Fragilidades – Relato ganador del Concurso literario Ciudad de Arnedo 2020

Fragilidades – Relato ganador del Concurso literario Ciudad de Arnedo 2020

Mi madre no suele tener razón. A menudo pienso que quien la ha hecho una persona tan aprensiva ha sido mi abuela. De ella ha heredado ese temor permanente, ese predecir en todo momento las peores desgracias para mí o para mi hermano Juan.

De pequeños, bastaba con que nos dijera un simple “sigue haciendo el tonto y te caerás”, para que termináramos en cuestión de segundos, de bruces en el suelo.

Hacer el tonto podía ser andar por el bordillo un pie tras otro o subir las escaleras de dos en dos. Cualquier cosa que se saliera de ir de su mano caminando como niños adultos por la calle, era para ella hacer el tonto.

Recuerdo aquella tarde en que mi padre me trajo de regalo ese deseado juego de porcelana con que soñaba darles el té a mis muñecas. Aún antes de abrir el paquete, ella dijo: “Despacio, que se te va a romper”. Yo rasgué el papel ansiosa, y allí estaba. La caja de cartón tenía una tapa de papel celofán que me permitió ver el juego en todo su esplendor. Seis tacitas perfectas con sus asas para dedos de muñecas, sus seis platitos a juego con un dibujo de flores y arabescos, la azucarera con su diminuta tapa y por supuesto, la tetera. La pieza fundamental del juego. Con ese pico contorneado por donde ya veía yo salir el humo del té caliente y esa asa con forma de corazón en la que sí cabían mis dedos que apenas tenían cinco años y que jamás habían tocado semejante lujo de vajilla. Abrí la caja con reverencia, después de darle un abrazo agradecido a papá y él me sonrió como siempre lo hacía cuando mamá no estaba cerca. Pasé mis dedos nerviosos sobre la suave porcelana, y de inmediato sentí el impulso de coger la tetera. Allí mamá intercaló su segunda advertencia: “Deja que la coja yo, que tú eres tan torpe que la tirarás”, pero yo no quise. El juego era mío, tenía que cogerla yo.  Fue tenerla entre los dedos y que empezaran a temblar. Primero la tapa cayó en cámara lenta haciendo una elegante pirueta en el aire para hacerse añicos a mis pies. Para que a continuación, en la misma confusión del momento terminara bajando la mano que sostenía la tetera hasta hacerla golpear con el borde de la mesa. Ya no tenía una tetera, sino dos, tres…. Quince trocitos de porcelana que recogí con reverencia y lágrimas en los ojos. Mi madre espetó su típico “Te lo dije” y mi padre intentó atajar el inconsolable mar que me inundaba los ojos prometiéndome que la pegaríamos con mucha paciencia y que quedaría como nueva.

La pegamos con mucha paciencia, sí. Pero como nueva no quedó. Por orden de mi madre fue a parar a su caja de la que no se me permitía sacarla, como tampoco a ninguna de las delicadas tacitas con que yo soñaba montar una merienda inolvidable para mis muñecas.

Allí quedó la caja, en el estante más alto de la biblioteca. Solo se me permitía verla, que no tocarla, de vez en vez.

Cuando insistía mucho a mi madre para que me la bajara. Entonces lo hacía, sin confiarla a mis manos en ningún momento y levantaba la tapa para que yo me “sacara el gusto”, así lo decía. “Sácate el gusto y la vuelvo a poner en su lugar”. Entonces yo observaba por unos segundos las tazas, los platitos alineados y brillantes, la azucarera elegante y la tetera atravesada por un sinfín de cicatrices que solo me recordaban mi torpeza.

No me atrevía ni a acariciar la porcelana por temor a que bastara un roce de mis dedos para que toda esa belleza acabara desparramada a mis pies. Mamá decía: “bueno, no tengo todo el día para tonterías”, cerraba la caja, y la colocaba otra vez en el estante más alto, dando por terminada mi visita.

Era como si yo tuviera un régimen de visitas estipulado con mi vajilla de muñecas y no pudiera acercarme a ella por períodos mayores a unos minutos y siempre bajo vigilancia.

Un régimen como al que mi madre le impusieron para poder vernos cuando yo cumplí los catorce y Juan los dieciséis.

Para entonces, Juan pasaba de ella por completo y se negaba a asistir a esas absurdas entrevistas en el punto de encuentro, bajo la supervisión de un asistente. Yo iba, porque a pesar de todo, me daba un poco de pena mi madre. Y porque papá insistía en que teníamos que verla, que seguía siendo nuestra madre y que se merecía respeto. Cierto es que el punto de encuentro solo era un nombre, porque todo lo que allí se vivía eran desencuentros. Reproches cruzados (si Juan iba nunca se quedaba callado) o reproches unilaterales si yo iba sola y mi madre no hacía más que echarme en cara que no hiciera nada por terminar con tanta injusticia. Ella, que había dado la vida por nosotros, tenía que pedir ahora permiso para vernos. Como si fuera a hacernos daño. Ahora sé que aunque yo no era consciente entonces, la posibilidad de que nos hiciera más daño era muy grande. Y que las estadísticas nunca fallan.

Que mis padres se separaran era toda una novedad en aquella época. Pero que le dieran la custodia a mi padre, salía de los cánones por completo. Las madres de mis compañeras me miraban con pena y me preguntaban si me encontraba bien. “Pobre Amelia” las escuchaba murmurar a mi paso. Amelia es el nombre de mi madre, y era evidente que la consideraban la víctima de toda la situación.

No me sorprendía que les hubiese llenado la cabeza detallando la injusticia a que estaba siendo sometida sin contar la otra parte. Y la otra parte, aunque confusa, era para mí la más dolorosa.

No era algo que hablara con papá, lo veía tan agobiado que no me animaba a mencionarlo. Sí acaso de vez en cuando con Juan, que no dudaba en reprocharme mi estupidez si se me ocurría de algún modo justificarla.

Y es que Amelia, (así la llamaba él, nunca “mamá”), había horadado mi seguridad hasta hacerme dudar de lo que veían mis propios ojos.   Y lo que veían o habían visto, era lo suficientemente cruel como para querer borrarlo.

Juan no era delicado, ni diplomático, ni tenía el más mínimo tacto. Pero era sincero. Y estaba enfadado. Con razón, no lo niego. Pero yo no conseguía enfadarme así y él no lo entendía.

Cierto era que desde que me habían alejado de mi madre, mi salud había repuntado considerablemente. Y que de ser la niña frágil y cenicienta que había sido, pasé a ser una adolescente normal y saludable en unos pocos meses. El pelo, que había raleado en mi cabeza comenzó a crecerme brillante, mi piel escamada se puso tersa, y los músculos de mis piernas que habían llegado a hacer pensar a los médicos que mi destino era una silla de ruedas, estaban haciéndose cada vez más fuertes.

Cuando mi madre me veía entrar al punto de encuentro, sin mis muletas y caminando erguida y sonriente me miraba como diciendo “Mira lo que te han hecho” pero se lo callaba.

Al tiempo, cansada de sus constantes quejas, como Juan, dejé de ir a aquellos encuentros. Papá intentó hacernos cambiar de opinión y nos dijo que le traeríamos problemas, pero le rogamos que no nos obligara y finalmente accedió.

Han pasado cinco años desde entonces. Ahora Juan y yo somos mayores de edad y nadie puede obligarnos a verla.

De todo aquello, a mi madre le tocó la peor parte. Supimos por mis abuelos que la habían ingresado en un psiquiátrico. Cuando digo esto, Juan se enfada conmigo. La parte peor, dice, no es la de ella.

Papá nunca levantó cabeza ni supo deshacerse de la culpa con que terminó obligándose a cargar. Y nosotros, hemos sobrevivido, que no es poco.

Hoy, de regreso de mi última sesión con el psicólogo, que al fin me ha dado el alta, no puedo evitar encaramarme en una silla para coger la caja que lleva años olvidada en el estante superior de la biblioteca.

Una capa de tierra cubre la superficie de celofán haciendo invisible el contenido. Soplo con fuerza y el aire se llena de motas que van inundando la sala, flotando en el aire iluminado por el atardecer que se cuela por la ventana.

– ¿Qué haces niña? – dice mi padre desde su sillón sin imaginarse lo que me traigo entre manos.

Bajo de la silla de un salto, sin plantearme una posible caída, y apoyo sobre la mesa la caja llena de ayer.

Una a una voy sacando las tazas, los platos, la azucarera y con reverencia cojo entre mis manos la preciada tetera.

Todo es mucho más pequeño de lo que recordaba. Pero su tacto es mágico.

Mi padre se acerca curioso y su cara se ilumina cuando vislumbra mi tesoro sobre el mantel.

– Pero… ¿de dónde salió esto? – pregunta con la mirada llena de nostalgia.

Juan llega de la universidad  y lo convenzo de que se siente junto con papá a probar mi té. Allí esperan hasta que lavo cada pieza con esmero, lleno la pequeña azucarera con azúcar, y la tetera con agua caliente.

Cierto es que el agua empieza a escaparse por las grietas antes de conseguir rellenar las tres tazas, pero no nos importa.

Reímos sin poder parar y hablamos de cosas prohibidas, y  brindamos con tacitas de porcelana del tamaño de nuestros pulgares, que no tienen té, ni leche, ni azúcar, pero están llenas, y no se rompen a pesar que las entrechocamos una  con otra innumerables veces, y nos volvemos a decir, que después de todo, la tetera ha quedado como nueva.

Soy lo prohibido

Soy lo prohibido

Rechazó el ofrecimiento mediante un gesto desdeñoso de sus dedos, pero se quedó con la cerveza. María se encogió de hombros dibujando un “como prefieras” entre las escápulas fruncidas.

Esa fue toda la conversación que conseguí sacarles. Me quedé confuso, con los guiones de diálogo preparados y sin encontrar hueco donde colocarlos.

Ella giró para regresar a la cocina. Eso me obligaba a pensar rápidamente algo para hacerle hacer allí. Una cebolla, decidí. Pelar cebollas siempre es un buen recurso. Ella llorará. El lector no sabrá si debido al efecto irritante de la cebolla o a la indiferencia con que él ha descartado su ofrecimiento. Eso me dará tiempo a pensar.

Se suponía que debían tener una discusión. Un vuelco en la historia. Un intercambio memorable donde María le reprochara su enésima infidelidad y Alejandro se viera obligado a tomar una decisión:  ella o las otras.

Por eso, a pesar de que podía ser un poco denigrante para María, la había obligado a acercarse al sofá llevándole una lata de su cerveza preferida, para ofrecerle hablar. Quien tendría que haber movido la primera ficha, era Alejandro. Pero qué podía pretender de un tío que toda la vida no había mirado más allá de su propio ombligo, o de las faldas de cualquier mujer que no fuera la suya.

Yo lo había creado así, ahora no podía quejarme. Le eché un vistazo mientras ella pelaba la cebolla. Seguía tirado en el sofá. Pensé que se me había ido un poco la mano con los rasgos negativos. No tuve en cuenta que éstos con el tiempo se acentúan. Diez capítulos más y tendría un irredimible hijo de puta.

En cambio, María… Ella era tan dulce y comprensiva. Una mujer que había superado miles de problemas, y que merecía algo mejor que un mamarracho con nombre de rey. En silencio, llevaba páginas enamorado de ella.

Me acerqué a la cocina. María cortaba la cebolla. Era tan delicada con todo lo que hacía. Imaginé esas manos, que parecían bailar sobre la tabla de madera, acariciándome el pelo.

Contra todo pronóstico, ella no lloraba. Canturreaba una melodía que me sonaba mucho, aunque no podía recordar qué canción era.

Claro, cómo no te va a sonar si se la estás haciendo canturrear tú, me dije. Apoyé los guiones de diálogo sobre la mesa. Era evidente que no podría usarlos. Además, necesitaba mis brazos. Me acercaría a María y la invitaría a bailar. Era un bolero. Lo que estaba cantando era un bolero.

Puse mis manos sobre sus hombros. Ella siguió entonando “Soy ese beso que se da sin que se pueda comentar. Soy ese nombre que jamás fuera de aquí pronunciarás…”

Por más esfuerzos que hice, no conseguí que se girara hacia mí. Ella no percibía mi presencia. Me odié por haber elegido un narrador omnisciente y no uno protagonista o, aunque fuera, uno testigo.

Ella cogió la tabla y atravesándome la apoyó sobre mis guiones de diálogo. Luego, se fue desvistiendo despacio, dejando un reguero de ropa gris y desgastada hasta el baño. La escuché abrir la ducha mientras seguía cantando “Soy el pecado que te dio, nueva ilusión en el amor…”.

En el cuarto descubrí su maleta llena sobre la cama. No podía dejarla ir. Si lo hacía, escribiría su propia historia. Una historia ajena a mí. Corrí hasta la sala. Sacudí a Alejandro por los hombros. Él tampoco percibía mi presencia, y aunque la hubiera percibido, de nada hubiera servido. Estaba muerto, con la lata de cerveza entre las manos. Tarde lo comprendí todo.

Sentado en el sofá empecé a sollozar mi fracaso. Las ruedas de la maleta sobre la tarima me alertaron de que era hora de despedirme de María. La vi salir, radiante, con el pelo mojado y cerrar la puerta con firmeza.

Me asomé por la ventana hacia la calle que yo mismo había creado para verla fundirse en un abrazo con un desconocido. Un personaje que yo nunca había puesto allí.

Desesperada

Desesperada

Lleva meses sin teñirse. Siempre hay algo más necesario que comprar un bote de tintura. Como todas las mañanas, se peina cuidadosamente frente al espejo, armando una coleta alta que disimule las raíces blancas y le de ese aspecto seguro que se obliga a mantener ante los niños.

De las cremas hidratantes hace tiempo que ha prescindido. Así que se lava el rostro, lo frota cuidadosamente y lo seca dando unos pequeños golpecitos ascendentes con la toalla, tal como ha escuchado alguna vez que es recomendable para mantener la elasticidad de la piel. Se mira al espejo sólo lo imprescindible, intentando no recordar los tiempos en que se levantaba media hora antes para poder maquillarse con meticulosidad antes de salir a trabajar.

Prepara las tazas del desayuno mientras entibia la leche en el fuego. Extraña el microondas, ese calienta todo que solía sacarla de apuros a toda hora. Sacar del congelador y en un momento, comida lista. Desde que se ha estropeado, lo usa como alacena, porque es imposible reponerlo.

Se consuela pensando que hace tiempo que no tiene el congelador repleto de raciones listas para ser recalentadas, por lo que tampoco sería tan útil ahora. Mientras espera, echa un vistazo por la ventana de la cocina. La vecina del quinto pasea a su perro con cara de cansada. Reconoce en sus movimientos rápidos, en la impaciencia con que espera que el perro termine de oler la acera, las prisas propias de una vida estresada con cientos de obligaciones y citas ineludibles convergiendo en el mismo día. Ella ha sido su vecina del quinto. Ella ha disputado maratónicas carreras contra el reloj para cumplir con el trabajo y llegar a tiempo a recoger a los niños y llevarlos a su clase de fútbol o patín, o lo que se llevara en ese curso, llegar a casa agobiada para enfrentarse con las tareas escolares, la cena, el baño, el cuento de antes de dormir y vuelta a empezar.

Es cierto que la vida se ha tornado más pausada. Sin las ocho horas diarias en la oficina, todo puede hacerse con más calma, Como si se hubiera apeado de un tren Ave desde donde era imposible apreciar el paisaje, para montarse en un autobús de línea, destartalado, que va parando en todos los pueblos, y desde el que se puede ver pasar la vida de otros, sin preocuparse por el reloj, porque las agujas han dejado de regirlo todo. Ahora, todo lo rige el calendario. Los días que faltan para cobrar un subsidio que se difumina en un par de semanas, y después a tirar de amigos, vecinos, el comedor social…

Otra vez se ha derramado la leche. Se reprocha el descuido. Últimamente sus pensamientos la alejan demasiado a menudo de la realidad, y no puede darse el lujo de no estar atenta cuando hay que estarlo, porque un poco de leche derramada puede significar que mañana no haya suficiente para todos.

Por suerte no ha sido mucho y puede servir las tres tazas. Agrega un poco de azúcar para compensar la falta de chocolate, y rellena la suya sólo hasta la mitad.

Antes de poder levantar la persiana del cuarto de los niños, tropieza con zapatillas sueltas, mochilas, algún peluche superviviente, un almohadón.

Como siempre, Paula se incorpora de inmediato en la cama, mientras sus dos hermanos remolonean.

—¡Venga, al baño y a desayunar! —ordena después de repartir unos besos de buenos días, unas cosquillas despertadoras, unos apretujones

Mientras los pies descalzos y las risas inundan el pasillo, se asoma a su cuarto. La figura oscura sigue quieta, ovillada en un lado de la cama. Si no fuera porque las mantas suben y bajan rítmicamente, se podría pensar que está muerto. Y en realidad, lo está, reflexiona con matutina sensatez.

—¿Por qué papá ya no nos lleva al cole? —pregunta Marcos mientras sorbe su leche y mordisquea el pan.

—Mójalo, cariño —recomienda ella —así estará más blandito. Porque papá está muy cansado estos días. Pero os llevo yo, que hay que ver qué bien se me da.

—¿Y por qué está tan cansado si no trabaja? —la aplastante lógica infantil es un puñetazo en pleno estómago.

A veces es mejor no contestar si es que no sabes qué decir, se autojustifica.

—¡Todo el mundo a lavarse los dientes!

Cepillos, pasta, peines sobre cabellos mojados para quitarles la rebeldía, mochilas, abrigos y a la calle.

Mientras los ve perderse entre las cabezas húmedas, los gritos, el bullicio de antes de entrar a clase, piensa en qué estrategia utilizará hoy para intentar hacerlo reaccionar. ¿Abrirá todas las ventanas para que se ventile la casa, mientras le exige que se levante a gritos? ¿Se sentará a su lado e intentará razonar con él? ¿Podrá sonsacarle algo más que un monosílabo o un déjame en paz?

– Hola, Puri. ¿Cómo va todo? – el rostro amable de la madre de Joaquín está justo frente al suyo y cae en la cuenta de que no recuerda su nombre. Es la madre de Joaquín, sólo la madre de Joaquín.

—Bieenn —miente arrastrando las vocales, como si eso lo hiciera más auténtico.

—Me alegro, mujer. ¿Qué tal tu marido? ¿Ya ha conseguido algo?

—Aún no —contesta y visualiza sin querer, la imagen oscura en la cama. 

—Ya verás como pronto llega…

Ella quiere responder “Sí, seguro”, pero en cambio pronuncia un “No creo” mientras los ojos se le humedecen sin control.

La madre de Joaquín la coge del brazo y la aparta del paso donde todo el mundo pugna por entrar o por salir una vez que ha dejado a los niños.

—No digas eso… Todo tiene solución…

Asiente, pero sin convicción alguna.

—¿Qué pasa? ¿Hay algo más? ¿Te puedo ayudar?

Ella escucha esas palabras y se desmorona. Aunque la madre de Joaquín sólo esté siendo amable y no pretenda ni pueda en realidad ayudarla, es la primera persona en meses que le pregunta más allá del qué tal de compromiso. En general, la gente le huye, piensa. Como si el desempleo, la desesperación, la miseria, fueran contagiosos.

Terminan tomando un café, invitación “ineludible” que la madre de Joaquín no le permite rechazar.

Le cuenta lo de Antonio, que desde hace dos meses ha tirado la toalla y que no logra sacarlo de la cama. Que pasa días en pijama, comiendo apenas, sin hablar, de la cama al sofá donde se dedica a mirar programas de cotilleos sin prestar ninguna atención, con la mirada perdida en la pantalla y la mente, al parecer, en algún sitio lejano.

—No quiere ir al médico, y mira que le insisto… Dice que el médico no puede solucionarle sus problemas. Pero tampoco habla de ello. Desde la última vez que salió a buscar han pasado al menos siete semanas…

—Tienes que hacer que vaya al médico, Puri. Eso es una depresión….

—Eso supongo, pero no hay forma… Los niños ya empiezan a preguntar y yo no sé ni qué decir… Y si él ha tirado la toalla, ¿cómo voy a hacer yo cuando en un par de meses se nos acabe el subsidio?

La madre de Joaquín aspira profundamente.

—Tal vez yo pueda hacer algo para ayudarte a salir…

*    *    *

Puri ha regresado a casa como caminando sobre una nube. Soledad, la madre de Joaquín, al fin ha podido saber su nombre porque se lo ha apuntado junto con su número en una servilleta, ha dicho que la llame por la tarde, que ella hará algunas averiguaciones y le dirá si puede ofrecerle algo.

– Antonio… ¡Antonio! – grita feliz al entrar en casa. ¡La madre de Joaquín me ha dicho que tal vez puede conseguirme un trabajo o algo así!

Levanta las persianas, recorre el pasillo apresurada hasta el cuarto. Enciende las luces para no perder más tiempo y se apresura hasta la cama para sacudir por el hombro a su marido. De inmediato sabe que algo no está bien. Sólo necesita girarlo para comprender que no respira.

*    *    *

Soledad la ha apoyado sin dudarlo. No sabe qué hubiera hecho si no fuera porque en el peor momento sostenía entre sus manos el papel con su teléfono. Ha acudido de inmediato, la ha acompañado siguiendo a la ambulancia hasta el hospital. Se ha hecho cargo de recoger los niños a la salida del cole… No sabe cómo va a agradecérselo. Por suerte ha llegado justo a tiempo. Antonio ha intentado suicidarse, esa es la realidad. Pero no es algo que sea capaz de aceptar, y mucho menos de explicar a sus hijos. Está enfadada con él, porque ha elegido dejarla sola sin importarle nada más que su propio sufrimiento. Sin embargo, a ratos se siente culpable también, porque es evidente que no ha sabido contenerlo ni evitar que llegara tan lejos.

Antonio ha quedado ingresado en el ala de psiquiatría, y ella está secretamente agradecida. No sabría cómo tratarlo, ni qué decirle, ni podría dejarlo solo.

Los niños han asumido que está enfermo como si fuera una realidad ya sabida, e irremediable.

Ha pasado una semana desde aquel horroroso día, y las cosas poco a poco van acomodándose a la relativa tranquilidad de no saber cómo llegar hasta el próximo día de cobro.

Una mañana, deja a los niños en el colegio y coge el metro. Se ha arreglado con particular esmero. Es su primera entrevista en años, y trata de repasar mentalmente cómo debe comportarse. Qué decir y qué no. Cuándo preguntar, cuando escuchar.

Soledad, tal como prometiera, le ha conseguido el contacto con un tal señor Barraneda. Un gran amigo mío, le ha dicho. Que está buscando gente.

Nerviosa, espera ser atendida en una sala demasiado cerrada para su gusto. Por momentos se siente sofocada pero de ninguna manera puede dejar pasar la oportunidad. Después de una interminable hora de espera, se abre la puerta de caoba y una mujer con mirada perdida sale de prisa.

Entonces se escucha la voz invitándola a pasar.

– Adelante. Siéntese, por favor.

Ella avanza tímida aunque sabe que debería representar mayor seguridad. Sin embargo hay algo en el ambiente cargado que no le gusta. El hombre está sentado detrás de una mesa oscura y grande sobre la que sólo hay un ordenador portátil y un bolígrafo justo delante de la silla en la que toma asiento.

