por pcollazo | May 24, 2026 | Cuentos enredados, Premiados
Sabía que alguna madrugada sonaría el timbre. Lo supe desde el día en que te encontré el paquete arrugado en el bolsillo interior del abrigo. Ese abrigo que te había comprado cuando empezaste el instituto. Tres tallas más grande para que te durara. Así lo hacía todo. Previendo, especulando, intentando adelantarme a los futuros problemas.
Y que la policía toque el timbre de tu casa en plena noche suele ser un problema. O por lo menos lo anuncia. Sin embargo, en contra de mis especulaciones, quien hizo sonar esa campanilla estridente que me levantó de la cama como un resorte, no fue la policía. Fue Diego, el de la Conchi.
—Aurora —dijo con voz temblorosa a través del telefonillo. Y de inmediato supe que algo te había pasado —Será mejor que bajes…
Yo aferré el aparato de plástico hasta que las uñas carcomidas se me pusieron blancas. Y después, sin poder arrastrar los pies descalzos, me hice pis en el pasillo.
No sé cómo bajé, pero sé que estaba descalza corriendo por el asfalto helado hasta el bulto que adivinaba difuso entre la neblina de la madrugada. Que tu nombre me llenaba toda la boca en un grito inédito. No era ese con que te llamaba por la ventana cuando eras pequeño, tampoco el que ponía en el cielo cuando otra vez llegabas tarde a casa. Ni siquiera el que había acompañado la bofetada con que respondí a tu primera provocación: “Ya entiendo por qué papá te dejó, eres insoportable”-.
Tu nombre me pesaba sobre la lengua, mientras corría sin que el suelo gris avanzara bajo mis pies. La madrugada se había desmembrado. Mi carrera parecía suspendida entre nuestro portal y la figura caída en medio de la carretera. Como una frase que no encuentra la palabra adecuada, como una cadena de puntos suspensivos que se iban hundiendo a medida que mis pies los pisaban.
Tu nombre pesaba tanto, que no podía escupirlo, pero tampoco mantenerlo dentro de la boca.
Cuando llegué junto a tu cuerpo ensangrentado, una sirena estridente doblaba la esquina y algunas manos se alzaban para indicar “¡Aquí, es aquí!”
Aquí no es. No me van a convencer de lo contrario. Lo del hospital, podría llegar a aceptarlo. Allí te cuidarían. Allí recompondrían tu cuerpo de marioneta rota. Pero esto, no. Aquí no puedes estar. Esta gente no sabe que solo tienes veinte años. Que aún no has aprendido a plancharte las camisetas, que necesitas tiempo para aclararte. Es normal, eres un chiquillo y solo estás confundido. Pero no tanto como para venir a parar a un sitio como este por tu propia decisión. Te han traído. Y ha sido un error. A los veinte años está prohibido entrar en algunos sitios. Hay países donde no puedes acceder a los casinos, donde no te puedes casar o votar. Pero si hay algo que debería estar prohibido en todo el mundo, es entrar en una morgue con solo veinte años.
Al final, la Conchi me ha prestado un par de zapatillas y un abrigo viejo y grueso que huele a tabaco y a chimenea de casa rural. Al menos cubre mi pijama. Yo no he querido subir a casa. Esperé junto al cordón policial que vinieran a llevarte o a llevarse a ese que no eres tú. Y me subí al coche del Tano, con la birria que yo le tengo, solo porque se ofreció a seguir a la ambulancia. Una ambulancia que no puso las luces ni la sirena, para qué. No hay urgencia cuando la muerte ya lo ha convertido todo en eternidad.
Y aquí me tienes. Esperando para entrar a reconocerte. Como si alguien pudiera creerse que mi duende de camiseta de rayas, ese que se escondía tras la puerta para asustarme al entrar a casa, sea ese guiñapo que colocaron sobre la camilla con una delicadeza innecesaria y angustiosa. Yo sé que ese no eres tú. Pero cómo voy a explicárselo a las batas blancas que caminan por los pasillos en silencio, con esos pasos de zapatos de goma acolchando el roce de sus sentimientos, de sus vidas, con un trabajo demasiado duro como para pensar en él con seriedad. Están acostumbrados a tratar con muertos, me digo. Están acostumbrados a preguntarles cómo han llegado hasta aquí. Quién les ha hecho semejante desarreglo, por qué, qué fue lo último que comieron antes de…
Te había dejado preparados los macarrones con boloñesa para que los recalentaras al llegar. No sé por qué insistía en congraciarme contigo, si tú llevabas tiempo sin merecerlo ni apreciarlo. Pero soy una madre. Y eso lo explica todo. Las madres perdonamos como escudo. Ni siquiera dejamos que las ofensas nos rocen. No te entendía. Llevaba mucho tiempo sin entenderte, pero creía que el tiempo te traería de vuelta. Que el tiempo te haría encontrar el camino. No este que te ha llevado en una ambulancia apagada hasta un cuarto frío con encimeras de metal. No este que te ha puesto en manos de unos señores con zapatos de goma que te preguntarán cómo has llegado hasta aquí justo cuando tú ya no puedes responder.
