por pcollazo | Jun 18, 2021 | Cuentos enredados, Premiados
La mañana del día en que
María desapareció, se obligó a hacer la cama como si por la noche planeara
utilizarla. Cualquier pequeña modificación en su rutina podía llamar la
atención de Carlos, y no se sentía con fuerzas de dar explicaciones.
Carlos se despidió con un
beso automático sobre sus labios cerrados y le recordó llevar el traje al
tinte. Ella fantaseó una mañana más con prepararle el desayuno a Daniel y acabó
sentada en la que fuera su cama de adolescente, abrazada a una almohada que ya
no olía a él. Los posters en las paredes habían empezado a despegarse. Los
extremos parecían pesar demasiado para la capacidad adhesiva del celo que día a
día mermaba. Tal como lo hacía su propósito de resignarse y sobrevivir.
A Harry Potter se le
adivinaba solo medio rostro. El extremo suelto flotaba ocultando la mitad
izquierda, aunque dejando a la vista gran parte de la cicatriz sobre su frente.
La escoba sobre la que iba montado disparaba una nube tornasolada de gases y
toda su ropa se mantenía flotando a causa de la velocidad. No estaba segura de
si Harry sonreía o no. No llegaba a apreciarse ese detalle observando la mitad
de su boca que quedaba a la vista. Pero estaba segura, de que el chico estaba
feliz. Se le veía claramente en el brillo con que su único ojo descubierto la
miraba. Los ojos de Daniel siempre habían sido vivaces, sonrientes, engatusadores.
Con una mirada era capaz de ganarse un perdón o de negociar un castigo muy
inferior al que se merecía por sus trastadas.
Alrededor de Harry
Potter, en una ecléctica colección convivían personajes de videojuegos (de
algunos de los cuales María no conseguía recordar los nombres), los jugadores
de la selección levantando la copa en Sudáfrica, el logo de ACDC y dos entradas
amarillentas pinchadas con una chincheta sobre el poster de Muse.
María observó largamente
las paredes, volvió a acomodar el pijama debajo de la almohada y estiró la
cama. Luego caminó decidida hacia la puerta del cuarto, y tras echar un último
vistazo, salió, cerrándola tras de sí.
La mañana del día en que desapareció,
María pensó que tampoco le costaba nada acercar el traje de Carlos al tinte
antes de marchar. Lo pensó en forma mecánica. Acostumbrada como estaba a poner
siempre por delante de las propias, las necesidades ajenas. Pero más tarde,
cuando se vio en el espejo del ascensor, con su mochila cargada en la espalda y
la funda con el traje de Carlos doblada sobre el antebrazo, se dio cuenta de lo
absurda que podía seguir siendo aún. Entonces, salió a la calle y lo dejó caer
dentro del primer contenedor que encontró. Allí también dejó caer sus
esperanzas de que Carlos la comprendiera. Él había asumido lo de Dani poniendo
su vida en piloto automático. Haciendo las cosas que había que hacer, día a día
y sin levantar la cabeza para mirar más allá. Y hasta había conseguido
embarcarla en aquella ola casi cómoda en que se movía. Del trabajo a casa, de
casa al trabajo. Qué hay de cenar y que descanses como único vocabulario
necesario para sobrevivir.
Y si sobrevivir fuera la
opción, ella casi estaría dispuesta a seguirlo y aceptar ese modo tan primitivo
de hacerle frente a la realidad. Pero ella llevaba muerta varios meses. Ya no
había tiempo para intentar sobrevivir.
Su cadáver yacía en algún punto de la A6 sentido A Coruña, entre la
salida 119 y la 121. Y ya era hora de ir a recogerlo y ofrecerle una sepultura
digna.
En varias ocasiones,
había intentado convencer a Carlos de que algo tenían que hacer. Que las cosas
no podían quedar así. Que no había olvido posible en todo el mundo como para
borrar los recuerdos de aquella noche fría de enero. Pero Carlos solo sabía
decir que seguir hurgando en lo ocurrido no haría más que terminar de
destruirlos. Que lo que tenía que hacer era consultar a un sicólogo que la
ayudara a transitar el duelo, que Dani estaba muerto, y que eso nada podría ya
remediarlo. “Mu-er-to” lo decía así, casi con fruición. Como si pronunciarlo letra
a letra le ayudara a digerirlo. María, en cambio, cuando tenía que mencionar la
ausencia de su hijo hablaba de que se había ido o, en la mayoría de las
ocasiones, de que se lo habían arrebatado.