La conversación transcurre por un derrotero imprevisto. El hombre no le pide que hable sobre su experiencia anterior, sobre sus estudios ni sobre su situación actual. En cambio, lanza la primera pregunta con una estudiada tranquilidad:

—¿Está usted desesperada?

—¿Perdón? —cree no haber escuchado bien.

—Pregunto si está usted desesperada y hasta qué punto. Si se encuentra usted aquí, es porque lo está, sin duda. Así que no se tome la molestia de contestar a esa pregunta. Dígame más bien hasta dónde está dispuesta a llegar.

—Bueno, yo… —Puri piensa rápidamente. Tal vez se trata de una de esas estrategias que emplean ahora en las entrevistas para medir la capacidad de reacción —Hasta donde sea necesario —contesta entonces decidida.

—Muy bien —Eso es lo que quería escuchar. Verá, hay mucha gente desesperada, cada vez más, así que si usted prefiere marcharse ahora, está justo a tiempo.

Ella mira a su alrededor. La sala no tiene ventanas y está iluminada con una brillante luz blanca. No hay más mobiliario que la mesa y las dos sillas. Evalúa la posibilidad de ponerse en pie y salir a toda prisa Hay algo perverso y oscuro en todo aquello que no llega a entender. Pero piensa en los niños, en sus desayunos sin chocolate, en sus cenas de arroz blanco, en los inalcanzables libros del colegio. En el tiempo que hace que no comen una fruta en casa. En Antonio ingresado en el ala de psiquiatría. En que la semana que viene le cortarán la luz. En las zapatillas destrozadas con que Marcos sigue caminando. En los veinte largos días que faltan aún para cobrar una miseria que no alcanzará para tapar agujeros. Y en que si no hace algo pronto, el aire seguirá filtrándose por los huecos, y lo envolverá todo en un tornado del que ya no sabrá salir.

—Me quedaré —pronuncia como si estuviera aceptando una sentencia.

*    *    *

Al principio, son trabajos sencillos. Llevar y traer paquetes o sobres de un punto a otro de la ciudad. A veces, coger un tren y hacer varios kilómetros, ida y vuelta en el día. Los horarios son bastante flexibles y ella puede compaginarlos con los de los niños. La única condición es no abrir bajo ningún concepto aquello que transporta. A menudo sospecha que se trata de cajas vacías y que sólo la están poniendo a prueba para comprobar si es capaz de vencer la tentación de saber qué contienen. Puede ser droga, sí. Por supuesto que se le ha ocurrido, pero después del primer viaje con el corazón desbocado, esperando que la policía la detenga de un momento a otro, al recibir el pago por su servicio, cualquier duda se ha disipado por completo. Tiene zapatillas nuevas para los tres niños, la luz pagada y un pequeño respiro en la alacena.

Después de unos meses inmersa en esta rutina de periplos por todo el país, el tal Barraneda la cita en su agobiante oficina para decirle que se espera un paso más de ella.

Antonio sigue ingresado, el subsidio se ha acabado y no tiene muchas alternativas. Acepta, y aceptar significaba que dos o tres veces por semana tendrá que hacer compras en grandes centros comerciales utilizando una identidad falsa. Tarjetas de crédito, documentos de identidad robados, sospecha. Aunque no se le ocurre preguntar. Le llega a casa un sobre con las instrucciones, el centro comercial al que debe ir, la lista exacta de lo que debe comprar. Y ella sólo hace sin pararse a pensar. Porque si piensa se verá obligada a tomar una decisión que ya ha tomado. Ha estado desesperada, y no hace falta repreguntárselo, lo sigue estando.

El siguiente escalón que tiene que subir es un poco más difícil. Participar en pequeños robos a joyerías, en los que sólo debe entrar acompañando a un hombre de traje y fingir que están eligiendo una joya muy especial.

Luego que todo está hecho, salir intentando pasar desapercibida. Caminar, nunca correr y cambiarse de ropa y peluca en un baño público.

Una cosa va llevando a otra. Cada nuevo escalón significa más riesgo. Pero ve a sus hijos felices, sin pasar necesidades, y lo asume.

Antonio ha salido al fin del hospital, pero no ha regresado a casa. Sus padres, con los que ella no quiere saber nada, lo han llevado con ellos para que termine de recuperarse. Ella se siente agradecida. Los niños van a verlo los fines de semana y eso le da mayor libertad para hacer trabajos extra.

Se ha comprado ropa. Otra vez se maquilla con esmero, tiene los estantes del baño llenos de cremas, y el microondas descongela a diario raciones preparadas en los ratos libres.

Cuando todo se desmorona, está desprevenida. Confiada dentro de esa ficción que hace creer a sus hijos y a su familia: un buen trabajo, una empresa que reconoce sus esfuerzos.

De un día para otro el señor Barraneda deja de hacerle encargos. No se pone en contacto con ella, no le llegan sobres con instrucciones y cuando llama al misterioso número que le han dado para casos de estricta emergencia, nadie contesta.

Deja pasar unos días, unas semanas, y cuando sus reservas de dinero empiezan a mermar, decide llamar a la madre de Joaquín. No hablan desde que le ha puesto en contacto con esta gente. Ella ha querido agradecerle, pero su teléfono parece haber cambiado poco después. Ya no la ve en la puerta del colegio. Aparentemente ha sacado al niño de allí. Todos sus intentos por seguirle el rastro son infructuosos.

El día antes de que la policía toque a su puerta recibe una escueta nota. No está firmada, pero el señor Barraneda es sin duda su autor. Una especie de despedida, sin adornos ni agradecimientos. Tampoco amenazas. Es evidente que está muy seguro de que no podrán llegar hasta él.

Lleva a los niños a casa de los abuelos con la excusa de que debe emprender un viaje de trabajo esa misma noche. No se molesta en hablar con Antonio para explicarle nada. Él tampoco lo ha hecho cuando ha intentado suicidarse. Y aunque sabe que no puede confiar en él, que no sabrá cuidar de los niños, se lo ruega. Le recomienda que revise periódicamente el diente de Marcos que está creciendo fuera de lugar. Y que no olvide que a Paulita le gusta llevarse unas marías al cole.

No quiere asustar a los niños, por eso los abraza tanto como puede pero no tanto como quisiera. Les pide que sean buenos. Que nunca olviden que mamá está haciendo todo lo que hace por ellos.

Y a su suegra, esa mujer que en unos días quedará aplastada por las responsabilidades, le agradece todo lo que nunca le ha agradecido y le dice que confía en ella plenamente, que nunca lo olvide.

La mujer la mira sorprendida. No ha sido nunca su nuera proclive a los halagos, pero ve en sus ojos que habla en serio.

—Quédate tranquila, Puri —le dice antes de cerrar la puerta. Y ella, a pesar de no poder hacerlo, se lo agradece en silencio.

Después vuelve a casa y evalúa por última vez la posibilidad de hacer a prisa un par de maletas, que sabe, no le permitirán escapar.

Ahora sí está frente a frente con la verdadera desesperación. Esa por la que estaba dispuesta a llegar a cualquier sitio. O a no llegar a ninguno.

Cuando la policía fuerza la puerta encuentra su cuerpo ovillado en el sofá. No necesitan tocarla para entender que ya no hay nada que hacer.

Querido diario

Querido diario

Día 1 sin mamá

Mamá me ha dicho que escribiera este diario. Que eso me ayudará a pasar el tiempo mientras no podamos vernos, y de paso, luego podré contarle todo lo que me vaya pasando y que no llegaré a decirle en su llamada diaria.

Día 5 sin mamá

La abuela dice que no podemos hablar mucho rato con mamá. Que nos llama cuando llega a casa, muy cansada después de trabajar todo el día. Que tiene que dormir. Entonces tenemos que turnarnos ella, Eva, Lucas y yo. Solo me tocan dos o tres minutos. Todavía no me he animado a decirle cuanto la quiero.