Has llegado hasta aquí porque no he sabido contenerte a tiempo. Porque el día que encontré el paquete arrugado en el bolsillo interior de tu abrigo de la ESO, tú ya habías abandonado el instituto y ya no hacías caso a nada de lo que yo te dijera. Y vaya si te dije. Intenté imponer, amenacé con cortarte los suministros, grité, juré que nunca más te daría ni un céntimo. Y terminé pidiéndote perdón por no sé qué, llorando con la cabeza apoyada en la puerta de tu cuarto, rogando que me escucharas, que te dejaras ayudar, que volviéramos a hablar como cuando llegabas del cole y me contabas feliz que tu amiga Marta te había regalado una pegatina de un corazón.
No sé cuánto hace que dejaste de contarme tus cosas. Pero seguramente menos que el tiempo que yo llevo sin contarte las mías. Porque yo nunca te las he contado. Nunca te he dicho por qué no valía la pena intentar buscar al hombre misterioso que era tu padre. Así lo llamabas. El hombre misterioso. Porque yo nunca terminaba de contestar tus preguntas sobre él. Decía lo mínimo, lo justo, lo indispensable. Ni siquiera porque quisiera ocultarte cómo era él, sino porque no lo sabía. Lo que sí quería ocultarte era lo que había pasado. Creía que eso iba a ser una carga demasiado pesada para ti. Y me negaba a hacértela llevar. Es cierto que conocer esas circunstancias (por llamarlo de algún modo) te hubiera dicho mucho sobre el tipo de persona que podía ser el hombre misterioso. Pero quería ahorrártelo.
Las “circunstancias” aún me asaltan en pesadillas a veces, veintiún años después. La música de la orquesta arrancando las fiestas del pueblo, disimulando mi grito antes de que el más alto me aplaste la boca con su mano sudorosa. Date prisa, lo apremian. Trombones. Venga, que es mi turno. Platillos. Se ve que te gusta, putita. Clarinetes. Risotadas y palmeos de espaldas. Trompeta. Cierro los ojos para no saber qué pasa más allá de mi cuello. Gaitas. Me concentro en respirar por el hueco milimétrico que la mano grasienta deja a mi nariz. Todo termina cuando suena el redoble de tambores y la plaza, a apenas dos manzanas de mi calle oscura, estalla en vítores. Entonces despierto. Con el alivio de que esta vez ha sido una pesadilla. Como lo fue entonces, cuando no tenía el consuelo de que fuera solo un mal sueño, porque había sido demasiado real. Tan real como tu carita arrugada en brazos de la matrona unos meses después. Me miraste con esos ojos enormes que eran los míos, y mis firmes decisiones tambalearon como una montaña de platos transportada por un niño travieso.
Tú no tenías la culpa. Si alguien no tenía la culpa de todo aquello, ese eras tú. La culpa era de ellos, de la orquesta, de la fiesta y hasta mía. Por la falda corta o el pelo largo. Por salir sola. Por tonta, como me había dicho mi padre. Eso te pasa por tonta. Pero no era tuya. Tú acababas de llegar a un mundo que no comprendías, y que hasta hoy mismo seguías sin comprender.
Tal vez si no hubiera cambiado de opinión y hubiera aceptado desprenderme de ti y perder de vista esos enormes ojos para siempre, hoy no estarías sobre una camilla de metal mientras un bata con zapatos de goma hurga en tu pecho, bisturí en mano. Una familia con más posibilidades se hubiera encargado de ti. Y hubieras estudiado para ser astronauta como querías cuando tenías diez años. Sí, astronauta. Eso querías ser. Seguro que ya ni te acuerdas de la caja del termotanque convertida en nave espacial. Bueno, claro. Considerando el hueco que tienes en la cabeza, no creo que puedas acordarte ni de eso ni de nada.
