Cuando mi padre supo lo que le había hecho se puso como un basilisco. No tengo calificativos, dijo furibundo, airado, colérico. Y tenía más razón que un auténtico, real, legítimo y verdadero santo.  Cómo iba a tener calificativos si yo mismo, en pos de mis sueños de gloria, se los había robado todos.

Para ser un escritor exitoso, reconocido, célebre, ganador, como yo pretendía ser, necesitaba tener un completo, heterogéneo y diverso stock de adjetivos.

Si tan importantes eran para él, no los hubiera dejado allí desatendidos, olvidados, desamparados entre sus humildes, modestos y oscuros escritos.

Ahora la crítica lo ha catapultado otorgándole el título de “El escritor minimalista”, mientras yo, ensombrecido, empequeñecido, humillado por su éxito, sigo buscando una buena historia dónde encajar tanta extravagante grandilocuencia.

A %d blogueros les gusta esto: