Las croquetas de la tía

Las croquetas de la tía

Cuando a la tía Filomena se le dio por morirse, a los niños nos mandaron a seguir viendo la tele. ¡Irnos a ver la tele con lo interesante que estaba aquello!

A mi hermana Marita, no le dijimos que estaba muerta, le hicimos creer que estaba dormida. Era la más pequeña y lloraba por cualquier tontería. Y para poder permanecer en las inmediaciones de la cocina, era necesario pasar inadvertidos.

Es que la tía murió mientras estaba haciendo sus famosas croquetas. Cayó desparramada con la cuchara de madera en la mano, dejando un reguero de bechamel alrededor. Nuestro gato Chispas lamió cada gota, mientras los adultos intentaban reanimar a la tía. Inútil, estaba claro que había muerto. De ninguna otra manera hubiera ella dejado de revolver.

La verdad es que un poco de miedito daba, pero no tanto como para salir corriendo. Además, yo era el mayor y debía dar el ejemplo. Que en este caso no sabía cuál era. ¿Qué hay que hacer cuando se muere una tía? ¿Es correcto reírse de la cara de tu hermana que cuando se pone nerviosa le da por inventar muecas graciosas? ¿Puede uno estornudar o bostezar, o contar chistes? Pues qué se yo. Yo no tenía experiencia en tías muertas ni en muertos en general. Quiero decir, muertos de verdad y no los de las películas, que esos en lugar de cocinando bechamel, se mueren manchándose de kétchup la camisa blanca para que parezca sangre de verdad. Pero no es cierto que se mueran. Solo están actuando. Lo que yo no entiendo es que si están actuando por qué no se mueren de verdad y luego resucitan cuando las cámaras ya no los enfocan.

Mi padre comenzó a caminar de arriba abajo tropezándose en cada recorrido con la banqueta alta. Mi madre y el tío Julio se quedaron de rodillas junto al cuerpo redondo de la tía. Como esperando que se sentara de pronto y dijera que todo había sido una broma. Pero no. La tía estaba más pálida que la bechamel a medio hacer. Mi mamá le ponía dos dedos en el cuello, como si con eso quisiera devolver las palabras a esa boca que había quedado ligeramente ladeada hacia la derecha, como si estuviera a punto de contar una de sus típicas anécdotas que ya nadie escuchaba por repetidas. Dejaba los dedos un ratito ahí y luego repetía en un tono cada vez más bajo: “Nada, se nos ha ido”.

Mi tío, en cambio, se llevaba las manos a la cabeza y pronunciaba alternativamente dos frases: “¿Qué haremos ahora?” y “Estamos perdidos”.

Seguro que la tía no había dejado escrita la receta de sus croquetas, y siempre se empeñaba en poner su ingrediente secreto sin que nadie la viera, por lo que nos habíamos quedado sin las mejores croquetas del mundo mundial.

Pero después me di cuenta de que lo de las croquetas no era todo el problema. Yo tenía edad suficiente como para saber que a la tía se la podía querer. Un poco, sí. Como se quieren las cosas que siempre están allí, pero tampoco como para sentirnos tan acongojados ante su ausencia. Y lo de la receta perdida era una pena, claro. Pero tampoco era tan grave. Por eso sabía que algo más había en esos gestos dramáticos con que mis padres y el tío se lamentaban por su muerte.

Empecé a entenderlo, cuando con mucho esfuerzo la sentaron en su silla y comenzaron a discutir no sé qué de una pensión. Yo la única pensión que conocía, era la de Don Arturo, a la entrada del pueblo, donde se alojaban los temporeros en la época de recogida. Pero parece ser que esa pensión no era el problema. El problema estaba relacionado con el dinero. Ese que escaseaba en casa desde que papá se había quedado sin trabajo, mamá solo tenía dos casas martes y jueves, y el tío se había venido a vivir con nosotros porque no tenía para pagar el alquiler.

Hablaban de cosas difíciles, de esas que aburren mucho. Por eso los niños nos pusimos a jugar al escondite. Para pasar el rato. Eso sí, al escondite silencioso. Porque si armábamos mucha bulla, fijo que nos mandaban otra vez a ver la tele en el salón. Y yo quería quedarme cerca de la cocina por si terminaban de hablar las cosas difíciles y pasaba algo más divertido.

Decretamos prohibido esconderse en la cocina, tampoco queríamos acercarnos tanto, que nunca habíamos visto un muerto de cerca. Y por más tía Filomena que fuera,  no podíamos olvidarnos de que en el fondo era una muerta de verdad. De esas de cajones y coronas de flores. Y pañuelos blancos estrujados.

Eso lo habíamos visto una vez en la novela de las cinco, que la tía miraba siempre mientras nos preparaba la merienda. Bueno, más de una vez. Porque en esa novela, cada dos por tres se moría alguno. Para renovar el elenco, decía la tía. Pero fuera por lo que fuera, a mí me daba un poco de impresión, la verdad. El muerto no respiraba ni nada. Y todos los demás alrededor, vestidos de negro, llorando y llorando. La tía decía que no lloraban en serio, que estaban actuando. Pero yo creo que sí que lloraban en serio. De miedo, porque ahí nunca se sabía quién sería el próximo.

A los muertos se los lleva a un lugar donde hay muchos muertos, para que no se sientan solos. Pero no se los ve. Nosotros vamos de vez en cuando a visitar a la abuela. Aunque es muy aburrido, porque la abuela ni aparece ni nada. Le dejamos unas flores en un cartel que tiene su nombre, pero parece que mucho no le gustan, porque nunca viene a recibirnos, ni da las gracias. Y encima, cuando vamos la siguiente vez, están todas marchitas porque ni agua les habrá puesto. Supongo que estará muy ocupada haciendo sus cosas de muerta. Y más aún lo va a estar si a la tía Filomena la llevan para allí. Tan entretenidas estarán que menos todavía saldrán a recibirnos o a agradecernos las flores.

En fin. Bastante maleducados son los muertos.

Para comprobarlo bastaba con espiar y ver a la tía Filomena desparramada en su silla, porque ni siquiera estaba sentada como dios manda. A ver si a nosotros nos iban a dejar estar sentados así a la mesa cuando se estaban hablando cosas tan importantes.

Está bien que la pobre debía de estar cansada de escuchar a mis padres y a mi tío hablar de esos asuntos complicados, discutir, y hasta decir palabrotas. Que si no fuera porque los muertos parece que no saben hablar, bien que no se los hubiera permitido. “Esa boquita, que hay niños presentes”, les hubiera dicho. Y ellos se hubieran mirado avergonzados, pero deseando seguir insultándose mutuamente que es una de sus actividades preferidas.

No había nada que hacer. No se ponían de acuerdo. Y mamá en medio de ambos tratando de que la cosa no pasara de castaño oscuro. Eso del castaño oscuro es algo que solía decir la tía, pero que nadie entendía.

Como nadie entendía que la pobre estuviera ahí aguantando el tipo por no darles el disgusto de caerse de la silla.

Hipólito, el de la esquina, me dijo que cuando su abuelo se murió, se puso duro como una tabla y que a los muertos se los entierra, porque así duros, no se los puede plegar y guardar en un sitio que evite que estén siempre en el medio.

Se los podría guardar en el altillo, o en el galpón de las herramientas. Pero así, duros y sin doblar, no hay altillo ni galpón en que puedan caber sin molestar cuando vas a buscar el maíz para las gallinas o las tijeras de podar.

Por eso, urgía hacer algo con la tía. Porque parece que otra desventaja de morirte es que al tiempo empiezas a oler fatal. Como si no te ducharas durante meses. Hay que ver que los muertos no se pueden duchar, que ni siquiera pueden abrir el grifo, y menos aún sostener la cortina del baño para que no se salga toda el agua para afuera.

Al final decidieron que había que ir a buscar al cura, que no había forma de entretener a la tía durante más tiempo sin que se pusiera dura del todo.

Yo no sé bien para qué fueron a buscarlo, porque hacer, no hizo nada. ¿Los curas no hacen milagros? Pues este, no. Ni la resucitó, ni nada de nada.

La tía no opinaba, pero sus ojos fijos en la cazuela humeante que nadie había quitado del fuego lo decían todo.

El cura dijo que había que cerrarle los ojos y llevarla a un sitio en que pudiera reposar. Entonces se armó un pequeño revuelo. Tenían que decidir si la ponían estirada en el sofá, o la llevaban a su cama.

Mi hermana, que a esas alturas ya se había enterado de que la tía no estaba dormida, y compartía habitación con ella, puso el grito en el cielo. Que ella no quería tener a la muerta al lado.

—Será solo un rato —dijo mamá. Y el tío y papá, que cargaban resoplando el cuerpo de la tía, enfilaron por el pasillo.

Pero mi hermana subió el listón y empezó a llorar con ese llanto finito e insoportable que usa a veces. El tío y papá, retrocediendo el pasillo para llevarla al salón.

—Pero ¿qué hacéis? —dijo mi madre —Ni caso a la niña, que no podemos tener a la tía ahí a la vista de todos. El cura tiene que darle el sacramento.

Berrido agudo de mi hermana. Dudas en el pasillo. La tía empezó a resbalarse. El culo le tocaba en el suelo, y la falda se le levantaba cada vez más.

Mientras, era el cura el que se llevaba las manos a la cabeza.

—Señores, por favor. Un respeto por la difunta.

En eso, empezó a salir un humo negro de la cocina. Nadie había apagado el fuego de la bechamel. El tío largó los pies de la tía Filomena y fue corriendo para intentar hacer algo, pero llegó tarde. Desde entonces, los azulejos de la cocina, que eran blancos, están negros y el techo parece un cielo de noche.

El cura dijo que se tenía que ir y que dejaran el cuerpo en un sitio de una vez.

El tío se había quemado los dedos al intentar sacar la cacerola de la hornalla, así que papá decidió arrastrarla solo hasta el sofá.

El cura pronunció unas palabras que nadie entendió y empezó a mojar a la tía con el agua de un frasquito. Menos mal que estaba muerta, porque si hay algo que a la tía no le gustaba, era que la salpicáramos cuando armábamos la piscina de lona en el fondo. Pero claro, eso el cura no lo sabría. Y la tía, que ya estaría muerta de estar muerta, se lo dejó pasar.

Pero lo que yo creo que nunca nos perdonó fue que dejáramos que se quemara la bechamel.

A veces, por las noches, se la escucha perfectamente trastear con las cacerolas en la cocina. Yo no creo en fantasmas, por eso no se lo digo a mi mamá. Porque, además, parece que ese asunto de la pensión era de verdad muy complicado. Todos en casa, tienen cara de preocupados. Que las cosas de oro de la tía solo dan para un mes más de alquiler, he escuchado que decían.

Y siguen discutiendo entre ellos, como cuando mi primo el Benja y yo nos ponemos farrucos y no hay quien consiga que hagamos las paces.

En el fondo no creo que nadie la eche tanto de menos como yo. Que extraño mucho a la tía Filomena. Y, sobre todo, a sus croquetas.

Con el Moldava en los ojos – Primer Premio Concurso Ciudad de Alfaro 2021 – Segundo Premio XXII Concurso de Relato Corto Ayuntamiento de Monturque

Con el Moldava en los ojos – Primer Premio Concurso Ciudad de Alfaro 2021 – Segundo Premio XXII Concurso de Relato Corto Ayuntamiento de Monturque

He vuelto a soñar que andabas. Cogidos de la mano recorríamos las calles de Praga y nos metíamos en una cafetería. Tú pedías tu eterno capuchino y yo un expreso solo. Se te antojaba una porción de ese espectacular pastel de chocolate que tenían en la vitrina y yo lo pedía, aunque protestaras porque se salía de nuestro presupuesto diario. Después, con los cuerpos más calientes salíamos a caminar junto el río y cruzar el puente de Carlos riéndonos como niños y deteniéndonos ante cada artista callejero.

Soñé que podías entrelazar tus dedos con los míos, y apartarme el pelo de la cara como te gustaba hacer después de cada beso robado en una esquina.

Soñé que cogíamos el tranvía para llegar al hotel y yo te pasaba el brazo sobre los hombros y tú apoyabas tu cabeza en el mío.

Soñé que pasábamos la noche enredados y exhaustos. Que tus ojos me hablaban en ese idioma que hace tanto que no practicamos. Que tú, con esas manos que ahora descansan inmóviles a cada lado de tu cuerpo, trazabas una historia de deseo en mi espalda. Escribías poemas en mi vientre, te derramabas luminosa sobre mí, hasta fundirte sobre mi cuerpo y dejarte caer por la ladera del placer.

Soñé que despertábamos cuando el sol de Praga se colaba entre las cortinas descorridas y que tú me proponías guardar ese momento en el lugar de los tesoros, de los días felices, de las fotografías no disparadas pero reveladas para siempre en el alma.

Yo no entendía entonces por qué decías esas cosas. Por qué querías guardar ese momento para poder acudir a él más tarde, cuando nos hiciera falta.

Seguramente tú tampoco supieras por qué lo hacías. O tal vez intuías lo que muchos años después nos pondría enfrente la vida. Pero tenías la percepción de que en algún momento necesitaríamos regresar a Praga y caminar junto al Moldava, como yo hice anoche en sueños. Y por eso te agradezco que me instaras, que nos instaras a conservar ese carrete de fotografías para poder repasarlas ahora. Creo, más bien estoy seguro de que tú también acudes a ellas de vez en cuando, porque a veces sorprendo el brillo dorado de aquel amanecer en tus ojos, y las aguas del Moldava serpenteando en tus pupilas.

Ahora, que tu voz se ha convertido en una sucesión disonante de sílabas pronunciadas con gran esfuerzo, te digo buenos días mientras levanto la persiana y corro las cortinas para que veas que ha empezado a amanecer.

Me sigues con la mirada. Con esos ojos expresivos que son ahora casi tu única forma de comunicación, y callas.

A veces, cuando callas, temo que ya nunca puedas volver a hablar. Que el terrible esfuerzo que haces para articular sílabas inconexas no alcance para hacerlas salir de tu boca, y se acumulen allí, como las ganas de gritar, las palabras completas, las canciones que canturreabas mientras te duchabas en aquel cuarto de hotel en Praga en que te soñé anoche.

Pero no, mientras te doy la espalda para preparar la medicación sobre la mesita que he colocado en el cuarto, articulas las mismas sílabas con las que te has despedido anoche antes de entrar en uno de tus cortos e inquietos sueños.

—FER-NAN-DO-YA-ES-HO-RA

Yo hago como que no te escucho y me pregunto por qué ya no me llamas Amor, como antes, cuando dos sílabas te costarían menos esfuerzo que las tres de mi nombre. Me lo pregunto solo para poder enfadarme un poco contigo. Eso disuelve apenas las orillas del dolor y me permite girarme para mirarte a los ojos y asentir. Porque sé de qué hablas, aunque no quiera saberlo.

Hoy es el día. Sospecho que hoy es el día. Te prometí que cumpliría lo acordado. Que cuando llegara el momento me recordarías el trato diciéndome exactamente esas palabras. Fernando ya es hora. Que lo harías tres veces, para asegurarnos de que no pronunciarías la clave por error o descuido. Y para darte tiempo a pensarlo con calma.

Sé que el tiempo para pensar te sobra, ya que eso es lo único que puedes hacer sin ayuda. Lo que eres capaz de hacer a la velocidad de siempre, o tal vez con más agilidad, creo. Que el hecho de haber ido perdiendo movilidad, ha obligado a tus pensamientos a fluir con mayor intensidad, y que la claridad que siempre has tenido a la hora de expresarte se ha vuelto ahora hacia tu interior. Para hacerte pensar con dolorosa clarividencia en todo lo que has perdido junto a lo poco que tienes. Tienes una ventana a través de la cual ves pasar el día, un reproductor en el que suena tu música clásica preferida casi todo el tiempo, una docena de rosas rojas en el florero, un ambientador con olor a vainilla que no llega a tapar el de los desinfectantes y medicamentos, una silla de ruedas que ya casi no usas, un reloj que parece no avanzar, una pila de libros sobre la mesilla, un ordenador apagado y mi presencia permanente. Mis sonrisas condescendientes, mi gesto cansado, mi tozudez.

Me acerco con el vaso y te pongo la pajita entre los labios resecos. Tal vez, cuando la dosis de la mañana te surta efecto, y el dolor ceda un poco, cambies de opinión, me digo. Pero sé que no será así.

—¿Llamo a los chicos? ¿Quieres despedirte de ellos? —pregunto cuando ya no soporto tu mirada expectante clavada en mí.

—SÍ-PE-RO-NO-LES-DDI-GAS-NA-DA

Sé que me reprocharán por no hacerlo, pero te lo debo. Te debo que todo ocurra tal cual lo has planeado. Ya que la vida te ha pagado exactamente con lo contrario, al menos que este momento sea tal como tú quieres que sea.

Me pregunto cómo será todo a partir de mañana cuando ya no sepa cómo querrías tú que fuera. Pero prefiero no pensar en mañana. Centrarme en este hoy que te debo. En este hoy en que te haré el regalo más importante de todos estos años. Eso me dijiste cuando empezaste a planearlo todo. Que necesitabas de mí, un último regalo, el más importante. Y que no podías pedírselo a nadie más. Y yo, para convencerte de que el suicidio era una decisión demasiado precipitada, y de que aún teníamos mucho por compartir, acepté. Prometí hacerte ese regalo cuando llegara el momento. Lo acepté entonces sin convicción, por miedo, por egoísmo. No quería perderte. Pero a lo largo de los más de cinco años que transcurrieron desde entonces, supe que te merecías ese regalo que esperabas de mí. Que te merecías tener el poder de decir basta, hasta aquí llegué.

Te dejo descansando luego de la rutina de higiene diaria. Sé que te agota que te levante los brazos, que te gire en la cama, incluso que te tironee del pelo intentando peinarte. Sé que después de eso entras en un sueño ligero, como de bebé afiebrado y tengo tiempo para organizar las cosas en la cocina, para poner una lavadora con las sábanas que acabo de cambiarte, con la absurda idea de que el roce de unas sábanas limpias tal vez te haga cambiar de opinión.

—Papá, ¡qué temprano! ¿Está bien mamá? —pregunta la niña al coger el teléfono.

—Esta como siempre, cariño. Ya sabes…

—Sí —contesta simplemente. Y me la imagino con los ojos cargados de lágrimas como cuando viene a visitarte. Luchando por no derramarlas, como si fueran valiosas perlas que tuviera que mantener escondidas.

—¿Vendrás a verla hoy? —pregunto.

—Sí, papá. Como todos los domingos

Cuelgo pensando qué hará el próximo domingo cuando ya no pueda venir a verte. ¿Sentirá alivio? Muchas veces la muerte es un alivio. Lo será para ti, que ya no tienes fuerzas para seguir batallando, lo será para nuestra hija, que ya no tendrá que contener sus lágrimas perlas, pero ¿lo será para mí? ¿no podrá más el remordimiento que el alivio?

Al niño le mando un Whatsapp. Le digo que lo esperamos esta tarde, que hace mucho que no viene, que su madre pregunta por él y quiere verlo.

Ahora que te has ido con la bandeja cargada de jeringuillas y pajitas de plástico, y las sábanas apretadas bajo el brazo derecho, me quedo mirando mi trocito de cielo. Mirarlo, cuando está así, recién encendido, parece aliviarme un poco el dolor. O tal vez sea la medicación que me acabas de administrar.

He visto en tus ojos la pena. Pero por suerte he visto también la resolución. No había en ellos ni un resquicio de la duda que temí hallar. El dolor no se irá con mi muerte, pero cambiará de color. Te permitirá ver la vida bajo otro prisma. Volver a pensar en ti. Volver a preguntarte qué te apetece comer. A encontrarte con los amigos que llevamos años sin ver, a salir a caminar por las mañanas por el parque. A reacomodar la biblioteca y rescatar todos esos libros que no leíste porque a mí no me interesaban, y tú solo leías para mí.

Leerme en voz alta ha sido una de las cosas más bellas que has hecho por mí. Nadie lo había hecho desde la infancia, cuando mi padre me acompañaba a la cama con un libro lleno de dibujos.

Tú, en cambio, me has leído sin mostrarme ni una sola imagen. Las has dibujado con tu voz, con ese modo tan tuyo de meterte en la historia y regalarme la ilusión momentánea de saberme allí contigo. Lejos de esta cama, lejos de la silla de ruedas, a una distancia prudente del dolor. Una distancia que nos permitiera mantenerlo a raya mientras transitábamos juntos cientos y cientos de páginas.