A veces vendría bien poder olvidarse de las cosas. Yo borraría la inauguración de las fiestas del pueblo, tu mirada hosca cuando aplasté delante de ti la caja encontrada en el bolsillo de tu abrigo. La estrujé entre los dedos y luego la arrojé sobre las baldosas de la cocina para pisotearla con todas mis fuerzas antes de tirarla a la basura. Basura, esto no es más que basura, te dije. Y tú me cogiste por los hombros y me sacudiste con violencia. Eso quisiera olvidar. La noche de las fiestas del pueblo y tus manos crispadas sobre mis hombros. Y por supuesto esto. Cada uno de los minutos transcurridos desde que el timbre atronó en la oscuridad de nuestra casa, esa a la que ya no regresarás para encontrar los macarrones en el microondas y un papelito sobre la mesa de la cocina diciendo que te los calientes. Cuatro minutos. A 720.
La Conchi, que me ha acompañado, pobrecilla siempre tan buena samaritana, me ofrece un vaso de papel con algo turbio y caliente. No me siento capaz de beber, pero se lo agradezco y lo cojo entre mis manos. Como si el calor que atraviesa el cartón fuera suficiente como para calentarme el alma helada.
Ya nada podrá hacerme entrar en calor. Ni siquiera el enfado de saberte en el camino incorrecto. Porque ya no hay camino. No hay atajos correctos o incorrectos. Todos son erróneos. Todos los que tú y yo hemos tomado desde la noche de las fiestas del pueblo hasta hoy. Porque de otro modo no puede alguien con veinte años terminar sobre la camilla fría de una morgue.
Unas batas blancas se aproximan al sitio en donde la Conchi y yo estamos sentadas. Es una fila de seis sillas de plástico color azul Francia. De ese tipo de sillas que hace que te pongas en pie a los pocos minutos de haberte sentado. Pero yo llevo aquí horas, supongo. Ni siquiera lo sé. Los zapatos de goma blancos, dos pares, quedan en el ángulo de visión de mis ojos hundidos en la cabeza gacha.
—Señora —dice una voz masculina. La Conchi me coge la mano y me la estruja como para hacerme reaccionar.
No quiero levantar la cabeza, no quiero escuchar lo que me vienen a decir. Porque no vienen a decirme que te has curado, que ha sido un milagro. En las morgues no existen los milagros. Si te hubieran llevado al hospital, como les rogué. Pero no. Ambulancia apagada y calma. Que no hay urgencia en la eternidad.
—Señora —repite el hombre de zapatos de goma con delicadeza. Hago un esfuerzo enorme para despegar el mentón del pecho y mirarlo —Siento mucho que esté pasando por esto. Es una formalidad, pero es necesaria. Es preciso que alguien entre a reconocerlo. Si usted no se siente capaz, tal vez otra persona…
—¡No! —me pongo en pie decidida. Nadie mejor que yo puede reconocerte. Nadie mejor que yo, sabe cómo se te riza el pelo detrás de la nuca, conoce el trío de lunares de tu pecho, ni la mancha con forma de calabaza en tu ingle izquierda. Eres mi niño y no te voy a dejar solo nunca. Ni siquiera ahora.
Los hombres me flanquean mientras avanzamos por el pasillo. Huele a desinfectante, a jarabe para la tos, a lejía y a hospital. Pero esto no es un hospital. Ojalá lo fuera.
—Será solo un momento —dice uno de ellos, el que hasta ahora ha permanecido callado.
Y yo no quiero que sea solo un momento. Yo quiero quedarme contigo para siempre. Recostarme en la camilla vacía que está junta la tuya y dejarme morir allí. Para que los señores de zapatos de goma vengan a preguntarme de qué he muerto y yo les diga que de dolor azul. El dolor azul es algo que te va subiendo desde los pies, mientras corres descalza por el asfalto helado y termina instalándose entre tus costillas cuando identificas el abrigo azul marino que le has comprado a tu hijo al entrar en la ESO, manchado de sangre y abierto en forma casi obscena, sin tapar su cuerpo desmigajado sobre la carretera. El dolor azul sigue avanzando mientras te sientas sobre una silla también azul. Azul Francia. Y te balanceas entre una noche de fiesta sin fiestas y una vida que ya no es vida.
Uno de ellos corre la sábana que tapa tu cabeza. El hueco en la sien está casi disimulado. Tu pelo es un pegote indescifrable sobre tus ojos cerrados. Tan grandes que pareciera que los párpados no pueden cubrirlos del todo.
No es él, me digo. No es mi niño. Mi niño no tiene esa nariz tan afilada, ni esa etiqueta colgando de la muñeca izquierda. Pero doy un paso atrás y asiento.
El hombre vuelve a taparte la cabeza. Y yo me dejo llevar por la mano amable que me coge del codo. Aunque a la que se llevan no es a mí. Yo permanezco clavada sobre las baldosas blancas, aspirando el olor a formol. Y cuando se han marchado me recuesto a tu lado mientras nos cubre el azul.