Dani se había marchado y
la muerta era ella. Cada noche al acostarse, percibía el frío de la madrugada
en el aire. El rocío helado estacionándose sobre su cuerpo rígido. El ulular de
algún ave nocturna, y el cimbreo de los automóviles pasando por la autovía regularmente.
En dirección A Coruña, los más próximos. En dirección Madrid, aquellos cuyos
neumáticos sonaban en los carriles más apartados. Si abría los ojos, veía el
firmamento cargado de estrellas, justo antes de que empezaran a caer los
primeros copos. Percibía cómo se posaban sobre sus dedos rígidos, sobre su
nariz, sobre el pelo enredado en la maleza del arcén.
Por eso, cuando Carlos se
metía en la cama y se acercaba a ella con una intención que cada vez se repetía
con más frecuencia, ella estaba helada, recostada a cielo abierto, a muchos
kilómetros de aquel piso que compartían en Madrid.
Carlos había intentado
convencerla de que la vida continuaba y de que con o sin hijo, seguían siendo
una pareja. Ella no se había molestado en hacerle entender que una muerta no
necesita arrumacos ni refugios del tipo de los que él buscaba y ofrecía. Al final,
él se había cansado de procurar franquear una frontera demasiado alta e
inamovible. No digas que no te lo advertí, había amenazado en alguna ocasión.
María ni siquiera se había interesado por averiguar qué se escondía detrás de
esas palabras. No mucho tiempo después
supo que su marido tenía una amante.
La mañana del día en que
María desapareció, Carlos había quedado a comer con Cecilia. Quedar a comer
significaba restaurante, charla y hotel. No necesariamente en ese orden.
Desconectaba el teléfono, no porque María fuera a llamarlo, nunca lo hacía,
sino para que no lo molestaran desde el trabajo. Entonces, se introducía en la
burbuja Cecilia, en su mundo de aceites aromáticos, caricias sin medida,
confesiones hilvanadas con sus pechos suaves apretados contra la espalda.
Cecilia era refugio y contención. No le exigía hablar si no le apetecía. Se
podía quedar horas acariciando su espalda sin esperar que él se girara y le
dijera que la quería. Porque sabía que él no la quería de ese modo en que se
quiere cuando se pronuncian esas palabras en la penumbra. Ella sabía que él la
quería de otra manera. Y no esperaba palabras cariñosas, ni romanticismo al
uso. Solo esperaba que de vez en cuando le apretara la mano con que acariciaba
su pecho, y le preguntara que qué tal iban sus cosas. Con eso se conformaba. Y
Carlos jamás había estado con alguien que se conformara con tan poco. A veces,
eso lo hacía sentir un poco culpable. Pero le tranquilizaba pensar que jamás
había prometido a Cecilia algo que no podía ofrecerle. Que siempre había sido
claro con ella.
La mañana del día en que
María desapareció, Cecilia revisó su bolso varias veces antes de salir de casa.
Siempre lo hacía cuando planeaba encontrarse con Carlos. Maquillaje para
aplicarse a último momento. Su perfume bueno. El aceite con aroma a sándalo (el
preferido de Carlos), los pendientes que no se colocaba antes de salir porque
no quería que su madre sospechara que esa reunión de trabajo que la traería
tarde de regreso, no era real. Cada encuentro con Carlos aparejaba un ritual
previo de cuidados inusuales. Depilación, gel con sales del mar muerto, esponja
exfoliante, crema hidratante con cacao, mascarilla para el pelo y ropa interior
especial. Sabía que él no lo notaba. O al menos jamás lo mencionaba. Pero alguna
vez había dicho que le gustaba que tuviera la piel tan suave, y eso le bastaba
para seguir concienzudamente todo el protocolo de cuidados. Sabía, él se lo
había dicho, que Carlos no podía ofrecerle más que esos encuentros, demasiado esporádicos
para su gusto, pero ella, sin poder evitarlo, se ilusionaba cada vez que él,
boca abajo en la cama, le pedía sus masajes especiales.
La mañana del día en que
desapareció, María echó a andar hasta Atocha sin esperar el autobús que podía
acercarla. No le apetecía aguardar. Cualquier cosa que la detuviera, dejaba
abierta la puerta a reflexionar y ya no quería hacerlo. La decisión estaba
tomada. No había ya, nada que pensar. Presentó su carnet de conducir y su
tarjeta de crédito en la agencia de alquiler de coches y pronto estuvo al
volante de uno de gama económica. Sin coberturas extras ni caja automática. No
las necesitaba. Puso en el navegador la dirección que su abogado le había proporcionado
a regañadientes.
— María, sabes que no es
buena idea que te pongas en contacto con esta persona…
— Tranquilo, Juan. No lo
haré —mintió con una tranquilidad abrumadora. Ni ella misma se reconocía. Desde
que estaba muerta, no medía las consecuencias de sus actos. No tenían ninguna
importancia, porque no había vida que pudieran arruinar.
Centrada en las
indicaciones de la monótona voz, pronto estuvo en la M40 a punto de coger la
A6. Pensó en aquella madrugada en que habían hecho ese camino con el corazón en
un puño, luego de la llamada que les había sacado para siempre del mundo
relativamente ideal en el que vivían. María sabìa que aquel mundo no era ideal,
tenía muchos agujeros tapados por alfombras lujosas, pero al lado de lo que
quedó de él después de aquella noche, podía llevar con bastante dignidad el
calificativo.
Dos horas y catorce
minutos hasta llegar a la dirección del pueblo de Valladolid que había
informado como destino. Dos horas y catorce minutos para empezar a voltear el
mundo que estaba del revés desde que Dani… Desde que le habían arrebatado a
Dani, se corrigió de inmediato.
Hasta el túnel de
Guadarrama hizo un esfuerzo por centrarse en la conducción. En los límites de
velocidad cambiantes. En mantenerse en el carril correcto y tener controlados
los coches que iban delante, los que la seguían, con rápidos vistazos a los
retrovisores, los que la sobrepasaban excediendo la velocidad recomendada en el
tramo de concentración de accidentes.
Los accidentes se habían
concentrado en su vida desde la noche en que recorrió los ciento y pico de
kilómetros hasta aquel arcén oscuro en que decidió tumbarse mirando el cielo
para siempre.
La mañana en que María
desapareció, a las 10:45 estaba transitando por el túnel de Guadarrama. El
tramo de penumbra entre el soleado día de Madrid y la neblinosa mañana de
Segovia, fue su última oportunidad de abortar el plan. Dos o tres minutos
durante los cuales el túnel no parecía tener salida, y luego, la luz, al final.
Sabía que apenas unos kilómetros después había un cambio de sentido. Pero al
pasar a su lado aceleró para alcanzar los 120 kilómetros por hora que le
habilitaban el cartel.
Pagó el peaje sin
enterarse de cuál era el importe. La
salida 119 estaba cerca. Sabía que transitar ese trecho iba a ser duro. Puso la
radio a todo volumen e intentó no mirar hacia los lados. Tenía que llegar a
Valladolid. Eso era lo más importante.
La mañana del día en que
María desapareció, Luciano Guerra se despertó a las seis. Hacía meses que no
lograba conciliar el sueño con fluidez. Despertar significaba volver a ser
consciente de quién era y de lo que había hecho. Es cierto, no había sido su
intención. Pero eso no alivianaba ni un gramo la culpa que lo aplastaba contra
el suelo, obligándolo a arrastrar los pies y transitar por la casa como si
estuviera cargando una gran roca sobre la espalda. Si hubiera una pastilla que
le permitiera olvidar y borrar los últimos diez meses de su vida, sin duda la
tomaría. Aunque tuviera los peores efectos secundarios. Aunque junto con eso
olvidara quién había sido. Tampoco le servía de nada saberlo. Porque ya no era
quien había sido. Y nunca volvería a serlo.
Podría no haber bebido,
se recordó. Como si necesitara recordarlo. Como si no fuera un pensamiento que
en todo momento revoloteaba a su alrededor. Se posaba sobre su nariz, sobre el
dorso de la mano, sobre el hombro, otra vez sobre la nariz, y no había forma de
espantarlo, ni de aplastarlo, ni de obligarlo a salir volando por la ventana.
Cuando el timbre de su
puerta sonó, llevaba más de seis horas sentado en el sofá mirando la televisión
apagada. No esperaba a nadie y el sonido lo sobresaltó. Recién entonces fue
consciente de que tenía el mando en una mano y que no había dado al botón de
encendido.
El día en que María
desapareció, eran las 13:53 cuando Luciano Guerra se puso en pie y arrastrando
sus zapatillas de paño transitó hasta la puerta. Su ojo derecho descubrió a una
mujer bien vestida, cargando una mochila en la espalda y algo mucho más oscuro
y denso en la mirada. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su abrigo
largo y miraba decidida al frente. Antes de que Luciano decidiera qué haría con
ella, ya estaba otra vez apretando el timbre con el índice. Articulando todo el
peso de su cuerpo sobre él.
Luciano abrió la puerta.
María lo miró a los ojos. No reparó en su aspecto descuidado, solo en su
mirada.
—Soy María, la madre de
Daniel ¿puedo entrar?
Luciano se hizo a un lado
invitándola a pasar. Luego cerró la puerta y la precedió hasta el salón. Quitó
los kleenex acumulados sobre la mesa y la invitó a sentarse en el sofá.
En el fondo siempre había
sabido que este encuentro tarde o temprano se produciría. Si María no hubiera venido,
él habría ido a buscarla. Por eso tampoco se sorprendió cuando María sacó de la
mochila un arma y la colocó sobre la mesa baja, justo delante del sofá donde se
habían sentado. Uno en cada punta, mirándose de frente.
El día en que María
desapareció, eran más de las seis de la tarde cuando Carlos descubrió que tenía
dieciocho llamadas perdidas de su amiga Isabel.
Acababa de dejar a Cecilia en su estación de metro y revisó
automáticamente el teléfono antes de arrancar el coche para regresar a casa. La
voz de Isabel al atenderlo fue suficiente como para saber que algo terrible,
otra vez, sí, otra vez, se cernía sobre su vida. O tal vez, era el mismo algo
terrible que llevaba diez meses persiguiéndolo.
Eran las seis y cuarto de
la tarde del día en que María desapareció cuando Cecilia envió su acostumbrado
Whatsapp post encuentros a Carlos. “Ya te echo de menos. Ha sido fantástico”.
Un aspa, dos aspas. Sabía que Carlos no lo leería hasta días después y que no
le contestaría, pero no podía evitar alargar el ritual unos minutos más
mientras su metro atravesaba las entrañas de Madrid. Luego, sacó del bolso una toallita
desmaquilladora y se la pasó por el rostro, ignorando las miradas intrigadas de
algunos compañeros de vagón. Tenía que quitar todo rastro que pudiera
delatarla. Su madre no debía sospechar de sus escapadas. No estaba lista para
dar explicaciones. Nunca lo estaría. Estaba tan controlada, tan sobreprotegida
desde que ocurriera todo, que prefería mantener a su familia al margen de su
vida real. Prefería que la siguieran viendo con compasión, la pobre niña que
había perdido a su novio de toda la vida en un accidente de tráfico, la pobre
niña que no conseguía recuperarse de su dolor, la pobre niña a la que había que
tener bajo control para que no cometiera locuras. Carlos hubiera sido
catalogado de locura sin duda. Carlos hubiera podido ponerla a las puertas de
una clínica psiquiátrica en cuanto supieran quién era. Carlos y su perfume
tibio y consolador. Carlos y esa forma tan profundamente familiar que tenía de sonreír cuando algo le
gustaba mucho. Carlos, que tenía en la espalda exactamente los mismos tres
lunares que Dani. Hombro derecho, hombro izquierdo, nalga derecha. La
constelación que una y otra vez unía con los dedos empapados de aceite con
aroma a sándalo.
La tarde del día en que
María desapareció, Luciano le ofreció un café, como si no hubiera un arma sobre
la mesa baja, y ella le dijo que no necesitaba un café, que él sabía lo que
necesitaba. Entonces Luciano se derrumbó. Habló y habló sin parar. De su
infancia, de un padre estricto, del hermano que murió de meningitis, de sus
sueños, de su boda soñada y de su divorcio de pesadilla. Se desnudó ante ella
hasta llegar a la noche en que había cogido el coche después de beber dos
whiskies y tres tequilas en un tugurio de Madrid. Solo. Después de deambular
por Huertas tras una cita fallida con aquella mujer de una página de contactos.
Había bajado a Madrid
para conocerla, pero ella lo había dejado plantado. O tal vez, lo había visto
desde lejos y había decidido que no quería seguir adelante. Después de semanas
volviéndolo loco por chat. Después de haberle hecho creer que enamorarse otra
vez era posible.
Luciano habló de
aquella madrugada oscura en que cogió la
A6. Solo recordaba la neblina. O tal vez la neblina fuera un agregado de su
mente sobre los recuerdos. Porque los recuerdos eran apenas unos flashes.
Imágenes sueltas. Recordaba haber atravesado el túnel. Siempre le inquietaba
atravesar el túnel de Guadarrama. No se veía el final durante varios minutos y
eso le provocaba angustia. Una angustia que nunca se aliviaba por completo al
salir al exterior. Como tampoco cedía en ningún momento el peso que le apretaba
las vísceras y se las revolvía desde aquella madrugada en la A6.
María quiso saber qué
había pasado después. Cómo había sido capaz de dejar a su hijo tirado en un
arcén, los neumáticos de su moto volcada girando inútilmente. Por qué no había
estado a su lado dándole una mano antes de morir. Por qué había tenido que
hacerlo solo, lejos de casa y sin que alguien intentara hacerle más llevadero
el tránsito.