Has sido un compañero extraordinario. Tan abiertamente generoso que eres capaz de entregarme este regalo final sin miedo. Con firmeza. Con dolor, pero también con amor, con un amor que no sabe de egoísmos. Espero, y ese es mi último deseo al abandonar este mundo, que todo esto no te traiga consecuencias. Lo hemos hablado hasta la saciedad. Hemos dejado muy claro en sucesivos videos que se trata de mi decisión. Una decisión personal y libre. Que tú solo me estás dando las manos que no tengo. Pero que no eres responsable. Ni responsable ni cómplice. Eres, únicamente, un instrumento que necesito para poder llevar a cabo mi voluntad. En esta sociedad democrática en que nos creemos libres de elegirlo todo, desde nuestros gobernantes hasta nuestras preferencias sexuales, hay algo que aún no podemos elegir. Una elección que debería ser la más importante de la vida: cuándo y cómo morir.

Ojalá llegue pronto eso que tanto esperamos. Yo y muchos otros. Pero yo ya no puedo esperar más. Y tú lo sabes. Sabes que cada día me es más complicado expresarme, pero que eso no acortará mi vida. Mi cuerpo es aún joven. Mi corazón y mis pulmones seguirán dando guerra mucho más tiempo del que quisiera. Del que puedo soportar.

Los niños entenderán. Sé que eso te preocupa. Que lleguen a pensar que tú… Puede que al principio les cueste. Ellos no han vivido tan de cerca todo esto. Pero lo entenderán. Tal vez sería más valiente por mi parte decírselos, hacerlos partícipes de mi decisión. Pero sé que por impulso se opondrían. Y ya no tengo las fuerzas para convencerlos. Tú dices que es mejor mantenerlos al margen para protegerlos de las posibles consecuencias legales de todo esto, y sé que ese es el motivo por el que respetas mi decisión de dejarlos fuera. Pero mi motivo es otro. Reconocer ante mis hijos, a quienes siempre inculqué el esfuerzo, la voluntad, el pelear por alcanzar las metas, que me doy por vencida, que ya no me siento capaz de seguir, me resulta demasiado duro.

La vida está hecha de fracasos, y esta forma clandestina de morir tal vez no sea más que mi peor fracaso. Yo, que siempre he sido optimista, que ante las adversidades siempre he dicho que nunca está todo perdido, ahora me desdigo de esta forma tan aparatosa y cruel. Cruel para ellos, pero no para mí. Lo que es cruel para mí es tener que hacerlo en silencio y dependiendo de ti. No porque no me sienta segura en tus manos. Siempre lo estuve. He confiado en ti ciegamente y vuelvo a hacerlo hasta el final. Ya es hora. Fernando, ya es hora, repetiré cuando los niños hayan regresado a sus casas después de la incómoda visita de domingo en que me despediré en silencio de sus rostros preocupados. De sus gestos contenidos, de esa forma que tienen desde hace años de hablarme como si yo no pudiera entenderles, como si yo necesitara que me repitan que debo ser paciente una y otra vez.

La paciencia es un bien que se me ha agotado. La he exprimido, la he puesto a secar al sol, la he vuelto a remojar con las lágrimas que siguen saliendo de mis ojos cuando hace tanto tiempo que soy incapaz de enjugarlas. Nadie debería llorar si no puede secar sus propias lágrimas. La naturaleza debería ser lo suficientemente sabia como para obstruir los lagrimales de quienes no tenemos manos, pero sí tantos motivos para llorar.

Pero hoy no me quiero centrar en eso. Quiero pensar en los cientos de momentos felices que hemos compartido. Recuerdo la escapada a Praga después de aquella reconciliación que fue la única que necesitamos. No hubo más reconciliaciones, porque no hubo más batallas. Después de aquellos días y aquellas noches en Praga, supimos que lo nuestro era tan fuerte como para poder terminar como terminará ahora. Y las batallas que libramos a lo largo de tantos años, nos hallaron a ambos siempre en el mismo bando. Un frente común inquebrantable, que aún hoy nos une ante la adversidad.

Te escucho trastear en la cocina, abrir la lavadora, hablar por teléfono, seguramente con la niña. Estoy cansada, podría dormirme, pero prefiero mecerme en los sonidos que me llegan acolchados mientras observo con admiración la belleza de un par de nubes que se han instalado en mi pedacito de cielo.

—Silvia, cariño. Ha venido la niña a verte

Abres los ojos. Sé que no dormías, que estabas escuchando la Quinta de Beethoven, una de tus favoritas. Lo sé porque algo parecido a una sonrisa se dibujaba en la comisura de tus labios, hasta que has abierto los ojos y has intentado hablar. El dolor te ha anegado la mirada, pero lo has controlado.

—HO-LA-MI-NI-ÑA —has dicho con evidente esfuerzo. Y María, visiblemente emocionada, se ha sentado en la silla junto a la cama y te ha cogido la mano derecha.

Os he dejado solas. Supongo que es lo que deseas. Despedirte de nuestra hija, aunque ella no sea consciente de que esto es una despedida.

—CUI-DA-DE-TU-PA-DRE-CUAN-DDO-YO-NO-ES-TÉ —pronuncio con esfuerzo. Nuestra hija se lleva una mano a la boca como intentando atajar un sollozo.

—Mamá, tú siempre estarás —dice.

Esas palabras me reconfortan. Me hacen sentir menos culpable, menos egoísta por decidir marchar. Siempre estaré. Es algo bonito de escuchar en un momento como este.

La niña guarda silencio. Como si intuyera que este domingo no es como los de siempre, no actúa como suele hacerlo, parloteando sin parar, contándome cualquier tontería en un intento de distraerme de mi dolor. Hoy está distinta, más mayor, me parece. Más mujer. Sé que sobrevivirá. Todos sobrevivimos a la muerte de nuestros padres. Es el ciclo natural de la vida. Por suerte, uno de mis mayores terrores, el ver morir a uno de mis hijos, no se ha hecho realidad. Y me toca a mí primero. Por decisión propia. Por convicción.

—¿Quieres beber un poco de agua?

No contesto. Cierro los ojos. Quiero quedarme con esta imagen de la niña. Su pelo largo enmarcado por la luz vacilante de la ventana. Sus ojos turbios, el calor de sus manos acunando la mía, como tantas veces yo la acuné a ella en la oscuridad de las noches de pesadillas.

—Gracias por venir, hijo

—¿Qué pasa? ¿Está peor? —pregunta preocupado.

Prefiero no contestar a esa pregunta. Prefiero que te vea y juzgue por sí mismo.

—Recién se acaba de ir tu hermana —le digo mientras camino por el pasillo.

Abro la puerta. El atardecer va llenando de sombras el cuarto. Enciendo la lámpara de la mesa de los medicamentos.

—NO-POR-FA-VOR —dices. Y la apago de inmediato.

Sé que no te gustan las luces artificiales, pero la semi penumbra en que se ha sumido la habitación me ha provocado una tristeza profunda. La noche se acerca y con ella el momento en que pronunciarás la frase por tercera vez.

Y yo, que sé que la mejor luz es la de los atardeceres en tus ojos, que a nadie le sienta mejor que a ti la luz del Moldava en la mirada, observo la luz tenue entrar por la ventana y detenerse en tu perfil para delinearlo con delicadeza en un único y mágico momento.

Nuestro hijo se sienta en la cama, intentando no moverla y te pasa sus dedos largos y finos por el antebrazo. Abres los ojos en los que la oscuridad se va adentrando, y lo miras intentando sonreír.

Él no sabe que se está despidiendo de ti, me digo. O a lo mejor lo sabe mejor que nosotros. Siempre fue un niño perspicaz al que se hacía imposible engañar con mentiras piadosas. Un auténtico buceador de la verdad. Y ahora, la verdad está ante sus ojos. Tan cruda como tus articulaciones inútiles, como el modo doloroso en que el aire parece abrirse paso hasta tus pulmones.

Hago ademán de salir, pero me detiene su voz, casi un murmullo.

—Quédate, papá.                                                        

Me acerco a su lado y le acaricio la cabeza. Como cuando era un niño y llegaba con las rodillas raspadas, y yo intentaba tranquilizarlo mientras tú le limpiabas las heridas diciéndole que tenía que ser valiente. Y lo era, sí. Habíamos hecho un buen trabajo.

—Lo que decidáis estará bien para mí —dice. —Lo que decida mamá. Sé que tú la apoyarás

Doy un respingo. Una vez más hace gala de su capacidad de intuir cualquier situación. Nunca lo hemos hablado con claridad, pero aquí está él, diciéndonos que nos apoya.

Lo abrazo, mientras te abraza. Luego, lo acompaño hasta la puerta.

—Gracias, hijo. No sabes lo importante que es esto para mí. Pero sobre todo para ella.

Cuando vuelvo al cuarto ya ha oscurecido. Por la ventana entra el reflejo tenue de una farola lejana.

Pongo en el reproductor tu CD preferido. La música va inundando el silencio que nos une. No hay nada que decir. Hubiera querido hablarte de Praga y de mi sueño, pero en tu mirada tranquila, sé que no hace falta. Que tienes el Moldava en los ojos, y que como en tantas ocasiones a lo largo de la vida compartida, no necesitamos hablar para comprendernos a la perfección.

—FER-NAN-DO-YA-ES-HO-RA —pronuncias al cabo de un rato.

Suelto tu mano y asiento. Entonces, con una tranquilidad que no esperaba sentir, abro decidido el último cajón.

Madres – Primer Premio XIX Certamen Filando cuentos de mujer

Madres – Primer Premio XIX Certamen Filando cuentos de mujer

Amalia

Tu padre te trajo una tarde envuelto en una mantilla blanca tejida al crochet. Tenía una cinta azul celeste entrelazada en su diseño a lo largo de los bordes.

Me había llamado para decirme que no me imaginaba la sorpresa que me iba a dar. Y no, no me la imaginaba. Ya hacía muchos meses que no esperaba sorprenderlo yo, como en los tiempos en que te buscábamos ansiosos, y en que me hacía un test de embarazo con solo un día de retraso, con la esperanza de poder sorprenderlo cuando llegara del trabajo entregándole una cajita envuelta con el predictor dentro. Había soñado esa escena una y otra vez. La había visto en mi cabeza como si fuera una película. La había recreado en invierno, con él colgando al llegar su abrigo y su bufanda en el perchero de la entrada y en verano, con él entrando en casa apresurado por quitarse la camisa y ponerse un pantalón corto. Pero no. Meses y meses pasaron uno tras otro sin que la escena se hiciera realidad. Al final los médicos dijeron que yo no podía, una cosa complicada que no supieron explicarme bien, o que yo no quise entender, pero que no podía.

