Sí, papá, pero, ¿y esa?, insisto señalando la pequeña píldora blanca sobre el mantel. Tú me miras entre confuso y culpable. Como si fueras un niño que no ha hecho la tarea. Te sonrío para tranquilizarte y te acerco un vaso de agua. Me pregunto cuántas medicinas habrás dejado de tomar, cuántas duchas habrás obviado, cuántos insomnios llevas acumulando, desde que mamá no está. Con un dedo tembloroso recoges la lágrima que se me ha escapado rebelde. Me miras y ya no veo a ese hombre horrible al que tanto temíamos, sino a un anciano frágil que necesita ayuda. Sin embargo, giro sobre mis pies.