre si estamos haciendo las tareas que nos pasan los profes. Evita es demasiado pequeña y no le dan tareas. Pero me preocupo de que Lucas y yo estemos al día.  Para poder decirle que sí, que lo estamos haciendo todo. Si le decimos eso, se nota que se tranquiliza. Dice que nos extraña, pero que ya falta menos. Que no hagamos regañar a la abuela. Y que se va a dormir, que mañana madruga mucho otra vez.

Día 18 sin mamá

Hoy la abuela ha estado hablando cinco minutos con mamá. Se ha encerrado en la cocina y no nos ha dejado escuchar. Solo nos dejó mandarle besos y abrazos todos juntos con el micrófono abierto. Dijo que mamá estaba muy cansada y que tendría que quedarse en casa unos días. “¿Podemos ir a verla, entonces?”, pregunté entusiasmada. “No, cariño, no podemos” dijo, y luego se enjugó con disimulo dos lágrimas como hace siempre después de los aplausos en el balcón.

Día 20 sin mamá

Ahora mamá nos llama desde casa. Le han dado unos días libres. Pero se ve que ha trabajado demasiado, porque está muy cansada. No deja de recomendarnos que hagamos las tareas, que nos portemos bien. Habla como si acabase de correr una carrera. Le pregunto si estaba haciendo gimnasia. Me dice que no. Que está un poco cansada, pero que se le pasará.

Día 21 sin mamá

Hoy mamá ha hablado un rato más largo con nosotros. Habla con todos a la vez, parece que eso la cansa menos que repetirnos lo mismo a uno por uno. Nos ha prometido que el año que viene, cuando yo cumpla los nueve, Lucas los once y Eva los cinco, nos iremos los cuatro a Euro Disney. Nos pusimos a saltar y gritar como locos. Y ella empezó a toser y toser. La abuela quitó el micrófono abierto y siguió hablando unos minutos con ella encerrada en la cocina.

Día 22 sin mamá

Antes de levantarnos, cuando la abuela todavía no había venido a llamarnos para desayunar, Lucas y yo estábamos despiertos. “Mamá se lo ha pillado”, me ha dicho. “¿Que mamá queeeé?”. “No seas tonta, nena, que tiene el coronavirus y se va a morir. ¿No ves que la abuela no quiere decirnos nada?”

Entonces entró la abuela y levantó la persiana. “A ver esos remolones… que tenemos pan recién tostado…”. “Abuela, ¿es cierto que mamá se ha contagiado” pregunté temerosa de que dijera que sí, o de que se enfadara por creer las tonterías que dice mi hermano. Ella se sentó en mi cama. Lucas se bajó de la litera y se sentó a su lado. “Sí, es cierto. Pero se pondrá bien”.

Día 25 sin mamá

Hoy mamá tampoco ha llamado. Lleva tres días sin hacerlo.

Día 28 sin mamá

Seguimos saliendo al balcón a las ocho para aplaudir a todos los que están cuidando de mamá en el hospital. Ahora aplaudimos todavía más fuerte que al principio. Luego nos cogemos las manos limpias y relimpias de tanto lavarlas y cantamos la canción esa que pone a todo volumen la del edificio de enfrente. Yo mucho no la entendía, pero cada vez la voy entendiendo mejor.

Día 30 sin mamá

Hoy mamá ha vuelto a llamar. La abuela tenía razón. Puede que no tenga capa, pero mamá es un superhéroe.

Hoy el balcón a las ocho ha aparecido lleno de primavera.

Tablas de salvación

Tablas de salvación

Es de los que no tienen buen pronóstico. Para saberlo basta con observar la dificultad con que respira a pesar de tener una máscara de oxígeno ayudándolo. Lo vi por primera vez ayer por la tarde, durante el segundo turno de limpieza. Entonces pensé que era de los que esperaban hueco en la UCI.

Pero hoy, al entrar en la habitación arrastrando mi carro repleto de armas letales y jabonosas, sigue allí.

Esta vez me mira, lo cual puede ser interpretado como un signo de mejoría o como un recurso desesperado. Muchos intentan asirse a un clavo ardiendo y nos ruegan a los simples limpiadores, que les demos algo. Algo que les quite la fiebre, o les calme los malestares, o les ayude a sentir que no se van a ahogar de un momento a otro. Entonces les muestras la fregona, las bayetas, y te encoges de hombros. Cuando además de mirarme, intenta dirigirme unas palabras inarticuladas, eso es lo que hago.

—No soy sanitario, amigo. Quédese tranquilo, ya pasarán a atenderlo.

El hombre niega con la cabeza, como si ese no fuera su problema e intenta hablar otra vez, mientras señala la puerta del armario donde se colocan los efectos personales de los enfermos.

Comprendo que me está pidiendo algo que tiene allí, y dudo. No debo acercarme a él, no sé si tengo permitido tocar sus cosas. Sigo repasando todas las superficies, esperando que ceje en el intento. Y parece haberlo hecho, cuando estando a punto de retirarme, se quita un momento la máscara y pronuncia dos esforzadas y claras palabras: “Gracias igual”.

Me siento culpable. El hombre no merece que lo trate así.

—Lo siento. Es todo muy raro. Me llamo Felipe.

—Yo, Germán —articula con dificultad en medio de una sonrisa semioculta tras la máscara.

—Hasta luego, Germán. Pasaré más tarde. Hoy doblo turno. Para entonces, tendrá usted más fuerzas, ya verá. Y me contará si hay algo en que pueda ayudarlo

La mirada del hombre se ilumina como si le hubiera prometido un milagro. Asiente y levanta el pulgar.

Cuando regreso a su habitación me espera semisentado en la cama. Cierto color empieza a difuminarse en sus mejillas pálidas y levanta la mano en un gesto de alegre saludo.

—Hola, Germán. ¿Ha visto que no le mentía? Aquí estoy —digo mientras empiezo a sacar mis artilugios del carrito.

—Gracias —pronuncia esta vez con voz más clara.

Le sonrío. Me sonríe. Así, a dos metros de distancia uno del otro, y con las bocas tapadas, nos sonreímos. Su sonrisa se le trepa a los ojos. Llevaba años sin sentirme tan cerca de otro ser humano a pesar de las cinco baldosas que separan los pies de su cama de los míos, repentinamente inmóviles junto a mi carrito.

—Mi perro —dice con esfuerzo.

—¿Su perro está solo? ¿Vive usted solo?

Asiente. Entonces comprendo cuál es su preocupación. Lleva dos días ingresado.

Me mira expectante.

—No sé si podré ayudarlo… —empiezo a decirle. Estoy haciendo doble turno, apenas tengo tiempo de ir a casa a dormir una pocas e inquietas horas para volver a trabajar.

Pero lo que veo en su mirada, me hace cambiar de opinión. En su mirada veo que ese hombre está luchando por salir adelante porque un perro lo espera en casa.

Yo no sé de medicina, ni de cosas complicadas, pero sí sé de desesperación, y de tablas de salvación. Porque he flotado en aguas turbulentas cogido a un madero astillado. Un madero frágil y pequeño, pero capaz de salvarme la vida. Su madero es ese perro.

—Dígame, ¿cómo se llama su perro?

—Brandy. Era de mi mujer…

—¿Qué le pasó a su mujer? —pregunto sin estar seguro de querer saberlo.

Los ojos se le llenan de lágrimas.

—¿Qué tan grande es Brandy? —pregunto de inmediato, solo para cambiar de tema.

Extiende con esfuerzo los brazos.

—Es dócil… —explica.

—Mire, German. Yo lo ayudaré. Le prometo que lo ayudaré. Antes de terminar mi turno volveré por aquí. Ahora descanse.

Así fue como empezó todo. Brandy resultó ser un chucho listo y obediente. La primera vez que me colé en su casa, ladró hasta desgañitarse. Pero cuando vio que le reponía el agua del bebedero y le traía pienso, comenzó a mover la cola sin parar. Y así siguió recibiéndome día tras día. Limpié el piso con esmero y cada día antes de ir al hospital y de regreso, paso a alimentarlo y sacarlo a la calle.

En nuestros paseos le hablo de Germán, de lo mucho que está progresando, y de que pronto regresará. Y también le hablo de la soledad. De cómo la soledad puede hacerse soportable cuando se tiene un Brandy a quien querer. El perro pensará que le estoy hablando de su dueño. Pero no, le estoy hablando de mí mismo. De la soledad de estar en un país que no es el mío, lejos de la familia, los lugares, los olores que han habitado mi vida hasta hace apenas un año.

Hoy, después de dos semanas, llega el esperado momento. Germán es dado de alta. Sanitarios, celadores y limpiadores, lo aplaudimos mientras transita el pasillo con paso más seguro de lo esperable.

Se detiene junto a mí y me sonríe con los ojos, y con la boca oculta tras su mascarilla.

—No sé cómo te podré agradecer —dice emocionado.

—Ni yo. Usted me ha dado un motivo por el que sentirme orgulloso de mí mismo.

No podemos abrazarnos. Ya lo haremos más adelante. Porque cada día al ir y venir al hospital, seguiré pasando por su casa. Para sacar a Brandy, para sonreírnos a través de las mascarillas. Y para recordarme que los maderos a los cuales podemos aferrarnos tienen a veces las formas más insólitas.

Antesala – Primer premio en el XVIII Certamen Ciudad de Bailén

Antesala – Primer premio en el XVIII Certamen Ciudad de Bailén

—Después del triaje, no hay nada —murmura a su acompañante el hombre de abrigo sobre pijama de rombos.

—Tranquilo, papá. Ya nos llamarán —responde la mujer sin darle importancia a las palabras del hombre.

Después de cuatro horas de espera, su reflexión me parece casi el resumen de una postura ante la vida. Sin embargo, la hija sigue inmersa en la pantalla de su teléfono sin prestarle atención.

Yo creo que el hombre está más pálido que cuando llegó, si eso fuera posible.  En contraposición con su vecino,  cuyo rostro tiene un aspecto cada vez más colorado, como si se hubiera masticado una guindilla y no quisiera escupirla por educación.   A él también lo acompaña una mujer, que ya se ha levantado en tres ocasiones para reclamar, sin éxito, atención ante la ventanilla. Es una mujer ocupada. Todos en la sala nos hemos enterado. No puede perder el tiempo. Y exige una solución inmediata.

Si la solución estuviera en manos de la joven que está del otro lado de la ventanilla, nunca llegaría, he creído entrever en su expresión de hartazgo y en el silencio con el que ha respondido cada uno de los arranques de la acompañante del hombre rojo.

Cada vez que se oye una campanilla y aparece un número en la pantalla mustia que cuelga sobre nuestras cabezas, todos la miramos al unísono. Esperando ser los agraciados en un sorteo en el que nuestros números no parecen participar.

Tal vez haya una sala de espera paralela en una entrada de Urgencias paralela a la nuestra, y es allí donde pronuncian la clave de número y letras que tenemos escrita sobre nuestros papeles ajados. Y es allí donde nos vamos poniendo de pie, vamos empujando sillas de ruedas, empuñando bastones, o cojeando para hacer nuestra tan esperada entrada en la consulta que nos hayan asignado.