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por pcollazo | Sep 1, 2025 | Cuentos enredados, Premiados
Mamá ha heredado el jarrón de la abuela Carlota. Nosotros no llegamos a conocer a la abuela, pero mamá suele hablarnos de ella. Siempre que papá no está presente, porque a los papás no les gusta escuchar hablar de abuelas muertas. Eso nos ha dicho mamá. Que no les gusta. O tal vez no sepan hablar de abuelas en general. Porque tampoco habla nunca de la otra, que mamá dice que tenemos y que está vivita y coleando. No se llevan mucho, dice mamá cuando preguntamos por la madre de papá. Como si las madres fueran una prenda que uno se pone y si no le sienta bien se la quita. Yo a mamá nunca me la quitaría. Además, no creo que ella se dejara.
Pero a lo que vamos, a lo del jarrón. Para mamá, solo por el hecho de ser el único recuerdo que conserva de su madre es IN TO CA BLE. Así, con mayúscula y separado en sílabas. De esa forma lo pronuncia cuando nos lo advierte, índice en alto, mientras lo va bajando y apunta a cada uno de nosotros por orden de edad: Nico, Laurita y por último yo, que por ser el más pequeño soy el que mayor peligro represento para la subsistencia de los jarrones, por lo que me corresponden dos bajadas de índice, la del CA y la del BLE. Supongo que si tuviéramos un cuarto hermanito a él le tocaría el BLE. Pero por ahora es mío.
Mamá cuida su jarrón con mucho esmero. Lo mantiene brillante por fuera y lava una vez al mes el tapete blanco de punto sobre el que lo coloca en el mueble del recibidor.
Nunca debe quitarse uno el abrigo allí, ni correr a abrir la puerta, ni usarlo de escondite mientras uno de tus hermanos cuenta de cara a la pared. El recibidor, por el solo hecho de contener el jarrón de mamá, es sagrado.
Para todo el mundo menos para papá que cuando llega de mal humor no atina a colgar el abrigo y varias veces estuvo a punto de hacer rodar el jarrón después de un tambaleo del que mamá lo ha recogido en el aire.
Y es que mamá, cuando papá llega de malhumor, siempre coge el jarrón y disimuladamente lo quita de la vista. Esto quiere decir que lo pone en el estante más alto de la alacena o, si no llega a tiempo, lo mete en el congelador porque sabe que papá nunca lo abrirá.
Si no llega a tiempo es porque papá ha venido de MUY malhumor, no es un malhumor de entrecasa, uno que provoque alguna reprimenda a mis hermanos y a mí o un grito a mamá. No, cuando llega de MUY malhumor, mamá, que es experta en calibrar estas cosas, al tiempo que coge el jarrón y avanza por el pasillo acunándolo como un bebé, nos hace el gesto acordado y sabemos que debemos encerrarnos en nuestro cuarto y desaparecer de la vista, como si todos fuéramos jarrones en peligro de ser arrojados al suelo.
De lo que pasa después, es Nico quien se encarga, no siempre con éxito, de procurar que los demás no nos enteremos.
Pone la tele a todo volumen, nos deja jugar con su consola, o empieza a contarnos historias alocadas sobre cosas que nunca le pasaron, pero que asegura que sí, para tenernos entretenidos.
Como no siempre tiene éxito, todos sabemos que del otro lado de la puerta las cosas se complican, más para mamá que para el jarrón, que ya está a salvo en el congelador. Pero en los congeladores no caben mamás enteras. Ni en las alacenas altas, así que la pobre no sabe bien donde ponerse y siempre termina estando en el trayecto del puño de papá.
Eso no me lo ha dicho nadie. Pero no hace falta tener nueve años, con los ocho que yo tengo, ya se da uno cuenta. Porque al día siguiente no nos lleva al colegio y le pide a la vecina que nos alcance. Se queda con las gafas de sol puestas y no es porque esté llorando. Eso ya lo ha hecho durante toda la noche una vez que papá se ha marchado dando un portazo y vociferando que mejor se está en el bar que en esta casa de locos.
Cuando pasa eso, cuando papá al fin se marcha y podemos salir del cuarto, lo hacemos en silencio y fingimos que no vemos las lágrimas de mamá ni el desorden.
En esas noches Nico se hace cargo de todo y nos prepara la cena. Calienta en el microondas algo que mamá saca del congelador y ella se va a su cuarto abrazada a su jarrón.
Todos sabemos que mientras cenamos y Nico nos ayuda a preparar las mochilas y se asegura de que nos lavemos los dientes antes de irnos a la cama, mamá llora hasta quedarse dormida. Y sus lágrimas van cayendo una a una en el jarrón. Acumulándose hasta alcanzar un nivel considerable. Puede ser medio jarrón o tres cuartos a veces.