Dejé de gastar fortunas en pruebas de embarazo, de mirar a hurtadillas ropa de bebé en los escaparates, de leer en revistas de maternidad trucos de lactancia, o cómo conseguir una rutina de sueño en los niños, o qué juguetes estimulan su crecimiento intelectual.

Supongo que también dejé de hacer otras cosas, como esperar a tu padre con una sonrisa. Prepararle su plato preferido, o aceptar sus decisiones unilaterales e injustas.

Él había decidido que, si no podíamos tener hijos, no los tendríamos. Que no quería criar un niño ajeno en casa. Eso era para él la adopción: criar un niño ajeno que cuando fuera mayor intentaría buscar a sus padres biológicos. Muchos lo hacen ¿sabes?, me decía. Hay gente muy desagradecida. Bueno, tal vez es una necesidad natural, le decía yo. Pero no quiere decir que ese niño vaya a dejar de lado a los padres que lo criaron, no hay que ser tan radical. ¿¿Radical?? ¿Radical, yo?, estallaba entonces. Y ya no había quién lo moviera de su postura. Tu padre era sí. Vivía situado en los extremos. O todo o nada o blanco o negro.

Por suerte, tú no saliste a él. Bueno, normal que no salieras a él, ni a mí. Por más que estuvieras apuntado en nuestro libro de familia como hijo biológico, eso no te daba nuestros genes que, créeme, mejor que no hayas heredado.

Tu padre era radical, autoritario, egocéntrico, machista, insensible y a menudo tóxico para quienes lo rodeábamos. Pero yo, yo no tengo menos culpa ni soy mejor persona que él. Yo lo dejé hacer. Te trajo envuelto en tu mantilla blanca y yo te acepté. Sin preguntar cómo ni de dónde te había sacado. Sin sentirme culpable, porque era evidente que al convertirme en tu madre estaba ocupando el lugar de otra mujer. Otra mujer que, sospechaba, no te había cedido de forma voluntaria.

No lo sospechaba, lo sabía. Bastaba con observar la dedicación y el cariño con que estaba tejida la mantilla que traías. Nadie que hubiera decidido dar en adopción a su hijo, tejía algo así.

Lo sabía, y tal vez por eso no pregunté. Me dijo que tu madre era una de esas casquivanas que tienen hijos por tener y después no quieren saber nada de ellos, y yo intenté creerme esa versión. Tu madre no te merecía. En cambio, yo, habiéndote buscado durante tanto tiempo, habiendo sufrido tantas pruebas, tantos procedimientos médicos, tantas decepciones, sí te merecía. Mucho más que ella. Mucho más que cualquier mujer del mundo.

Digo habiéndote buscado, porque pronto asumí que, aunque no hubiera habido prueba positiva ni embarazo de por medio, eras ese bebé que había soñado mes a mes. Que había adivinado en mi tripa apoyando la mano en el sitio donde nunca estuviste.

Llegué a creerlo, supongo. Llegué a engañarme a mí misma a fuerza de engañarte. Porque aquella tarde en que tu padre llegó a casa contigo entre los brazos, me hizo prometer que ese día iba a quedar borrado de nuestra historia. Que él nunca había llegado trayéndote como un Rey Mago que cumplía mi sueño más esperado y más imposible.

Me hizo prometer que ese día quedaría reemplazado en nuestras historias por un embarazo inventado, un parto largo que valió la pena, y mi permanencia de dos días en el Hospital San Carlos, en el que, según ponía el papel que venía contigo, habías nacido de mi vientre.

Y yo, que una vez que te tuve en mis brazos, hubiera matado por ti, acepté la condición de la mentira, que se me antojó entonces un mal menor. Mentir no es tan complicado, me dije. Sin conocimiento de causa, a decir verdad. Porque nunca había mentido. Por lo menos nunca en algo tan importante y enorme como aquello.

Por suerte, como vivíamos lejos de nuestro pueblo, y llevábamos meses sin visitar a la poca familia que nos quedaba, no fue complicado inventar una historia de embarazo más parto, todo en uno, y llamar a los parientes para contar que acabábamos de ser padres.

Y una vez que la mentira empieza a rodar, empieza a revestirse de verdad. Como una croqueta que pasas por pan rallado. Cuanto más la cubres, aquella masa pegajosa y blanquecina (que podría ser bechamel o no), más se parece a una croqueta de verdad. Antes no lo era, pero luego de un buen empanado de varias capas y una buena fritura en aceite de oliva, da el pego.

Si la croqueta no está hecha de una buena bechamel, sino de una falsa, fabricada con pegamento blanco y serrín, por ejemplo, lo mejor es que nadie la muerda. Que nadie intente escarbar más allá de las capas de pan rallado y huevo superpuestas, porque se llevará una sorpresa muy desagradable.

Conseguimos que eso no pasara durante toda una vida. Tu padre murió tranquilo, la mentira seguía intacta, envuelta en su rebozado de verdades. Se aseguró de que las cosas seguirían así desde su lecho de muerte, haciéndome prometer una vez más mi silencio, obligándome a ratificar aquel juramento realizado con tu cuerpecito envuelto en crochet entre los brazos. Y lo hice.

Para entonces, la culpa me pesaba, había empezado a fantasear con perderte a cambio de regalarte la verdad. ¿Qué pesa más, el deprecio de un hijo (porque sabía que si conocías la verdad me despreciarías con razón) o el ahogo de seguir enterrando un secreto que no te merecías, negándote tu identidad?

Pero él, al pedirme aquella promesa justo antes de morir, me dio la excusa perfecta para no tener que elegir. Seguiría mintiendo porque se lo había prometido. Y había sido un cabrón, probablemente el peor esposo del mundo, pero también mi marido. El que me dio (y nunca mejor dicho) el hijo que siempre había soñado.

Ni siquiera puedo decir entonces que me atrevo a confesarte todo esto por decisión propia. No, nunca lo hubiera hecho. Hubiera vivido los años que me quedan recibiéndote los domingos y preparando táperes para que te llevaras a casa. Abrazando a mis nietos como si en verdad se parecieran a mí, y contándoles, si preguntaran, cómo había sido tu nacimiento y que durante los últimos meses del embarazo no dejaste de patearme.  

Ni esa medalla de valentía, lucidez u honestidad puedo colgarme.

Nunca te hubiera hablado de todo esto si una mujer de mirada clara, dientes desparejos y manos encallecidas no hubiera tocado a mi puerta.

Cuando te vi en sus ojos, en la forma en que sus dientes se superponían, tal como los tuyos antes de la ortodoncia, cuando te escuché en su voz, ya no pude seguir manteniendo la promesa realizada a un muerto ni la mentira que me mantenía viva.

Carmen

Mi querido Carlitos. Sé que no sabes que te llamas así. Que si pronunciara este nombre en tu presencia no te darías por aludido. No por el diminutivo cariñoso que no puedo evitar, una madre siempre ve pequeños a sus hijos. Si no porque tengo entendido que todos te llaman Alfredo. Un nombre tan serio y rimbombante. No sé cómo cabría en tu cuerpecito de bebé cuando te lo pusieron. Y dudo de que ni siquiera ahora, en tu cuerpo de hombre, calce realmente. Tu nombre es Carlos y debió serlo toda tu vida. Ojalá fuera solo eso lo que no fue como debía haber sido. Un nombre no es más que eso, un rótulo, una etiqueta. Pero lo importante es la persona a quien acompaña, su historia, sus sueños. Y a ti te robaron la posibilidad de vivir la historia que te tocaba. Te arrancaron de las páginas de tu vida, esa en que yo iba a estar siempre a tu lado, para pegarte en forma artificial en otro libro, en otra vida, en la de un desconocido que no eres tú.

Lo siento, no quise decir que no eres tú mismo. Ni siquiera que eres un desconocido. Para mí nunca lo serás. Es que no sé cómo hablar de todo esto contigo.

¿Sabes? En tu historia verdadera, nunca hubieras tenido un padre. El que te concibió desapareció en cuanto le dije que existías, que eras un pedacito de sol en mi vientre.

Tampoco hubieras tenido después la figura de un padre cerca. Dediqué mi vida a cuidar a mi madre, a mis hermanas, a mis sobrinos, y nunca formé una familia. Tal vez porque no concebía formar una familia en la que faltaras tú.

Ni siquiera hubieras tenido un abuelo. La nuestra siempre fue una familia de mujeres.

Tal vez el hecho de que en tu vida hayas tenido un padre, te diera alguna ventaja, te hiciera más feliz o completo. Esas cosas imagino cuando pienso en por qué. Por qué dios permitió que te apartaran de mi lado. ¿Para darte una vida más feliz? En ese caso, ¿qué hago yo rebuscando e intentando llegar a ti? ¿No sería mejor que ignoraras mi existencia, que siguieras viviendo en esa historia prestada que te han impuesto?

¿Qué me respondo? Según del día. A veces me digo que no debo seguir adelante, que te haré daño. A ti, a tu familia… ¿A tu familia? Pero si tu familia soy yo… Otras veces, me contesto que lo peor que se le puede quitar a una persona es su identidad. El hecho de saber quién es. Entonces me envuelvo en la bandera de la reivindicación y me juro que no pararé hasta que no conozcas la verdad.

Y así he estado, entre dos aguas hasta que me enteré de lo de la asociación, y fui a informarme. Es que yo siempre supe que tú no habías muerto. Durante unos segundos te tuve en mis brazos mientras berreabas, y te aseguro que si algo parecías era cabreado. Pero no enfermo. Eras un bebé regordete y sano.

He repasado esos segundos en los que te apreté contra mi pecho, millones de veces. Intentando no olvidar tu olor, tu cuerpo tibio y resbaloso. Tu boquita abriéndose en un chillido agudo y potente. Sé que te callaste, que al ratito de apretarte contra mí te callaste. Y que percibí tu respiración con mi mano sobre tu espalda.

He repasado esos segundos intentando mantenerte cerca, pero también buscando cualquier signo de que algo iba mal, cualquier indicio de lo que iba a ocurrir después. Pero no los había. He llegado a creer que no había querido verlos, pero que los indicios habían estado ahí. Pero ahora sé que mi instinto no me engañaba. Todo estaba bien. Eras un bebé sano y gritón. Un bebé que no tenía por qué morir a las pocas horas.

Una enfermera te envolvió en una sábana y te llevó para limpiarte. Me dijeron que descansara, que lo había hecho genial.