A Luciano, que nunca se
le había ocurrido que morir podía ser más dulce si se hacía en compañía,
comenzó a llorar aunque ya no tenía kleenex y se puso de rodillas ante María
ofreciéndole el arma.
—Hazlo —le suplicó —sé
que tú no me dejarás morir solo. Que me acompañarás hasta que me desprenda de
tu mano.
María no sintió
compasión, sino más rabia aún. Hubiera preferido que el hombre la desafiara,
que la echara de casa, que cogiera la pistola y la amenazara con ella. Que la
obligara a salir de su vida y dejara de darle explicaciones, que no activara
esos mecanismos que hacían que empatizara con él. Que le permitiera verlo como
el asesino de su hijo y no como un hombre destrozado, en pijama y con barba de
días llorando a sus pies.
A las cinco menos diez de
la tarde del día en que desapareció, María salió de una casa de pueblo en
Valladolid y decidió no coger el coche de alquiler que había dejado aparcado en
la puerta. Había llegado a un punto en su plan en que ya no podía dejar
huellas. Era hora de levitar, de esfumarse, de hacer que quienes procuraran
encontrarla, no lo consiguieran.
Caminó hasta la estación
de autobuses y cogió uno que la llevara a la ciudad. En Valladolid iba a ser
más sencillo diluir sus huellas, cortar el rastro de migajas que había ido
dejando tras de sí, y rematar el plan.
El plan no había salido
tal como esperaba. Apretó el arma que llevaba en el bolsillo de su abrigo largo
pensando que también era necesario a veces saber improvisar. Pero que algunas
cosas no hubieran funcionado tal como las había previsto, no quería decir que
tuviera que cambiar el rumbo. Retomaba la senda, e iba a llegar al final tal
como lo había planeado.
Lo de hacer autostop
siempre le había parecido algo peligroso. Cuando estaba viva, claro. Ahora, que
ya no había nada peligroso, combinó dos camiones y una furgoneta que la dejaron
muy cerca del kilómetro 119. Procuró hablar con acento extranjero, sólo lo
imprescindible y no se sacó las gafas de sol en ninguno de los trayectos, a
pesar de que ya había empezado a anochecer.
Encontrar el sitio exacto
era muy fácil. Su propio cadáver llevaba allí diez meses. Ubicó la curva, el
lugar preciso donde las ruedas de la moto habían derrapado. El quitamiedos aún
abollado, el declive en la superficie, el matorral donde la sangre derramada
era una mancha oscura e indescifrable.
Guardó la linterna en la
mochila, sacó la pistola y se recostó mirando el cielo. Esperando a que se
hiciera noche cerrada.
La noche del día en que
María desapareció, Carlos esperaba a ser atendido en comisaría junto a una
llorosa Isabel. Tanto habían insistido en que era necesario encontrar a María
antes de que cometiera cualquier locura, que habían decidido volver a tomarles
declaración para ampliar la denuncia que habían asentado a las siete y cuarto
de la tarde.
María había dejado el
móvil en casa, las persianas bajas, la comida de los peces flotando en la
pecera y una nota en que pedía que no la buscaran.
Isabel se había dado
cuenta de que algo raro le pasaba cuando la noche anterior se había despedido
de ella como si nunca más fueran a verse. Había pasado toda la mañana
insistiendo en el teléfono hasta que había decidido hacerle una visita. Isabel tenía
llaves de la casa. Se las habían dejado hacía tiempo por si alguna vez se
quedaban fuera. Carlos ni lo recordaba. Pero aquella nota, con la prolija letra
de María sobre la mesa de la cocina había activado todas las alarmas.
Isabel estrujaba la manga
de su sudadera mientras intentaba no llorar. Tenía que apoyar a Carlos. Mientras,
Carlos pensaba en Cecilia. En que tal vez María se había enterado de todo y que
por eso…
La noche en que María
desapareció, Cecilia no podía conciliar el sueño, como siempre le pasaba
después de estar con Carlos. Por eso, cuando el teléfono sonó y vio su nombre
en la pantalla sintió una repentina alegría. Efímera, como todo lo bueno que
podía llegar a pasarle. Carlos lloraba, como había llorado Dani aquella noche
de invierno en que le dijo que tenían que darse un tiempo. Como aquella noche
de invierno en que lo vio coger la moto y acelerar antes de llegar a la
avenida. Como aquella noche de invierno en que Dani, sin saber por qué, decidió
coger la A6, queriendo escapar de todo, sin pensar hasta dónde quería llegar.
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