Porque lo cierto es que desde que yo estoy aquí, en nuestra sala de espera, de nuestra entrada de Urgencias, no se ha movido (a excepción de para intentar hacer sitio a los recién llegados) ni uno solo de los presentes.

Paso revista al elenco creciente de afectados y acompañantes que me rodea. Además de pijama de rombos y rostro colorado, nos acompaña una jungla considerablemente variada.

Está la mujer con el brazo derecho en cabestrillo, el hombre que no se anima a salir a fumar por si lo llaman justo en ese momento, la anciana que tararea un interminable pasodoble (estos tres sin acompañante identificable), y por otro lado, la chica pálida que llora en silencio mientras su madre le acaricia la cabeza, el jovencito de rostro virueloso que se niega a beber el agua ofrecida periódicamente por su acompañante, porque exige uno de los refrescos agotados en la máquina, y la mujer de esparadrapo cambiante sobre el párpado derecho acompañada por el joven lívido que parece estar viendo sangre por primera vez.

De vez en cuando, una camilla entra por la puerta lateral, y dos o tres asistentes uniformados salen de detrás de la ansiada puerta de cristal opaco para arremolinarse a su alrededor con tal presteza que dispara chasquidos de lengua mal disimulados por parte de mis compañeros.

—Aquí, si no llegas en ambulancia, no eres nadie —sentencia un hombre de barba que ha entrado hace no más de una hora. Por lo que su comentario no es bien recibido por los más antiguos. Como si se hubiera tomado una prerrogativa, la de protestar, que aún no se había ganado.

Todo es cuestión de antigüedad, me digo. Cuanto más tiempo llevas aquí, más respetable es tu opinión. Considerando que cuando yo llegué, solo estaban en la sala el hombre rojo y la mujer del brazo en cabestrillo, pienso que estoy casi en la cúpula de la organización y que por ello tengo derecho a indagar acerca de los males que aquejan a dos nuevos recién llegados.

Pregunto, de paso, si les han comunicado tiempo aproximado de espera, porque ese tipo de información fresca nos está vedada a quienes representamos una amenaza de rebelión si osamos acercarnos a la ventanilla.

No han querido decirles, aseguran. Pero desconfío. Es posible que les hayan pedido que no difundan ese tipo de información.

La acompañante del hombre rojo, la mujer de las prisas, se ha erigido en secretaria de actas y recoge en una lista, la hora en la que ha llegado cada uno, si ya han pasado por triaje o no, y evalúa con un criterio no muy ortodoxo, la gravedad de las dolencias.

—Esto es denunciable —asegura en un corrillo en que nos hemos apartado los líderes de la reciente organización: ella, la mujer del brazo en cabestrillo y yo mismo.

Acordamos sistematizar el método de recopilación de la información y generar unas mínimas estadísticas antes de llamar a los medios.

Con las primeras decisiones importantes tomadas, reunimos al resto para comunicarles cómo procederemos.

Cualquier cosa que acelere la atención es bien recibida por quienes solo buscan alivio (físico o moral) antes de regresar a casa (con suerte) o tener que resignarse al ingreso en el hospital (una alternativa que nunca deja de ser como un fantasma para quienes esperamos en una sala de Urgencias).

Por ello, la mayoría de reacciones son de apoyo mientras que la mayoría menos uno son de indiferencia. En el bando de los indiferentes, el chaval virueloso y la anciana del pasodoble, que no se inmutan ni cuando la mujer del brazo en cabestrillo lo levanta en alto, como si fuera un puño revolucionario.

 Desde entonces, los días han empezado a transcurrir insaciables, obligándonos a agregar una columna con la fecha de ingreso a la izquierda de la columna de hora de entrada de nuestra planilla de recepción.

Yo me encargo de encuestar a los recién llegados; la mujer de las prisas, los apunta en su planilla, y dos representantes de la organización (puestos rotativos) se ocupan de ponerlos al corriente de nuestros principios y objetivos.

Lo de hablar con la prensa ha quedado en suspenso, cuando durante la tercera mañana, se han apersonado en la puerta de entrada, respondiendo a nuestras llamadas, dos reporteros de la radio local, y el personal de seguridad no los ha dejado entrar aduciendo razones médicas.

— ¿Cómo que razones médicas? —ha explotado el hombre del pijama de rombos.

—Tranquilo, papá —ha pronunciado una vez más su compañera en una cadencia repetitiva que a algunos de los presentes, empieza a repugnarnos.

Y así las cosas, nos ha pasado casi desapercibido el hecho de que llevamos más de veinticuatro horas  sin escuchar la altisonante campanilla que indicaba los números de los agraciados que serían atendidos. A la última decena de llegados, no se los ha atendido ni siquiera en triaje, lo que apunta a un innegable deterioro de nuestras condiciones.

A la reunión establecida para cada mañana a las ocho, en la que tratamos temas como logística de los sitios, ventilación, necesidad de garantizar el aprovisionamiento de las máquinas expendedoras; agregamos una reunión de cierre de jornada en la que debatimos las cuestiones más candentes: ¿estamos en nuestro derecho de impedir que entren nuevos pacientes en nuestra sala? ¿qué pasa con los cuadros de pronunciada desmejora que empiezan a presentar los pacientes más vulnerables y débiles, e incluso algunos de sus acompañantes? ¿sería una solución enviar un grupo expedicionario al exterior a riesgo de que quienes lo integraran perdieran su turno si fueran llamados?