Yo nunca había tenido un bebé, pero había acompañado a tu abuela cuando nació tu tía Adela, la pequeña. Por eso me parecía raro que después de dos horas ubicada en una habitación no te trajeran para que te diera de mamar. Estaba dolorida pero feliz. Tu abuela, sentada a mi lado, me hablaba en un tono que hacía que se me cerraran los ojos. Estaba cansada. Llevaba casi un día despierta. Por eso, reconfortada por una medicación que me habían puesto con el suero, me fui quedando dormida.

Cuando desperté, dos o tres horas después. Tu abuela, seguía sentada a mi lado. Ya no hablaba. Entre los dedos de las manos iba pasando las cuentas de su rosario. Algo grave pasaba. Ella rezaba el rosario solo si algo la angustiaba.

—¿Qué pasa, mamá?

—Cariño, lo siento mucho…

Quise incorporarme, pero un dolor agudo me atravesó el vientre.

—¿Qué pasa, mamá? ¿Qué pasa?? —grité desesperada.

Una enfermera acudió junto con una monja.

—Querida, tienes que ser valiente —dijo una de ellas.

La otra asentía en silencio, esperando que yo preguntara algo, supongo. Pero yo no pregunté. Solo dije:

—No, ¡eso es mentira! ¡Mi bebé está perfectamente sano!

Lo siento, repitió la del tocado de monja. Era una mujer mayor, el pelo canoso le asomaba por debajo de la toga. Su cara estaba arrugada y no me miraba a los ojos.

—Tiene que ayudar a su hija, señora. Deben rezar por el alma inocente

—¡No! —grité yo —¡Mentirosa! ¡Mamá, no les creas! ¡Mi niño está bien!

Las dos mujeres se retiraron sigilosas, tal como habían llegado.

Mi madre me abrazó y yo empecé a llorar como nunca lo había hecho. Lloré horas, supongo. Mi madre no se movió de mi lado, solo me mecía de vez en cuando y de su boca salía un “Shhh  shhh” cuando mi llanto crecía en intensidad.

—Quiero verlo —dije después de mucho tiempo —quiero ver a mi bebé.

—No creo que sea buena idea, cariño

—No puedo dejarlo solo… Me necesita

—Cariño, ya no puedes hacer nada por él…

Yo sentía que la cabeza me iba a estallar. Debí insistir, debí exigir que me mostraran tu cuerpo. Pero no lo hice. Me conformé con que me aseguraran de que antes de meterte en tu cajita blanca te envolverían en la mantilla que con tanto cariño llevaba meses tejiendo para ti. Antes le coloqué la cinta celeste entrelazada alrededor de todos los bordes. Habíamos llevado cuatro metros de cinta azul y cuatro rosa. En ese entonces no se conocía antes el sexo del bebé. Entregué tu mantilla a la enfermera que me juró que se aseguraría de que te envolvieran con ella. Y luego, me dejé morir.

Llevo treinta años dejándome morir. Y ahora sé que si no me he muerto del todo es porque este momento en que pudiera mirarte a los ojos y encontrar en ellos a ese bebé peleón que no se estuvo quieto durante todo el embarazo y que chilló como un campeón al nacer, tenía que llegar.

Querido Carlitos. Quiero que sepas que, si no hubiera sido por la generosidad de tu otra madre, nunca hubiera podido llegar a ti.

Al principio, ella lo negó todo. Amenazó con denunciarme por acoso. Pero a los pocos días me llamó al teléfono que le había dejado por si cambiaba de opinión.

No hicieron faltas palabras. Solo me dijo que me esperaba en su casa.

Cuando llegué, desenvolvió el contenido de una caja con dibujos infantiles, quitándole el papel de seda que lo cubría. Era tu mantilla. Amarilleada en las puntas, la cinta azul celeste algo raída. Pero era tu mantilla. La miré sonriendo y nos abrazamos.

Ella te quiere y siempre te ha querido. Yo también. Ninguna de las dos quisiéramos hacerte daño. Tenemos, solo por eso, muchísimo en común. Por favor, no la juzgues. Antes júzgame a mí, que dejé que te arrebataran de mi lado sin pelear.

Alfredo

Guarda las dos cartas en sus respectivos sobres. Las ha recogido del buzón hace un par de horas y las ha leído al menos cinco veces cada una. Primero creyó que era una broma, después, que había entendido mal, por último, que estaban mintiendo. Que por algún motivo su madre se había puesto de acuerdo con una desconocida para hacerle creer semejante barbaridad. Porque todo esto es una enorme barbaridad, se dice en el silencio de su casa. Por suerte, Laura y los niños están pasando unos días en casa de los padres de ella. Ante ellos no podría permitirse llorar como lo está haciendo. Dudar. Ponerse de pie, coger las llaves del coche, volverlas a dejar sobre el mueble de la entrada, y sentarse otra vez en el sofá. Buscar la última llamada a su madre en el móvil y estar a punto de darle al botón de llamar, para terminar, dándole al bloqueo y ver la pantalla oscurecerse.

Amalia

A diez minutos en coche de Alfredo y su indecisión, una de sus madres desarma la maleta que acaba de hacer. Ha decidido que un viaje no es suficiente para huir. Revuelve en el armario del baño hasta encontrar esas pastillas que le recetaron a su marido cuando el dolor se hizo insoportable. Quedan seis. Calcula que con esas será suficiente.

Carmen

A unas manzanas de la mujer de las pastillas, la otra madre de Alfredo se apresura hacia su casa. Tiene un mal presentimiento. La mujer le ha mandado un mensaje que es claramente una despedida. Un mensaje en que le ruega cuide de su hijo. Sus pasos se suceden por la acera con toda la velocidad de la que es capaz. Al fin llega ante la puerta de la casa. Toca el timbre. No hay respuesta. No sabe qué hacer. Se apoya en la puerta, que cede. En un momento está junto a la otra mujer. Está sentada a la mesa de la cocina mirando fijo un frasco de pastillas que descansa sobre el mantel cuadriculado frente a ella.

Amalia, Carmen y Alfredo

Cuando Alfredo llega a la casa de su madre después de horas de indecisión, encuentra la puerta abierta. Un mal presentimiento estremece su nuca. Entra. Las dos mujeres están sentadas en el sofá. La desconocida rodea con su brazo los hombros de su madre.

—¿Qué ha pasado, mamá? ¿Estás bien?

La mujer sonríe. Las dos mujeres sonríen. Alfredo se arrodilla frente a ellas, coge una mano de cada una y las apoya en sus mejillas. Las lágrimas descienden por las manos envejecidas. Suaves la de su madre de siempre, rugosas las de su nueva madre. Luego apoya la cabeza sobre sus regazos, y se deja acariciar el pelo hacia uno y otro lado.

Kilómetro 119

Kilómetro 119

La mañana del día en que María desapareció, se obligó a hacer la cama como si por la noche planeara utilizarla. Cualquier pequeña modificación en su rutina podía llamar la atención de Carlos, y no se sentía con fuerzas de dar explicaciones.

Carlos se despidió con un beso automático sobre sus labios cerrados y le recordó llevar el traje al tinte. Ella fantaseó una mañana más con prepararle el desayuno a Daniel y acabó sentada en la que fuera su cama de adolescente, abrazada a una almohada que ya no olía a él. Los posters en las paredes habían empezado a despegarse. Los extremos parecían pesar demasiado para la capacidad adhesiva del celo que día a día mermaba. Tal como lo hacía su propósito de resignarse y sobrevivir.

A Harry Potter se le adivinaba solo medio rostro. El extremo suelto flotaba ocultando la mitad izquierda, aunque dejando a la vista gran parte de la cicatriz sobre su frente. La escoba sobre la que iba montado disparaba una nube tornasolada de gases y toda su ropa se mantenía flotando a causa de la velocidad. No estaba segura de si Harry sonreía o no. No llegaba a apreciarse ese detalle observando la mitad de su boca que quedaba a la vista. Pero estaba segura, de que el chico estaba feliz. Se le veía claramente en el brillo con que su único ojo descubierto la miraba. Los ojos de Daniel siempre habían sido vivaces, sonrientes, engatusadores. Con una mirada era capaz de ganarse un perdón o de negociar un castigo muy inferior al que se merecía por sus trastadas.

Alrededor de Harry Potter, en una ecléctica colección convivían personajes de videojuegos (de algunos de los cuales María no conseguía recordar los nombres), los jugadores de la selección levantando la copa en Sudáfrica, el logo de ACDC y dos entradas amarillentas pinchadas con una chincheta sobre el poster de Muse.

María observó largamente las paredes, volvió a acomodar el pijama debajo de la almohada y estiró la cama. Luego caminó decidida hacia la puerta del cuarto, y tras echar un último vistazo, salió, cerrándola tras de sí.

La mañana del día en que desapareció, María pensó que tampoco le costaba nada acercar el traje de Carlos al tinte antes de marchar. Lo pensó en forma mecánica. Acostumbrada como estaba a poner siempre por delante de las propias, las necesidades ajenas. Pero más tarde, cuando se vio en el espejo del ascensor, con su mochila cargada en la espalda y la funda con el traje de Carlos doblada sobre el antebrazo, se dio cuenta de lo absurda que podía seguir siendo aún. Entonces, salió a la calle y lo dejó caer dentro del primer contenedor que encontró. Allí también dejó caer sus esperanzas de que Carlos la comprendiera. Él había asumido lo de Dani poniendo su vida en piloto automático. Haciendo las cosas que había que hacer, día a día y sin levantar la cabeza para mirar más allá. Y hasta había conseguido embarcarla en aquella ola casi cómoda en que se movía. Del trabajo a casa, de casa al trabajo. Qué hay de cenar y que descanses como único vocabulario necesario para sobrevivir.

Y si sobrevivir fuera la opción, ella casi estaría dispuesta a seguirlo y aceptar ese modo tan primitivo de hacerle frente a la realidad. Pero ella llevaba muerta varios meses. Ya no había tiempo para intentar sobrevivir.  Su cadáver yacía en algún punto de la A6 sentido A Coruña, entre la salida 119 y la 121. Y ya era hora de ir a recogerlo y ofrecerle una sepultura digna.

En varias ocasiones, había intentado convencer a Carlos de que algo tenían que hacer. Que las cosas no podían quedar así. Que no había olvido posible en todo el mundo como para borrar los recuerdos de aquella noche fría de enero. Pero Carlos solo sabía decir que seguir hurgando en lo ocurrido no haría más que terminar de destruirlos. Que lo que tenía que hacer era consultar a un sicólogo que la ayudara a transitar el duelo, que Dani estaba muerto, y que eso nada podría ya remediarlo. “Mu-er-to” lo decía así, casi con fruición. Como si pronunciarlo letra a letra le ayudara a digerirlo. María, en cambio, cuando tenía que mencionar la ausencia de su hijo hablaba de que se había ido o, en la mayoría de las ocasiones, de que se lo habían arrebatado.