Es Nico quien antes de marcharse a dormir recoge el jarrón del abrazo de mamá y lo traslada lleno de lágrimas hasta su sitio en el recibidor.
Es que a la mañana siguiente papá vendrá con un ramo de flores enormes y le pedirá perdón a mamá miles de veces, mientras ella nos prepara el desayuno y nos peina con colonia.
Las flores irán a parar al jarrón, claro. Y después de mucho farfullar y exigirle a papá que le prometa que cambiará, lo perdona.
En una semana las flores se han chupado casi todas las lágrimas, están ya marchitas y mamá las echa a la basura.
Esa es la señal de que todo puede volver a empezar. El jarrón vacío sin flores significa que en cualquier momento puede ir a parar al congelador y volvemos a iniciar el ciclo.
Como el ciclo del agua en el ecosistema terrestre, el que nos explicó la profe en el cole, las lágrimas de mamá tienen su ciclo en el ecosistema del jarrón. Son gaseosas mientras el jarrón está vacío, sólidas cuando lo mete al congelador y líquidas cuando vuelve a derramarlas dentro.
Nico dice que no le cuente estas ocurrencias a mamá porque la voy a poner más triste aún. Sobre todo, la parte de que el ciclo del agua es continuo porque se evapora de los océanos, se condensa en las nubes, cae en forma de lluvia o nieve y vuelve a empezar.
Sobre todo eso, dice Nico, que no se me ocurra contarle lo de que el ciclo nunca termina. Que eso la pondría tan triste que tal vez empezaría a llorar en el jarrón sin necesidad de que papá llegue de MUY malhumor. Y si papá la ve llorar sin motivo, le va a dar uno muy bueno, como nos dice cuando alguno de nosotros lloramos.
Nico nos ha dicho, en secreto, porque mamá no sabe que él la ha escuchado hablar con la tía Juani, que casi estaba decidida a romper ella misma el jarrón de su madre y marcharse con nosotros a un sitio muy lejano. Pero que por ahora no será posible. Porque ya lleva en la panza al dueño del BLE de IN TO CA BLE, y ahora toca aguantar. Pero que no nos hagamos problema, que él, cuando sea un poco mayor, romperá con sus propias manos el jarrón y nos iremos, incluido el dueño del BLE, a un sitio sin recibidores, ni lágrimas, ni jarrones heredados. Nos lo ha prometido. Y aunque yo sé que el ciclo del agua nunca se acaba, quiero creerle.
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por pcollazo | Jul 4, 2023 | Cuentos enredados, Premiados
La
frontera apareció en el salón de casa un jueves a la vuelta del colegio. ¿Y
esto que es?, preguntó mi madre cuando vio la montañita de unos diez
centímetros de alto atravesando la tarima nueva. Fue a por la escoba, pero por
más que barría, en cuanto acercaba el recogedor la montañita volvía a su sitio
y no había forma de quitarla.
Como
mi mamá siempre tiene mucha prisa, al final renunció a deshacerse de ella al
menos hasta el día de limpieza general que en casa es el sábado.
Por
eso los niños la adoptamos. Adoptar una frontera es bastante divertido. Por
ejemplo, tú puedes montar tu pista de fórmula uno del lado del mueble modular,
mientras que tu hermana monta su peluquería del lado del sofá. Es que el sofá
le viene bien como sala de esperas para sus clientas y los estantes bajos del
mueble te vienen bien a ti para montar los boxes. Todo arreglado. Además, la
frontera es muy fácil de pasar por encima. Basta con levantar un pie o dar un
saltito pequeño. Por eso, si te aburres de reparar coches y probarlos en la
pista, puedes ir a atender a la Señora Osa a quien tu hermana le está haciendo
un peinado moderno, mientras ella va a tu lado de la frontera a hacer alguna
prueba de motor.
Hasta
que no llegó la hora de la cena, mamá no volvió a acordarse de la frontera.
Pero cuando nos vino a decir que había que recoger para poner la mesa puso su
cara de “¿qué está pasando aquí?” y es que la frontera (supongo que a fuerza de
alimentarla con nuestros juegos) estaba bastante más alta. Aunque ni siquiera
nos llegaba a las rodillas. Mientras recogíamos, mamá fue otra vez a por la
escoba con igual resultado. La frontera se rearmaba en cuanto la barría.
Mamá
lo dejó porque papá estaba llamando a su teléfono. Así que se fue a la cocina y
luego, con cara de pocos amigos (así llama ella a la cara que se te queda por
ejemplo después de pelearte con tu hermana), dijo que cenaríamos nosotros
porque papá iba a llegar tarde.