Día 7 sin mamá

Hoy la gente ha empezado a aplaudir en los balcones a las ocho. La abuela nos ha dicho que aplauden a mamá y salimos los cuatro con los abrigos puestos y aplaudimos hasta que nos duelen los brazos. Lucas es el que se cansa primero y le pregunta a la abuela si está segura de que están aplaudiendo a mamá. “Sí, cariño”, dice la abuela. “A mamá y a todos los héroes que cuidan de los enfermos y luchan contra el virus”. “¿Mamá es como Superman?”, pregunta Eva. La abuela asiente. Yo sé que mamá no tiene capa ni nada. Le miente a Evita porque es pequeña y se lo traga todo.

Día 10 sin mamá

La abuela nos enseñó a hacer magdalenas, nos ha dicho que eran el dulce preferido de mamá cuando era pequeña. Hoy, cuando ha llamado, nos hemos peleado por ser el primero en contarle lo buenas que nos han salido. “Mmm qué rico” ha dicho mamá. Le prometimos que cuando podamos volver a casa con ella, haremos un millón de magdalenas.

Día 12 sin mamá

Hoy me ha animado a decirle que la quiero mucho. No sé, ya tengo ocho años, cada vez me gusta menos que me ande besuqueando todo el tiempo. Pero hoy me hubiera encantado que lo hiciera. Me prometió una guerra de cosquillas cuando regresemos a casa.

Seguimos saliendo al balcón a las ocho. Ya no llevamos abrigo, y es de día. Entonces es más fácil ver que al rato de empezar a aplaudir a la abuela se le caen las lágrimas. Es una pesada, pero a ella también la quiero.

Día 15 sin mamá

Nos pregunta siempre si estamos haciendo las tareas que nos pasan los profes. Evita es demasiado pequeña y no le dan tareas. Pero me preocupo de que Lucas y yo estemos al día.  Para poder decirle que sí, que lo estamos haciendo todo. Si le decimos eso, se nota que se tranquiliza. Dice que nos extraña, pero que ya falta menos. Que no hagamos regañar a la abuela. Y que se va a dormir, que mañana madruga mucho otra vez.

Día 18 sin mamá

Hoy la abuela ha estado hablando cinco minutos con mamá. Se ha encerrado en la cocina y no nos ha dejado escuchar. Solo nos dejó mandarle besos y abrazos todos juntos con el micrófono abierto. Dijo que mamá estaba muy cansada y que tendría que quedarse en casa unos días. “¿Podemos ir a verla, entonces?”, pregunté entusiasmada. “No, cariño, no podemos” dijo, y luego se enjugó con disimulo dos lágrimas como hace siempre después de los aplausos en el balcón.

Día 20 sin mamá

Ahora mamá nos llama desde casa. Le han dado unos días libres. Pero se ve que ha trabajado demasiado, porque está muy cansada. No deja de recomendarnos que hagamos las tareas, que nos portemos bien. Habla como si acabase de correr una carrera. Le pregunto si estaba haciendo gimnasia. Me dice que no. Que está un poco cansada, pero que se le pasará.

Día 21 sin mamá

Hoy mamá ha hablado un rato más largo con nosotros. Habla con todos a la vez, parece que eso la cansa menos que repetirnos lo mismo a uno por uno. Nos ha prometido que el año que viene, cuando yo cumpla los nueve, Lucas los once y Eva los cinco, nos iremos los cuatro a Euro Disney. Nos pusimos a saltar y gritar como locos. Y ella empezó a toser y toser. La abuela quitó el micrófono abierto y siguió hablando unos minutos con ella encerrada en la cocina.

Día 22 sin mamá

Antes de levantarnos, cuando la abuela todavía no había venido a llamarnos para desayunar, Lucas y yo estábamos despiertos. “Mamá se lo ha pillado”, me ha dicho. “¿Que mamá queeeé?”. “No seas tonta, nena, que tiene el coronavirus y se va a morir. ¿No ves que la abuela no quiere decirnos nada?”

Entonces entró la abuela y levantó la persiana. “A ver esos remolones… que tenemos pan recién tostado…”. “Abuela, ¿es cierto que mamá se ha contagiado” pregunté temerosa de que dijera que sí, o de que se enfadara por creer las tonterías que dice mi hermano. Ella se sentó en mi cama. Lucas se bajó de la litera y se sentó a su lado. “Sí, es cierto. Pero se pondrá bien”.

Día 25 sin mamá

Hoy mamá tampoco ha llamado. Lleva tres días sin hacerlo.

Día 28 sin mamá

Seguimos saliendo al balcón a las ocho para aplaudir a todos los que están cuidando de mamá en el hospital. Ahora aplaudimos todavía más fuerte que al principio. Luego nos cogemos las manos limpias y relimpias de tanto lavarlas y cantamos la canción esa que pone a todo volumen la del edificio de enfrente. Yo mucho no la entendía, pero cada vez la voy entendiendo mejor.

Día 30 sin mamá

Hoy mamá ha vuelto a llamar. La abuela tenía razón. Puede que no tenga capa, pero mamá es un superhéroe.

Hoy el balcón a las ocho ha aparecido lleno de primavera.

Tablas de salvación

Tablas de salvación

Es de los que no tienen buen pronóstico. Para saberlo basta con observar la dificultad con que respira a pesar de tener una máscara de oxígeno ayudándolo. Lo vi por primera vez ayer por la tarde, durante el segundo turno de limpieza. Entonces pensé que era de los que esperaban hueco en la UCI.

Pero hoy, al entrar en la habitación arrastrando mi carro repleto de armas letales y jabonosas, sigue allí.

Esta vez me mira, lo cual puede ser interpretado como un signo de mejoría o como un recurso desesperado. Muchos intentan asirse a un clavo ardiendo y nos ruegan a los simples limpiadores, que les demos algo. Algo que les quite la fiebre, o les calme los malestares, o les ayude a sentir que no se van a ahogar de un momento a otro. Entonces les muestras la fregona, las bayetas, y te encoges de hombros. Cuando además de mirarme, intenta dirigirme unas palabras inarticuladas, eso es lo que hago.

—No soy sanitario, amigo. Quédese tranquilo, ya pasarán a atenderlo.

El hombre niega con la cabeza, como si ese no fuera su problema e intenta hablar otra vez, mientras señala la puerta del armario donde se colocan los efectos personales de los enfermos.

Comprendo que me está pidiendo algo que tiene allí, y dudo. No debo acercarme a él, no sé si tengo permitido tocar sus cosas. Sigo repasando todas las superficies, esperando que ceje en el intento. Y parece haberlo hecho, cuando estando a punto de retirarme, se quita un momento la máscara y pronuncia dos esforzadas y claras palabras: “Gracias igual”.

Me siento culpable. El hombre no merece que lo trate así.

—Lo siento. Es todo muy raro. Me llamo Felipe.

—Yo, Germán —articula con dificultad en medio de una sonrisa semioculta tras la máscara.

—Hasta luego, Germán. Pasaré más tarde. Hoy doblo turno. Para entonces, tendrá usted más fuerzas, ya verá. Y me contará si hay algo en que pueda ayudarlo

La mirada del hombre se ilumina como si le hubiera prometido un milagro. Asiente y levanta el pulgar.

Cuando regreso a su habitación me espera semisentado en la cama. Cierto color empieza a difuminarse en sus mejillas pálidas y levanta la mano en un gesto de alegre saludo.

—Hola, Germán. ¿Ha visto que no le mentía? Aquí estoy —digo mientras empiezo a sacar mis artilugios del carrito.

—Gracias —pronuncia esta vez con voz más clara.

Le sonrío. Me sonríe. Así, a dos metros de distancia uno del otro, y con las bocas tapadas, nos sonreímos. Su sonrisa se le trepa a los ojos. Llevaba años sin sentirme tan cerca de otro ser humano a pesar de las cinco baldosas que separan los pies de su cama de los míos, repentinamente inmóviles junto a mi carrito.

