Suena nuestra canción. Te busco detrás de las siluetas que cubren la pista. Tu mirada  turbada me recibe con una sonrisa disimulada. Me acerco en una fricción de gasa y seda. Tiendo mi mano blanca hacia la tuya manchada y temblorosa. Me miras a los ojos húmedos y  sonrío invitándote. El bastón silente permanece junto a tu silla, mientras te apoyas en mis hombros y caminas erguido y orgulloso. Bailamos como esa tarde de verano en que lo hicimos por primera vez. Pero ya no me guías con mis pies apoyados sobre tus pies enormes. No es necesario. Ambos conocemos los pasos de memoria.