Mi
hermana Elisa protestó porque a ella le gustan más los cuentos para dormir de
papá que los de mamá. Y yo le hice mi señal de dedo cruzado sobre la boca para
indicarle que se quedara calladita, porque (como dice mi abuela) “el horno no
estaba para bollos”.
Cenamos.
Para ir a ponernos el pijama ya tuvimos que cruzar la frontera levantando
bastante la pierna, nos llegaba más arriba de la rodilla.
Mamá
nos contó un cuento corto y triste, como hace siempre que está enfadada. Elisa
le pidió que no nos apagara la luz, como hace siempre que presiente que será
una noche de pesadillas.
Y
lo fue. Entre sueños escuché la voz de papá demasiado alta para ser de
madrugada y la de mamá diciendo “No sé si podré perdonarte algo así”. Me dormí
y soñé con que mamá dejaba de perdonarme cada vez que metía la pata. Cada vez
que contestaba mal o que me olvidaba de que tenía tarea, o cuando me encaprichaba
con que me comprara más chocolate en el super. Como mamá ya no me perdonaba mis
errores, ya había dejado de quererme. Eso me ponía muy triste.
Por
la mañana fue papá quien nos preparó el desayuno y dijo que mamá se había
tenido que ir pronto al trabajo. ¿Vosotros sabéis que es esto que vuestra madre
ha montado en el salón?, preguntó señalando sorprendido la frontera. A los
niños ya nos costaba cruzarla para ir a recoger las mochilas. Elisa le aseguró
que mamá no la había puesto allí, que había aparecido sola, pero papá la miró
sin creerle.
No
podíamos ponernos a discutir quién decía la verdad porque íbamos a llegar tarde
al cole, así que salimos corriendo.
Cuando
papá nos vino a recoger, supimos que algo raro pasaba. ¿No tenías que
trabajar?, le pregunté. Hoy, no, respondió cuando estábamos entrando en casa.
Nos quedamos de piedra cuando vimos la frontera, ya nos llegaba al mentón.
Entramos al salón y del otro lado de la montaña estaba mamá sentada en el sofá.
Papá nos tuvo que alzar por encima del montículo para que fuéramos a saludarla.
Mamá dijo que le dolía la cabeza y que se quedaría de ese lado de la frontera.
Que nos fuéramos al otro lado con papá y no hiciéramos demasiado ruido. Papá
volvió a auparnos para su lado y nos preparó la merienda.
La
frontera no solo había crecido en altura sino también en longitud. Ahora
atravesaba todo el pasillo dejando la cocina de un lado, nuestro cuarto del
otro y adentrándose en la habitación de mamá y papá. Como una serpiente
indomable se arrastraba por el suelo y al llegar a los pies de la cama subía
por encima del edredón dividiéndola en dos. Como también dividía en dos, y prácticamente
ocultaba, la foto que mamá y papá tenían sobre la cabecera. Era de su luna de
miel en Marbella, el atardecer en la playa estaba partido y el punto en que se
unían sus manos, oculto, por lo que solo se veía la mitad derecha de mamá y la
izquierda de papá. Playa aquí y allá, y del sol en el horizonte, ni la luz.
Estaba
claro que papá había intentado interrumpirle el paso a la frontera poniéndole
por delante sillas, libros, un ventilador de pie y la bicicleta estática. Pero
no había caso, pasaba por encima y dividía en dos cualquier cosa que se le
pusiera delante.
A
medida que pasaban las semanas, el crecimiento de nuestra frontera se
estabilizó, pero fue haciéndose más consistente. Los primeros días podíamos
cavar túneles y atravesarla sin esfuerzo, pero cada vez costaba más hacerlo.
Papá
había ideado un sistema de poleas con el que nos subía y nos bajaba del otro
lado porque ya tenía la cintura dolorida de tanto alzarnos. Mamá seguía
recluida de su lado y solo cruzaba la frontera subiéndose a una silla cuando
papá no estaba del suyo.
Toda
la casa se había vuelto oscura y triste ya que la luz de las ventanas quedaba
oculta en gran parte por la frontera y aún del lado en que le daba el sol
empezó a crecer musgo en su ladera. Todos sabíamos que era por todo lo que mamá
lloraba en silencio simulando que tenía resfríos monstruosos, alergias varias o
basurillas en los ojos.
Como
papá y mamá dormían separados por la frontera, ponían el despertador a
distintas horas y nos llamaban para ir al cole dos veces al día, o ninguna. Se
olvidaban de venir a recogernos o venían los dos y hacían como si no se vieran.
Elisa
estaba muy triste porque a las niñas las ponen tristes las fronteras. Eso me
dijo mamá un día que estábamos de su lado.