—Mi perro —dice con esfuerzo.

—¿Su perro está solo? ¿Vive usted solo?

Asiente. Entonces comprendo cuál es su preocupación. Lleva dos días ingresado.

Me mira expectante.

—No sé si podré ayudarlo… —empiezo a decirle. Estoy haciendo doble turno, apenas tengo tiempo de ir a casa a dormir una pocas e inquietas horas para volver a trabajar.

Pero lo que veo en su mirada, me hace cambiar de opinión. En su mirada veo que ese hombre está luchando por salir adelante porque un perro lo espera en casa.

Yo no sé de medicina, ni de cosas complicadas, pero sí sé de desesperación, y de tablas de salvación. Porque he flotado en aguas turbulentas cogido a un madero astillado. Un madero frágil y pequeño, pero capaz de salvarme la vida. Su madero es ese perro.

—Dígame, ¿cómo se llama su perro?

—Brandy. Era de mi mujer…

—¿Qué le pasó a su mujer? —pregunto sin estar seguro de querer saberlo.

Los ojos se le llenan de lágrimas.

—¿Qué tan grande es Brandy? —pregunto de inmediato, solo para cambiar de tema.

Extiende con esfuerzo los brazos.

—Es dócil… —explica.

—Mire, German. Yo lo ayudaré. Le prometo que lo ayudaré. Antes de terminar mi turno volveré por aquí. Ahora descanse.

Así fue como empezó todo. Brandy resultó ser un chucho listo y obediente. La primera vez que me colé en su casa, ladró hasta desgañitarse. Pero cuando vio que le reponía el agua del bebedero y le traía pienso, comenzó a mover la cola sin parar. Y así siguió recibiéndome día tras día. Limpié el piso con esmero y cada día antes de ir al hospital y de regreso, paso a alimentarlo y sacarlo a la calle.

En nuestros paseos le hablo de Germán, de lo mucho que está progresando, y de que pronto regresará. Y también le hablo de la soledad. De cómo la soledad puede hacerse soportable cuando se tiene un Brandy a quien querer. El perro pensará que le estoy hablando de su dueño. Pero no, le estoy hablando de mí mismo. De la soledad de estar en un país que no es el mío, lejos de la familia, los lugares, los olores que han habitado mi vida hasta hace apenas un año.

Hoy, después de dos semanas, llega el esperado momento. Germán es dado de alta. Sanitarios, celadores y limpiadores, lo aplaudimos mientras transita el pasillo con paso más seguro de lo esperable.

Se detiene junto a mí y me sonríe con los ojos, y con la boca oculta tras su mascarilla.

—No sé cómo te podré agradecer —dice emocionado.

—Ni yo. Usted me ha dado un motivo por el que sentirme orgulloso de mí mismo.

No podemos abrazarnos. Ya lo haremos más adelante. Porque cada día al ir y venir al hospital, seguiré pasando por su casa. Para sacar a Brandy, para sonreírnos a través de las mascarillas. Y para recordarme que los maderos a los cuales podemos aferrarnos tienen a veces las formas más insólitas.

Antesala – Primer premio en el XVIII Certamen Ciudad de Bailén

Antesala – Primer premio en el XVIII Certamen Ciudad de Bailén

—Después del triaje, no hay nada —murmura a su acompañante el hombre de abrigo sobre pijama de rombos.

—Tranquilo, papá. Ya nos llamarán —responde la mujer sin darle importancia a las palabras del hombre.

Después de cuatro horas de espera, su reflexión me parece casi el resumen de una postura ante la vida. Sin embargo, la hija sigue inmersa en la pantalla de su teléfono sin prestarle atención.

Yo creo que el hombre está más pálido que cuando llegó, si eso fuera posible.  En contraposición con su vecino,  cuyo rostro tiene un aspecto cada vez más colorado, como si se hubiera masticado una guindilla y no quisiera escupirla por educación.   A él también lo acompaña una mujer, que ya se ha levantado en tres ocasiones para reclamar, sin éxito, atención ante la ventanilla. Es una mujer ocupada. Todos en la sala nos hemos enterado. No puede perder el tiempo. Y exige una solución inmediata.

Si la solución estuviera en manos de la joven que está del otro lado de la ventanilla, nunca llegaría, he creído entrever en su expresión de hartazgo y en el silencio con el que ha respondido cada uno de los arranques de la acompañante del hombre rojo.

Cada vez que se oye una campanilla y aparece un número en la pantalla mustia que cuelga sobre nuestras cabezas, todos la miramos al unísono. Esperando ser los agraciados en un sorteo en el que nuestros números no parecen participar.

Tal vez haya una sala de espera paralela en una entrada de Urgencias paralela a la nuestra, y es allí donde pronuncian la clave de número y letras que tenemos escrita sobre nuestros papeles ajados. Y es allí donde nos vamos poniendo de pie, vamos empujando sillas de ruedas, empuñando bastones, o cojeando para hacer nuestra tan esperada entrada en la consulta que nos hayan asignado.

Porque lo cierto es que desde que yo estoy aquí, en nuestra sala de espera, de nuestra entrada de Urgencias, no se ha movido (a excepción de para intentar hacer sitio a los recién llegados) ni uno solo de los presentes.

Paso revista al elenco creciente de afectados y acompañantes que me rodea. Además de pijama de rombos y rostro colorado, nos acompaña una jungla considerablemente variada.

Está la mujer con el brazo derecho en cabestrillo, el hombre que no se anima a salir a fumar por si lo llaman justo en ese momento, la anciana que tararea un interminable pasodoble (estos tres sin acompañante identificable), y por otro lado, la chica pálida que llora en silencio mientras su madre le acaricia la cabeza, el jovencito de rostro virueloso que se niega a beber el agua ofrecida periódicamente por su acompañante, porque exige uno de los refrescos agotados en la máquina, y la mujer de esparadrapo cambiante sobre el párpado derecho acompañada por el joven lívido que parece estar viendo sangre por primera vez.

De vez en cuando, una camilla entra por la puerta lateral, y dos o tres asistentes uniformados salen de detrás de la ansiada puerta de cristal opaco para arremolinarse a su alrededor con tal presteza que dispara chasquidos de lengua mal disimulados por parte de mis compañeros.

—Aquí, si no llegas en ambulancia, no eres nadie —sentencia un hombre de barba que ha entrado hace no más de una hora. Por lo que su comentario no es bien recibido por los más antiguos. Como si se hubiera tomado una prerrogativa, la de protestar, que aún no se había ganado.

Todo es cuestión de antigüedad, me digo. Cuanto más tiempo llevas aquí, más respetable es tu opinión. Considerando que cuando yo llegué, solo estaban en la sala el hombre rojo y la mujer del brazo en cabestrillo, pienso que estoy casi en la cúpula de la organización y que por ello tengo derecho a indagar acerca de los males que aquejan a dos nuevos recién llegados.

Pregunto, de paso, si les han comunicado tiempo aproximado de espera, porque ese tipo de información fresca nos está vedada a quienes representamos una amenaza de rebelión si osamos acercarnos a la ventanilla.

No han querido decirles, aseguran. Pero desconfío. Es posible que les hayan pedido que no difundan ese tipo de información.

La acompañante del hombre rojo, la mujer de las prisas, se ha erigido en secretaria de actas y recoge en una lista, la hora en la que ha llegado cada uno, si ya han pasado por triaje o no, y evalúa con un criterio no muy ortodoxo, la gravedad de las dolencias.

—Esto es denunciable —asegura en un corrillo en que nos hemos apartado los líderes de la reciente organización: ella, la mujer del brazo en cabestrillo y yo mismo.

Acordamos sistematizar el método de recopilación de la información y generar unas mínimas estadísticas antes de llamar a los medios.