Dani se había marchado y la muerta era ella. Cada noche al acostarse, percibía el frío de la madrugada en el aire. El rocío helado estacionándose sobre su cuerpo rígido. El ulular de algún ave nocturna, y el cimbreo de los automóviles pasando por la autovía regularmente. En dirección A Coruña, los más próximos. En dirección Madrid, aquellos cuyos neumáticos sonaban en los carriles más apartados. Si abría los ojos, veía el firmamento cargado de estrellas, justo antes de que empezaran a caer los primeros copos. Percibía cómo se posaban sobre sus dedos rígidos, sobre su nariz, sobre el pelo enredado en la maleza del arcén.

Por eso, cuando Carlos se metía en la cama y se acercaba a ella con una intención que cada vez se repetía con más frecuencia, ella estaba helada, recostada a cielo abierto, a muchos kilómetros de aquel piso que compartían en Madrid.  

Carlos había intentado convencerla de que la vida continuaba y de que con o sin hijo, seguían siendo una pareja. Ella no se había molestado en hacerle entender que una muerta no necesita arrumacos ni refugios del tipo de los que él buscaba y ofrecía. Al final, él se había cansado de procurar franquear una frontera demasiado alta e inamovible. No digas que no te lo advertí, había amenazado en alguna ocasión. María ni siquiera se había interesado por averiguar qué se escondía detrás de esas palabras.  No mucho tiempo después supo que su marido tenía una amante.

La mañana del día en que María desapareció, Carlos había quedado a comer con Cecilia. Quedar a comer significaba restaurante, charla y hotel. No necesariamente en ese orden. Desconectaba el teléfono, no porque María fuera a llamarlo, nunca lo hacía, sino para que no lo molestaran desde el trabajo. Entonces, se introducía en la burbuja Cecilia, en su mundo de aceites aromáticos, caricias sin medida, confesiones hilvanadas con sus pechos suaves apretados contra la espalda. Cecilia era refugio y contención. No le exigía hablar si no le apetecía. Se podía quedar horas acariciando su espalda sin esperar que él se girara y le dijera que la quería. Porque sabía que él no la quería de ese modo en que se quiere cuando se pronuncian esas palabras en la penumbra. Ella sabía que él la quería de otra manera. Y no esperaba palabras cariñosas, ni romanticismo al uso. Solo esperaba que de vez en cuando le apretara la mano con que acariciaba su pecho, y le preguntara que qué tal iban sus cosas. Con eso se conformaba. Y Carlos jamás había estado con alguien que se conformara con tan poco. A veces, eso lo hacía sentir un poco culpable. Pero le tranquilizaba pensar que jamás había prometido a Cecilia algo que no podía ofrecerle. Que siempre había sido claro con ella.

La mañana del día en que María desapareció, Cecilia revisó su bolso varias veces antes de salir de casa. Siempre lo hacía cuando planeaba encontrarse con Carlos. Maquillaje para aplicarse a último momento. Su perfume bueno. El aceite con aroma a sándalo (el preferido de Carlos), los pendientes que no se colocaba antes de salir porque no quería que su madre sospechara que esa reunión de trabajo que la traería tarde de regreso, no era real. Cada encuentro con Carlos aparejaba un ritual previo de cuidados inusuales. Depilación, gel con sales del mar muerto, esponja exfoliante, crema hidratante con cacao, mascarilla para el pelo y ropa interior especial. Sabía que él no lo notaba. O al menos jamás lo mencionaba. Pero alguna vez había dicho que le gustaba que tuviera la piel tan suave, y eso le bastaba para seguir concienzudamente todo el protocolo de cuidados. Sabía, él se lo había dicho, que Carlos no podía ofrecerle más que esos encuentros, demasiado esporádicos para su gusto, pero ella, sin poder evitarlo, se ilusionaba cada vez que él, boca abajo en la cama, le pedía sus masajes especiales.

La mañana del día en que desapareció, María echó a andar hasta Atocha sin esperar el autobús que podía acercarla. No le apetecía aguardar. Cualquier cosa que la detuviera, dejaba abierta la puerta a reflexionar y ya no quería hacerlo. La decisión estaba tomada. No había ya, nada que pensar. Presentó su carnet de conducir y su tarjeta de crédito en la agencia de alquiler de coches y pronto estuvo al volante de uno de gama económica. Sin coberturas extras ni caja automática. No las necesitaba. Puso en el navegador la dirección que su abogado le había proporcionado a regañadientes.

— María, sabes que no es buena idea que te pongas en contacto con esta persona…

— Tranquilo, Juan. No lo haré —mintió con una tranquilidad abrumadora. Ni ella misma se reconocía. Desde que estaba muerta, no medía las consecuencias de sus actos. No tenían ninguna importancia, porque no había vida que pudieran arruinar.

Centrada en las indicaciones de la monótona voz, pronto estuvo en la M40 a punto de coger la A6. Pensó en aquella madrugada en que habían hecho ese camino con el corazón en un puño, luego de la llamada que les había sacado para siempre del mundo relativamente ideal en el que vivían. María sabìa que aquel mundo no era ideal, tenía muchos agujeros tapados por alfombras lujosas, pero al lado de lo que quedó de él después de aquella noche, podía llevar con bastante dignidad el calificativo.

Dos horas y catorce minutos hasta llegar a la dirección del pueblo de Valladolid que había informado como destino. Dos horas y catorce minutos para empezar a voltear el mundo que estaba del revés desde que Dani… Desde que le habían arrebatado a Dani, se corrigió de inmediato.

Hasta el túnel de Guadarrama hizo un esfuerzo por centrarse en la conducción. En los límites de velocidad cambiantes. En mantenerse en el carril correcto y tener controlados los coches que iban delante, los que la seguían, con rápidos vistazos a los retrovisores, los que la sobrepasaban excediendo la velocidad recomendada en el tramo de concentración de accidentes.

Los accidentes se habían concentrado en su vida desde la noche en que recorrió los ciento y pico de kilómetros hasta aquel arcén oscuro en que decidió tumbarse mirando el cielo para siempre.

La mañana en que María desapareció, a las 10:45 estaba transitando por el túnel de Guadarrama. El tramo de penumbra entre el soleado día de Madrid y la neblinosa mañana de Segovia, fue su última oportunidad de abortar el plan. Dos o tres minutos durante los cuales el túnel no parecía tener salida, y luego, la luz, al final. Sabía que apenas unos kilómetros después había un cambio de sentido. Pero al pasar a su lado aceleró para alcanzar los 120 kilómetros por hora que le habilitaban el cartel.

Pagó el peaje sin enterarse de cuál era el importe.  La salida 119 estaba cerca. Sabía que transitar ese trecho iba a ser duro. Puso la radio a todo volumen e intentó no mirar hacia los lados. Tenía que llegar a Valladolid. Eso era lo más importante.

La mañana del día en que María desapareció, Luciano Guerra se despertó a las seis. Hacía meses que no lograba conciliar el sueño con fluidez. Despertar significaba volver a ser consciente de quién era y de lo que había hecho. Es cierto, no había sido su intención. Pero eso no alivianaba ni un gramo la culpa que lo aplastaba contra el suelo, obligándolo a arrastrar los pies y transitar por la casa como si estuviera cargando una gran roca sobre la espalda. Si hubiera una pastilla que le permitiera olvidar y borrar los últimos diez meses de su vida, sin duda la tomaría. Aunque tuviera los peores efectos secundarios. Aunque junto con eso olvidara quién había sido. Tampoco le servía de nada saberlo. Porque ya no era quien había sido. Y nunca volvería a serlo.

Podría no haber bebido, se recordó. Como si necesitara recordarlo. Como si no fuera un pensamiento que en todo momento revoloteaba a su alrededor. Se posaba sobre su nariz, sobre el dorso de la mano, sobre el hombro, otra vez sobre la nariz, y no había forma de espantarlo, ni de aplastarlo, ni de obligarlo a salir volando por la ventana.

Cuando el timbre de su puerta sonó, llevaba más de seis horas sentado en el sofá mirando la televisión apagada. No esperaba a nadie y el sonido lo sobresaltó. Recién entonces fue consciente de que tenía el mando en una mano y que no había dado al botón de encendido.

El día en que María desapareció, eran las 13:53 cuando Luciano Guerra se puso en pie y arrastrando sus zapatillas de paño transitó hasta la puerta. Su ojo derecho descubrió a una mujer bien vestida, cargando una mochila en la espalda y algo mucho más oscuro y denso en la mirada. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su abrigo largo y miraba decidida al frente. Antes de que Luciano decidiera qué haría con ella, ya estaba otra vez apretando el timbre con el índice. Articulando todo el peso de su cuerpo sobre él.

Luciano abrió la puerta. María lo miró a los ojos. No reparó en su aspecto descuidado, solo en su mirada.

—Soy María, la madre de Daniel ¿puedo entrar?

Luciano se hizo a un lado invitándola a pasar. Luego cerró la puerta y la precedió hasta el salón. Quitó los kleenex acumulados sobre la mesa y la invitó a sentarse en el sofá.

En el fondo siempre había sabido que este encuentro tarde o temprano se produciría. Si María no hubiera venido, él habría ido a buscarla. Por eso tampoco se sorprendió cuando María sacó de la mochila un arma y la colocó sobre la mesa baja, justo delante del sofá donde se habían sentado. Uno en cada punta, mirándose de frente.

El día en que María desapareció, eran más de las seis de la tarde cuando Carlos descubrió que tenía dieciocho llamadas perdidas de su amiga Isabel.  Acababa de dejar a Cecilia en su estación de metro y revisó automáticamente el teléfono antes de arrancar el coche para regresar a casa. La voz de Isabel al atenderlo fue suficiente como para saber que algo terrible, otra vez, sí, otra vez, se cernía sobre su vida. O tal vez, era el mismo algo terrible que llevaba diez meses persiguiéndolo.

