De vuelta

De vuelta

Ella no tiene habilidad ninguna para recogerse el pelo. Ensaya una coleta bien alta que le estilice el cuello y le otorgue aspecto serio y profesional. El traje chaqueta se sube irremediablemente al elevar los brazos. Después de amamantar, le ciñe demasiado, pero lo disimula respirando profundamente y tirando hacia abajo.  Lleva tiempo sin usarlo, tanto  como el maquillaje grumoso rescatado del cajón. Sonríe al espejo entrenando la expresión, intentando recuperar el aire decidido que perdió durante tantas noches en vela. Sale de casa  después de recitar teléfonos y recomendaciones. Pisa la acera con los tacones de entonces y los miedos de ahora. Mira el reloj. Piensa en volver.

De vuelta

Saberes

La lluvia de fuego que lentamente devoraba la ciudad cambió en una hábil combinación de teclas, a la pantalla plagada de fórmulas químicas. Su madre había entrado al cuarto cargada de camisetas recién planchadas. La miró inocente mientras ella hurgaba en los cajones. –Tienes que sacar la basura – pronunció con una percha entre los dientes. – Pero mamá… estoy estudiando…. Ella levantó un poco la persiana y él parpadeó varias veces. – Ya, ya veo. Te vendrá bien respirar un poco de aire fresco. Salió del cuarto cerrando la puerta. La pantalla volvió automáticamente a la ciudad ardiente. – Ten cuidado con el fuego…. con la ventana abierta podría avivarse demasiado.

De vuelta

Siete ciudades

No recuerdo en qué ciudad estamos. Llevamos siete días de agitado periplo. Monumentos, catedrales, fotos, tiendas, autobús y vuelta a empezar. Siguiendo como autómatas al grupo, callados, enfurruñados. Tú, exigiéndome sonreír para tomar las fotos que colgarás en la red mostrándonos felices. Yo, callando por no gritar.
Aduzco un profundo malestar para permanecer en el hotel. Te enfadas, si es que cabe enfadarse más, y marchas con tu teléfono bien cargado. Cojo un taxi hacia al aeropuerto y evalúo posibles destinos entre las próximas salidas. Sonrío con un billete cualquiera en la mano. Nada como estar de vacaciones al fin.

De vuelta

El abuelo de la novia

Suena nuestra canción. Te busco detrás de las siluetas que cubren la pista. Tu mirada  turbada me recibe con una sonrisa disimulada. Me acerco en una fricción de gasa y seda. Tiendo mi mano blanca hacia la tuya manchada y temblorosa. Me miras a los ojos húmedos y  sonrío invitándote. El bastón silente permanece junto a tu silla, mientras te apoyas en mis hombros y caminas erguido y orgulloso. Bailamos como esa tarde de verano en que lo hicimos por primera vez. Pero ya no me guías con mis pies apoyados sobre tus pies enormes. No es necesario. Ambos conocemos los pasos de memoria.

De vuelta

Vórtice

No recuerdo cuando todo empezó a girar, y me preocupa no saber cuándo se detendrá. Sé que hace un momento, me asomaba por la ventanilla intentando ver si el cartel de la esquina ponía Calle México y sé también que ahora estoy muerto. Lo repiten las voces que rodean mi cuerpo, mientras las que rodean mi cabeza les hacen eco. Quisiera quitarme el pelo de los ojos, pero no tengo manos. Han quedado dentro del coche junto con lo demás. Se corean las palabras semáforo, ambulancia, demora. Entreveo decenas de pies preocupados, intuyo sus miradas horrorizadas. No será fácil ver un cuello sesgado y una cabeza sobre la acera. Ha comenzado a picarme la nariz. Odio que nadie se incline un poco para intentar escucharme.

De vuelta

Sin olvido

Sí, papá, pero, ¿y esa?, insisto señalando la pequeña píldora blanca sobre el mantel. Tú me miras entre confuso y culpable. Como si fueras un niño que no ha hecho la tarea. Te sonrío para tranquilizarte y te acerco un vaso de agua. Me pregunto cuántas medicinas habrás dejado de tomar, cuántas duchas habrás obviado, cuántos insomnios llevas acumulando, desde que mamá no está. Con un dedo tembloroso recoges la lágrima que se me ha escapado rebelde. Me miras y ya no veo a ese hombre horrible al que tanto temíamos, sino a un anciano frágil que necesita ayuda. Sin embargo, giro sobre mis pies.