A
los chicos, en cambio, nos enfadan las fronteras. Eso nos dijo papá un día que
estábamos del suyo.
Así,
tristes y enfadados pasamos no sé cuánto tiempo. A veces papá asomaba la cabeza
por encima de la montaña y le decía a mamá que ya era hora de dejarse de
tonterías. Ella ni lo miraba y seguía viendo la tele.
Cuando
Elisa se pone triste hace locuras. En casa, eso lo sabemos todos. Por eso no me
sorprendió que una noche, en pijama y descalza, se subiera a la mesa alta, de
allí al respaldo de una silla y en dudoso equilibrio se erigiera como una
alpinista experta en la misma cima del pico más alto de la frontera.
Cuando
papá y mamá la vieron, uno de cada lado, le gritaron que se quedara quieta, que
ya iban a rescatarla, que podía caer y hacerse daño.
Pero
ella, ni caso. Se puso a la pata coja y desplegó la comba que tenía escondida
debajo del pijama.
—¡No!
—gritaron a dúo mamá y papá y por primera vez en meses hicieron algo juntos.
Elisa
siguió a lo suyo por lo que se abalanzaron sobre ella. Cada uno cogió una de
sus manos. Elisa sonrió y se quedó quietecita quietecita, como si estuviera
jugando a la mancha venenosa. Entonces, con los ojos a la altura de los
conejitos del pijama de Elisa, mamá y papá se miraron.
—Bájate,
cariño —pronunciaron a la vez. Y sonrieron.
Elisa
se mantuvo firme. No parecía dispuesta a bajar. Movió ambas manos juntando los
extremos de la comba y al hacerlo acercó los dedos de papá y mamá que se
rozaron. Se produjo una casi imperceptible chispa y la altura de la frontera
bajó considerablemente en el punto en que Elisa estaba de pie. Otro roce de
manos, otros veinte centímetros menos. Así hasta que ya no había altura
suficiente como para que Elisa corriera peligro alguno de caerse. Pero aun así
papá y mamá mantenían apretadas sus manos.
Aquella
noche Elisa y yo cenamos sentados sobre el desnivel de la frontera a
horcajadas. Como si nuestra montaña fuera un enorme dragón al que estábamos a
punto de domar. Papá y mamá, cada uno de su lado, pero juntos.
Llevó
varios meses conseguir que toda la frontera se debilitara y se dejara aspirar y
atravesar por el robot de limpieza. La que más costó que se quitase fue la zona
sobre la cama de mamá y papá. Pero una mañana de domingo corrimos a
despertarlos como siempre, Elisa de un lado de la frontera y yo del otro y no
pudimos creer lo que veíamos. Papá y mamá dormían abrazados en medio de la
cama. Y de nuestra caprichosa frontera, ni rastro.
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por pcollazo | Abr 10, 2023 | Cuentos enredados, Premiados
Empezábamos
en septiembre. Llevábamos las capas al tinte, lustrábamos las coronas,
cepillábamos los camellos y zurcíamos a conciencia los sacos de transporte. A
mediados de noviembre empezábamos a recibir cartas e íbamos adelantando
trabajo. Por experiencia sabíamos que después había muchas de última hora, que
llegaban el mismísimo cinco. Eran unas semanas de vorágine, de no dormir más de
un par de horas seguidas, de quebraderos de cabeza para conseguir deseos
complicados con un presupuesto que había que estirar y repartir entre muchos.
Doblábamos
prendas que seguramente tendrían que ser descambiadas, armábamos paquetes
imposibles, escribíamos los nombres de los destinatarios e íbamos tachando los
terminados de la larga lista general. Eso siempre que en nuestra lista de
comportamientos anuales el receptor mereciera recibir regalo. De lo contrario
siempre teníamos a mano los pequeños sacos de carbón, que en realidad muy pocas
veces entregábamos, porque en general los interesados se redimían a último
momento y había que envolver de prisa y corriendo su regalo.
Después
de revisar y registrar cada pedido, pensábamos regalos adecuados para aquellos
que no nos habían hecho llegar el suyo. Eso era complicado, pero nos gustaba
mucho analizar costumbres, gustos y aficiones para encontrar lo mejor en cada
caso.
Alimentábamos
equilibradamente a nuestras monturas y entrenábamos a diario largas caminatas y
levantamiento de elevados pesos.
Planificábamos
recorridos, rutas rápidas, estudiábamos atajos, accidentes geográficos y
previsiones meteorológicas.
Los
últimos días nos poníamos a dieta. Sabíamos que después nos atiborraríamos de
turrón, roscón, galletas, polvorones y todo lo que hubiera sobrado de las
celebraciones navideñas. No podíamos defraudar a nadie y en cada casa había que
hacer los honores y comer, aunque fuera un poco.