En nuestra primera asamblea votamos a mano alzada y por mayoría hemos decidido presentar un escrito en la ventanilla con un claro ultimátum. Si en veinticuatro horas no empezamos a ser atendidos, forzaremos la puerta corrediza semitransparente que nos separa de los boxes y secuestraremos al primer médico que encontremos del otro lado.

Todos firmamos el documento que la mujer de las prisas ha escrito en los márgenes de un periódico gratuito de la semana pasada. Todos, menos la anciana del pasodoble que lleva casi dos días sumida en un sopor del que solo sale para tararear unos segundos su melodía antes de hundir el mentón en el pecho otra vez.

Hemos intentado la estrategia de congraciarnos con el trabajador que llega arrastrando sobre un carro las cajas repletas de vituallas con las que repone los faltantes de la máquina.

Las monedas han empezado a escasear, por lo que hemos solicitado al empleado cambiar varios billetes del fondo común que hemos montado por las monedas que acaba de extraer de la alcancía de la expendedora de café.

Cuando el empleado ha intentado obtener ventaja aduciendo que si necesitamos monedas, tendremos que pagar por ellas, nos hemos puesto en pie de guerra. Al final, después de muchas negociaciones, hemos tenido que aceptar que nos diera un noventa por ciento del valor de los billetes que le ofrecimos en monedas de distintos valores. De lo contrario, se hubiera llevado su recaudación, y aunque dejase las máquinas bien cargadas, nunca hubiéramos podido acceder a las imprescindibles provisiones.

Hemos negociado también que en la próxima reposición varíe el sabor de los sándwiches y agregue algún producto de picoteo liviano, sin grasas saturadas, porque es evidente que tenemos que cuidar nuestra salud.  

Las condiciones están empezando a mermar nuestras fuerzas y hemos tenido que habilitar una zona en el rincón más alejado de la entrada de ambulancias para que los más débiles puedan descansar. Sobre el suelo hemos desplegado abrigos y sobre ellos varios juegos de sábanas que la mujer del brazo en cabestrillo ha conseguido en un descuido de dos camilleros que traían un herido de bala.

Las cosas se van organizando a pesar del caos al que debemos enfrentarnos cada vez que llegan nuevos pacientes a la sala. El protocolo está claro: cuestionario, registro, formación intensiva y pautas de comportamiento. Lo que no está tan claro es dónde podremos seguir poniendo gente.

A pesar de que algunos tenemos asiento propio ya que nos han facilitado sillas de ruedas al ingresar, el problema más acuciante ahora mismo, además de mantener la higiene, es que todos tengamos dónde sentarnos.

Como durante el día, nunca estamos todos sentados, no se nota la cada vez más acuciante escasez de sillas o sillones, y es por las noches cuando el problema salta a la vista.

La noche pasada he podido comprobar que una vez que todos ocupamos nuestros puestos, solo quedaban libres tres sitios. Por lo que en la asamblea de la mañana, he planteado la necesidad de tomar una decisión con respecto a las nuevas incorporaciones.

— ¿Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que saturen nuestra sala? —he arengado a los compañeros.

Ya no soy capaz de recordar los nombres de todos los presentes  ya que la fluidez con que llegan día tras día, en comparación con el ritmo nulo con que nos abandonan, me impiden identificar sus problemas, sus necesidades, sus sueños, porque en muchos casos son para mí solo un número.

En segunda votación, y por mayoría simple, se ha acordado no dejar pasar a nuevos pacientes, y se ha dejado en suspenso la medida propuesta por la mujer de las prisas: impedir también el paso de camillas aunque se traten de traslados con situaciones de vida o muerte.

El día ha transcurrido de conflicto en conflicto, porque los nuevos pacientes son ciertamente reacios a abandonar el hospital sin ser atendidos. Y en varias oportunidades, el personal de seguridad  de la entrada se ha visto obligado a deshacer riñas que habían llegado a las manos.

Por la noche, compruebo que seguimos teniendo tres sitios libres y eso me alivia en parte.

Es de madrugada cuando la mujer del brazo en cabestrillo me despierta. Tiene un dedo sobre los labios y me indica que la siga.

—La del pasodoble —pronuncia con tono dramático mientras hace un gesto rápido hacia nuestra área de atención intensiva.

No hace falta que diga nada más. Lo que tenemos que pensar es qué haremos con el cuerpo. Nos sentimos responsables de procurar mantener animada a la población de la sala, y sabemos que la vista constante de un cadáver no contribuirá a que se mantengan ciertas pautas de convivencia sin caer en la desesperación, cosa que no nos podemos permitir.

Los presentes, integrantes de la cúpula de la organización, decidimos, sin demasiado acierto, que lo menos traumático será intentar deshacernos del cuerpo colocándolo sobre alguna camilla de entrada, aunque esta se halle ocupada, como es el caso de todas ellas.

Y así lo hacemos cuando se produce el primer ingreso de ambulancia del día.

El revuelo que provoca nuestra actuación alcanza dimensiones insospechadas. Tras el lógico susto que se ha llevado el auténtico ocupante de la camilla, se monta un griterío, idas y venidas desde el otro lado de la mampara,  manos a la cabeza, miradas de reproche hacia nuestro grupo y comentarios despreciativos respecto al ínfimo nivel de solidaridad que tenemos los ocupantes de la sala de espera.

La mujer de las prisas no ha dejado ni un solo insulto sin usar a la hora de dar respuesta a tan injustas acusaciones. Y la mujer del brazo en cabestrillo, no ha parado hasta conseguir que se llevaran a la anciana del pasodoble fuera de nuestra sala.

Después de una mañana entera de rifirrafes, la paz ha retornado. Las ambulancias siguen llegando con normalidad, y los pacientes seguimos esperando aunque no sepamos muy bien qué.

Esta actividad frenética no ha impedido que a primera hora presentáramos nuestro ultimátum en la ventanilla y exigiéramos que nos sellaran una copia para quedarnos con un comprobante de su entrega.

 Después del habitual reparto de sándwiches  y cafés de las catorce horas, una especie de sopor se ha instalado entre los presentes.

Desde mi silla de ruedas, se me ha dado por intentar recordar sin éxito dónde he puesto el papel en que se indicaba mi código de turno. Pero lo que más me preocupa no es el contenido del papel. Después de todo, recuerdo perfectamente la combinación de letras y números que llevaba. Lo que más me preocupa es que ya no tendré forma de probar que soy el paciente SCG4509 si me llamaran. Eso, si algún día vuelven a llamarnos, me digo antes de quedarme dormido.

En la sala de espera, el sueño es como un balón que va pasando de mano en mano, sin que nadie se lo quede para siempre, ni mucha gente pueda tenerlo a la vez. Sin embargo, en esta tarde, que si funciona nuestro ultimátum, puede ser la última de espera, todos parecemos necesitar descansar.

A la hora de la cena, algunos, aún adormilados, recorremos los pasillos intentando no pisar pies ajenos y repartiendo las viandas correspondientes.

Todos me preguntan qué creo que pasará mañana. Y a todos les contesto con una sonrisa y una palabra de aliento. Mañana terminará nuestra pesadilla. Estoy seguro.

Nuestras reivindicaciones serán escuchadas y no será necesario usar la fuerza ni secuestrar a nadie. Pero esto no deja de ser una expresión de deseo, porque a la mañana siguiente nos encontramos con que los trabajadores de detrás de las ventanillas ya no están en sus puestos. El último turno ha abandonado el lugar sin ser reemplazado por uno nuevo.

La gente que siempre ha venido sobre las seis a limpiar los baños, tampoco se presenta. Ni el hombre de las máquinas expendedoras.

En nuestras filas, la inquietud se hace patente. Los que pueden hacerlo, caminan de aquí para allá, tropezándose entre ellos, y los que no podemos andar, no estamos menos nerviosos.

Asamblea extraordinaria de emergencia y a las diez de la mañana, vencido el plazo de nuestro ultimátum, se decide actuar.

Se designa un grupo de avanzadilla que provisto de muletas, palos con ruedas de los que se usan para colgar el suero, y dos sillas, se acercan a la mampara acristalada con intención de romperla. Pero regresan al punto, habiendo fracasado absolutamente en tal propósito. Es cristal blindado, dicen algunos. Es la prueba de que estamos abandonados a nuestra suerte, aseveran otros.

La ausencia de ambulancias (la última que recordamos ha llegado ayer a última hora de la tarde) no hace más que confirmarnos que estamos metidos en un callejón sin salida.

Los que llevan menos tiempo con nosotros, son, curiosamente, los primeros en decir que es hora de abandonar la espera. Que es evidente que nadie va a atendernos. Los más antiguos intentamos hacerles razonar. ¿Y si después de tanto tiempo de espera se van y es en ese momento cuando les llaman para entrar a una consulta?

—Vosotros estáis pirados. Ahí os quedáis —asevera el benjamín del grupo, un joven de cabello enmarañado que ha permanecido doblado sobre su estómago desde que ha llegado.

Empieza a caminar hacia la salida. Está a diez pasos de abandonarlo todo. Los más antiguos lo miramos entre preocupados y envidiosos. Ninguno de nosotros tiene tantos arrestos.

A punto de cruzar la puerta, cuando el sensor lo detecta y las hojas de cristal se desplazan para darle acceso al exterior, se gira. Juraría que las lágrimas nublan sus ojos. Levanta la mano en gesto de despedida. Dos, tres pasos. El sol se adivina en el exterior. Una corriente de aire renovado se cuela en la sala. Cabello enmarañado avanza decidido. Por un momento pienso que las puertas corredizas lo atraparán a su paso y no lo dejarán salir. Pero me equivoco. El chico sale y sin girarse desaparece de nuestro ángulo de visión. En ese mismo momento, la campanilla indicando el siguiente turno nos sobresalta rompiendo el silencio conmovido con que éramos testigos de la escena.

Todos buscamos instintivamente nuestros papeles para acreditar que el número llamado no es el nuestro.

La mujer en cabestrillo hace las comprobaciones pertinentes, aunque todo intuimos cuál será su conclusión una vez que revise su lista de pacientes. El turno que acaban de llamar indicando que debe pasar a la consulta 10, es el del chico del pelo enmarañado y el estómago dolorido.

Algunos se acercan a la puerta cuidándose de no traspasarla y gritan llamándolo. Pero es inútil. El joven se ha ido.

La sucesión de campanillas sonando hace imposible pensar. Y es que, como si hubieran estado atascadas y con la del desertor se hubieran liberado, no paran de sonar, obligándonos a estar todo el rato atentos a los números que se suceden en pantalla. Aunque ninguno ha correspondido por ahora a alguno de los presentes.

Dividimos tareas. Mientras unos chequean números contra la planilla para no dejar pasar alguno válido, otros nos reunimos para idear una estrategia común.

