Esperan impacientes que aquellos dedos vuelvan a empuñarlos.
Pero no regresan. Recostados contra los bordes del lapicero, se cuentan a sí
mismos, historias que justifican la tardanza que va tornándose en ausencia.
Saben que algo malo ha ocurrido. Hasta un lápiz puede entender que los gritos,
el ruido, los fogonazos, la urgencia, el llanto, son los causantes de la
oscuridad en que ha quedado sumido. Lo que no pueden entender es que la
oscuridad no termine. Lo que no pueden soportar, es su propio peso apoyado
durante tanto tiempo sobre la punta afilada.
Esperan. Hasta que las palabras se cuelan en la oscuridad, repetidas por miles de labios desde miles de sitios cercanos y distantes: “Je suis Charlie”
La mesa se ilumina y otros dedos, tristes pero decididos,
vuelven a sostener con autoridad y valentía sus gráciles cuerpos. Se dejan
transportar sobre el papel. Se dejan
usar como armas para luchar contra la barbarie. Saben que esa, aunque duela, es
la forma de resucitar.
Usted decide un día escaparse media hora antes
del trabajo y comerse un helado de Vainilla de Madagascar y Chocolate Suizo, de
esos que hacen en la heladería artesanal que han abierto en la esquina.
Se lo promete a las ocho y cuarto, cuando
quince minutos después de llegar, ya se quiere ir o por lo menos encerrarse en
el baño hasta que sean las seis de la tarde (que el jefe ha decretado que este
verano no hay jornada intensiva).
Entonces contesta el teléfono e intenta convencer
al del seguro de que todavía no tiene el pago porque resulta que los clientes
están atrasados y el banco ha rechazado un cheque, y además le han venido
devueltos no sabe cuántos recibos. Y el del seguro le dice que sus problemas le
importan un cuerno, y que le diga a su jefe que, si no paga hoy mismo, la fábrica
queda sin cobertura; y usted piensa en Madagascar y le promete que hará todo lo
posible, aunque el otro no lo escucha porque ya hace rato que colgó.
Usted, Chocolate Suizo, cuando llega el jefe le
explica lo del seguro y se derrite por los gritos que lo acusan de inepto y
débil. Y, Vainilla chorreando, trata de hacerle entender que el del seguro tiene
razón y que estamos muy retrasados. Pero el jefe, con su mirada de Menta Granizada,
le dice que lo comunique, que él mismo arreglará lo del seguro. Usted se siente
algo aliviado, pero experimenta la seguridad de ser un imbécil.
A media mañana, mientras intenta cuadrar los extractos
bancarios, se acerca hasta su mesa Fruta de la Pasión con su minifalda ajustada
y sus tacones empinados. Y usted, inútil Vainilla de Madagascar, apenas si atina
a contestar con una sonrisa-monosílabo los comentarios que ella le hace. Y
cuando la ve salir observa sus piernas conos dorados y quisiera ser capaz de seguirla,
aunque más no fuera hasta el despacho de al lado.
Inmediatamente aparece Carlos Granizado de
limón que trae las últimas noticias de recursos humanos. Parece que el jefe
está planteando echar a dos o tres tarrinas, de las más pequeñas y usted se siente
en peligro. Granizado de limón no sabe mucho más, y por más que le pregunta
solo repite que en cualquier momento se va todo a la mierda y usted, Chocolate Suizo
al fin, termina tratando de consolarlo.
No hay tiempo para comer porque es necesario
atender al enésimo proveedor que reclama su pago y usted pegotea el teléfono,
pero ya no intenta explicarle nada.
Fresas con nata viene a traerle lo que hay que
autorizar urgente y se queda mirándolo con las mejillas arreboladas y los ojos
brillantes. Claro que usted no lo nota, porque nunca la ha observado con
atención. Entonces ella suspira por sus labios de vainilla y se va hasta
mañana.
Por suerte ya son casi las seis y usted se da
cuenta de que al final no ha podido escaparse media hora antes. Ficha la salida
y se va directo a casa porque ya se le fueron las ganas de tomar helado. Aunque
piensa que mañana seguro que lo hará. Eso sí, será mejor que lo planee con
tiempo, porque si no después se hace imposible salir temprano.