Con las primeras decisiones importantes tomadas, reunimos al resto para comunicarles cómo procederemos.

Cualquier cosa que acelere la atención es bien recibida por quienes solo buscan alivio (físico o moral) antes de regresar a casa (con suerte) o tener que resignarse al ingreso en el hospital (una alternativa que nunca deja de ser como un fantasma para quienes esperamos en una sala de Urgencias).

Por ello, la mayoría de reacciones son de apoyo mientras que la mayoría menos uno son de indiferencia. En el bando de los indiferentes, el chaval virueloso y la anciana del pasodoble, que no se inmutan ni cuando la mujer del brazo en cabestrillo lo levanta en alto, como si fuera un puño revolucionario.

 Desde entonces, los días han empezado a transcurrir insaciables, obligándonos a agregar una columna con la fecha de ingreso a la izquierda de la columna de hora de entrada de nuestra planilla de recepción.

Yo me encargo de encuestar a los recién llegados; la mujer de las prisas, los apunta en su planilla, y dos representantes de la organización (puestos rotativos) se ocupan de ponerlos al corriente de nuestros principios y objetivos.

Lo de hablar con la prensa ha quedado en suspenso, cuando durante la tercera mañana, se han apersonado en la puerta de entrada, respondiendo a nuestras llamadas, dos reporteros de la radio local, y el personal de seguridad no los ha dejado entrar aduciendo razones médicas.

— ¿Cómo que razones médicas? —ha explotado el hombre del pijama de rombos.

—Tranquilo, papá —ha pronunciado una vez más su compañera en una cadencia repetitiva que a algunos de los presentes, empieza a repugnarnos.

Y así las cosas, nos ha pasado casi desapercibido el hecho de que llevamos más de veinticuatro horas  sin escuchar la altisonante campanilla que indicaba los números de los agraciados que serían atendidos. A la última decena de llegados, no se los ha atendido ni siquiera en triaje, lo que apunta a un innegable deterioro de nuestras condiciones.

A la reunión establecida para cada mañana a las ocho, en la que tratamos temas como logística de los sitios, ventilación, necesidad de garantizar el aprovisionamiento de las máquinas expendedoras; agregamos una reunión de cierre de jornada en la que debatimos las cuestiones más candentes: ¿estamos en nuestro derecho de impedir que entren nuevos pacientes en nuestra sala? ¿qué pasa con los cuadros de pronunciada desmejora que empiezan a presentar los pacientes más vulnerables y débiles, e incluso algunos de sus acompañantes? ¿sería una solución enviar un grupo expedicionario al exterior a riesgo de que quienes lo integraran perdieran su turno si fueran llamados?

En nuestra primera asamblea votamos a mano alzada y por mayoría hemos decidido presentar un escrito en la ventanilla con un claro ultimátum. Si en veinticuatro horas no empezamos a ser atendidos, forzaremos la puerta corrediza semitransparente que nos separa de los boxes y secuestraremos al primer médico que encontremos del otro lado.

Todos firmamos el documento que la mujer de las prisas ha escrito en los márgenes de un periódico gratuito de la semana pasada. Todos, menos la anciana del pasodoble que lleva casi dos días sumida en un sopor del que solo sale para tararear unos segundos su melodía antes de hundir el mentón en el pecho otra vez.

Hemos intentado la estrategia de congraciarnos con el trabajador que llega arrastrando sobre un carro las cajas repletas de vituallas con las que repone los faltantes de la máquina.

Las monedas han empezado a escasear, por lo que hemos solicitado al empleado cambiar varios billetes del fondo común que hemos montado por las monedas que acaba de extraer de la alcancía de la expendedora de café.

Cuando el empleado ha intentado obtener ventaja aduciendo que si necesitamos monedas, tendremos que pagar por ellas, nos hemos puesto en pie de guerra. Al final, después de muchas negociaciones, hemos tenido que aceptar que nos diera un noventa por ciento del valor de los billetes que le ofrecimos en monedas de distintos valores. De lo contrario, se hubiera llevado su recaudación, y aunque dejase las máquinas bien cargadas, nunca hubiéramos podido acceder a las imprescindibles provisiones.

Hemos negociado también que en la próxima reposición varíe el sabor de los sándwiches y agregue algún producto de picoteo liviano, sin grasas saturadas, porque es evidente que tenemos que cuidar nuestra salud.  

Las condiciones están empezando a mermar nuestras fuerzas y hemos tenido que habilitar una zona en el rincón más alejado de la entrada de ambulancias para que los más débiles puedan descansar. Sobre el suelo hemos desplegado abrigos y sobre ellos varios juegos de sábanas que la mujer del brazo en cabestrillo ha conseguido en un descuido de dos camilleros que traían un herido de bala.

Las cosas se van organizando a pesar del caos al que debemos enfrentarnos cada vez que llegan nuevos pacientes a la sala. El protocolo está claro: cuestionario, registro, formación intensiva y pautas de comportamiento. Lo que no está tan claro es dónde podremos seguir poniendo gente.

A pesar de que algunos tenemos asiento propio ya que nos han facilitado sillas de ruedas al ingresar, el problema más acuciante ahora mismo, además de mantener la higiene, es que todos tengamos dónde sentarnos.

Como durante el día, nunca estamos todos sentados, no se nota la cada vez más acuciante escasez de sillas o sillones, y es por las noches cuando el problema salta a la vista.

La noche pasada he podido comprobar que una vez que todos ocupamos nuestros puestos, solo quedaban libres tres sitios. Por lo que en la asamblea de la mañana, he planteado la necesidad de tomar una decisión con respecto a las nuevas incorporaciones.

— ¿Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que saturen nuestra sala? —he arengado a los compañeros.

Ya no soy capaz de recordar los nombres de todos los presentes  ya que la fluidez con que llegan día tras día, en comparación con el ritmo nulo con que nos abandonan, me impiden identificar sus problemas, sus necesidades, sus sueños, porque en muchos casos son para mí solo un número.

En segunda votación, y por mayoría simple, se ha acordado no dejar pasar a nuevos pacientes, y se ha dejado en suspenso la medida propuesta por la mujer de las prisas: impedir también el paso de camillas aunque se traten de traslados con situaciones de vida o muerte.

El día ha transcurrido de conflicto en conflicto, porque los nuevos pacientes son ciertamente reacios a abandonar el hospital sin ser atendidos. Y en varias oportunidades, el personal de seguridad  de la entrada se ha visto obligado a deshacer riñas que habían llegado a las manos.

Por la noche, compruebo que seguimos teniendo tres sitios libres y eso me alivia en parte.

Es de madrugada cuando la mujer del brazo en cabestrillo me despierta. Tiene un dedo sobre los labios y me indica que la siga.

—La del pasodoble —pronuncia con tono dramático mientras hace un gesto rápido hacia nuestra área de atención intensiva.

No hace falta que diga nada más. Lo que tenemos que pensar es qué haremos con el cuerpo. Nos sentimos responsables de procurar mantener animada a la población de la sala, y sabemos que la vista constante de un cadáver no contribuirá a que se mantengan ciertas pautas de convivencia sin caer en la desesperación, cosa que no nos podemos permitir.

Los presentes, integrantes de la cúpula de la organización, decidimos, sin demasiado acierto, que lo menos traumático será intentar deshacernos del cuerpo colocándolo sobre alguna camilla de entrada, aunque esta se halle ocupada, como es el caso de todas ellas.

Y así lo hacemos cuando se produce el primer ingreso de ambulancia del día.

El revuelo que provoca nuestra actuación alcanza dimensiones insospechadas. Tras el lógico susto que se ha llevado el auténtico ocupante de la camilla, se monta un griterío, idas y venidas desde el otro lado de la mampara,  manos a la cabeza, miradas de reproche hacia nuestro grupo y comentarios despreciativos respecto al ínfimo nivel de solidaridad que tenemos los ocupantes de la sala de espera.

La mujer de las prisas no ha dejado ni un solo insulto sin usar a la hora de dar respuesta a tan injustas acusaciones. Y la mujer del brazo en cabestrillo, no ha parado hasta conseguir que se llevaran a la anciana del pasodoble fuera de nuestra sala.

Después de una mañana entera de rifirrafes, la paz ha retornado. Las ambulancias siguen llegando con normalidad, y los pacientes seguimos esperando aunque no sepamos muy bien qué.

Esta actividad frenética no ha impedido que a primera hora presentáramos nuestro ultimátum en la ventanilla y exigiéramos que nos sellaran una copia para quedarnos con un comprobante de su entrega.

 Después del habitual reparto de sándwiches  y cafés de las catorce horas, una especie de sopor se ha instalado entre los presentes.

Desde mi silla de ruedas, se me ha dado por intentar recordar sin éxito dónde he puesto el papel en que se indicaba mi código de turno. Pero lo que más me preocupa no es el contenido del papel. Después de todo, recuerdo perfectamente la combinación de letras y números que llevaba. Lo que más me preocupa es que ya no tendré forma de probar que soy el paciente SCG4509 si me llamaran. Eso, si algún día vuelven a llamarnos, me digo antes de quedarme dormido.

En la sala de espera, el sueño es como un balón que va pasando de mano en mano, sin que nadie se lo quede para siempre, ni mucha gente pueda tenerlo a la vez. Sin embargo, en esta tarde, que si funciona nuestro ultimátum, puede ser la última de espera, todos parecemos necesitar descansar.

A la hora de la cena, algunos, aún adormilados, recorremos los pasillos intentando no pisar pies ajenos y repartiendo las viandas correspondientes.

Todos me preguntan qué creo que pasará mañana. Y a todos les contesto con una sonrisa y una palabra de aliento. Mañana terminará nuestra pesadilla. Estoy seguro.

Nuestras reivindicaciones serán escuchadas y no será necesario usar la fuerza ni secuestrar a nadie. Pero esto no deja de ser una expresión de deseo, porque a la mañana siguiente nos encontramos con que los trabajadores de detrás de las ventanillas ya no están en sus puestos. El último turno ha abandonado el lugar sin ser reemplazado por uno nuevo.

La gente que siempre ha venido sobre las seis a limpiar los baños, tampoco se presenta. Ni el hombre de las máquinas expendedoras.

En nuestras filas, la inquietud se hace patente. Los que pueden hacerlo, caminan de aquí para allá, tropezándose entre ellos, y los que no podemos andar, no estamos menos nerviosos.

Asamblea extraordinaria de emergencia y a las diez de la mañana, vencido el plazo de nuestro ultimátum, se decide actuar.

Se designa un grupo de avanzadilla que provisto de muletas, palos con ruedas de los que se usan para colgar el suero, y dos sillas, se acercan a la mampara acristalada con intención de romperla. Pero regresan al punto, habiendo fracasado absolutamente en tal propósito. Es cristal blindado, dicen algunos. Es la prueba de que estamos abandonados a nuestra suerte, aseveran otros.

La ausencia de ambulancias (la última que recordamos ha llegado ayer a última hora de la tarde) no hace más que confirmarnos que estamos metidos en un callejón sin salida.

Los que llevan menos tiempo con nosotros, son, curiosamente, los primeros en decir que es hora de abandonar la espera. Que es evidente que nadie va a atendernos. Los más antiguos intentamos hacerles razonar. ¿Y si después de tanto tiempo de espera se van y es en ese momento cuando les llaman para entrar a una consulta?

—Vosotros estáis pirados. Ahí os quedáis —asevera el benjamín del grupo, un joven de cabello enmarañado que ha permanecido doblado sobre su estómago desde que ha llegado.

Empieza a caminar hacia la salida. Está a diez pasos de abandonarlo todo. Los más antiguos lo miramos entre preocupados y envidiosos. Ninguno de nosotros tiene tantos arrestos.

A punto de cruzar la puerta, cuando el sensor lo detecta y las hojas de cristal se desplazan para darle acceso al exterior, se gira. Juraría que las lágrimas nublan sus ojos. Levanta la mano en gesto de despedida. Dos, tres pasos. El sol se adivina en el exterior. Una corriente de aire renovado se cuela en la sala. Cabello enmarañado avanza decidido. Por un momento pienso que las puertas corredizas lo atraparán a su paso y no lo dejarán salir. Pero me equivoco. El chico sale y sin girarse desaparece de nuestro ángulo de visión. En ese mismo momento, la campanilla indicando el siguiente turno nos sobresalta rompiendo el silencio conmovido con que éramos testigos de la escena.

Todos buscamos instintivamente nuestros papeles para acreditar que el número llamado no es el nuestro.

La mujer en cabestrillo hace las comprobaciones pertinentes, aunque todo intuimos cuál será su conclusión una vez que revise su lista de pacientes. El turno que acaban de llamar indicando que debe pasar a la consulta 10, es el del chico del pelo enmarañado y el estómago dolorido.

Algunos se acercan a la puerta cuidándose de no traspasarla y gritan llamándolo. Pero es inútil. El joven se ha ido.

La sucesión de campanillas sonando hace imposible pensar. Y es que, como si hubieran estado atascadas y con la del desertor se hubieran liberado, no paran de sonar, obligándonos a estar todo el rato atentos a los números que se suceden en pantalla. Aunque ninguno ha correspondido por ahora a alguno de los presentes.

Dividimos tareas. Mientras unos chequean números contra la planilla para no dejar pasar alguno válido, otros nos reunimos para idear una estrategia común.

Las discusiones se suceden sin desencallar la situación. ¿Deberíamos salir para “engañar” a la máquina derivadora de pacientes y forzarla así a llamar a nuestro número? Luego sería cuestión de volver a entrar enseguida y dirigirse a la consulta que correspondiera. Los más expertos opinamos que no será tan sencillo engañar a la máquina y que si hiciéramos eso, el sistema nos obligaría a volver a pasar por la ventanilla para gestionar otro turno. Y como nosotros mismos hemos cerrado el acceso a nuevos pacientes, y tampoco hay ya personal en las ventanillas para recibirnos…

Las campanillas no dejan de sonar y resultan desquiciantes. Por sobre las cabezas de mis compañeros estrategas observo el sol reflejándose en el cristal de la puerta de entrada, cuyas hojas permanecen cerradas.

Una fuerza desconocida se apodera de mí, y ante las miradas asombradas de los presentes, me pongo en pie. Nunca me han visto andar y un murmullo contenido se dispersa como una ola por toda la sala.

Yo he llegado andando, me digo para darme fuerzas. Es más, ni siquiera recuerdo por qué me han ofrecido la silla de ruedas en la que permanezco desde aquel remoto día en que crucé la puerta de acceso e hice pacientemente la cola ante la ventanilla.

Doy unos primeros pasos titubeantes. El silencio que se ha instalado entre mis compañeros solo se ve interrumpido por el sonar intermitente de la campanilla. Han dejado de chequear los turnos que son llamados contra la planilla. Todas las miradas están clavadas en mí.

Avanzo adquiriendo seguridad a medida que me voy acercando a la zona de salida. Un paso más y el sensor me detecta. Las puertas se abren a un ritmo sospechosamente parsimonioso. O al menos a mí me lo parece. Como si estuviera viviendo la escena a cámara lenta. El aire del exterior me da en la cara. El murmullo del tráfico fuera del hospital es como una música que me llama.

Decidido, abro los brazos y atravieso la línea que me ha estado separando de la vida.

Como un atleta que ha llegado a su meta después de un gran esfuerzo, hinco las rodillas en el asfalto de la carretera de acceso a Urgencias y beso el suelo.

Un cerrado aplauso se dispara a mis espaldas. Llego a escucharlo antes de que las puertas vuelvan a cerrarse tras de mí y una voz grave justo encima de mi cabeza pronuncie: “lo tenemos, ha vuelto”.

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