Las discusiones se suceden sin desencallar la situación. ¿Deberíamos salir para “engañar” a la máquina derivadora de pacientes y forzarla así a llamar a nuestro número? Luego sería cuestión de volver a entrar enseguida y dirigirse a la consulta que correspondiera. Los más expertos opinamos que no será tan sencillo engañar a la máquina y que si hiciéramos eso, el sistema nos obligaría a volver a pasar por la ventanilla para gestionar otro turno. Y como nosotros mismos hemos cerrado el acceso a nuevos pacientes, y tampoco hay ya personal en las ventanillas para recibirnos…

Las campanillas no dejan de sonar y resultan desquiciantes. Por sobre las cabezas de mis compañeros estrategas observo el sol reflejándose en el cristal de la puerta de entrada, cuyas hojas permanecen cerradas.

Una fuerza desconocida se apodera de mí, y ante las miradas asombradas de los presentes, me pongo en pie. Nunca me han visto andar y un murmullo contenido se dispersa como una ola por toda la sala.

Yo he llegado andando, me digo para darme fuerzas. Es más, ni siquiera recuerdo por qué me han ofrecido la silla de ruedas en la que permanezco desde aquel remoto día en que crucé la puerta de acceso e hice pacientemente la cola ante la ventanilla.

Doy unos primeros pasos titubeantes. El silencio que se ha instalado entre mis compañeros solo se ve interrumpido por el sonar intermitente de la campanilla. Han dejado de chequear los turnos que son llamados contra la planilla. Todas las miradas están clavadas en mí.

Avanzo adquiriendo seguridad a medida que me voy acercando a la zona de salida. Un paso más y el sensor me detecta. Las puertas se abren a un ritmo sospechosamente parsimonioso. O al menos a mí me lo parece. Como si estuviera viviendo la escena a cámara lenta. El aire del exterior me da en la cara. El murmullo del tráfico fuera del hospital es como una música que me llama.

Decidido, abro los brazos y atravieso la línea que me ha estado separando de la vida.

Como un atleta que ha llegado a su meta después de un gran esfuerzo, hinco las rodillas en el asfalto de la carretera de acceso a Urgencias y beso el suelo.

Un cerrado aplauso se dispara a mis espaldas. Llego a escucharlo antes de que las puertas vuelvan a cerrarse tras de mí y una voz grave justo encima de mi cabeza pronuncie: “lo tenemos, ha vuelto”.

¿Y tú me lo preguntas? – Finalista IV Premio Ciudad de Sevilla

¿Y tú me lo preguntas? – Finalista IV Premio Ciudad de Sevilla

Volverán las oscuras golondrinas, pienso mientras el AVE va entrando en Santa Justa.  La mujer que va sentada frente a mí, teclea imperturbable en su portátil. El hombre calvo a su lado, que durante todo el viaje ha roncado intermitentemente, abre los ojos y consulta el reloj. Son las nueve menos cinco de la mañana y creo que el ochenta por ciento de los ocupantes de mi vagón, vienen a Sevilla por trabajo.

En cambio yo, llego fantaseando con golondrinas. Como si el tiempo no fuera un eje que se desliza implacable por nuestras vidas, y no me separaran más de treinta años de aquellas clases en que nos recitabas a Bécquer.

Tus manos volaban mientras caminabas entre los pupitres. Algunos te miraban con mirada vacía, otros, apenas disimulaban una risita burlona. En cambio yo, cerraba los ojos y escuchaba tu voz grave envolverme, acunar mis  fantasías, plegarse y desplegarse dentro de mí. Y no me preguntaba qué era la poesía, porque la poesía eras tú.

Todo esto pienso mientras la gente empieza a ponerse en pie, y el pasillo se llena de piernas inquietas, maletas rescatadas desde el portaequipajes, mensajes apresurados de Whatsapp  y esa expectativa con que los humanos esperamos que los acontecimientos más triviales y seguros ocurran.

Cuando el tren se detenga, se abrirán las puertas, y todos nos apresuraremos a salir a la atmósfera cálida de Sevilla, que nos recibirá diáfana en una mañana de junio. Sabemos que así será. Pero no por eso dejamos de chasquear las lenguas si la espera de unos minutos se nos hace eterna.

Eternos son los días que he dejado pasar desde entonces. Desde aquel diciembre en que me entregaste ese papel enrollado que me habilitaba a seguir mi camino. Cuando mi camino debió ser,  ahora lo sé, permanecer en el tuyo.

Que la vida me cruzara de hemisferio y de continente, fue algo no planeado. Un conjuro de lunas oscuras y románticas leyendas, que me hicieron pensar que una vez tomada la distancia necesaria, podría por fin ser realmente yo.

Y debí saber, que no es la distancia la que te permite reconocerte en un espejo. Porque los espejos funcionan igual en España que en Argentina. Se empeñan en devolverte siempre la misma figura, y si la sigues mirando con los mismos ojos, no habrá diferencia perceptible.

Pero creí que no. Que alejarme de la gente que me conocía, incluso de ti, me ayudaría a sacarme el disfraz que me había acompañado durante toda la vida.

La marea de pasajeros me ha arrastrado de algún modo hacia la salida de la estación. Busco una parada de taxis, tal como hace años la busqué cuando decidí, como rezaban las pintadas de entonces en la ciudad, que la única salida de Argentina era Ezeiza. Sin darme cuenta de que lo que quería no era salir de Argentina, si no de mí. Tarea imposible, ya lo ves.

He vivido durante más de treinta años en España. Todos ellos, eludiendo el azar, el deseo, la necesidad de pisar Sevilla. Y hoy, gracias a ti o por ti, regreso. Como si este sitio, que nunca he conocido, fuera el mío en el mundo. Como si se pudiera regresar a un lugar en el que nunca se ha estado.