Este no es nuestro estilo de familia y sin
embargo ahí estábamos, aunados por los sueños, por las expectativas, por las
ganas, pero, sobre todo, por las letras. Hay tiempo para todo,
pensábamos. Por eso nos regodeamos en los abrazos, las anécdotas, las risas,
las fotos compartidas en uno y otro grupo. Pero el tiempo se iba muy rápido, y
de la comida bajo la sombra oscilante de una sombrilla enorme, salimos
corriendo sin pagar.
La terraza de la Ser, ese ansiado podio al que llegar,
estaba inundada de fotografías de años pasados, de rostros que nos salían al encuentro
desde julios lejanos y cercanos. Recuerdos que, a quienes posábamos ante el
señor que había salido a fumar, nos ahogaban sin remedio en esa casa
navegable. Y el pobre fumador sin poder encender su cigarrillo, nos sugería
sitios, culos de estatuas, sol, sombra, ¿cómo iba a imaginarse que no
sabíamos nadar?
Calados hasta los huesos, vivimos el encuentro con Francino,
siempre tan cercano, siempre tan acogedor, ¡y las fotos que nos sacaron con un
móvil que no era nuestro! ¿Me estás escuchando, tía?¡Que nos
quedamos sin foto con Carles! ¿Cómo no le dimos un móvil de los nuestros? ¿Dónde
la van a publicar?
Prueba de cascos. Decid algo. Nosotros no sabemos decir sin
boli, sin un teclado, sin una frase inicial que dispare el torrente de
palabras. Y empieza el programa. Y queremos que termine y queremos que no acabe
nunca. Le pedimos al técnico que haga todo lo posible por mantenerlo con
vida un poco más. Pero el final llega, y el veredicto y la alegría en
vivo de dos campeones que arañaron el premio gordo.
Fotos de familia, charla con el jurado, más codos y abrazos.
Y promesas, y desafíos. El año que viene estaremos aquí otra vez, nos decimos los
repetidores con nuestra incontrolable afición por los viajecitos
interplanetarios.
Al salir, en la puerta de la Ser nos esperaba una comitiva. Ganadores
de Rec, amigos de siempre, representantes del gremio microrrelatista dispuestos
a brindar por las letras, vendedores de magma y cenizas y alguien que
pasaba por ahí.
Después de las cervezas de rigor, nos despedimos buscando
las luces de la Gran Vía porque la noche ya había caído sobre Madrid. Entonando
promesas de reencuentros terraceros que ojalá podamos cumplir todos. Y sabiendo
que pase lo que pase nos volveremos a abrazar. Si no, no seríamos nosotros
mismos. Esa era fácil. Subordinada condicional.
Hoy es un día de fiesta. Como siempre lo es el día de la final anual de Relatos en Cadena.
Sí, siempre hace la misma ilusión. Siempre produce ese cosquilleo, ese nerviosismo, esa anticipación entre los omóplatos, hayas pasado las veces que hayas pasado por allí.
Puede sonar conformista, pero aquí lo importante no es ganar. Es llegar a la ansiada terraza, es hacer nuevos amigos y estrechar lazos con aquellos con los que ya se ha compartido la experiencia.
Y el premio está en disfrutar de este día especial.
A aquellos que queráis acompañarme, hoy estaré asomándome a La Ventana desde la Gran Vía entre las 18 y las 19:20, momento para el cual ya conoceremos al ganador/a REC 2021.
Mucha suerte a todos mis compis. ¡A pasarlo bien, que eso es lo importante! (consejo de una veterana en estas lides).
Final Relatos en Cadena 2017La terraza de la Ser en 2018Mi dream team de 2019
Mañana, añadiremos una nueva foto a la colección. ¡Gracias a tod@s por el apoyo de siempre!!
La erupción empezó por los brazos, pero
pronto se extendió. Las palabras emergían desde debajo de toda su piel. Las
patas de las pes se clavaban en su epidermis, las alturas de las eles le hacían
cosquillas, las sílabas tónicas le pinchaban con los aguijones de sus acentos.
Pero lo peor eran los guiones de diálogo causantes de cientos de úlceras
rojizas a punto de explotar.
Que no pique, rogó, que no pique. Pero ya
había empleado sus tres deseos.
Lo de que me brotaran las palabras era una
metáfora, intentó explicarle al genio antes de empezar a rascarse sin control maldiciendo
sus sueños de gloria.
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