Eran las seis y cuarto de la tarde del día en que María desapareció cuando Cecilia envió su acostumbrado Whatsapp post encuentros a Carlos. “Ya te echo de menos. Ha sido fantástico”. Un aspa, dos aspas. Sabía que Carlos no lo leería hasta días después y que no le contestaría, pero no podía evitar alargar el ritual unos minutos más mientras su metro atravesaba las entrañas de Madrid.  Luego, sacó del bolso una toallita desmaquilladora y se la pasó por el rostro, ignorando las miradas intrigadas de algunos compañeros de vagón. Tenía que quitar todo rastro que pudiera delatarla. Su madre no debía sospechar de sus escapadas. No estaba lista para dar explicaciones. Nunca lo estaría. Estaba tan controlada, tan sobreprotegida desde que ocurriera todo, que prefería mantener a su familia al margen de su vida real. Prefería que la siguieran viendo con compasión, la pobre niña que había perdido a su novio de toda la vida en un accidente de tráfico, la pobre niña que no conseguía recuperarse de su dolor, la pobre niña a la que había que tener bajo control para que no cometiera locuras. Carlos hubiera sido catalogado de locura sin duda. Carlos hubiera podido ponerla a las puertas de una clínica psiquiátrica en cuanto supieran quién era. Carlos y su perfume tibio y consolador. Carlos y esa forma tan profundamente  familiar que tenía de sonreír cuando algo le gustaba mucho. Carlos, que tenía en la espalda exactamente los mismos tres lunares que Dani. Hombro derecho, hombro izquierdo, nalga derecha. La constelación que una y otra vez unía con los dedos empapados de aceite con aroma a sándalo.

La tarde del día en que María desapareció, Luciano le ofreció un café, como si no hubiera un arma sobre la mesa baja, y ella le dijo que no necesitaba un café, que él sabía lo que necesitaba. Entonces Luciano se derrumbó. Habló y habló sin parar. De su infancia, de un padre estricto, del hermano que murió de meningitis, de sus sueños, de su boda soñada y de su divorcio de pesadilla. Se desnudó ante ella hasta llegar a la noche en que había cogido el coche después de beber dos whiskies y tres tequilas en un tugurio de Madrid. Solo. Después de deambular por Huertas tras una cita fallida con aquella mujer de una página de contactos.

Había bajado a Madrid para conocerla, pero ella lo había dejado plantado. O tal vez, lo había visto desde lejos y había decidido que no quería seguir adelante. Después de semanas volviéndolo loco por chat. Después de haberle hecho creer que enamorarse otra vez era posible.

Luciano habló de aquella  madrugada oscura en que cogió la A6. Solo recordaba la neblina. O tal vez la neblina fuera un agregado de su mente sobre los recuerdos. Porque los recuerdos eran apenas unos flashes. Imágenes sueltas. Recordaba haber atravesado el túnel. Siempre le inquietaba atravesar el túnel de Guadarrama. No se veía el final durante varios minutos y eso le provocaba angustia. Una angustia que nunca se aliviaba por completo al salir al exterior. Como tampoco cedía en ningún momento el peso que le apretaba las vísceras y se las revolvía desde aquella madrugada en la A6.

María quiso saber qué había pasado después. Cómo había sido capaz de dejar a su hijo tirado en un arcén, los neumáticos de su moto volcada girando inútilmente. Por qué no había estado a su lado dándole una mano antes de morir. Por qué había tenido que hacerlo solo, lejos de casa y sin que alguien intentara hacerle más llevadero el tránsito.

A Luciano, que nunca se le había ocurrido que morir podía ser más dulce si se hacía en compañía, comenzó a llorar aunque ya no tenía kleenex y se puso de rodillas ante María ofreciéndole el arma.

—Hazlo —le suplicó —sé que tú no me dejarás morir solo. Que me acompañarás hasta que me desprenda de tu mano.

María no sintió compasión, sino más rabia aún. Hubiera preferido que el hombre la desafiara, que la echara de casa, que cogiera la pistola y la amenazara con ella. Que la obligara a salir de su vida y dejara de darle explicaciones, que no activara esos mecanismos que hacían que empatizara con él. Que le permitiera verlo como el asesino de su hijo y no como un hombre destrozado, en pijama y con barba de días llorando a sus pies.

A las cinco menos diez de la tarde del día en que desapareció, María salió de una casa de pueblo en Valladolid y decidió no coger el coche de alquiler que había dejado aparcado en la puerta. Había llegado a un punto en su plan en que ya no podía dejar huellas. Era hora de levitar, de esfumarse, de hacer que quienes procuraran encontrarla, no lo consiguieran.

Caminó hasta la estación de autobuses y cogió uno que la llevara a la ciudad. En Valladolid iba a ser más sencillo diluir sus huellas, cortar el rastro de migajas que había ido dejando tras de sí, y rematar el plan.

El plan no había salido tal como esperaba. Apretó el arma que llevaba en el bolsillo de su abrigo largo pensando que también era necesario a veces saber improvisar. Pero que algunas cosas no hubieran funcionado tal como las había previsto, no quería decir que tuviera que cambiar el rumbo. Retomaba la senda, e iba a llegar al final tal como lo había planeado.

Lo de hacer autostop siempre le había parecido algo peligroso. Cuando estaba viva, claro. Ahora, que ya no había nada peligroso, combinó dos camiones y una furgoneta que la dejaron muy cerca del kilómetro 119. Procuró hablar con acento extranjero, sólo lo imprescindible y no se sacó las gafas de sol en ninguno de los trayectos, a pesar de que ya había empezado a anochecer.

Encontrar el sitio exacto era muy fácil. Su propio cadáver llevaba allí diez meses. Ubicó la curva, el lugar preciso donde las ruedas de la moto habían derrapado. El quitamiedos aún abollado, el declive en la superficie, el matorral donde la sangre derramada era una mancha oscura e indescifrable.

Guardó la linterna en la mochila, sacó la pistola y se recostó mirando el cielo. Esperando a que se hiciera noche cerrada.

La noche del día en que María desapareció, Carlos esperaba a ser atendido en comisaría junto a una llorosa Isabel. Tanto habían insistido en que era necesario encontrar a María antes de que cometiera cualquier locura, que habían decidido volver a tomarles declaración para ampliar la denuncia que habían asentado a las siete y cuarto de la tarde.

María había dejado el móvil en casa, las persianas bajas, la comida de los peces flotando en la pecera y una nota en que pedía que no la buscaran.

Isabel se había dado cuenta de que algo raro le pasaba cuando la noche anterior se había despedido de ella como si nunca más fueran a verse. Había pasado toda la mañana insistiendo en el teléfono hasta que había decidido hacerle una visita. Isabel tenía llaves de la casa. Se las habían dejado hacía tiempo por si alguna vez se quedaban fuera. Carlos ni lo recordaba. Pero aquella nota, con la prolija letra de María sobre la mesa de la cocina había activado todas las alarmas.

Isabel estrujaba la manga de su sudadera mientras intentaba no llorar. Tenía que apoyar a Carlos. Mientras, Carlos pensaba en Cecilia. En que tal vez María se había enterado de todo y que por eso…

La noche en que María desapareció, Cecilia no podía conciliar el sueño, como siempre le pasaba después de estar con Carlos. Por eso, cuando el teléfono sonó y vio su nombre en la pantalla sintió una repentina alegría. Efímera, como todo lo bueno que podía llegar a pasarle. Carlos lloraba, como había llorado Dani aquella noche de invierno en que le dijo que tenían que darse un tiempo. Como aquella noche de invierno en que lo vio coger la moto y acelerar antes de llegar a la avenida. Como aquella noche de invierno en que Dani, sin saber por qué, decidió coger la A6, queriendo escapar de todo, sin pensar hasta dónde quería llegar.

Fragilidades – Relato ganador del Concurso literario Ciudad de Arnedo 2020

Fragilidades – Relato ganador del Concurso literario Ciudad de Arnedo 2020

Mi madre no suele tener razón. A menudo pienso que quien la ha hecho una persona tan aprensiva ha sido mi abuela. De ella ha heredado ese temor permanente, ese predecir en todo momento las peores desgracias para mí o para mi hermano Juan.

De pequeños, bastaba con que nos dijera un simple “sigue haciendo el tonto y te caerás”, para que termináramos en cuestión de segundos, de bruces en el suelo.

Hacer el tonto podía ser andar por el bordillo un pie tras otro o subir las escaleras de dos en dos. Cualquier cosa que se saliera de ir de su mano caminando como niños adultos por la calle, era para ella hacer el tonto.

Recuerdo aquella tarde en que mi padre me trajo de regalo ese deseado juego de porcelana con que soñaba darles el té a mis muñecas. Aún antes de abrir el paquete, ella dijo: “Despacio, que se te va a romper”. Yo rasgué el papel ansiosa, y allí estaba. La caja de cartón tenía una tapa de papel celofán que me permitió ver el juego en todo su esplendor. Seis tacitas perfectas con sus asas para dedos de muñecas, sus seis platitos a juego con un dibujo de flores y arabescos, la azucarera con su diminuta tapa y por supuesto, la tetera. La pieza fundamental del juego. Con ese pico contorneado por donde ya veía yo salir el humo del té caliente y esa asa con forma de corazón en la que sí cabían mis dedos que apenas tenían cinco años y que jamás habían tocado semejante lujo de vajilla. Abrí la caja con reverencia, después de darle un abrazo agradecido a papá y él me sonrió como siempre lo hacía cuando mamá no estaba cerca. Pasé mis dedos nerviosos sobre la suave porcelana, y de inmediato sentí el impulso de coger la tetera. Allí mamá intercaló su segunda advertencia: “Deja que la coja yo, que tú eres tan torpe que la tirarás”, pero yo no quise. El juego era mío, tenía que cogerla yo.  Fue tenerla entre los dedos y que empezaran a temblar. Primero la tapa cayó en cámara lenta haciendo una elegante pirueta en el aire para hacerse añicos a mis pies. Para que a continuación, en la misma confusión del momento terminara bajando la mano que sostenía la tetera hasta hacerla golpear con el borde de la mesa. Ya no tenía una tetera, sino dos, tres…. Quince trocitos de porcelana que recogí con reverencia y lágrimas en los ojos. Mi madre espetó su típico “Te lo dije” y mi padre intentó atajar el inconsolable mar que me inundaba los ojos prometiéndome que la pegaríamos con mucha paciencia y que quedaría como nueva.

La pegamos con mucha paciencia, sí. Pero como nueva no quedó. Por orden de mi madre fue a parar a su caja de la que no se me permitía sacarla, como tampoco a ninguna de las delicadas tacitas con que yo soñaba montar una merienda inolvidable para mis muñecas.

Allí quedó la caja, en el estante más alto de la biblioteca. Solo se me permitía verla, que no tocarla, de vez en vez.

Cuando insistía mucho a mi madre para que me la bajara. Entonces lo hacía, sin confiarla a mis manos en ningún momento y levantaba la tapa para que yo me “sacara el gusto”, así lo decía. “Sácate el gusto y la vuelvo a poner en su lugar”. Entonces yo observaba por unos segundos las tazas, los platitos alineados y brillantes, la azucarera elegante y la tetera atravesada por un sinfín de cicatrices que solo me recordaban mi torpeza.

No me atrevía ni a acariciar la porcelana por temor a que bastara un roce de mis dedos para que toda esa belleza acabara desparramada a mis pies. Mamá decía: “bueno, no tengo todo el día para tonterías”, cerraba la caja, y la colocaba otra vez en el estante más alto, dando por terminada mi visita.

Era como si yo tuviera un régimen de visitas estipulado con mi vajilla de muñecas y no pudiera acercarme a ella por períodos mayores a unos minutos y siempre bajo vigilancia.

Un régimen como al que mi madre le impusieron para poder vernos cuando yo cumplí los catorce y Juan los dieciséis.

Para entonces, Juan pasaba de ella por completo y se negaba a asistir a esas absurdas entrevistas en el punto de encuentro, bajo la supervisión de un asistente. Yo iba, porque a pesar de todo, me daba un poco de pena mi madre. Y porque papá insistía en que teníamos que verla, que seguía siendo nuestra madre y que se merecía respeto. Cierto es que el punto de encuentro solo era un nombre, porque todo lo que allí se vivía eran desencuentros. Reproches cruzados (si Juan iba nunca se quedaba callado) o reproches unilaterales si yo iba sola y mi madre no hacía más que echarme en cara que no hiciera nada por terminar con tanta injusticia. Ella, que había dado la vida por nosotros, tenía que pedir ahora permiso para vernos. Como si fuera a hacernos daño. Ahora sé que aunque yo no era consciente entonces, la posibilidad de que nos hiciera más daño era muy grande. Y que las estadísticas nunca fallan.

Que mis padres se separaran era toda una novedad en aquella época. Pero que le dieran la custodia a mi padre, salía de los cánones por completo. Las madres de mis compañeras me miraban con pena y me preguntaban si me encontraba bien. “Pobre Amelia” las escuchaba murmurar a mi paso. Amelia es el nombre de mi madre, y era evidente que la consideraban la víctima de toda la situación.

No me sorprendía que les hubiese llenado la cabeza detallando la injusticia a que estaba siendo sometida sin contar la otra parte. Y la otra parte, aunque confusa, era para mí la más dolorosa.

No era algo que hablara con papá, lo veía tan agobiado que no me animaba a mencionarlo. Sí acaso de vez en cuando con Juan, que no dudaba en reprocharme mi estupidez si se me ocurría de algún modo justificarla.

Y es que Amelia, (así la llamaba él, nunca “mamá”), había horadado mi seguridad hasta hacerme dudar de lo que veían mis propios ojos.   Y lo que veían o habían visto, era lo suficientemente cruel como para querer borrarlo.

Juan no era delicado, ni diplomático, ni tenía el más mínimo tacto. Pero era sincero. Y estaba enfadado. Con razón, no lo niego. Pero yo no conseguía enfadarme así y él no lo entendía.

Cierto era que desde que me habían alejado de mi madre, mi salud había repuntado considerablemente. Y que de ser la niña frágil y cenicienta que había sido, pasé a ser una adolescente normal y saludable en unos pocos meses. El pelo, que había raleado en mi cabeza comenzó a crecerme brillante, mi piel escamada se puso tersa, y los músculos de mis piernas que habían llegado a hacer pensar a los médicos que mi destino era una silla de ruedas, estaban haciéndose cada vez más fuertes.

Cuando mi madre me veía entrar al punto de encuentro, sin mis muletas y caminando erguida y sonriente me miraba como diciendo “Mira lo que te han hecho” pero se lo callaba.

Al tiempo, cansada de sus constantes quejas, como Juan, dejé de ir a aquellos encuentros. Papá intentó hacernos cambiar de opinión y nos dijo que le traeríamos problemas, pero le rogamos que no nos obligara y finalmente accedió.

Han pasado cinco años desde entonces. Ahora Juan y yo somos mayores de edad y nadie puede obligarnos a verla.

De todo aquello, a mi madre le tocó la peor parte. Supimos por mis abuelos que la habían ingresado en un psiquiátrico. Cuando digo esto, Juan se enfada conmigo. La parte peor, dice, no es la de ella.

Papá nunca levantó cabeza ni supo deshacerse de la culpa con que terminó obligándose a cargar. Y nosotros, hemos sobrevivido, que no es poco.

Hoy, de regreso de mi última sesión con el psicólogo, que al fin me ha dado el alta, no puedo evitar encaramarme en una silla para coger la caja que lleva años olvidada en el estante superior de la biblioteca.

Una capa de tierra cubre la superficie de celofán haciendo invisible el contenido. Soplo con fuerza y el aire se llena de motas que van inundando la sala, flotando en el aire iluminado por el atardecer que se cuela por la ventana.

– ¿Qué haces niña? – dice mi padre desde su sillón sin imaginarse lo que me traigo entre manos.

Bajo de la silla de un salto, sin plantearme una posible caída, y apoyo sobre la mesa la caja llena de ayer.

Una a una voy sacando las tazas, los platos, la azucarera y con reverencia cojo entre mis manos la preciada tetera.

Todo es mucho más pequeño de lo que recordaba. Pero su tacto es mágico.

Mi padre se acerca curioso y su cara se ilumina cuando vislumbra mi tesoro sobre el mantel.

– Pero… ¿de dónde salió esto? – pregunta con la mirada llena de nostalgia.

Juan llega de la universidad  y lo convenzo de que se siente junto con papá a probar mi té. Allí esperan hasta que lavo cada pieza con esmero, lleno la pequeña azucarera con azúcar, y la tetera con agua caliente.

Cierto es que el agua empieza a escaparse por las grietas antes de conseguir rellenar las tres tazas, pero no nos importa.

Reímos sin poder parar y hablamos de cosas prohibidas, y  brindamos con tacitas de porcelana del tamaño de nuestros pulgares, que no tienen té, ni leche, ni azúcar, pero están llenas, y no se rompen a pesar que las entrechocamos una  con otra innumerables veces, y nos volvemos a decir, que después de todo, la tetera ha quedado como nueva.

Soy lo prohibido

Soy lo prohibido

Rechazó el ofrecimiento mediante un gesto desdeñoso de sus dedos, pero se quedó con la cerveza. María se encogió de hombros dibujando un “como prefieras” entre las escápulas fruncidas.

Esa fue toda la conversación que conseguí sacarles. Me quedé confuso, con los guiones de diálogo preparados y sin encontrar hueco donde colocarlos.

Ella giró para regresar a la cocina. Eso me obligaba a pensar rápidamente algo para hacerle hacer allí. Una cebolla, decidí. Pelar cebollas siempre es un buen recurso. Ella llorará. El lector no sabrá si debido al efecto irritante de la cebolla o a la indiferencia con que él ha descartado su ofrecimiento. Eso me dará tiempo a pensar.

Se suponía que debían tener una discusión. Un vuelco en la historia. Un intercambio memorable donde María le reprochara su enésima infidelidad y Alejandro se viera obligado a tomar una decisión:  ella o las otras.

Por eso, a pesar de que podía ser un poco denigrante para María, la había obligado a acercarse al sofá llevándole una lata de su cerveza preferida, para ofrecerle hablar. Quien tendría que haber movido la primera ficha, era Alejandro. Pero qué podía pretender de un tío que toda la vida no había mirado más allá de su propio ombligo, o de las faldas de cualquier mujer que no fuera la suya.

Yo lo había creado así, ahora no podía quejarme. Le eché un vistazo mientras ella pelaba la cebolla. Seguía tirado en el sofá. Pensé que se me había ido un poco la mano con los rasgos negativos. No tuve en cuenta que éstos con el tiempo se acentúan. Diez capítulos más y tendría un irredimible hijo de puta.

En cambio, María… Ella era tan dulce y comprensiva. Una mujer que había superado miles de problemas, y que merecía algo mejor que un mamarracho con nombre de rey. En silencio, llevaba páginas enamorado de ella.

Me acerqué a la cocina. María cortaba la cebolla. Era tan delicada con todo lo que hacía. Imaginé esas manos, que parecían bailar sobre la tabla de madera, acariciándome el pelo.

Contra todo pronóstico, ella no lloraba. Canturreaba una melodía que me sonaba mucho, aunque no podía recordar qué canción era.

Claro, cómo no te va a sonar si se la estás haciendo canturrear tú, me dije. Apoyé los guiones de diálogo sobre la mesa. Era evidente que no podría usarlos. Además, necesitaba mis brazos. Me acercaría a María y la invitaría a bailar. Era un bolero. Lo que estaba cantando era un bolero.

Puse mis manos sobre sus hombros. Ella siguió entonando “Soy ese beso que se da sin que se pueda comentar. Soy ese nombre que jamás fuera de aquí pronunciarás…”

Por más esfuerzos que hice, no conseguí que se girara hacia mí. Ella no percibía mi presencia. Me odié por haber elegido un narrador omnisciente y no uno protagonista o, aunque fuera, uno testigo.

Ella cogió la tabla y atravesándome la apoyó sobre mis guiones de diálogo. Luego, se fue desvistiendo despacio, dejando un reguero de ropa gris y desgastada hasta el baño. La escuché abrir la ducha mientras seguía cantando “Soy el pecado que te dio, nueva ilusión en el amor…”.

En el cuarto descubrí su maleta llena sobre la cama. No podía dejarla ir. Si lo hacía, escribiría su propia historia. Una historia ajena a mí. Corrí hasta la sala. Sacudí a Alejandro por los hombros. Él tampoco percibía mi presencia, y aunque la hubiera percibido, de nada hubiera servido. Estaba muerto, con la lata de cerveza entre las manos. Tarde lo comprendí todo.

Sentado en el sofá empecé a sollozar mi fracaso. Las ruedas de la maleta sobre la tarima me alertaron de que era hora de despedirme de María. La vi salir, radiante, con el pelo mojado y cerrar la puerta con firmeza.

Me asomé por la ventana hacia la calle que yo mismo había creado para verla fundirse en un abrazo con un desconocido. Un personaje que yo nunca había puesto allí.

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