Sé que regreso porque durante aquellas clases, entre las paredes del aula de un instituto del gran Buenos Aires, he estado aquí. He estado en la Sevilla de Bécquer atravesando puentes detrás de rayos de luna. He escuchado el órgano de Maese Pérez y he volado, he volado con las alas de aquellas oscuras golondrinas que recitabas con tu traje azul marino, tu corbata impecable y el alma en los ojos, de pie junto a la pizarra.

Reconocerse es el trance más doloroso cuando te decides a ser tú. Y no vale aplazar el momento, ni buscar subterfugios que te alejen de la evidencia. Tarde o temprano tendrás que admitir quién eres y por qué estás intentando regresar a un sitio que tus pasos nunca han pisado aún.

– Hotel Bécquer – le indico al taxista. Y me regodeo en lo acertado y simbólico de la elección que hemos hecho al planificar este encuentro.

Alzo la vista contemplando los edificios que me reciben hidalgos, erguidos, elegantes, tal como tú cruzabas la clase de punta a punta sin reparar en la mirada arrebatada con que yo observaba cada uno de tus movimientos.

Es la expectativa la que me estruja el estómago. Yo no soy quien era entonces, ni espero que tú lo seas. Pero me da miedo decepcionarte, como ahora sé que te decepcioné hace tanto tiempo al no ser capaz de enfrentarme a la realidad.

– Entiendo que eran otras épocas y vos… – me has tratado de justificar en una de nuestros interminables chats. Y yo agradecí que mi profe, como cariñosamente te he llamado desde el reencuentro virtual, tuviera esa cualidad tan importante en un buen docente: la empatía. Sin embargo, sé que te ha dolido mi huída, te han dolido mis años de silencio, mi forma obcecada de cerrar los ojos e intentar olvidar.

Mi vida es un erial,

flor que toco se deshoja

Como si hiciera falta tener abiertos los ojos para verse por dentro. Como si la esencia de lo que eres no fuera contigo aunque te mudes a doce mil kilómetros y dejes de leer poesía, y de escribirla. Y te perfumes con fragancias masculinas, y te centres en hacerte un sitio en la jungla de los mercados financieros.

Mientras el aire en su regazo lleve

perfumes y armonías;

mientras haya en el mundo primavera,

¡habrá poesía!

El coche se ha detenido y observo la majestuosa fachada del hotel. No estoy preparado para verte aún, me digo. Treinta años, un divorcio, dos intentos de suicidio y una hija después, ¿no estoy preparado para verte aún?

Claro que lo estoy, solo que dilato el momento, como aquel personaje de Los árboles mueren de pie, que daba vueltas y vueltas a los sobres de las cartas esperadas antes de abrirlos. Para  disfrutar de la expectativa, para estirar el momento de la primera lectura que siempre sería fugaz y atropellado. Sabiendo que iría desde la primera línea hasta la firma y despedida final a trompicones, saltando renglones, leyendo en diagonal, buscando indicios que le confirmaran que el amor seguía vivo.

Recuerdo cuando leímos esa obra y tus manos otra vez explicándolo todo, tu sonrisa eclipsando la luz que entraba por los ventanales del aula, y mis ojos ávidos leyéndote, como si tú fueras la carta tan esperada.

Pago el taxi y camino hacia la recepción. Sé que todavía no habrás llegado, que tu avión aterrizará en tres horas. Y eso me da cierta liviandad en el andar, es como si un par de paréntesis me protegieran del abismo. Porque sé que volver a verte será como un salto al vacío. Que a último momento, puede que el vértigo me eche hacia atrás. Pero no, no hemos llegado hasta aquí para salir huyendo, me repito casi en voz alta.

El recepcionista me pregunta si prefiero una habitación en el ala más tranquila del hotel, y contesto que sí con una secreta sonrisa. Claro que necesito tranquilidad. Para nervios, ya tengo yo un equipaje completo que me he traído desde casa.

Mientras voy hacia el ascensor, observo las golondrinas suspendidas desde el cielorraso de la cafetería del hotel. Aquellas que aprendieron nuestros nombres

¿Sos vos, Fernando? ¿mi alumno del Padre Gallegos?

– Sí, soy yo, profesor. Pensé que no se acordaría de mí.

– Claro, que me acuerdo. Cómo no me iba a acordar. Pasaron treinta años, Fernando. ¿No te parece que podrías llamarme por mi nombre y tutearme?  

Primera sonrisa de una cadena interminable de ellas. De confesiones trasnochadas salvando la diferencia de cinco horas. De madrugadas compartidas escribiendo frenéticamente en un teclado.

He sido yo el que te ha buscado, pero tú me has estado encontrando todo este tiempo sin decírmelo. Esperándome. Deseando que algún día me decidiera a ser yo.

Empezamos a planificar este encuentro la noche en que me confesaste que te habías emborrachado por única vez en tu vida, luego de mi acto de graduación. Cuando te acercaste para decirme que no me fuera, que querías hablar conmigo, y yo, incómodo, te rechacé con una sonrisa torpe y unas excusas más ridículas aún.

¡y entonces comprendí por qué se llora,

y entonces comprendí por qué se mata!

Tú sabías lo que querías decirme, y yo lo sabía. Porque era un joven aterrado ante la perspectiva de dar un paso que me empujaría al rechazo de todo mi entorno, pero no era tonto. Podía percibir perfectamente la corriente que fluía entre nosotros. Pero creía, gracias seguramente a tantos años en colegios de curas, que eso que me hacías sentir estaba mal, que era sucio, que era abominable.

¡Llora! No te avergüences

de confesar que me quisiste un poco.