A
pesar de que parecía que nunca lo haría, el gran día siempre llegaba. Nos
vestíamos con esmero, nos cobijábamos en nuestras capas y montados en los
camellos seguíamos la estrella arrastrando los sacos cargados de regalos.
Procurábamos
pasar desapercibidos y dejar los paquetes sobre los zapatos mientras todos
dormían, pero siempre había algún niño que nos veía desde un par de ojos
restregados a causa del sueño y la incredulidad. Y la ilusión de aquellas
caritas hacía que todo el esfuerzo valiera la pena.
Por
eso, desde que nos dijeron la verdad, echamos tanto de menos todo aquello.
Alguna vez teníamos que saberla, sí. Es ley de vida. Pero no por eso es menos
decepcionante. De un día para otro, un hermano mayor o un amiguete que nos saca
unos años y que ya tiene bisnietos, nos lo deja caer.
Al
principio no lo crees. ¿Qué los niños son los hijos? ¿Qué todas esas caritas
ilusionadas que nos esperaban cada año no existen? ¡Anda ya! Al principio no te
lo crees ¿Cómo va a ser verdad que no eres rey y menos que menos mago si
durante tantos años has estado comportándote como tal? ¡Pero si hasta en las
noticias aparecían las novedades sobre nuestros preparativos y nuestro viaje!
¡Si en cada ciudad nos recibían con grandes cabalgatas y emoción!
Que
no, te dicen. Es que los niños han querido mantenerte la ilusión. Porque no hay
nada más bonito que la inocente ilusión de un padre entregado.
Y
te quedas de piedra, y lloras un poquito procurando que no se note. Y te
preguntas qué harás el próximo 5 de enero por la noche, cuando ya no tengas que
andar de puntillas porque ya sabes que todo el mundo dejará de simular que eres
un verdadero rey.
Lustras
tu corona, llamas a tus hijos y les explicas cómo sacar mejor partido de un
presupuesto limitado, cómo alimentar correctamente a los camellos, cómo
organizar las cartas por zona geográfica y mantener el inventario de regalos
siempre actualizado. Cómo identificar el regalo perfecto para los que no envían
carta, y por último pones a su nombre el apartado de correos al que te ha
llegado la correspondencia durante toda la vida. Les entregas la corona y haciéndoles
todo tipo de recomendaciones, les dices que tienes un secreto muy importante
que contarles y les haces creer que ellos son los reyes. Te da un poco de pena
mentirles, pero la ilusión con que palpan tu capa de terciopelo y acarician los
camellos hace que sientas que estás haciendo lo correcto.
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por pcollazo | Mar 15, 2023 | Cuentos enredados, Premiados
Apareciste al escoger continuar por la página 5 y me enamoraste con solo leer tus ojos almendrados. Al final de la 8 tomé la siguiente decisión (perseguir tu elegante figura de presunta Mata Hari en lugar de ir tras los tres individuos de acento ruso) y nos casamos al principio de la 15. Terminando ese capítulo habían nacido nuestros dos hijos. Unas cuantas páginas después, un poco aburrido de tantas descripciones sin acción, te fui infiel. Crisis que superamos al elegir correctamente pasar página y empezar de cero en la 54. Pero hartos de compartir cama y lectura, en la siguiente bifurcación nos separamos. Yo a la 89, tú tras tu sueño de Hollywood. Entonces todo se descalabró y me di cuenta de que quisiera seguir leyéndote toda la vida.
Busco desesperado el desvío que me lleve otra vez a ti. Pero me temo que tú ya te has cambiado de libro.
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por pcollazo | Mar 7, 2023 | Cuentos enredados, Premiados
Va
por la vida dejando caer migajas de pan. Un rastro nítido que siguen los
aprovechados de siempre para ofrecerle miles de productos. Colchones
viscoelásticos si busca “cómo sobrellevar el insomnio”, hoteles con encanto si consulta
“cómo reconquistar a tu pareja”, bridas de primera calidad, si en la barra de
Google teclea “cómo retenerla” y hasta conjuros de amor infalibles, si como
hoy, escribe en un intento desesperado “¿qué hago si todo lo demás ha
fallado?”.
Pero, cierto es que se ha cuidado muy bien de buscar información sobre venenos, armas letales, asfixias provocadas o sobredosis. Por eso no entiende cómo tiene en su salón a un tal Sherllock acompañado de un ridículo medicucho haciéndole miles de preguntas acerca de un asesinato que ni siquiera ha empezado a planear, cuya víctima, vivita y coleando, canturrea en la cocina mientras charla con su amante por WhatsApp como todas las noches.
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