¡Llora! Nadie nos mira.

Ya ves; yo soy un hombre… ¡y también lloro!

– ¿Y a qué edad saliste del armario al fin? – preguntaste una noche después de intercambiar confesiones y deseos que habíamos guardado demasiado tiempo. ¿Y tú me lo preguntas?, pensé. Porque yo supe quién era gracias a ti.  Pero no supe cómo decirte que nunca había terminado de salir. Que mi familia en Argentina, no sabe quién soy. Solo un buen hijo que regresa para navidades  a atiborrarse de Vitel Toné y turrón de Alicante con treinta y cinco grados a la sombra. Que estando a miles de kilómetros llama regularmente para decir que está bien, que con mucho trabajo, que la niña…

– ¿Tenés una hija, Fernando??? ¿De verdad me estás diciendo que tenés una hija?

– Sí, Lucía tiene 22 años. Y vive con su madre desde que nos separamos, cuando tenía 3.

– …

Tres puntos, tres eternos puntos que iban y venían indicándome que estabas escribiendo, borrando, volviendo a escribir. Y yo, con el alma en vilo, temiendo leer palabras de rechazo, de reproche, de incomprensión. Pendiente de esos tres puntos titilantes, como si en ello se me fuera la vida. La vida que había empezado a soñar desde el momento que habíamos iniciado ese juego de encuentros virtuales, de intercambio de historias vitales a través de la fibra óptica.

La habitación es amplia y clara. Me gusta ese aire minimalista y a la vez acogedor. Miro la cama matrimonial con respeto. Sin animarme a sentarme en ella. Abro la maleta y empiezo a sacar camisas para intentar que se arruguen lo menos posible. Las cuelgo en la mitad izquierda del armario y abro el minibar. Creo que necesitaré una copa.

Estoy aterrado. Como si fuera mi primera vez. Y tal vez, de algún modo lo sea. Porque es la vez que debió ser la primera si no hubiera sido por mi cobardía. ¿Y si me dejas plantado? ¿Y si todo esto no es más que una parte de un plan de venganza perfectamente trazado?

Intento centrarme en tus palabras siempre cargadas de cariño, en tu voz cálida que después de muchos devaneos nocturnos, me permitiste escuchar al teléfono. Tal como yo la recordaba. Mucho más cascada, insistías tú. No, profe, no. Recítame Bécquer, por favor. Estás hecho un gallego, Fernando. Un verdadero gallego. Me encanta tu acento. Y yo ruborizado. Venga, profe, algo de Bécquer… Como yo te he querido, desengáñate

Y esos tres puntos suspensivos que se habían convertido en una marea de comprensión.

No todos somos capaces de dejar atrás los mandatos, las imposiciones de la sociedad, Fernando. Y una hija es un regalo que te dio la vida. Ojalá yo hubiera podido…

– Gracias, profe. Gracias, Román. Siempre me estás enseñando. Qué es lo importante, qué es la generosidad

– No digas boludeces, gallego. Así que tengo una especie de ¿”sobrina”? Me encantaría conocerla

– Y a mí, profe. Es una niña muy especial…

– Si sale al padre…

El discreto golpe en la puerta me provoca un respingo. Consulto aterrado el reloj. No, todavía no puedes ser tú. Tanto fantasear me ha hecho perder la noción del tiempo.

El botones me entrega un paquete y me sonríe.

– Ha llegado esto para usted

Rasgo apresurado el papel. Una edición preciosa de las Rimas de Bécquer y tu letra, esa que trazabas en la pizarra mientras la tiza flotaba en el aire, llenando la primera página.

“Por un beso, yo no sé, lo que diera por un beso.

Para Fernando, tantas veces esperado. Tantas veces aborrecido. Siempre, amado. De tu profe, que en un rato podrá abrazarte al fin.”

Abrazo el libro y te abrazo y me recuesto sobre la cama enorme y lloro, y río, y agradezco a la vida que me haya dado la fuerza de darle al enter cuando te envié aquella solicitud de amistad tres o cuatro meses atrás.

Nunca bebo. Menos aún algo tan fuerte como el whisky que me serví mientras releía una a una las rimas que sé de memoria. Comprobando si alguna palabra difería de mi versión,  esa que internamente me recita tu voz. No, está todo en orden. Las rimas no han cambiado, yo he cambiado, pero las rimas, no.

De tanto mirar el reloj y calcular el tiempo que te llevará recoger el equipaje, coger un taxi en el aeropuerto y llegar hasta la puerta del hotel, me he quedado dormido.

No he escuchado el sonido insistente de tus mensajes de Whatsapp, y me despierto sobresaltado con el timbre estridente del teléfono de la habitación. Suena como sonaban entonces los teléfonos de campanilla, taladrando mis sienes doloridas. Me incorporo de golpe con el corazón desbocado.

Me lleva unos segundos entender que estoy tumbado sobre la cama del hotel Bécquer, con la ropa arrugada, el pelo de punta y la lengua pastosa con la que contesto.

– Dígame…

– Señor Ramírez, en recepción una persona pregunta por usted.

Me pongo de pie y tiro el teléfono al suelo en el impulso. Tengo que ducharme, no puedo dejar que me veas así…

– Dígale que en un momento bajo

– Creo que tiene prisa, señor. Acaba de decir que mejor sube él y ha ido hacia el ascensor. ¿Quiere que avise a seguridad?

– No. No hace falta. No hace falta…

¿Quién unió la tarde a la mañana?

Lo ignoro; sólo sé

que en una breve noche de verano

se unieron los crepúsculos, y… «fue».

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